La hora de los peces


Es la hora en la que saltan los peces.

Son

las piel suave y naranja en punto

en la playa—.

Justo

cuando la gente se hace fotos.

Quiero decir, se convierte ya

en esas fotos:

instantes íntimos enmarcados

con su ola congelada y su sonrisa queso

decid todos queso—;

testigos de un lugar colgados del tiempo

como un imán en la nevera.

Qué raro se me veía sin paletos.

Qué guapa estaba mamá entones.

Atardece

y paseo por la orilla

pisando charcos como cuando era niño

y me entristece la arena

y el agua

entre los dedos de los pies

porque pienso, sin querer, en el paralítico

y cuánto daría por sentir esto

que otros desprecian con sus zapatillas y auriculares

pasando por la vida como sombras.

Sombras que se alargan

y sombrillas y sombreros que juegan al escondite.

El sol

se refleja añil en una medusa al 80% muerta

porque

¿cómo será morirse una medusa?

¿acaso su vida depende más de una corriente —como nosotros

o de una tortuga? Y si no tienen corazón, ¿nadan o laten?

¿Amarán

cuando se reproducen como pólipos? No sé…

Solo sé que camino

y el viento roza mi cara,

mis manos,

los dedos,

las yemas

y una gaviota

vuela.

Vuela sin batir las alas.

Una mujer, al andar hacia ella, deja de verme

y empieza a mirarme y mete sus dedos

en una bolsa

y como a cámara lenta

abre la boca

y, crujiente,

mastica una patata frita.

Al pasar a su lado, entreabre las piernas

como una orquídea.

El cielo está lleno de veladuras,

creo que están todos los matices del rojo

como el día

en el que murió mi padre.

Ya llega la luna

Ya llega la luna


©Merche García

Resurrección

Resurrección


©Merche García

Atardecer en Colonia Uruguay

Atardecer en Colonia Uruguay


Una fría y solitaria tarde en el puerto…

Silencio


omurden-cengiz-SILENCIO

Foto: @omurden (CC0).

 

Te has ido, como se van los últimos destellos

de este atardecer insoportable.

Entre el añil y el negro se desdibuja

este cuadro vacío sobre las horas.

 

Ya no existes en los vagos recuerdos

de este espacio en medio de la nada.

Y tu último beso, apenas un roce, un sorbo gélido

de aquello a lo que ya ni le pusimos nombre.

 

Desde el páramo de este cuerpo que no resucita,

tu silencio me ha llamado a sus filas, impaciente.

Con furia ruge el viento, azotando la puerta

que has querido cerrar para siempre.

 

El alma es eterna, y así será mi dolor,

otro intento inútil de llorar sin gritar,

una vida rota, un nudo que ahoga.

Sin tu risa en mi espejo, ni mi nombre en tu boca.

Silencio.

Azul —Cielo y mar—


Cielo y Mar

Atardecer en el puerto del buceo (Montevideo).

 

Y si el alba raya


Salva tu impulso.
El viento natural sopla.
Te ayudará al atardecer.
Levanta tus fuerzas.
El fuerte oleaje choca,
la gaviota atraviesa la luna.
Te empujarán ambos al anochecer.
Enciende tu llama.
El resplandor y el alba rayan.
Línea continua infinita.
Rompe el día.
No se apaga,
pues te salvas
y te levantas.
Hasta que el alba
raye tu llama.