Centrifugando recuerdos (XXIX)


Centrifugando recuerdos

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Por primera vez en días Luis siente que la ducha sirve para algo. La consecuencia más evidente de la tormenta es el descenso de la temperatura, que hace que pasear por las callejuelas del Albayzín, sometidas un par de horas antes al tormento solar, ahora sea un ejercicio agradable. Incluso hay momentos, cuando una nubecilla despistada se interpone entre el sol y sus víctimas, en que la brisa proveniente de Sierra Nevada provoca algún escalofrío entre los más frioleros.

A Luis esa sensación de frescor lo reconforta. De camino al garito donde trabaja Aiman le da vueltas a su ardiente encuentro con Sara. No ha dejado de hacerlo desde la extraña despedida, al principio bastante molesto, pero luego más animado, tratando de relativizar la manera en que ella se lo quitó de encima. Ya la conoce lo suficiente como para empezar a acostumbrarse a sus reacciones imprevisibles. Y aunque que lo despidiera le sentó como una jarra de agua fría, conforme recorre las calles, momentáneamente a salvo de la insolación, trata de quedarse con la parte positiva. «Luego nos volveremos a ver, no va a pasar como en el cámping», se repite a cada pocos pasos, y cierra los ojos para volver a sentir los besos y las caricias.

Instintivamente se echa mano al bolsillo del pantalón y saca el teléfono móvil. Como hizo cinco minutos antes, comprueba que no ha recibido ningún mensaje, y de nuevo reacciona con un resoplido de fastidio. «No seas paranoico, aún no son ni las —vuelve a mirar el móvil para consultar la hora— cuatro. Déjale un margen de tiempo». Guarda el teléfono y coge un cigarrillo; lleva unos cuantos desde la despedida. Se detiene un momento para encenderlo y cuando levanta la vista se da cuenta de que casi ha llegado.

Aspira una bocanada de humo y la expulsa lentamente, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo la calidez agradable de un sol momentáneamente aplacado. Y entonces, acudiendo a la llamada del bienestar, aparece en su mente la cara de Sara, salpicada por incontables gotas de lluvia, con las mejillas encendidas, los ojos sonrientes, y el pelo cayéndole en bucles chorreantes sobre los hombros desnudos. Necesita otra calada, aún más intensa que la primera.

Se da cuenta de que la mano derecha ha regresado al bolsillo del pantalón.

—Basta —se reprocha al tiempo que abre los ojos y retira la mano.

Enseguida localiza la terraza del bar que está buscando. Aiman se mueve entre las mesas con la habilidad de un camarero experto, transportando bandejas cargadas de jarras de cerveza y platos con patatas bravas, chipirones, pinchos morunos, olivas y otras exquisiteces. Entre viaje y viaje se detiene unos segundos a limpiar las mesas que quedan vacías con la bayeta que lleva colgada en el pantalón, y ante cualquier llamada, invariablemente levanta la cabeza y responde con una sonrisa.

—Perdona, ¿tienes una mesa para mí?

—Un segundo, señor —responde Aiman a la pregunta del nuevo cliente, mientras acaba de cargar en la bandeja los restos de una mesa que ha dejado libre un animado grupo de jubilados franceses.

Luis aguarda a un par de metros, conteniendo a duras penas la sonrisa que tiene preparada para cuando el camarero se dé cuenta de quién está esperando.

—Hombre, mira a quién tenemos aquí. —Ambos ríen, y Aiman lo saluda con una palmada cómplice en el hombro—. No me digas que te acabas de levantar —le suelta, burlón.

—Qué va, no he currado tanto como tú, pero tengo la sensación de que han pasado dos días desde que me levanté. La verdad es que llevo una semanita que más bien parece un mes.

—Ya, ya. Bueno, ahora no tengo tiempo de cháchara. —El muchacho hace un gesto con la cabeza señalando el trabajo que se le acumula—. Después de la tormenta han salido todos como caracoles y se me están amontonando. —Ríe—. ¿Qué te pongo?

—Una jarra de cerveza y unas bravas.

—Marchando.

Aiman, bandeja en mano, da media vuelta con la agilidad de un gato, propina otra palmadita a Luis, y se escurre entre las mesas, recuperando jarras, copas y platos en su camino hacia el local.

Luis se sienta, otra vez frente a la Alhambra. Durante unos segundos la maravilla nazarí desaloja al resto de pensamientos, pero enseguida debe compartir espacio con la imagen de Sara contemplándola con devoción desde los jardines del Palacio de los Córdova. Ahora Luis ya sólo ve su vestido floreado, su espalda desnuda y su cabello flotando sobre los hombros.

Suspira. Piensa en encender otro cigarrillo, pero consigue resistirse y en lugar de rebuscar en el bolsillo repiquetea con los dedos sobre la mesa metálica. «¿Me habrá escrito ya?». Ahora necesita volver a comprobar el móvil, pero la oportuna llegada de Aiman pone freno momentáneo a la obsesión.

—Una jarra bien fría. —El camarero deposita la cerveza en la mesa, acompañada por unas olivas y unas anchoas—. Ahora traigo las bravas —añade, sin detenerse un segundo más de la cuenta.

Antes de cogerla, Luis se fija en las gotas que resbalan por el vidrio y se van depositando en la base, formando un charquito. Inmediatamente lo asalta el recuerdo de la noche en el cámping, cuando Sara lo sorprendió dibujando con el dedo mojado en la mesa. Sonríe, es un recuerdo agradable. Aquella noche fue el desencadenante de todo. «O no». Se remueve en la silla, no es la reflexión que esperaba, pero su cerebro suele hacerlo, poner en duda sus decisiones.

Da un largo trago a la jarra, con los ojos cerrados para concentrarse mejor en el placer de sentir el líquido helado deslizándose por la garganta. Cuando la deja de nuevo en la mesa vuelve a centrar su mirada en la Alhambra.

«No es sano que toda tu vida gire en torno a alguna mujer». Luis no quiere oírse, menos en un momento en el que lo que tocaría es disfrutar, del paisaje, de la cerveza, de la libertad de hacer lo que quiera… «¿Lo que quieras? ¿Lo que quieres es estar siempre a merced de las decisiones de otra persona? ¿Y si no te llama? ¿Y si Sara pasa definitivamente de ti? ¿Qué harás? ¿Lo aceptarás, o seguirás arrastrándote detrás de ella?»

—Mierda —farfulla entre dientes. Agarra la jarra y bebe hasta que el frío y el gas amenazan con hacerle explotar la cabeza.

—Eh, pues sí que estabas sediento. —Aiman deposita en la mesa el plato con las patatas bravas—. ¿Te traigo otra?

Luis lo mira algo desconcertado, como si fuera la primera vez que ve al camarero, como si no comprendiera lo que dice.

—Uf, a ti te pasa algo. Llevo tanto tiempo sirviendo cervezas a tipos solitarios que me conozco todas sus expresiones. —Luis amaga con objetar algo, pero sólo balbucea sin convicción—. No hay que ser un lince para adivinar que tiene que ver con la chavala que nos abrió la puerta. ¿Me equivoco? —El camarero acompaña sus palabras con un guiño, y vuelve a escurrirse mientras anuncia—: Ahora te traigo otra birra.

Luis se recuesta en la silla. «Siento algo fuerte por ella, no es un capricho, ni una necesidad enfermiza. Y sé que ella también lo siente por mí, aunque haya algo que la frena». Ya no queda cerveza, y en el lapso de decidir pinchar una patata aparece el impulso de consultar el teléfono. Esta vez no lo reprime, y una mueca de decepción es la respuesta a la falta de novedades.

Con un gesto brusco deja el móvil sobre la mesa, que se desliza hasta la otra punta. Sabe que tendrá que ser él quien le escriba, y quien la llame después de que no responda a sus mensajes.

Se lleva una patata a la boca, y mientras la saborea con gesto resignado acude a su mente una tarde cualquiera en una terraza de Barcelona junto a Laia. No hace mucho de eso. Recuerda lo bien que se sentía estando con ella, cada una de esas tardes de las que sólo cambiaba el escenario; era todo lo que necesitaba, saber que ella estaba allí, con él. Pero también recuerda la angustia, esa sensación que conforme pasaba el tiempo se hacía más intensa. Luis sabía que la estaba perdiendo, que aquella rutina a ella la estaba matando. Una de esas tardes, una cualquiera, dejó de hablar. Hasta entonces había aprovechado aquellos momentos de complicidad, de estar juntos por el gusto de estarlo, porque era lo que querían hacer, para exponer sus sueños, sus inquietudes, sus dudas, para hablar sobre lo mal que estaba el mundo y buscar soluciones. Pero en realidad no era un diálogo, él nunca cumplió su parte del trato; se limitaba a escuchar y a asentir. Porque ella era la protagonista de todos sus sueños e inquietudes. Su mundo giraba en torno a Laia, la posibilidad de perderla era el único mal que ocupaba sus pensamientos.

«No se lo decías para no asustarla. Te conformabas con escuchar porque toda tu ambición era estar con ella, y la mataste de aburrimiento».

—No quiero pensar más en Laia. Ese capítulo está más que cerrado —murmura, y se lleva una oliva y una anchoa a la boca.

«Eso es lo que dices, pero pregúntate esto: ¿la querías de verdad? ¿O simplemente querías que estuviera contigo? Sé sincero: en realidad nunca te interesó nada de lo que te contaba».

—Vete a la mierda —maldice entre dientes, y en ese momento llega la jarra salvadora. Se la arrebata a Aiman de las manos y se bebe la mitad de una vez.

—Amigo, estás fatal. Si puedo, me escaqueo un rato y me lo cuentas. Aquí donde me ves, me llaman el psicólogo del Albayzín.

Luis posa la mirada en la sonrisa triunfal del infatigable camarero y no puede evitar que se le dibuje también a él un esbozo de sonrisa.

—Creo que ni el mismísimo Freud encontraría explicación a lo mío.

 …………………………

Tere observa a Sara. Dormida transmite toda la paz que le rehúye cuando está despierta. Querría acariciarla, despacio, y tomarse su tiempo para besarla por todo el cuerpo. Podría. Si lo hace con la suficiente suavidad seguramente ni llegaría a despertarse. Se ha quedado dormida en el sofá, con el murmullo de fondo de uno de esos programas odiosos de la tele.

Tere está apoyada en la ventana, fumándose un porro y bebiendo cerveza. Lleva unas cuantas latas desde que llegó del hospital. «Te sientas con su cabeza apoyada en el regazo y puedes empezar acariciándole el pelo y besándole la frente». El impulso es grande, más con la acumulación de alcohol en la sangre y el aliño de la marihuana. Pero aún no ha desaparecido del todo el punto de consciencia que la hace contenerse, que le advierte que cruzar esa frontera sería poner el punto y final a toda una vida juntas.

—Mírala, cuánta inocencia transmite, cuánta necesidad de cariño, de que alguien cuide de ella de verdad. —Tere se da la vuelta, expulsa el humo por la ventana y da otra calada con vistas a la Alhambra—. Yo puedo hacerlo, cuidar de ella… Es lo que hago. —Apura la cerveza y apaga el porro contra el alféizar, con presión creciente conforme aumenta su frustración—. La mayor putada que le puede ocurrir a una estúpida bollera es enamorarse de su mejor amiga hetero…

Se fija en la lata, y un segundo después la estruja con rabia. Sara duerme plácidamente.

—¡Una puta mierda! —grita Tere desde la ventana, como si quisiera que se enterase toda Granada.

Algunos transeúntes levantan la cabeza, a tiempo para asistir al vuelo de la lata.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXVIII)


Centrifugando recuerdos

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Cuando Tere abre la puerta se encuentra con la mano de Sara sosteniendo una llave huérfana de cerradura. Tras la sorpresa inicial, las dos ríen, algo nerviosas, pero enseguida se hace un silencio incómodo, como si cada una tuviera en mente algo de lo que prefiriese no hablar en ese momento (o en ningún otro), pero temiese ser descubierta.

Tere se debate entre la atracción y el dolor de tenerla tan cerca y, sin embargo, tan inalcanzable. Pero quiere huir de eso, necesita poner distancia. En ese momento no quiere ser la amiga incondicional, confidente y consejera. No quiere ser el hombro sobre el que llorar ni la sonrisa siempre dispuesta. Eso es lo que se dice.

Sara, empapada, nota cómo el frío le sube desde los pies mojados, a la vez que le desciende por la espalda. Está confusa, una vez más, y se siente frágil. Su cuerpo, que sólo unos minutos antes vibraba espléndido, ahora lo nota encogido, necesitado de refugio. Pero no quiere alarmar a su amiga. Un escalofrío le recorre la columna e instintivamente se protege con los brazos.

—Vas a pillar una pulmonía —reacciona Tere.

Sara la mira con expresión culpable, como lo haría una adolescente pillada in fraganti por su madre, y entonces se da cuenta de que algo no anda bien en esos ojos siempre risueños.

—¿Te pasa algo? Haces mala cara.

A Tere la pregunta la pilla por sorpresa. Normalmente es ella la que se preocupa por su amiga. Intenta disimular con una sonrisa forzada.

—Pues no sé, será por el curro. Estamos un poco estresaos en el hospital…

—Ya imagino —asiente Sara. quien, por fin, accede al piso. Tere se hace a un lado para dejarla pasar, sin soltar la puerta. Cuando ha avanzado un par de metros por el pasillo se detiene y se da la vuelta—. ¿Esperas a alguien más o es que vas a salir?

Tere duda. No le apetece nada una conversación que no sabe en qué puede desembocar, pero por otro lado, y aunque no quiera admitirlo, estar cerca de Sara es lo que más desea en el mundo.

Se sostienen la mirada un segundo, hasta que en Tere se impone la amiga, o puede que la silente enamorada, así que cierra la puerta y los ojos, toma aire y, despacio, la sigue hasta el comedor. «Eres su mejor amiga, su hermana… Te necesita. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No puedes fallarle», se repite mientras arrastra los pies, descalzos después de dejar las sandalias en el recibidor.

A Sara vuelven a asaltarla los miedos. Rememora su cita bajo la lluvia. Agradable y excitante. Pero la sensación de que no controlaba la situación la inquieta. Agradable y excitante, sí. Pero no puede ser, porque aquello que se escapa a su control acaba dañándola.

A ratos consigue rebelarse y someter a ese yo odioso que le impide vivir. Sólo a ratos.

—Vete a la ducha y ponte algo seco de una vez. Mientras prepararé algo para comer.

Sara se detiene y gira la cabeza, y aunque Tere ve que sus ojos la miran, en realidad no la enfocan a ella, sino a algo, a alguien, que no se encuentra en la sala. Alguien con quien un rato antes se estaba besando y dejándose abrazar. Y entonces cae en la cuenta de que algo sucede. «¿Por qué ha vuelto sola? ¿Qué ha pasado después del beso?», se pregunta, al tiempo que nota cómo en su interior crecen paralelos sentimientos encontrados: la preocupación porque hayan vuelto a hacer daño a su amiga, y el alivio rastrero de saberla de nuevo para sí. El privilegio de consolarla le pertenece sólo a ella, y eso le produce una satisfacción inconfesable.

Sara avanza hacia el baño. Recuerda su compromiso con Luis, y le agobia pensar en volver a salir. Siente sus caricias de nuevo; su lengua cálida y ansiosa. Ella también lo estaba, ansiosa. Pero aquello ahora le parece más un sueño que una experiencia vivida. El viento, la lluvia rabiosa, el rugido de la tormenta. «¿Realmente ha pasado?», se pregunta absurdamente, parada a la entrada del baño. Ella misma es la respuesta, reforzada por las huellas que van dejando en el suelo sus pies mojados.

En su camino hacia la cocina, Tere pasa a su lado. Ese halo de fragilidad que desprende le despierta las ganas de abrazarla, pero consigue reprimirse. Aprieta los puños y sigue adelante.

—Te he hecho caso.

Tere se detiene justo antes de entrar en la cocina y se gira despacio. No quiere saberlo. Ya lo sabe, pero no quiere que Sara le relate lo maravilloso que ha sido magrearse bajo la tormenta con ese príncipe azul de estar por casa. Y no quiere volver a escuchar lo desgraciada que es su amiga, incapaz de disfrutar el momento, incapaz de deshacerse de los fantasmas que la acosan, condenada a vivir lastrada por el recuerdo… No quiere hacerlo y, sin embargo, se esfuerza por poner su expresión más dulce, ésa que sólo conoce Sara, y escuchar con toda la atención.

—Leí tu nota y fue como si de repente todo fuera a salir bien.

Sara está apoyada en el marco de la puerta, con la cabeza hacia atrás y la mirada clavada en un punto indeterminado de la pared, junto a la entrada de la cocina. Por un momento la desvía para encontrarse con los dulces y comprensivos ojos de su amiga del alma.

—Muchas gracias por el desayuno. Eres la mejor.

Tere sonríe. Está nerviosa, como no recuerda haberlo estado antes en presencia de Sara. Nunca antes le había costado tanto contener sus sentimientos hacia ella. Carraspea.

—Oh, eso. No ha sío ná —balbucea.

La mirada de Sara vuelve a perderse, ahora en el interior de la cocina.

—Lo llamé. Estaba contenta, me sentía atractiva, segura. —Vuelve a mirar a Tere, que se muerde los labios— ¿Te lo puedes creer? Yo me sentía segura. Yo. —Sonríe con tintes amargos y desvía de nuevo la vista—. Me puse mi vestido favorito y me pinté los labios. Ya sabes lo poco que suelo hacerlo. Ni me acuerdo de cuál fue la última vez…

Tere sí se acuerda. Fue la tarde que aquel gilipollas le rompió el corazón. Entonces aún no era consciente de que la amistad entre ambas para ella era un premio de consolación. «¿Qué te pasa, Tere? ¿Por qué sales con ésas ahora? ¿Por qué esta mañana deseabas que lo de ese chico fuera bien y ahora estás tan desquiciada?», se pregunta a sí misma, mientras escucha un relato del que ya conoce el final.

—Está colado por mí, y eso en el fondo me gusta. Por un rato me he sentido muy especial, como si yo fuera lo más importante del mundo. Tenía derecho a estar a gusto, a no pensar en nada más que en mí misma.

Suspira. Lleva un rato hablando, desahogándose con su amiga, la única persona a la que puede contar sus neuras, la única a la que se las contaría, y Tere escucha y asiente, mientras en su interior se libra la batalla entre la amiga incondicional y la mujer que sabe que sus sentimientos jamás serán correspondidos. Eso le duele, cada vez más.

—Pero conforme nos acercábamos aquí la Sara de siempre reclamaba su espacio. Otra vez el miedo, la inseguridad, el recuerdo… Y no sé qué hacer. Hemos quedado esta tarde —A Tere le cambia la cara. La nueva información la toma por sorpresa, y de repente la batalla interna se recrudece. Sara se da cuenta del cambio y la mira extrañada—, pero no sé, esto no puede salir bien… ¿Qué te pasa?

Tere se sobresalta ante la pregunta directa. Una parte de su cerebro le pide que le cante las cuarenta por ser tan egoísta, por estar siempre dando la vara con sus problemas existenciales, como si fuera la única persona en el mundo que carga con tragedias a las espaldas… por no darse cuenta de lo que siente por ella… por no ser lesbiana…

Pero la sensatez aún logra imponerse y a fuerza de morderse la lengua y los labios salva la situación. Un hilillo de líquido caliente de sabor metálico se mezcla con la saliva, y con la lengua palpa el punto donde se acaba de arrancar un trozo de carne. La punzada de dolor le devuelve la lucidez.

—Nada, ya te he dicho que las cosas en el hospital no andan bien.

Tere nota cómo esos ojos verdes que no la abandonan ni en sueños buscan la respuesta en sus pupilas, pero antes de revelarle la verdad aparta la vista y se lleva la mano a la boca para tapar la tos más falsa de la historia.

—Bueno, ahora sí que voy a preparar algo para comer, que me voy a desmayar de hambre. —Entra en la cocina sintiendo que la sigue la mirada extrañada de Sara—. Va, espabila con la ducha —le exhorta, sin girar la cabeza. «Ha tenido que estar dos meses fuera para que te dieras cuenta de todo lo que llevabas escondido ahí dentro», concluye mentalmente mientras abre la nevera.

Sara sigue en el mismo sitio, otra vez con la cabeza echada hacia atrás, hasta donde le deja el marco de la puerta. El extraño comportamiento de Tere le ha hecho perder el hilo de lo que quería decir. «¿Qué leches le pasa? Se supone que la paranoica soy yo». Finalmente, se incorpora y entra en el baño. Deja caer el vestido mojado, corre la cortina y se mete en la bañera.

—Ah, ya me acuerdo de lo que quería decirte.

Tere se queda inmóvil, con un tomate en la mano izquierda y un cuchillo en la derecha, y aguanta la respiración.

—He decidido que mañana me voy a La Alpujarra, con Merche.

Lo siguiente que Tere oye es el sonido de las arandelas de la cortina de la bañera recorriendo la barra que las aguanta, y el agua de la ducha.

Continuará…