Algunas cosas sin importancia


Como ves,

he aprendido a olvidarte

y ya casi ningún ruido me recu rda a tu voz.

Apenas los atard ceres

son difere tes y los nombres

d los niños q e imaginamos

ya no duelen como avispas.

Ya ves, ya casi ni se notan

los rotos y l s costurones de mi traje

aunq e por los bolsillos se me caigan, a veces,

las mañanas, los domingos y las flores amarillas

que t regalaba.

He cortado esos trocitos

de ti en mí

que se me h cían insoportables y los he dejado

en el trastero.

(En la basura todavía no puedo, no puedo).

Trocitos qu sin querer  —inesperad mente—

aparecen en el yogurt, en el helado de limón o traídos por las olas…

Y es entonces cuand mi corazón se me quiere volar del pecho

y la jaula d mis huesos cruje

como un rollito de primavera.

Ya ves, que soy casi el mismo

que conociste

y además las flores tienen cierta afinidad por l s grietas.

No te preocupes —ya ves— solo han desaparecido

para olvidart

algunas cosas sin importancia

como la luna,

la mar

y algunas pequeñas letras de t nombre.

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Miembro fantasma


dicen los soldados

que han perdido un brazo o una pierna

que todavía pasados muchos años

les duele

les pica

incluso sienten cómo se mueven

sus dedos

o los rayos del sol

en la piel

hasta hay veces que notan

cómo se posa alguna mosca molesta

en ese yo ausente

así, de esta manera, es cierto

que pueden vivir

sin él o sin ella

pero también es cierto

que no hay día, hora, minuto que no se acuerden

de ellos

—aunque sea de una manera inconsciente—

siempre

imagino que a esta altura de poema

ya sabrás

que no te estoy hablando de soldados

Abrí la puerta de una habitación vacía


Una frase para decir adiós.
Un silencio que ha borrado las palabras.

Cuando todos se han marchado,
y quedo solo muy temprano.
Viene, desde lejos, cada uno de esos recuerdos,
porque tú sabías más de mí que yo mismo.

¿Adónde ir cuando quiera buscarte?
¿Adónde regresar cuando llegue la noche?

Dime qué hacer
si mi memoria no logra preservarte lo suficiente.
Dime qué hacer
si olvido ese trozo de vida que también es tuyo.

En mi sueño
aún conservas el cabello largo,
tu mirada no es triste ni vacía.
En mi sueño
el tiempo no se encuentra suspendido
y la muerte es sólo un juego de niños.

Antes que la última flor se marchite.
Antes que la última hoja se seque.
Dime por qué te fuiste tan pronto.
¿Por qué sigue doliendo como el primer día?

En mi sueño
abrí la puerta de una habitación vacía.
En mi sueño
pronuncié un nombre que a nadie pertenece.

Es difícil aceptar que…

Ausencia


Coincidían tan poco que hasta parecía que coordinaban para no verse. El ritual consistía en hacer cálculos a base de suposiciones: “tal vez hoy nos veamos”, “¿qué pasaría si…?”, “te lo iba a contar”, “nunca voy a ser lo que deseas que sea”.

Y fue así como la inconstancia de sus encuentros los llevó a acostumbrarse a la ausencia.

De persona a persona


Rojo.
Le hervía la sangre y se lo hizo saber.
Le arrojó sus cartas y le clavó sus miradas de puñal,
todo aquello que una vez sintió por él,
lo devolvía en la dirección opuesta,
con más vinos que siestas, se perdieron las apuestas.

Verde.
Silenciado por sorpresa
los celos le carcomían la lengua.
Por más que era graduado con honores
por regalar sonrisas falsas y flores,
se le esfumaron de sus manos las felicitaciones.

Negro.
En la noche más lenta y sensata, se acostó sobre sus pies.
Quiso sentir la tranquilidad del cielo
en carne propia, con los ojos cerrados y sin sueños.
Sabía que no obtendría respuestas
aún así confesó sus indicios de locura, a sus anchas, con ternura.

Azul.
Llenó la pileta y se lanzó boca arriba
para flotar o hundirse de una buena vez.
La decisión tomada ya no le pertenecía,
cada paso en falso se convirtió en herejía
supo encontrarse invertido y al revés.

Blanco.
¿Sabes tú de lo que hablo? Dime que sí.
De persona a persona te traduzco mis gestos
para que los grabes y no tenga que disimular más.
Y que sientas en el pecho mis promesas encubiertas
sin palabras tu comprendas que este es mi símbolo de paz.

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Imagen “De Espaldas”, por Esteban Mejías.
Edición por Rodrigo Corrales.

La habitación del hermano


La noche está a punto de acabarse. Los primeros rayos de sol que pasan a través de la ventana iluminan el espacio interior de la pieza, sumida hasta ese momento en la más absoluta oscuridad. Poco a poco, la claridad ha comenzado a invadir la intimidad de la pequeña habitación.

En las paredes se pueden distinguir los recortes de los periódicos. Son fotografías de artistas famosos, posando ante la cámara con sus rostros alegres, expresivos. Algunas de ellas lucen desteñidas por acción del polvo y la humedad. Otras están a punto de desprenderse y caer al suelo: el pegamento que las mantiene adheridas pronto dejará de cumplir su función. Regados por todo el piso decenas de libros. Tirados y en desorden, asemejan los cimientos de alguna obra de la arquitectura moderna cuya construcción ha sido abandonada antes de finalizar.

Hay también una lámpara inservible, puesta sobre el buró de madera que está al lado derecho de la vieja cama. Allí encontramos al joven. Cansado y somnoliento, pero sin haber conciliado el sueño todavía. Apoyado contra el respaldar, dobló las piernas hasta acercarlas a su pecho. Con sus brazos rodeando los pies, dispuso su cabeza sobre las rodillas; quizá con el propósito de mantenerse despierto, expectante, a la espera de algún acontecimiento importante.

No quiere quedarse dormido, siquiera unos pocos minutos. Por el contrario, lleva varias horas tratando de conservar aquella posición. Se ha movido sólo un par de veces -cuando intentaba evitar un dolor, apenas perceptible, en alguna de las articulaciones.
Pero sus ojos no se han cerrado ni un instante. Solo, en una habitación que le resulta tan familiar como extraña, el joven se ha propuesto encontrarse a sí mismo.

Aunque de él se conocen pocos detalles, sabemos que un pensamiento le perturba la razón y el alma desde hace mucho tiempo. De personalidad apacible, a su corta edad ha debido superar situaciones difíciles. Pruebas de fuego, como él mismo suele llamarlas.

Primero vino el divorcio de sus padres, cuando él era un niño de cuatro años. Más tarde, la repentina soltería de su madre. Sin duda la etapa más insostenible. Porque entonces ella comenzó a planear reuniones sociales, y llevó a muchos hombres distintos al humilde apartamento que alquilaban en la calle 25. Muy cerca del Barrio Los Rosales. Un lugar famoso por las constantes riñas entre vecinos y la ola de violencia que crecía de forma vertiginosa sin que la policía pudiese controlarla.

Fue en esa época cuando su hermano -dos años mayor que él- comenzó a experimentar con todo tipo de drogas. Esa curiosidad irresponsable le llevaría más tarde a una muerte prematura. Una sobredosis de heroína le coció los tejidos sin que el equipo de médicos que lo atendió en el hospital público pudiera hacer nada para salvar su vida. Tenía 18 años.

La tragedia, pese a producir una consternación profunda entre los allegados a la familia, no logró operar un cambio significativo en el estilo de vida de su madre. Ella apenas lloró la muerte de su hijo. Y pasados algunos meses restauró sus actividades y encuentros. Jamás volvió a referirse a aquel lamentable suceso.

Pero la ausencia del hermano había dejado un profundo vacío en el corazón del joven, quien no fue capaz de elaborar el duelo y resignarse a aquella perdida irrecuperable. Ese vacío no volvería a ser llenado nuevamente. Por el contrario, ahora se encargaba de hundir al joven en una depresión paralizante. Hacía añicos su estabilidad, hasta empujarla en un abismo creciente de culpa y recriminaciones. Por supuesto, la madre nunca lo notó.

Al principio, comenzó a apartarse de todos y perdió el interés en las situaciones que antes lo mantenían ocupado. Incluso llegó a sentirse más a gusto en soledad, como si a través de ella estuviera más cerca de su hermano; estableciendo algún tipo de relación omnisciente, íntima. Disfrutaba iniciar conversaciones, y contarle a su hermano cómo había estado su día: las cosas que había hecho. Después vendría el turno para hacer preguntas. Dialogar plácida y distendidamente.

En el colegio, se acostumbró a guardar silencio y hablar sólo cuando fuera estrictamente necesario. De ese modo, su imaginación se hizo vigorosa y compleja: proyectando historias y relatos cada vez más elaborados, ricos en detalles. El sinsentido pasaba lento. Su vida parecía haberse detenido, negándose a enfrentar la realidad abrumadora de su existencia material.

Los pocos amigos que había conservado ahora lo consideraban raro, quizás un poco demente. Al final, optaron por distanciarse. Él, aunque se sintió triste los primeros días, pronto se acostumbró a la nueva situación. Su propio ensimismamiento bastó para llenar el nuevo vacío, que no dejaba de expandirse, sumiéndolo en el ensueño de fantasías triviales e ingenuas.

Si alguna vez hubo en él un hálito de energía renovada, en los últimos meses cualquier vitalismo se perdía con la misma facilidad con la que se había manifestado. Un dolor añejo, una melancolía inconsciente -pero casi absoluta- formaron parte de sus días y de su rutina. Como si el joven viviese un final siempre inconcluso… como si las emociones que surgían con fuerza desde su yo verdadero lo estuviesen obligando a huír y esconderse. Como si el futuro… el futuro fuera ajeno e inextricable, una posibilidad vedada.

Por esa misma circunstancia, no podemos asegurar con certeza qué imagen mantuvo el joven en su cabeza durante esta noche. Lo único que es posible describir es la manera en que fue repentinamente sacado de su ensimismamiento, como un reloj de pared que se detiene sin previo aviso ¿O acaso el joven ya se había quedado dormido?

Desde el salón del apartamento llegó un sonido confuso, quizá una melodía. Sí. Efectivamente. Se trataba de una canción: Solitude. Era la voz cálida y armoniosa de la cantante Billie Holiday. El joven debió sacudirse los oídos para reconocerla.

Su madre solía poner una emisora radial para escuchar el programa matutino de jazz. Disfrutaba el ritmo de la música aunque no entendiera el significado de las letras. Durante su juventud, ella nunca se interesó en aprender el idioma inglés ni cualquier otro oficio que no fuera estrictamente necesario.

—¿Dónde te has metido? —Gritó ella mientras abría alguna puerta cercana—. ¿Es que acaso te has levantado tan temprano? Estoy buscándote. De confirmar lo que estoy pensando, no te la acabarás conmigo.

Al oír esta advertencia, el joven abandonó la vieja cama de su hermano sin hacer ruido. Entonces, fue saliendo de la habitación con paso lento y vacilante.
“Hoy es el gran día”, exclamó. Y una sonrisa iluminó su rostro.

El advenimiento de la vida desnuda


Me encontré a mí mismo sentado frente a una silla vacía. Una cafetería en la calle 25, el lugar en el que alguna vez tomaste mi mano y prometiste curar todas mis heridas. Entonces aquellas palabras vinieron a la memoria nuevamente.

“Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”. Pero era invierno, con la noche a punto de caer. Como esta imagen y tu recuerdo, que yo conservo a través del olvido y el tiempo.

Recordé la habitación de un hotel. Esa mañana tú dijiste: “Es hermoso despertar junto a ti, con la luz que perfila tu rostro infantil y lo hace ver tan bello”. Este sentimiento es indestructible. “Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”.  Pero después te marchaste sin voltear el rostro, sin decir adiós ni despedirte.

Tú has dejado un dolor que se pliega en mis adentros, que busca soledad para reposar plácidamente en el vacío. Tú, que fuiste vida cuando ya todo era muerte, ¿qué otra cosa te proponías asesinar?

Frente a mí una taza con café a punto de enfriarse. La melancolía ha dejado un sabor amargo. Así que me puse el abrigo y pagué la cuenta.

Caminé por esa calle atardecida. Caminé con la luz de los autos que reflejaba los charcos… acaso las primeras señales de una lluvia repentina. Caminé en medio de sombras y extraños, buscando a tientas los resabios de tu ausencia, como una mariposa dispuesta a sucumbir. Caminé cabizbajo: con un destino incierto ante mí. Sin saber adónde ir en realidad.

El paso se hizo más lento cuando me acerqué a nuestra antigua casa. “Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”. Tú abriste los brazos y yo aprendí a sentirme protegido entre ellos. Tú secaste mis lágrimas e hiciste que mi llanto cesara. Tú. Tú y todos los recuerdos que han vuelto sin anunciarse.

—Si yo pudiera evadirme. Si yo fuera capaz de encontrar la salida—. Qué otra cosa puedo pensar.

Adentro tus cartas y las pocas cosas que aún se conservan, como la fotografía que colgaba de aquella pared, en la habitación. Pero, ¿a quién quiero engañar? Sobrevive pedazo a pedazo, cada centímetro de tu piel y una promesa: “Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”.

Me sentí perdido en aquella habitación, redescubriendo las formas irrecuperables de tu cuerpo. Perdido como ahora me siento. Ahora que todas las lámparas permanecen encendidas, y la agonía se ha vestido de luto para hacerme la última visita.

 

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