Yoko Ono duerme en los portales


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Los guardianes (haiku)


Menos mal…


Hoy, después de mucho tiempo, decidí dar una caminata en la colonia al atardecer. Cielo parcialmente nublado, una fresca ventisca que hacía ver sensacional mi percudida chamarra de mezclilla, y mi caminar era el de aquél que en sus pasos deja ver que se ha puesto en marcha un episodio reflexivo que no terminará sino hasta que los pies pidan ese intercambio del zapato tenis a la comodidad de sus chanclas.

En esta ocasión no me acompañaron mis audífonos Marley (tesoro que llegó a mi vida a principios de año y que han sido fieles melómanos al reproducir tanta buena música a través de ellos), tenía ganas de escuchar las calles que me rodean, la gente, los pájaros –si, todavía cantan los condenados al momento en que el Sol comienza a ocultarse-, los niños jugando y al infaltable conductor neurótico que pita la bocina gracias al estrés ocasionado por ser aún lunes.

El destino final fue seleccionado: el parque detrás de mi antiguo colegio cuya más grande aportación a la historia de la ciudad de México fue haber poseído en sus dominios una tienda de Danesa 33 (¡esos sí eran helados, chinga!). Vaya, el sitio se ve mucho más verde de lo que recordaba cuando mis clases de educación física permitían ir más allá de los muros de la escuela (cual prisión, me cae), pero básicamente no presenta ningún cambio considerable.

Los juegos infantiles, los aparatos donde los mamers van a ponerse más mamers (pero de manera bien hipster, gooeeei, o sea, en contacto con la naturaleza), la caseta de policía –donde por cierto, cosa rara, siempre se ve a un protector de la justicia-, y la siempre particular cancha de basquetbol en la que –por increíble que parezca- el nativo ha descubierto la manera de utilizarla jugando tres deportes de manera simultánea; siguen siendo sus principales atractivos.

Tras recorrer los pasillos internos del jardín, y después de haberme puesto a jugar con unas lindas cachorritas (vaya, que no es lo mismo que “perras”), decidí embarcarme en una de las más grandes investigaciones que el hombre moderno haya llevado a cabo: saber si todavía se sigue yendo a echar novio al parque.

Quizá fue mi falta de contacto con más parques últimamente o la falta de atención a lo que en ellos sucede, pero la respuesta que la consulta arrojó fue aplastante: ¡se sigue yendo a echar novio al parque! (aquí suena de fondo All You Need is Love, de The Beatles, entonada por el suave canto de los mentados pájaros; bueno, no, pero hubiera estado de onda).

Uno se encuentra todo tipo de escenarios: los chavos fresas que corren el enorme riesgo de ser atracados mientras cortejan a la morrita que es más fresa que ellos; la pareja que no le importa nada de lo que sucede en el parque, a ellos les ocupa manosearse de principio a fin en la comodidad de una banca; también están aquellos que buscan hacer lo mismo, pero al interior de un auto (¿de quién se andan escondiendo, eh, par de cabroncitos?), y hay quienes prefieren demostrarse su amor o calentura bajo la sombra de un árbol y junto a un arbusto de tamaño considerable (¡estos fueron los más abusados!).

Una vez que estas imágenes dantescas fueron superadas y que mi periodo de reflexión me llevó a dibujar una sonrisa en mi rostro, emprendí el camino de regreso a casa. Mi andar ahora era el de aquel que ha logrado sacar buenas conclusiones de su dilema inicial, de quien se ha encontrado de nuevo con experiencias tan simples pero enriquecedoras, y del romántico que aún cree en el amor sobre todas las cosas.

Allá iba yo con mi cantar hasta que de súbito me encontré con el remedo de ser humano que por tener piernas creyó poseer la habilidad de manejar. Grandísimo animal, tan sólo por unos centímetros falló en su intento de dejarme en modalidad Oscar Pistorius… menos mal, ¿no?

Sigue soñando (Keep dreaming) haiku


Bienvenidos al circo pesadilla


¡Buenas noches, damas, caballeros y demás formas de la especie humana! Se apagan ahora las luces con el objeto de que no encuentren su asiento. Las salidas están blindadas y las autoridades sanitarias advertidas, ¡el espectáculo garantizado!: esta carpa se encuentra en cuarentena hasta que enfermemos todos por algún tipo nuevo de infección. Les rogaría un poco de silencio, nuestro lanzador de cuchillos se mofará a continuación de todos los presentes como lo haría una hiena salida del infierno.

            Qué grande. Sean todos bienvenidos al Circo Pesadilla, donde los más pequeños podrán matar al payaso y sus padres afinar la puntería disparando a los trapecistas durante el triple salto mortal. También volaremos a un enano por los aires y nuestra estrella invitada se sacará el bolígrafo del culo para retratárselo y darles a cada uno la fotografía dedicada. ¡La velada será inolvidable! Para el truco de magia se precisará de algunos voluntarios, hasta diez personas desaparecerán ante sus ojos tras una brutal lapidación. A su derecha e izquierda un mostrador donde adquirir refrescos, palomitas, chocolate o una bolsa de plástico PARA VOMITAR.

            Se volverán a encender las luces a las 6.66, se abrirán entonces los dos únicos lavabos al final del recinto. Nuestro personal siempre dispuesto a humillarles lo imprescindible, el espectáculo continuará inmediatamente después. ¡Estén atentos! La organización no se hace responsable de los objetos personales que les pudiesen sustraer durante su estancia entre nosotros. A su espalda redoblarán tambores y trompetas, la banda más espantosa que jamás hubiesen podido escuchar. Además habrá elefantes, enormes y artríticos como esa señora en la tercera fila (y me refiero a USTED). Para el número final: tres leones, dos tigres y un oso pardo contemplarán como se devoran ustedes mismos los unos a los otros.

(Largo redoble de tambores…).

…¡Y sin más preámbulos vilipendiado público SÁLVESE QUIÉN PUEDA, no quieran conocer…!

-EJC-