A los muertos no les gusta la Navidad, los vivos odian el Año Nuevo


Dos veces llantos


Me casé con Flor María en nuestra clausura del jardín de niños. Ese mismo día la besé. La maestra y mis compañeros aplaudieron y Flor María lloró. Las lagrimas de Flor María cubrieron todos los pupitres del salón. Nos empapó. Sus llantos fueron tan fuertes que rompieron cristales, también se escucharon hasta la casa de la bruja vendeesquites. Ese día Flor María me odió y rompió mi corazón.

Después del jardín no supe más de ella. Hasta el día de hoy en que, nuevamente entre llantos y lagrimas, Flor María dice odiarme y hace ademanes de querer matarme, mientras carga el cuerpo inerte de su esposa, quien hoy fue atropellada por mí.

 

AGOSTO2020 ANA SEMEJANTE
Dibujo de Ana Gabz Ferral (Instagram: @semejante_ ).

Historia de amor en octubre 


Conocí a la mujer más hermosa del mundo un día de octubre, cuando ella tenía veintidós años. Su nombre era Lisboa, le gustaba el sushi y decía que no soportaba el pop.

Lisboa estudiaba Comunicaciones o Mercadotecnia o una cosa de esas. La verdad, lo dejó antes de que comenzáramos a salir, y se convirtió en tema tabú entre nosotros. Teníamos un trato: yo no hablaba de mi trabajo, ella no hablaba de cómo se ganaba la vida. Y no es que fuera una chica misteriosa, pero sí era algo reservada.
Nunca fue una de esas chicas que saltan de emoción ante cualquier provocación, tampoco era muy expresiva, pero para mí era suficiente saber que me amaba y que yo la amaba.

Salimos pocos meses antes de casarnos. La boda y el embarazo nos tomaron por sorpresa. Yo estaba por cumplir treinta y siete años y sería la primera vez que sería padre. Yo no cabía en mí.

Cuando tienes treinta y siete años y te casas por primera vez, tus amigos y familiares casi no objetan la premura de una boda.

Los meses corrieron velozmente y Santiago nació en septiembre. Santiago tenía menos de veinticuatro horas de estar en este mundo y yo ya tenía planes y sueños para muchos años con él. Santiago y Lisboa eran mi vida en septiembre.

Lisboa era atea, pero no tenía ninguna objeción con mi deseo de que Santiago fuera criado en la doctrina católica y, como buenos católicos, se aproximaba la fecha de su presentación ante la Iglesia.

Una tarde, a mediados de octubre, tres días antes de que Santiago cumpliera cuarenta días de nacido, Lisboa desapareció Junto con el niño. Pensé lo peor, algo le había sucedido a mi esposa y a mi hijo. También pensé en la posibilidad del abandono, pero era casi imposible, Lisboa me amaba y yo a ella.

La noche de ese día se convirtió en la peor noche de mi vida hasta ese momento. Solamente pudo ser superada cuando, tres noches después, a las afueras del pueblo, una redada policíaca había detenido a veintisiete personas mientras practicaban rituales satánicos en el que, entre velas negras y huesos de animales, acababan de sacrificar a un infante de cuarenta días, hijo de una de las integrantes llamada Lisboa N.

Centrifugando recuerdos (XI)


Generalife - Alhambra Granada
Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara pasea por los jardines del Generalife, deteniéndose en cada flor, siguiendo el vuelo de las mariposas, escuchando el canto de los pájaros y el rumor de las fuentes, que brotan alegres. Los chorros de agua se cruzan, juguetones, sobre la acequia central y la contemplación de tanta belleza le alegra el corazón. No hay nadie más. Le extraña, pero no le da más importancia. «Mejor así, ¿qué mayor lujo que disponer de esta maravilla para mí sola?».

Se siente en paz, nota el corazón ligero y sonríe. El cielo luce un azul luminoso y el sol brilla con fuerza, pero no hace calor. Raro en pleno agosto. Sara se mira los pies. «¿Por qué voy descalza?» No recuerda qué ha hecho con las sandalias. Pero está a gusto y opta por no buscar explicaciones.

A medida que se acerca a la entrada del palacio una inquietud, aún muy incipiente, va subiéndole desde el estómago. Le apetece seguir paseando por el jardín, pero hay algo que la va empujando, poco a poco, hacia el arco oscuro que da acceso al edificio. «No quiero entrar», se dice, y entonces nota un desagradable sabor metálico que le envuelve la lengua. Traga saliva, pero no puede evitar que la angustia se apodere de su garganta.

Respira hondo y aparta la mirada, como si así sus pies descalzos fueran a detener el avance. No lo hacen, y a cada paso el suelo está más frío, helado. Un escalofrío la recorre desde la punta de los dedos y le eriza la piel. Y entonces se fija en una hermosa libélula, de un azul eléctrico muy brillante, que vuela por encima del agua. Se le acerca y se queda suspendida, como un colibrí, a medio metro de su cara. La mira fijamente, con esos ojos rojos alienígenas que parecen de plástico. La inquietud de Sara se atenúa por la curiosidad que el insecto le despierta.

—¿Qué quieres? —se oye preguntar en voz muy baja.

Por un momento cree que la libélula le va a contestar, pero no, da media vuelta y se pone a volar en círculos. Sara la sigue con la mirada, y también lo hacen sus pies, hasta que se da cuenta, asustada, de a dónde se dirige. Cuando se pierde en el interior del palacio es demasiado tarde para que pueda apartar la vista. Ha quedado atrapada y se ve obligada a ir bajándola, hasta casi a ras de suelo. Ahí hay algo…

Ya está apenas a unos pocos pasos de la negrura. El frío se ha apoderado de ella. Se abraza en un gesto instintivo de protección. Ya no oye el murmullo del agua, ni el zumbido de los insectos, ni el canto de los pájaros. La angustia empieza a ser insoportable. El sabor metálico le provoca arcadas. «Quiero irme de aquí», y reprime un deseo cada vez más poderoso de gritar. Hay algo que la retiene, una expectación enfermiza.

Y cuando la sensación se hace insoportable, unas manitas, seguidas de unos brazos muy cortos, y el cuerpo entero de una pequeña muñeca de plástico surgen de la oscuridad. Sara la mira, con la respiración entrecortada, y siente como si el filo gélido de un cuchillo se le clavara en el corazón. «Esa cara…».

—Ven conmigo…

El susurro le agujerea el cerebro, y entonces no lo soporta más. Grita con todas sus fuerzas, pero su garganta no emite sonido alguno. Lo intenta de nuevo…

—Ven…

Nada. Sara siente que la cabeza le va a explotar. «¡Quiero salir de aquí! ¡No puede ser verdad!». Los deditos se le acercan irremisiblemente y ve cómo sus brazos deshacen el abrazo y se alargan para tocarlos. «¡Noooo! ¡No quiero…!»

Sara se despierta tosiendo, con una sensación horrible de ahogo. Le cuesta unos segundos comprender que ha sido una pesadilla, y cuando lo hace se tapa la cabeza con la almohada, se acurruca y llora. Está empapada en sudor.

Un par de minutos después, un silbido procedente de la ventana atrae su atención. Aparta la almohada y la visión del ruiseñor que saluda con su trino al alba aligera el peso de su alma.

…………………………

Lo primero que nota Luis al abrir los ojos es un terrible dolor de cabeza. No recuerda nada y no sabe dónde está. La luz de la mañana penetra por una ventana sin persianas y con las cortinas a medio cerrar. «Esto es una cama…» Los ojos necesitan unos segundos para adaptarse a la claridad y su cerebro otros tantos para procesar la información visual que le llega. «Parece una habitación de hotel…» Un escritorio de madera con una silla, un pequeño mueble bar, y un sillón sobre el que descansa de cualquier manera lo que parece su ropa. Sigue el rastro de la pernera del pantalón, que cuelga rozando el suelo enmoquetado. «Eso son mis deportivas, los calcetines… ¿y esos zapatos?»

De repente se le encienden las alarmas. Con un gran esfuerzo levanta la cabeza para fijarse en su cuerpo. Estaría completamente desnudo si no fuera por el calzoncillo. El cerebro de Luis empieza a dibujar imágenes confusas, en que aparecen copas y vasos cuyo contenido vierte una y otra vez por su garganta. También ve destellos, caras sonrientes, gente que baila, se ve a sí mismo bailando, y ve una cara que le resulta muy familiar, unos labios que le sonríen y que se le acercan, que se le acercan mucho, tanto que deja de verlos, y entonces recuerda una sensación cálida y sensual; no la ve, pero siente la humedad tibia en su boca, el sabor del alcohol y la saliva, y vuelve a ver el rostro sonriente…

«Mierda». Se gira en la cama, y ahí está, el cuerpo desnudo de Íngrid, que duerme ajena a su inquietud. «¿Qué he hecho?» En verdad no lo sabe, porque después de los destellos y las sonrisas todo está oculto tras una nebulosa. Luis intenta recordar, pero el esfuerzo aumenta la sensación de que le están aporreando la cabeza con un martillo y tiene que dejarlo.

«¿Qué has hecho, idiota? ¿No se supone que ibas en busca de la mujer que te ha cambiado la vida? ¿Es que sólo sabes cagarla?» El sentimiento de culpa empieza a acosarle. Se incorpora y se queda sentado en el borde de la cama, tratando de decidir qué hacer. «Te duchas, te vistes, te despides educadamente, y te largas de una puñetera vez», resuelve. Y cuando se dispone a poner en práctica el plan, oye su voz.

—Buenos días, campeón.

A Luis le da un vuelco el corazón. Toma aire y se da media vuelta. Íngrid no hace nada por ocultar su desnudez. Sonríe con picardía.

—Huir no es de caballeros. Esperaba que me despertaras con un beso. —Está tumbada de lado; levanta la cabeza y la apoya sobre la mano. El pelo le cae libre sobre los hombros y unos pechos firmes como apetitosas manzanas. Luis traga saliva—. Anoche no eras tan tímido.

—No recuerdo nada. Supongo que nos besamos, pero no sé si hicimos algo más. Estaba muy borracho…

—Vaya, ahora me dirás que fue un error, que no eras tú, que tienes una novia que te espera de la que estás muy enamorado y que no sabes qué ha podido pasar. —Luis balbucea algo, pero ella no le da tiempo a preparar una respuesta consistente—. Pues cuando me sobabas las tetas parecía que sabías muy bien lo que estabas haciendo.

Luis trata de recordarlo. Unas tetas como esas no son fáciles de olvidar.

—No me acuerdo de nada. Ni siquiera sé cómo llegamos aquí. Para tu información, no me espera novia alguna, pero… —La mira, y le resulta increíble lo que va a decir, pero lo dice igualmente— Sí, fue un error.

—Sara y, ¿cómo se llama la otra chica? Ah, sí, Laia. Me gusta cómo suena. —La cara de Luis es un poema. No entiende nada—. Además de manosear a base de bien, me contaste todas tus penas.

El joven siente como si le hubieran profanado el alma. Se siente muy vulnerable y sin recursos. Íngrid capta su impotencia y por un momento se compadece de él.

—No hicimos nada.

—¿Cómo?

—Pues eso, que estabas tan borracho que en cuanto nos tumbamos en la cama te quedaste frito. —La sensación de alivio de Luis es más que evidente—. Pero antes de eso nos morreamos y me sobaste las tetas. Te aseguro que el freno no lo pusiste por los remordimientos. —Vuelve a cambiar la expresión, le sonríe con mirada lasciva, y se le acerca arrastrándose despacio, como una gata juguetona—. Ahora ya no estás borracho, ¿verdad?

—No…

Luis nota que, después de todo, su voluntad quizás sea tan firme como la de cualquier veinteañero en una situación tan tentadora como la que está viviendo él. Íngrid ya lo ha alcanzado y le acaricia el pecho con una mano ardiente. Está a punto de dejarse llevar, pero una vocecilla insidiosa lo acaba impidiendo.

—Lo siento, pero me tengo que ir. Me queda un largo viaje hasta Granada.

Le toma la mano, se la aparta con suavidad y por fin se pone de pie. Mientras recoge su ropa siente la mirada de ella, decepcionada y dolida.

—¿Por qué no podías ser un tío normal? ¿Por qué no podías dejarte de tonterías y simplemente disfrutar de un buen polvo? Podría haberme ligado a cualquiera de la fiesta, pero no, tuve que dar con un chaval que no sabe beber y que cuando está sobrio se convierte en un mojigato.

Luis la mira desde la puerta del baño. Empieza a recordar las cosas que ella le contó. Parece que las confesiones fueron mutuas. Baraja la posibilidad de utilizar alguna como arma arrojadiza; también ella le dio nombres, pero se muerde la lengua.

—¿El desayuno está incluido? —acaba por preguntar.

—Vete al cuerno.

Se deja caer sobre la cama, cargada de rencor hacia tanta gente, hacia la vida en general.

—El amor está tan sobrevalorado… —murmura.

Desde el baño le llega el rumor de la ducha. Luis ya sólo piensa en proseguir su viaje.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (X)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com
Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Mientras avanzan por el jardín hacia el lugar donde se congregan los invitados para hincarle el diente a las delicatesen que configuran el aperitivo y empezar a beber sin control, Íngrid va saludando a unos y otros. Poco antes de entrar en el círculo de las mesas dispuestas en un rincón idílico, flanqueado por un bosquecillo de sauces y con vistas al campo, se detiene en seco.

—Ahora sí que empieza el baile —murmura.

—¿Cómo dices?

—Tú sígueme la corriente —le pide tras una rápida mirada.

Toma aire y se dirige a la mesa más cercana al bonito arco de madera que da acceso al jardincillo, donde dos parejas departen animadamente. Luis la sigue, con la mano derecha firmemente atenazada por la mano izquierda de ella, cuyos dedos aprietan más conforme se aproximan a su destino. Entonces, a pocos pasos de la mesa, un obstáculo se interpone en el camino.

—Hola, hermanita. Por fin apareces.

Una mujer vestida de Cenicienta en el baile del príncipe, tan maquillada que realmente parece un dibujo animado —esa es la impresión que produce en Luis—, abraza a Íngrid con poco entusiasmo y le da dos besos que se pierden en el aire.

—¿Este es el héroe al que debemos agradecer que no sigas tirada en la carretera? —pregunta con una sonrisa de cartón piedra que deja al descubierto la dentadura más brillante que Luis haya visto. «¿Se cepilla con dentífrico fluorescente?».

—Patri, te presento a Luis. Luis, esta es Patri, mi hermana mayor. —«Que sea lo que Dios quiera», piensa Íngrid, que sonríe con la esperanza de que no se le noten los nervios.

Patri repasa al invitado inesperado, sin variar la expresión, y le alarga la mano izquierda; la derecha sostiene una copa de vino blanco. «Pues venga, hemos venido a jugar», resuelve el joven, que, decidido a no dejarse intimidar más, la toma con suavidad por los dedos, y la besa en el dorso. La expresión de sorpresa de Íngrid no es menor que la de su hermana, quien, tras una fracción de segundo, reacciona con una risita complacida.

—Qué galán. Parece que esta vez has hecho una buena elección —dice, mirando a Íngrid, mientras se aparta con una mueca pícara dedicada a Luis, se lleva la copa a los labios, y se aleja contoneándose.

—Será víbora… —susurra Íngrid.

A esas alturas las dos parejas que charlaban a pocos metros de la escena dedican toda su atención a los recién llegados, igual que otros invitados. Durante unos segundos, todos parecen estar a la expectativa. Íngrid responde con una sonrisa de anuncio, bastante forzada, sin acabarse de decidir a continuar avanzando. La resolución que la empujaba tan sólo unos minutos antes se ha difuminado. Luis, en cambio, experimenta el proceso inverso. Aprovechando que un camarero pasa por su lado transportando una bandeja llena de copas de lo que parece ser vino blanco, coge una y se la toma en dos tragos. La calidez del líquido bajando por su garganta le insufla confianza. Sonríe, y al darse cuenta de que es el centro de atención, incluso se anima a saludar con la mano en alto. Varios invitados le ríen la gracia, y acto seguido retoman las típicas conversaciones salpicadas de risotadas que uno espera en un acto social de ese tipo, entre copa y copa y pincho de jamón del bueno.

Íngrid también lo mira, y semejante arranque de naturalidad le devuelve la seguridad necesaria para enfrentarse a sus padres.

—Ahora es cuando me dices que eres actor.

—Pues no, diseñador gráfico regulero. Me da para ir tirando a trompicones.

Mientras habla sigue con la vista otra bandeja, y cuando se pone a tiro cambia la copa vacía por otra llena, de la que da cuenta con la misma celeridad que la primera.

—Ya…

Íngrid no tiene tiempo de darle más vueltas al asunto. Su madre ha salido a su encuentro y la abraza con elegancia. Ante todo, es una mujer elegante, cuya presencia impone respeto y admiración a partes iguales. Luis también lo piensa, aunque desde su plebeyo punto de vista el pequeño gorrito que culmina el elegante recogido que corona la elegante cabeza de la señora, sobre una base de tul almidonado —«Eso es tul, ¿verdad?»—, resulta ridículo. O al menos lo sería si lo luciera en medio de la calle. Con un rápido vistazo se da cuenta de que un elevado porcentaje de las damas presentes en el cóctel exponen complementos semejantes.

—Ay, querida, qué bien que hayas podido llegar. Nos tenías muy preocupados. Te hemos estado llamando, y hasta que no le has escrito a tu hermana no nos hemos quedado tranquilos. ¿Qué ha pasado?

—Murphy, que hoy tenía ganas de hacerme la puñeta.

—Ay, hija, qué cosas dices. —La señora se dirige entonces a Luis—. Este es el joven al que debo dar las gracias por habernos traído a mi niña…

Igual que su hija mayor, le alarga la mano. La sonrisa que exhibe no deja lugar a dudas sobre sus expectativas y, obviamente, llegados a ese punto, Luis no tiene intención de defraudar a la matriarca, así que repite la operación anterior, con mucha elegancia, que decide complementar con unas palabras que se le antojan ingeniosas:

—Si no hubiera desvelado ya su identidad yo habría jurado que es usted la novia.

Íngrid, que bebía un trago de vino, está a punto de atragantarse al escuchar la cursilada. Su madre, en cambio, parece encantada y ríe como una chiquilla, llevándose la mano a la boca.

—¿Has oído, Seve? La novia dice que parezco. Qué encanto.

Seve, su marido, no aparenta tanto entusiasmo. Desde un rostro que parece cincelado en mármol, dedica una mirada escéptica al “intruso” mientras encajan las manos, y antes de soltársela le dedica unas palabras de advertencia:

—No sé de dónde has salido ni qué pretendes, pero debes saber que esta va a ser la primera y la última vez que nos veamos.

Luis en esta ocasión opta por la prudencia.

—Un placer conocerlo, señor Martín. El restaurante es precioso.

—Sí, ya…

—Si no es molestia, ¿le importaría devolverme la mano, por favor?

—Va, papá, no empieces. El pobre Luis sólo se ha ofrecido a traerme y lo mínimo que podía hacer yo era invitarlo a la fiesta.

Íngrid asalta a su padre con dos besos que apenas son correspondidos, pero parecen ablandarlo lo suficiente como para que Luis recupere su dolorida mano.

—Hay qué ver, Seve, qué borde te pones cuando quieres —interviene su esposa—. No le hagas caso, cariño, se le va la fuerza por la boca —le aclara a Luis. «Y por la mano», piensa el joven, mientras se palpa los dedos tratando de que vuelva a circular la sangre por ellos.

Íngrid completa las presentaciones y se lleva a su invitado a otra mesa donde poder comer y charlar sin agobios, aunque a cada paso se tiene que detener para saludar a algún familiar o conocido que hace siglos que no ve. Ninguno comenta nada sobre el atuendo de Luis, aunque de vez en cuando es víctima de alguna mirada juzgadora. De todas formas, tras beber algunas copas de vino más, el estado chisposo del joven le evita sentirse intimidado.

Un rato después, cuando por fin han logrado acoplarse a una mesa ocupada por desconocidos y están llenando el estómago —sobre todo Luis lo hace con fruición, disfrutando de los manjares—, una música estruendosa señala que llegan los novios y todo el mundo se pone a aplaudir y a jalearlos.

—Llegaron el heredero y la nuera perfecta —murmura Íngrid.

Luis la oye, pero se da cuenta de que en realidad no se lo estaba diciendo a él. Ve cómo observa a la pareja feliz, con la mirada perdida, revelando lo que en algún día lejano fue envidia. Ahora sólo queda resignación. Se compadece de ella y piensa en darle una palmadita cómplice en el hombro, pero decide no hacer nada. «No es mi guerra», se justifica.

Los recién casados parecen sacados de una película empalagosa del Hollywood más empalagoso. Hacen su entrada al ritmo de un vals, demostrando que son expertos bailarines. Visten trajes impecables que les quedan perfectos, realzando la belleza natural de ambos. Todo son risas, aplausos, piropos y los inevitables gritos de «¡Viva los novios!». Incluso Luis se ha contagiado de la alegría desbordante. Como complemento final a la irrupción de los protagonistas del día, una explosión de confeti inunda el escenario. «Esto parece un vídeo de Coldplay», se dice Luis, que sonríe como un bobo entre trago y trago. Se nota como flotando en una nube.

La única persona que permanece ajena al entusiasmo generalizado es Íngrid. Cuando todos se acercan a felicitar a la pareja, ella se mantiene inmóvil, con el rostro inexpresivo y una copa vacía entre las manos. Luis está a su lado, preguntándose qué hacer.

—Alguien me dijo hace un rato que íbamos a divertirnos y me arrastró hasta aquí.

Al sentir las palabras, Íngrid reacciona por fin. Al principio mira a Luis como si no supiera qué hace ahí, junto a ella, pero es sólo un instante.

—Tienes razón, perdona. Ven, que te presento a la joya de la familia.

Después de unos minutos de guardar cola, durante los cuales Luis tiene la sensación de que su anfitriona trata de retrasar el encuentro, por fin aparece ante ellos el feliz dúo. Luis atisba entre sus cabezas, unos metros más allá, el rostro de mármol del señor Martín, que ahora sonríe orgulloso. La continuidad del imperio está asegurada. Gonzalo es, sin duda, el heredero ideal.

De repente, Luis tiene la sensación de ser más intruso que nunca. A su lado, Íngrid ya no es la mujer descarada y rebelde que lo ha arrastrado hasta la fiesta, sino el patito feo que se sabe fuera de lugar, y que sabe que jamás alcanzará la categoría suficiente para compararse a los bellos cisnes que son esa envidiada pareja que les sonríe con esplendor.

Antes de los saludos Luis tiene tiempo de mirar alrededor y, como si llevara un sensor incorporado, identificar un buen número de rostros envidiosos. «Qué falsos, cuánta alegría impostada».

—Luis, te presento a mi hermano Gonzalo y a su novia… bueno, ya esposa, Julia.

—Ah, sí. Encantado. Enhorabuena.

El apretón de mano de Gonzalo es tan firme como el de su padre (pero menos doloroso). No parece que de momento tenga nada contra él. Los besos de Julia, al aire, como debe ser costumbre entre la gente de alta alcurnia, deduce Luis. Con su cuñada se muestra algo más efusiva, incluso se abrazan. También entre los hermanos parece haber cariño real.

—No sabía que al final venías acompañada. —Gonzalo repasa al joven de arriba abajo—. Ya veo que ha sido una decisión de última hora —concluye, con cierta sorna.

—Pues sí. Me ha traído hasta aquí después de que el Audi me dejara tirada y qué menos podía hacer que invitarlo.

—Oh, claro. Por nosotros no hay problema, ¿verdad que no, cari?

Lidia no está prestando atención, ocupada en corresponder a los continuos piropos y atenciones de sus amigas. Pero es que Gonzalo no espera respuesta alguna, él mismo ha dejado de atender a su hermana y al pintoresco acompañante, y ya está dándose manotazos en la espalda con los colegas de la universidad. Un segundo después empiezan los selfies que durante las horas siguientes se perderán en Facebook e Instagram.

—Vamos a emborracharnos —sentencia Íngrid. Agarra a Luis de la mano y lo arrastra hacia la barra.

Continuará…

Déjà vu


Yo estaba en aquella boda con un vestidito corto de estopilla amarilla caminando entre la gente. Tenía poco más de siete años según mi mejor recuerdo. Las muchachas corrían de un lado para otro con sus vestidos de satén color marfil y mangas largas de organza. Algunas eran tan jóvenes que usaban zapatos de tacón por primera vez. Las oí comentar sobre el magnifico ajuar que la novia llevaría consigo a su luna de miel y a su nuevo hogar. Decían que su ropa blanca, camisones, batas, pañuelos y enaguas habían sido bordados con sus iniciales por su propia madre y que las sábanas, toallas y manteles con el monograma de los futuros esposos por las religiosas del Perpetuo Socorro. Cuchicheaban sobre lo que pasaría en la noche de bodas. La novia nerviosa llamaba a la madre, quien guardaba la compostura ante tanto desorden. Le preguntaba si había metido en su equipaje sus peinetas de nácar. Ella acariciándole el pelo dulcemente, le aseguró que todo estaba en su lugar. Observó que su hija estaba ojerosa por no haber descansado lo suficiente la noche pasada, por causa de la excitación que el matrimonio le provocaba. Le dijo que ya era hora de prepararse para la ceremonia. Caminaron hacia una recámara inmensa, amueblada con muebles blancos y en la que había un maniquí con un precioso vestido blanco de seda, y aplicaciones que se prendían con azahares. Yo miraba por una rendija de la puerta. ¡Me quedé boquiabierta ante tanta belleza! La madre desabrochó el vestido con mucho cuidado removiéndolo del maniquí mientras la novia se quitaba la bata. Luego la fue vistiendo poco a poco. La sentó enfrente del espejo y le colocó una mantilla larguísima, más larga que el vestido. Luego la besó en la frente y la ayudó a levantarse. Una vez de pie la tomó por ambas manos y la miró de pies a cabeza como para dar su aprobación final. Luego la abrazó muy fuerte. Salieron de la habitación y caminaron por un amplio pasillo, en donde las muchachas entre risas y juegos, se ponían en orden para desfilar. Una mujer les daba unos ramos de rosas blancas. A la novia le dio uno más grande de rosas rosadas, tules y azahares. El padre se acercó orgulloso y la besó en la frente. Entonces caminó llevándola de su brazo. Afuera estaba el novio guapísimo con su traje y un lazo negro en el cuello. Sus amigos esperaban con él también elegantemente vestidos. Una vez terminada la ceremonia empezó la fiesta.

***

Esta tarde mamá quiso enseñarme un álbum de fotografías viejas. Parecía que la nostalgia le hubiera ganado. Cuando iba pasando las páginas vi una foto en blanco y negro de la boda que tanto me había impactado cuando era niña.

—¡Yo estuve en esa boda!—exclamé emocionada.

—¡Imposible!—dijo ella—. No habías nacido. Era la boda de tu abuela.

No quise discutir con ella. Yo estaba segura que había estado en esa boda. Miré la fotografía con detenimiento y allí en una esquinita estaba yo sentada con mi vestidito corto de estopilla.