Esta tristeza


Es tan amarga como un café en silencio.
Pesa en alguna parte del ser.
Es un insolente recordatorio de que el día comienza sin sol.
Anega los ojos de agua y va vaciando el corazón de a poco.
Te mantiene en un estatus de inmovilidad permanente.
Hay mil piezas, pero ninguna de ellas encaja.
Los recuerdos necios son como preguntas abandonadas.
Es sufrir un ataque de rabia en calma, mientras la noche se consume
y das diez mil vueltas en la cama y ya no hay nada.
No es veneno, pero mata.
Se alimenta de minutos y crece… y crece.
Esta tristeza me impide olvidar tu nombre,
solo porque eres tú quien la causa.
La canción la olvido.
La foto la rompo.
Las mil lágrimas las lloro.
Pero ¿quién me quita esta tristeza?
Esta
maldita
tristeza.

Un café y una sonrisa (2ª parte)


(Lee aquí la primera parte)

You look so fineI want to break your heartand give you mineYou’re taking me over

—Cantas muy bien. —Raquel mira a Luis con una sonrisa sincera pero cansada mientras él da otro trago al botellín de cerveza—. Tu sonrisa y tu voz me llevan a un lugar donde me gusta estar —añade en un murmullo, lo bastante apagado como para que ella pueda disimular no haberlo escuchado.

—Cuando estaba en el grupo, me fijaba mucho en Shirley Manson…, la cantante de Garbage —aclara ante la expresión ignorante de Luis—. You Look So Fine es uno de mis temas favoritos.

Sentados en la misma terraza de los últimos días, contemplan el mar en silencio. Raquel se retira de la cara un mechón agitado por la brisa y lo coloca detrás de la oreja.

—Podría pasarme la vida así, viendo las olas romper contra la orilla.

—Y yo.

Intercambian una mirada cómplice, y enseguida ella vuelve a desviarla hacia el azul inmenso.

—Es curioso cómo nos empeñamos en hacernos las mismas preguntas, una y otra vez, aun sabiendo que no vamos a encontrarles respuesta.

—¿Eso haces al cantar, preguntarte sobre el pasado? —A Raquel le sobresalta la deducción de Luis, y lo mira con sorpresa. Él apura la cerveza—. Yo prefiero no hacerme preguntas, pero es difícil resistirse. La autocompasión resulta tentadora cuando mirar adelante es como hallarse en medio de un desierto y buscar un oasis; sabes que lo máximo a lo que puedes aspirar es a encontrar un espejismo.

—Cuando estaba en el escenario, me sentía viva, libre, llena de energía. Cantar y dejarme llevar por la música era lo que daba sentido a todo.

Vuelven a quedar en silencio. Luis la observa y ve cómo sus ojos se tiñen del azul oscuro del mar al atardecer.

—Si alguna vez te apetece, puedes contarme lo que pasó.

Raquel gira la cabeza y le regala la enésima sonrisa.

—¿Nos bañamos?

Sin esperar respuesta, se levanta de la silla, salta a la arena y se aleja por la playa casi desierta. Al llegar a la orilla, se da la vuelta y saluda a Luis con una mano. Entonces, se quita el vestido y, despacio, se mete en el agua.

…..

Raquel ríe. Es la risa de una niña entregada a la diversión. Le transforma la cara, porque no tiene que hacer ningún esfuerzo consciente por sonreír, y a Luis le encanta; tanto, que durante las dos horas que llevan bailando ha olvidado qué es lo que provoca su desazón permanente. Están sudando a mares, apretujados contra otros cuerpos sudorosos que también ríen y se dejan llevar por la música. La atmósfera invita a la desinhibición, a entregarse sin reparos a la alegría de vivir.

Con los últimos acordes de Song 2 de Blur, Raquel se lleva una mano al cuello para indicar que está sedienta, y ambos se dirigen a la barra. Aprovisionados de cerveza, salen a tomar el aire a la terraza.

—Lo estás pasando bien, ¿eh?

—Me estoy quedando afónica, y mañana voy a tener unas agujetas…

Brindan con los botellines y beben en silencio, aunque enseguida Raquel reconoce el Stone Cold Crazy de Queen en la versión de Metallica y se pone a cantarla.

Tiene las mejillas encendidas y los ojos le brillan, como la piel de la cara y del cuello, perlada de gotitas de sudor.

—Me gustaría besarte —susurra Luis.

Raquel deja de cantar y lo mira con una expresión encendida que él todavía no había tenido el placer de contemplar. Con la mano libre, lo agarra del cuello de la camiseta, lo atrae hacia ella y, con la nariz a un milímetro de la de él, se detiene para saborear ese instante de deseo máximo, justo antes de meterle la lengua ardiente en la boca.

…..

Al alba, el mar y el cielo se confunden en el horizonte, pero poco a poco se dibuja la línea que anuncia la llegada del sol. Raquel y Luis asisten al proceso sentados en la orilla, dejando que la lengua tímida del mar les acaricie los pies. Ella apoya la cabeza en el hombro de él, y él aspira el aroma del sudor, el perfume y la sal que emanan del pelo de ella. No recuerda un olor más delicioso. Tienen las manos entrelazadas sobre la arena húmeda.

—Nunca había visto el amanecer en la playa tan bien acompañado —anuncia Luis.

Ella sonríe relajada. El sueño empieza a reclamar su botín tras una larga noche de bailes, sudor y besos.

Presiento que tras la nochevendrá la noche más largaQuiero que no me abandones, amor mío, al alba

Luis siente una presión en el estómago. Raquel le agarra la mano más fuerte, y él le acaricia el pelo y le besa la cabeza. Ella no puede seguir cantando, ni siquiera en un susurro, las lágrimas y el nudo en la garganta se lo impiden.

—¿Qué te pasa?

—Nada, no te preocupes. —Se separa un poco de él y hace el esfuerzo por sonreír—. Me lo he pasado muy bien, pero estoy muerta y necesito dormir.

En el horizonte, el cielo empieza a adquirir un tono anaranjado.

…..

Luis aparca frente al portal. En la calle se mezclan los jóvenes que regresan de fiesta con quienes salen a comprar el pan y churros para el desayuno, a pasear el perro o a correr.

Raquel mira por la ventanilla, pero lo que ve se oculta en su memoria. En la radio suena Heroes.

I, I will be King… —Luis se atreve a acompañar a Bowie—. And you, you will be QueenThough nothing will drive them awayWe can be heroes just for one dayWe can be us just for one day

La interpretación consigue atraer la atención de Raquel, que sonríe sin ocultar su tristeza.

—Just for one day —repite, como diciéndoselo a sí misma.

—Si quieres, subo contigo.

—Es mejor que no. Además, me voy a quedar frita en cuanto me tumbe.

Luis se inclina hacia ella y la besa. Raquel lo abraza, y piensa que le gustaría prolongarlo, porque nunca había abrazado a nadie que lo necesitara tanto como ella. Cuando sus labios se separan, permanecen abrazados. En la radio, Little Wing de Jimi Hendrix toma el relevo de Bowie, y Raquel piensa que es una de las canciones más bonitas que se han escrito. La canta al oído de Luis, y él siente un escalofrío.

When I’m sad, she comes to me, with a thousand smiles she gives to me freeIt’s alright, she says, it’s alright, take anything you want from meAnything… —A Raquel se le escapan las lágrimas—. Aquel hijo de puta… cogió lo que quiso, sin preguntar…

Luis escucha tenso al principio, pero enseguida la abraza más fuerte y le acaricia el pelo.

…..

Durante los días siguientes, Luis no encuentra a Raquel en la cafetería. Le dicen que no saben nada de ella. No puede llamarla ni escribirle porque no han intercambiado sus números de teléfono, así que se acerca a su casa, pero no contesta al timbre. Pregunta a un par de vecinas que salen del portal, pero ni siquiera parecen conocerla.

Se repite a sí mismo que esta vez no ha hecho nada para cagarla, pero no logra sacudirse el sentimiento de culpa. «Me tendría que haber conformado con el café y la sonrisa reconfortante. ¿Dónde voy a refugiarme ahora?», se reprocha desolado.

…..

Raquel regresa a la cafetería una semana después. Ha estado enferma, un catarro que la obligó a quedarse en cama y que, en realidad, ha sido la excusa perfecta para no salir de la cueva. Ahora el catarro casi ha remitido del todo, pero el mal que de verdad le duele continúa ahí, crónico, enmascarado con una sonrisa.

Se pone la gorra y la chapa y se incorpora al trabajo. Y cada vez que la puerta se abre, el corazón se le acelera, deseando que sea y a la vez que no sea Luis. Se siente mal por haberse escondido de él, pero se dice a sí misma que es lo mejor, que quizás no tendría que haber aceptado aquel café, porque así ahora seguiría viéndolo casi cada tarde y hablarían de libros.

—Hola, Raquel. —Es Gina, toca cambio de turno; la jornada ha pasado rápido—. Me alegro de que ya estés mejor.

—Hola. —Se saludan con dos besos. Gina es lo más parecido a una amiga que se puede tener en el trabajo—. El resfriado me ha dejado hecha polvo, pero sí, ya estoy bastante bien.

—Por cierto, ayer un cliente dejó algo para ti. —Raquel da un respingo. No puede ser otro que Luis—. Espera un momento, que lo guardé en la taquilla. Me cambio y te lo traigo.

Raquel nota cómo se le acelera todo el organismo. Se pone a ordenar el mostrador y le pasa la bayeta; luego sigue con las tazas y las cucharillas, que ya había ordenado previamente.

—Toma.

Raquel recibe el paquete envuelto. Es evidente que se trata de un libro. Rasga el papel sin reparar en Gina, que la observa con curiosidad. «Locuras de Brooklyn, Paul Auster». No lo ha leído.

—Joder, ojalá a mí me hicieran regalos así. Un día un tío me dejó un paquete de chicles. El muy gilipollas había apuntado su número de teléfono en el envoltorio.

Raquel no la escucha. Abre el libro y, como intuía, Luis ha escrito algo en la primera página. Lee con ansia y temor.

«No creo en las segundas oportunidades. Sin embargo, sí creo que existen personas capaces de sobreponerse al pasado, con la fuerza suficiente para convivir con él y seguir adelante. Tú deberías ser una de ellas. Hay que tener mucha fuerza interior para vestir esa sonrisa tan reconfortante para quienes tienen la suerte de contemplarla.

Espero que te guste el libro. Es una historia optimista. Tiene partes angustiosas, pero el conjunto deja buen sabor de boca. A pesar de esos personajes llenos de cicatrices, Auster sí cree en las segundas oportunidades.

Gracias por estos días. No dejes de sonreír.

Luis».

Raquel cierra el libro y lo aprieta contra el pecho.

—Que tengas una tarde tranquila —le desea a Gina, con una sonrisa dolorosa.

Fin

Un café y una sonrisa (1ª parte)


—¿Está bien?

Luis recibe el cambio del billete de cinco euros con una sonrisa desconcertada. La camarera también sonríe. Siempre lo hace. Desde hace unas semanas, Luis se toma el café con leche de la tarde ahí porque le gusta su sonrisa fresca. Tiene la impresión de que las sonrisas frescas escasean, y la de ella lo reconforta.

—El libro —aclara la muchacha. Luis mira el ejemplar de 1984 que ha dejado sobre el mostrador mientras espera el café—. Está en mi lista de pendientes, pero nunca me he animado a leerlo porque me da la sensación de que me va a angustiar. —Mientras habla, se desenvuelve con destreza mecánica con la cafetera. Sus movimientos firmes y seguros tienen algo de hipnótico—. Y, la verdad, llevo un tiempo en que sólo me apetecen lecturas que me dejen buen sabor de boca. —Se da la vuelta y coloca un platillo, la cucharilla y dos sobres de azúcar junto al libro. Mira al cliente directamente a los ojos, sin abandonar la sonrisa—. La vida real ya es bastante angustiosa a veces, ¿no crees?

Luis no estaba preparado para ese tipo de conversación. Y debe reconocer que la mirada de ella lo intimida. Se siente estúpido al darse cuenta de que durante todos esos días que ha estado frecuentando el local, Raquel (según la identifica la chapa que lleva enganchada en el pecho) no dejaba de ser una sonrisa que le aligeraba el peso de sus fracasos.

—Es la segunda vez que lo leo. La primera era demasiado joven para entenderlo del todo. Ya lo estoy acabando y, sí, es un poco angustioso. Te hace pensar en muchas cosas.

Raquel coloca la taza sobre el platillo.

—Si está muy caliente, te pongo un poco de leche fría.

Hasta hoy no le había hecho el ofrecimiento porque el verano se resistía a llegar, pero desde hace un par de días la temperatura ha subido de golpe.

—Gracias, así está bien. El café con leche me gusta caliente, aunque nos estemos achicharrando.

Raquel ríe, y Luis se siente más reconfortado que de costumbre.

…..

—¿Lo de siempre?

Desde el momento en que cruzó la puerta de la cafetería para entregar el currículum, Raquel decidió que mientras estuviera allí haría lo posible por sonreír, aunque en su interior mantuviera latente la tentación de mandarlo todo a tomar viento. Le dieron el empleo, una gorra y una chapa ridículas, y ella las complementó con su expresión más agradable. Le sonríe a todo el mundo, pero con el chico que siempre lleva un libro es especialmente simpática.

—No, hoy voy a probar el batido de café. ¿Está bueno?

—Pues no lo sé. Yo tampoco lo he probado. —Raquel apoya las manos en el mostrador y observa el rostro que tiene delante con un nivel de atención que sobrepasa con mucho lo reglamentario. Él se esfuerza por sonreír, pero se le nota la incomodidad—. Hacemos una cosa: si no te gusta, te lo cambio por el café con leche habitual.

—Vale —acepta con timidez; hay otra cosa que le preocupa, y no está seguro de atreverse a plantearla.

—Ya veo que has acabado 1984 —advierte ella, mientras prepara el batido—. Menudo personaje fue George Orwell. La verdad es que sabía muy poco sobre su implicación en la Guerra Civil, y buscando información sobre él me han entrado ganas de leer Homenaje a Cataluña. ¿Lo conoces?

—Sí, lo tengo en los pendientes. —Luis desliza los dedos por el libro que ha dejado sobre el mostrador. En realidad, aún no ha acabado 1984.

Raquel se gira un momento y se fija en la portada.

Entre limones… Chris Stewart… No lo conozco. ¿Qué tal?

Vuelve a estar de espaldas. Luis piensa que es la oportunidad para plantear su ocurrencia.

—Muy divertido. Es uno de los libros más divertidos que he leído. Y…

La sonrisa de Raquel aparece de nuevo ante él, espléndida e intimidatoria.

—Marchando un batido de café.

Durante unos segundos permanecen en silencio, y ella tiene la certeza de que los fantasmas que lo acosan a él son tan persistentes como los suyos.

—Toma, lo he traído para ti. —Luis empuja el libro hasta que contacta con los dedos de la mano que la camarera apoya en el mostrador—. Te garantizo que no te va a angustiar nada y que te hará reír con ganas.

Resulta curioso que ahora que Raquel tiene un motivo para estar contenta de verdad, la sonrisa se le desdibuja en el rostro.

…..

—Muchas gracias por el libro. Tenías razón, es muy divertido.

Luis sonríe nervioso. Ha estado a punto de no acudir a la cita casi diaria con su café con leche y la sonrisa reconfortante.

—Me alegro —responde, evitando cruzar la mirada con la de ella. «Da los buenos días con un café y una sonrisa», lee en un cartel que se le antoja estúpido.

—¿Qué ponemos hoy?

Luis tiene la impresión de que Raquel exagera su simpatía porque se siente tan incómoda como él. Se dice a sí mismo que han traspasado la frontera de la relación habitual entre camarera y cliente para entrar en un territorio desconocido que no está seguro de querer descubrir.

—Café con leche, por favor.

Raquel se gira hacia la cafetera. Se desenvuelve con menos destreza, como si algo distorsionara la maquinaria siempre engrasada. Y en verdad es así.

—¡Mierda! —exclama al resbalársele la taza entre los dedos y hacerse añicos contra el suelo.

Luis se siente absurdamente responsable.

—No pasa nada, un accidente lo tiene cualquiera.

Agachada detrás del mostrador, Raquel levanta la cabeza. Las miradas coinciden, y Luis siente un escalofrío porque ve dolor.

…..

Luis lleva un rato frente a la puerta del local, sin decidirse a entrar.

Ya ha acabado de leer 1984. Le ha tomado el relevo Las olas, pero no cree que vaya a aguantar mucho; no le interesa el jeroglífico introspectivo que plantea Virginia Woolf. Es aún más deprimente que la atmósfera opresiva, sin resquicio para la esperanza, que dibuja Orwell. Piensa en Winston y en Julia, en su historia de ¿amor? condenada al fracaso. «Pero durante un tiempo consiguen ser libres; aunque sea una libertad ficticia, sus sentimientos y sus ideas les pertenecen», reflexiona.

Vuelve a mirar hacia la puerta. Sabe que Raquel está ahí. Se pregunta si hoy volverá a sonreír. Aprieta el libro con las dos manos y se muerde los labios en un gesto de rabia, porque no es capaz de encontrar nada más auténtico en su vida que esa sonrisa, y no quiere arrastrar la culpa, una más, de hacerla desaparecer.

Por fin, se da la vuelta y se aleja arrastrando los pies.

…..

Al oír abrirse la puerta, Raquel levanta la cabeza. Desde hace una semana, es su reacción automática. Cuando comprueba que no es él, el chico del libro, pierde la sonrisa, que recupera un segundo después para volver al trabajo.

Pero hoy si es él. Lo ve acercarse titubeante, con la mirada nerviosa desviándose a un lado y otro, como si no fuera capaz de fijarla en un objetivo.

Es más temprano que de costumbre, y apenas hay clientes. Raquel se queda paralizada, con las manos sobre el mostrador y la sonrisa congelada.

—Hola —murmura Luis al llegar hasta ella, y tras pasear la vista por el mostrador reúne el suficiente valor para mirarla a los ojos—. Cuando acabes el turno, ¿te apetecería tomarte un café conmigo?

Raquel había fantaseado con la posibilidad, pero ahora que ha sucedido no sabe qué decir. El movimiento de las manos de él sobre el mostrador atrae su atención. «Un hombre en la oscuridad. Paul Auster», lee entre sus dedos repiqueteantes.

I know someday you’ll have a beautiful life… —Raquel comienza a cantar, muy flojito—. I know you’ll be a starin somebody else’s sky, but whywhy, why can’t it be, why can’t it be mine

—Me suena, pero no la reconozco.

Black, de Pearl Jam. Es una de mis canciones favoritas.

—Me gusta Pearl Jam, pero no me sé ninguna letra.

—Salgo a las seis.

…..

La brisa marina refresca el ambiente y revuelve el pelo de Raquel, quien permanece sentada en la arena, abrazándose las piernas y con la barbilla sobre las rodillas. Observa las olas y las escucha; seguramente no hay sonido más balsámico. Luis está sentado a su lado, aunque un poco por detrás. Juguetea con la arena mientras se le escapan miradas fugaces hacia ella. Le gusta: su pelo revuelto, la sonrisa relajada, el perfil de su nariz algo torcida, sus manos de dedos largos, los pendientes que le decoran todo el perímetro de la oreja… Apenas han intercambiado palabra. Sus pasos los han conducido hasta la playa, donde todavía quedan algunos bañistas que celebran la llegada del calor compartiendo espacio con parejas acarameladas que celebran su amor.

Raquel y Luis no celebran nada, si acaso el hecho de haber encontrado alguien con quien compartir el silencio.

Tanto sube el nivel… —tararea Raquel— el mar… —Luis identifica enseguida El estanque, de Héroes del Silencio—… Se derrama ahogándome

Ella gira la cabeza despacio y le sonríe, aunque en sus ojos hay tristeza. Luis no dice nada, sólo levanta la mano y le deja una concha sobre la rodilla.

…..

Sentados en una terraza del paseo marítimo, Luis contempla cómo Raquel se bebe la horchata con una pajita. Le hacen gracia los hoyuelos que se le forman en las mejillas. Le gusta verla fuera del trabajo, sin la gorra ridícula que oculta su media melena, con la camiseta de tirantes, mostrando una sonrisa más atenuada, más natural.

—¿Qué pasa? —pregunta ella riendo al sentirse observada con tanta atención.

—Nada, es sólo que me gusta mirarte. —Raquel sonríe ahora con los ojos—. ¿Cómo lo haces para sonreír siempre?

I’m so happy because today I’ve found my friends, they’re in my headI’m so ugly, but that’s okay, because so are you

—Esa la conozco: Lithium, de Nirvana. ¿Tienes una canción para todo?

Raquel se toca los pendientes de la oreja derecha; en la izquierda sólo lleva uno, un aro con el símbolo de la paz.

—Durante un tiempo fui la cantante de un grupo de rock.

—¿En serio? ¿Y qué pasó?

Raquel niega con la cabeza y los ojos dejan de sonreír.

—Cosas… Hace mucho de eso. ¿Y tú? Cuéntame algo sobre ti, aparte de que devoras libros.

Luis se incorpora en la silla, apoya los brazos en la mesa y, pensativo, hace girar entre sus manos la botella de cerveza vacía.

—Menos mal que puedo vivir la vida de los habitantes de sus páginas. —Se detiene, levanta la cabeza y mira a Raquel—. En la mía no hay nada que valga la pena.

Ella ve la desolación tras la mueca que no llega a ser sonrisa.

(Continuará)

Café de las ocho


Son las ocho de la noche y me he dado cuenta de que la taza sucia del café de la mañana sigue en la mesa. Sé que es la misma taza pues nadie ha venido hoy a verme y tampoco amanecí acompañado. A primera vista, pareciera que han vuelto a servir lo que parece un capuchino, pero nadie más que yo está aquí y sé que no he sido yo. Viéndolo de cerca, eso ya no parece ser espuma.

Con mi bolígrafo azul, toco desde lo alto lo que ahora creo que es algodón blanco. Pero tampoco es algodón. ¿Moho?, no, no es eso. Es algo menos denso y más liviano. Me acerco más. Parecen nubes abultadas que cubren por completo el recipiente. Agito un poco y observo una pequeña montaña elevada, con su punta nevada y su falda verde. Calculo que hay más de quinientos árboles maderables dentro de mi taza, y sonrío hacia dentro al pensar que no podría hacer ni siquiera un palillo con todos ellos. Estoy asombrado. Las nubes (¿nubes?), ahora oscuras, se amontonan en los bordes de la taza, ocultando así la parte trasera de la montaña nevada y evitando que yo pueda ver qué hay detrás. Todo parece un sueño. Son las ocho de la noche, en esta ciudad la temperatura es de treinta y tres grados a la sombra y dentro de mi taza de café llueve. La lluvia golpea el verde valle, baña los árboles y derrite la nieve. La montaña poco a poco se deshace y la taza ya casi está llena de líquido nuevamente. Las nubes se precipitan rápidamente, quedan menos de cincuenta árboles y un tercio de montaña. Hay relámpagos y diluvio.

Delante de mis ojos asombrados aparece, de entre los árboles y la montaña, una familia de cavernícolas que se abrazan ante el ahogamiento inminente. La lluvia cesa, todo desaparece y en la taza reina la normalidad nuevamente.

Te elijo a ti


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Foto: Brooke Cagle (CC0).

 

Te elijo a ti, más que a las prisas matutinas

y al reloj que marca los pasos hacia esa calle desierta,

sin propósito ni miradas despiertas.

 

En este sueño sin miedos ni sentido, te elijo a ti.

Porque bailas en la cuerda floja del destino, dejándome caer,

sin esperar más de lo que hoy quiera ofrecerte.

 

Te elijo a ti, por encima de mis sombras y locuras,

por debajo de estas sábanas donde la vida comienza

cuando muerdes mis labios y atrapas mi deseo sin preguntas.

 

 

Te elijo a ti, en medio de esta vida congelada de diciembre,

lejos de las luces de este árbol desnudo de promesas,

llenando de vacíos y esperanza mis heridas de muerte.

 

Sí, te elijo a ti, igual que la vida abraza el aire,

con domingos de café y bicicleta; sin ruidos ni testigos.

Sin un “para siempre”, solo tu alma en mi latido.

Deposición de materiales por evaporación


No hay nada mejor para un sábado
que desayunar con un choque de trenes en el televisor.
Un accidente terrible
que impida, por un momento, mojar el cruasán en el café.
Y qué decir si en lugar de un incidente mecánico,
se trata de un atentado en una capital. Una muerte insaciable
que se propague irremediablemente como un huracán,
desperdigando ropa y sangre a su paso
porque los muertos pierden siempre la ropa.

Y hacer más café mientras una periodista
se esfuerza en ocultar
la excitación del trabajo bien hecho.
Y apurarlo a sorbos ya frío
mientras el recuento de muertos
huye del suelo como un temblor,
insuficiente para saciar el apetito
que disimulo sacudiendo la cabeza
frente al televisor,
mientras se descompone en imágenes
que cristalizan en la superficie fría de la pared
como capas de alegatos
maleables a mi gusto esta noche −durante la cena con amigos−
para embadurnarles de datos y opiniones
que me basten para salvarles.

Y no parar de hablar ni de beber
hasta olvidarme de mi cuerpo lo suficiente
para tragar toda la sangre en este nuevo ataque
a los valores de la Unión.
Y que el sonido de palabras como paz o crueldad
−la diferencia da lo mismo− golpee en el espejo del salón
haciéndolo crujir para quedar yo sólo en él,
multiplicado e igual de desesperado por conmover
que un televisor encendido un sábado por la mañana.

Blog Amenaza de derrumbe

 

Centrifugando recuerdos (XXII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La mano que sostiene el móvil tiembla. «Llámame. Dice que la llame». Luis siente todo el cuerpo revolucionado. «¿Por qué reaccionas así? Es ridículo», le reprocha una voz en el cerebro, pero él no escucha porque Sara le ha pedido que la llame. Lee el mensaje una y otra vez mientras con la mano libre, sin darse cuenta, arranca trocitos de servilleta, que va apilando en un montoncito junto a la taza.

—¿Qué quieres, Sara? ¿Has cambiado de opinión? —murmura en el momento en que la perrita regresa y se tumba bajo la misma silla de antes. Se lo queda mirando con esos ojos semiescondidos que parecen de un muñeco de peluche— Dice que la llame —le comunica Luis. El animal levanta la cabeza, como si estuviera realmente interesado en los asuntos sentimentales del humano—. Por fin vamos a poder hablar como personas adultas.

La perrita ladea la cabeza y sus largos rizos lanudos se mueven como un muelle. Luis vuelve a concentrarse en el móvil. Siente como si un ejército de hormigas estuviera recorriendo su estómago. Suspira sonoramente, a lo que la perrita responde con un bostezo que descubre una boca hasta ese momento oculta tras cascadas de tirabuzones marrones.

—Vamos allá —anuncia Luis.

…………………………

Cuando Sara abre los ojos lo primero que nota es el sudor en el cuello y el pelo mojado. La camiseta de tirantes que no se quitó para dormir se le ha quedado pegada a la espalda; la almohada y la sábana también están mojadas. Está tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos estirados, buscando de forma inconsciente la postura menos sofocante. Y está sola. Tere ya hace rato que se ha ido a trabajar.

Tarda unos segundos en recordar qué hace en la cama de su amiga. Ha dormido profundamente y, a pesar del calor pegajoso, se nota descansada. Se incorpora y permanece un momento sentada en el borde del colchón mientras su memoria retrocede unas horas, hasta el despertar doloroso en el sofá que la llevó a pedirle a Tere que se marcharan a la Alpujarra con Merche cuanto antes.

Y Luis. También recuerda el reencuentro con Luis. Le aparece envuelto en una nube de irrealidad, como si hubiera sido producto de un sueño surrealista.

«No tendrías que haber venido». Las palabras regresan, provocándole un escalofrío y una mueca de disgusto. Pero también regresan los ojos hipnóticos de María, la zíngara. «Es un buen hombre… Te va a encontrar… Tú decides si lo dejas entrar en tu vida…» Sin el alcohol contaminando sus arterias, las dudas vuelven a asaltarle. Cerebro y corazón retoman la batalla, que resuelve de forma momentánea con un sonoro suspiro.

—Me voy a desayunar —decide, y al apoyar el pie en el suelo un dolor agudo en el dedo meñique le arranca un quejido. Levanta la pierna y se la coloca sobre la rodilla—. Joder, menudo morao.

Se chupa el dedo y aplica la saliva sobre la herida, como si así fuera a curarla, como hacía su madre cuando acudía a ella llorando después de golpearse jugando, como hacen todas las madres. Y durante unos instantes se queda pensando en ella, en lo mal que la trató ayer, cuando se la encontró esperándola en el comedor, preocupada por su hija, por su vulnerable e inestable hija adulta. «Ojalá todas mis heridas se curasen con un poco de saliva», piensa.

—No, prohibida más autocompasión, prohibido sentirse culpable por ser una mala hija.

Ahora sí, se levanta y se dirige renqueante al baño. Frente al espejo comprueba que su aspecto, sin ser para tirar cohetes, ha mejorado respecto a la madrugada. Ve las pequeñas gotas de sudor que le resbalan por las sienes y los crecientes lamparones de sudor en la camiseta.

—Dios, qué calor.

Y sin pensarlo dos veces se desnuda y se mete en la ducha. El primer contacto con el agua fría le provoca un escalofrío, pero enseguida se deja abrazar por ella. Las imágenes de la noche se le aparecen como un pase de diapositivas desordenadas, y tiene la sensación de estar recordando algo de lo que no fue protagonista. Cierra los ojos, levanta la cabeza y recibe la fría lluvia torrencial con placer. Las gotas le repiquetean insistentes en los párpados. Se lleva las manos a la cara y, poco a poco, deja que resbalen, por el cuello, el pecho, el vientre, las caderas, los muslos… Es agradable. «¿Cuánto hace que no te dejas acariciar?» Irremediablemente, su memoria se remonta al verano pasado, y vuelve a experimentar las caricias de aquel capullo despreciable que tan bien la hizo sentir durante unas semanas de espejismo. Se le eriza la piel, pero no quiere echar de menos aquello, así que ruge de rabia, de impotencia, de desesperación por ser incapaz de seguir un rumbo en su vida, por perderse en los recuerdos, martirizarse por ellos y ponerse todas las trabas posibles a la posibilidad de ser feliz.

Se agarra las manos, baja la cabeza, de forma que ahora el agua le golpea en la coronilla, y junta las palmas sobre los labios. Empieza a mover los dedos en una especie de bamboleo a izquierda y derecha con el que se acaricia las yemas, y entonces regresa a su mente la escena bajo la noche pirenaica, la charla con Luis y, sobre todo, el enlace de sus manos. Se le vuelve a poner la piel de gallina; lo echa de menos, y esta vez no se reprocha por ello, si acaso por no haberlo prolongado. «Tú decides si quieres que entre en tu vida».

—Mierda —concluye, en un grito reprimido.

Cierra el grifo, abre la cortina, alcanza la toalla colgada en la pared y se seca. Se dirige a su habitación, donde rescata unas bragas y una camiseta de tirantes limpias, y luego a la de Tere para quitar las sábanas sudadas. Se mueve rápido, tratando de mantener ocupada la mente con actividades rutinarias: llevar la ropa sucia a la lavadora, hacer la cama, poner un poco de orden en el comedor…, pero su mente traicionera actúa por su cuenta y sigue martirizándola.

—Joder, ya está bien. Necesito desayunar.

La actividad ha acelerado el inevitable proceso de recalentamiento y Sara vuelve a sudar. Antes de dirigirse a la cocina, decide tomarse un respiro asomándose a la ventana para saludar a su querida Alhambra. Ahí sigue, reinando sobre el paisaje, ajena a las comeduras de cabeza de los humanos. Como siempre, la visión la relaja. Sin embargo, una voz llama su atención enseguida. Abajo, junto al portal, una barrendera reniega sonoramente mientras recoge los trozos de vidrio de una botella que algún simpático hizo añicos durante la noche. Sara rememora entre nieblas la escena con el grupo de gamberros al que se enfrentó desde la ventana, y automáticamente Luis, empujando la puerta y apareciendo en el comedor con cara de haber visto un fantasma, reclama su espacio.

La joven resopla, da media vuelta y se va a la cocina. Y entonces sonríe. «¿Por qué narices nos cuesta tanto ver las cosas positivas? ¿Por qué esa manía con magnificar lo desagradable, lo doloroso?» En la encimera reposa una cafetera que aún conserva caliente su valioso contenido, como revela el penetrante aroma que desprende, y sobre el mármol, su taza del Central Perk, con una cucharadita de azúcar moreno. A su lado, en un platito, un hermoso croissant y un par de piononos.

Sara coge la nota decorada con dibujos de corazoncitos y caramelos de colores, dispuesta entre la taza y el plato, y se dispone a leerla vestida con una reparadora sonrisa de oreja a oreja.

«Buenos días, corazón. Por increíble que parezca, me he levantado con tiempo (quizás tenga algo que ver el hecho de que, despatarrá y con los brazos abiertos, dejas poco espacio en la cama…) y he pensado que te sentaría bien un típico desayuno granaíno. Así que he bajado a por unos piononos y unos croissants bien “ligeros” de calorías y te he preparado el café. No te he puesto la leche porque no sabía cómo lo querrías de cargado, que la noche (y la madrugá) fue muy larga…

PD: He barajado la posibilidad de despertarte para desayunar juntas, pero se te veía tan a gustito que me ha dado pena. Bueno, también podía pasar que me mandaras a tomar viento, así que he preferido no tentar a la suerte… y así he podido comer más piononos que tú. 😛

PD2: Esto… ¿Por qué no llamas a ese chico tan majo…? ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Luis, ¿verdad? Pues eso, que lo llames y charláis con calma. ¿No crees que te lo mereces?

PD3: Está buenísimo… El pionono, digo. 😉

Incondicionalmente tuya,

Tere»

—Qué loca estás, y cómo te quiero.

Sara mantiene la sonrisa, pero le asaltan las dudas. Nota el corazón acelerado, impaciente por cumplir con la petición de su amiga, pero también escucha la voz insidiosa de su yo cobarde y rencoroso. Opta por atacar a un pionono.

—Mmmmmm… Buenísimo.

El primer bocado hace desaparecer la corona de crema tostada, y con el segundo le inunda la boca el delicioso líquido que emborracha el bizcocho.

Con las papilas gustativas retozando de placer, la voz insidiosa tiene la batalla perdida y el corazón se apresura a proclamar su victoria aplastante.

—Le envío un mensaje —decide Sara mientras vierte el café en esa taza que ha sido testigo de tantas tardes de sofá y carcajadas junto a sus amigas.

«Es un buen hombre… Tú eres la que decide si quieres que entre en tu vida».

—Eso no lo sé aún —le responde a la zíngara—, pero le daré la oportunidad de que me convenza.

Con la taza en una mano y el plato en la otra, se dirige al comedor para disfrutar del desayuno a la salud de la mejor amiga del mundo.

Continuará…