El paradero


Ilustración por Carlos Quijano

No es un camino vecinal ni tampoco una moderna autopista; en los 80 le llamaban carretera federal, pero con la llegada de la voraz urbanización ahora lleva por nombre bulevar. Junto con la civilización —como muchos llamaron en su momento al abandono de la vida pueblerina— llegaron también un montón de problemas sociales y demográficos. La geografía de lo que iba a ser un lugar de retiro y descanso de pronto se vio muy similar en cuanto a apariencia y contexto a las favelas brasileñas: las colinas se plagaron de casas a medio construir, ofreciendo al visitante una estampa ilustrativa del concepto del tercer mundo.

Una de las consecuencias que tuvo el gran terremoto de 1985 fue la migración. Este fenómeno ocasionó que muchos defeños —antes ese era su gentilicio, hoy como cambió de nombre la entidad federativa, no se ponen de acuerdo con uno nuevo— dejaron atrás las ruinas que habitaban antes del temblor y, por su cercanía, abarrotaron esta ciudad.

Después de unos años, en los que los oriundos se acostumbraban a la chilangada en fuga, también llegaron aquellos que perdieron la esperanza y que nunca encontraron la tierra prometida en suelos guerrerenses. Salvo unos cuantos que lograron triunfar en el puerto de Acapulco, los demás vivían en la miseria. Ellos trajeron consigo su pobreza extrema, sobrepoblación, pereza y raras costumbres, como la de comer pozole todos los jueves.

La población se amalgamó entre chilangos, guayabos y cochos arcelianos y ya nada volvió a ser igual en este estado.

Hoy, con más edad, mucha más de la que tenía cuando llegué, me tomo mi tiempo, bajo al bulevar y compro una nieve, una botella de agua, un café, o hasta un invento llamado «Dorilocos», según la temporada o la ocasión. Me acomodo en una barda de piedra y cemento que se construyó en no sé qué año para poner tres escalones y poder subir al siguiente nivel de la acera. La barda está justo debajo de una techumbre que cubre una pequeña explanada donde cada sábado, domingo o día festivo, se instala un puesto ambulante que ofrece tacos de barbacoa de chivo. Esta techumbre sirve para refugiarse del sol o de la lluvia porque justo en ese punto está una parada de autobuses. A un costado, en la calle perpendicular al bulevar, hay una fila de taxis esperando turno para ser abordados. El sitio, le llaman. También, debajo de ese techo de lámina galvanizada hay una tienda en donde despachan a sus clientes la mercancía a través de una reja; es decir, no se puede entrar. En lo personal detesto esos lugares con ese sistema de ventas, pero todo se debe al alto nivel de delincuencia en los alrededores. Es que esa esquina en particular es un punto de encuentro. Transeúntes, clientes de la tienda, pasajeros que suben y bajan del autobús y otros que prefieren alquilar un taxi a caminar el último tramo para llegar a su destino.

Mientras degusto un café —fue en noviembre, recuerdo, ya había bajas temperaturas— observo con discreción todo lo que acontece en el paradero: puedo ver la ansiedad en los ojos de uno de los choferes de taxi; lleva más de cuarenta minutos esperando ser contratado para un viaje. Miro a una señora de rostro cansado que apenas puede bajar el último peldaño del estribo del autobús. Camina balanceándose por causa del sobrepeso y los estragos que eso ha hecho en sus articulaciones. Dialoga con el taxista, llegan a un acuerdo en la tarifa después de unos minutos de tradicional regateo. La señora sonríe porque obtiene un buen precio por el servicio y se dispone a abordar el vehículo por la puerta trasera. El chofer tiene gesto resignado porque quizá no fue el mejor pago que pudo obtener, pero al menos se movería del lugar después de casi una hora de espera.

Una chiquilla con uniforme escolar se levanta de la banca metálica que el ayuntamiento dispuso en cada paradero de su jurisdicción. Se echa la mochila al hombro, acomoda la falda doblándola en la pretina para que el largo quede unos centímetros arriba de su rodilla y aborda el autobús que se acaba de detener. Coquetea con el chofer, —que es mucho mayor que ella— quien con una sonrisa benevolente le hace una seña para que pase y ocupe el asiento reservado para adultos mayores, mujeres en gestación o personas con capacidades diferentes. La estudiante, gracias su jovial sonrisa, se ahorra el pasaje, pero eso no la exime de ir charlando con el operador, quien arranca la unidad con aire de suficiencia sintiéndose un perfecto galán otoñal que cuenta con un amor en cada paradero.

Hay más personas esperando otras líneas de autobús. Algunas se pasean de un lado a otro echando vistazos al bulevar esperando ver su camión acercarse, otras se entretienen con el celular sin darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, otras más aprovechan ese tiempo muerto para repasar su lista de ilusiones y se pierden en sus propias fantasías.

Muy pocos saben que la cinta negra que está amarrada en la estructura metálica del paradero es una especie de bandera que indica que ahí se distribuyen drogas. El encargado de hacerlo llega cada día, amarra la cinta y se para junto a la pared de la tienda que hace esquina con la calle perpendicular al bulevar. Es un sitio estratégico porque desde ahí puede ver con anticipación la llegada de la policía ya sea por el bulevar, o por las calles de la colonia.

El narcomenudista es un tipo de unos cuarenta años; quizá tenga menos, pero ese vicio acaba con la gente. Es flaco, con bigotes de morsa, usa siempre un gorro de estambre, no importando el clima. Por lo que he podido observar tiene bastante bien aleccionados a sus compradores —jóvenes, en su mayoría— porque el pago y la entrega se hacen sin cruzar una palabra. El distribuidor ubica a su cliente, a la distancia, con una seña, le indica que lo espere; saca una pequeña bolsa del tipo que tiene un cierre de presión hermético de una desgastada cangurera, la esconde con la destreza de un prestidigitador y vuelve a hacer otra señal para que el cliente se acerque. El muchacho, quien no debe de tener más de veinte años, entrega el dinero, el traficante lo recibe con la mano derecha, le echa un vistazo rápido antes de guardarlo en un compartimento de la cangurera y con la mano izquierda entrega la bolsita. Esto sucede en cosa de segundos. Se concreta la transacción y el vendedor vuelve a lo que estaba haciendo: cuidarse de la policía y mirar con babeante lascivia a toda mujer que pase frente a él.

A un costado de los escalones de la acera, junto a una ventana de la tienda que funge como exhibidor de botellas de alcohol, hay una delgada banqueta que todas las veces sirve de asiento para una chica de aspecto sucio, cabello enmarañado, ropa raída, tez marchita y una delgadez extrema. Es una adicta que consume lo que vende el bigotes de morsa. Esta vez está acurrucada, entredormida, hecha ovillo; abraza sus piernas, dormita un poco o tal vez está bajo el efecto de la droga. No es necesario acercarse mucho a ella para percibir por encima de su mal olor corporal, el destilado de pegamento que emana no solo de la transpiración de su escuálido cuerpo, sino de su aliento, incluso. Entre su inexistente pecho y sus rodillas abraza un juguete. Parece uno de esos coches que se arman con bloques parecidos a las piezas de Lego. Se me ocurre pensar que es para su hijo. Lo abraza de tal manera como se abrazaría un tesoro. El niño se sentirá feliz al ver llegar a su mamá con aquel juguete, ella sonreirá satisfecha por brindarle un momento de alegría al niño, quien no tiene un padre porque ella fue una víctima de violación multitudinaria a manos de otros adictos. Ella no supo que estaba embarazada hasta que la gestación estaba tan avanzada que, la vida de ambos peligraba si se optaba por un aborto. Se quedó con el bebé por presión del sacerdote de la iglesia a la que asistía. Ahora sale todos los días a conseguir dinero prestado, alquilándose para hacer quehaceres domésticos, barriendo calles o recibiendo dinero a cambio de sexo oral.  De alguna manera tiene que llevar comida a su casa para alimentar a su hijo. Es su lucha diaria, además del vicio de las drogas.

Quizá se me ocurrió esta historia, quizá alguien me la contó en un momento de sobriedad.

La vida es mucho más amarga que un café cargado y a veces hay que dar tragos grandes.

De repente el bigotes de morsa ha desaparecido, en su lugar se quedó una chiquilla que vende empanadas dulces y saladas. Miro en todas direcciones y a lo lejos distingo las inconfundibles luces en colores azul y rojo alternándose en arrebatados giros en la torreta de una patrulla de policía. Un oficial asoma su rechoncha cara: bigote recortado, cabello casi a rape, lentes oscuros imitación barata de Ray Ban. Escudriña el paradero en busca de algo o alguien. La patrulla se detiene y el regordete policía fija su atención en la niña de las empanadas. Ella, con nervios templados, ofrece su mercancía: «Empanadas de arroz, de manzana, de mole con pollo, de jamón con queso. ¿De qué va a llevar, patrón?», remata su cantinela. El policía la llama y ella se acerca. Con rapidez despacha dos de jamón con queso, una de mole y otra de arroz. Los policías buscaban comida, no a un narcomenudista.

La patrulla se aleja y el traficante sale de su escondite y continúa con su venta.

La niña atraviesa el bulevar para ir a ofrecer las empanadas a la salida de una farmacia de medicamentos muy parecidos a los de patente. «Lo mismo pero diferente» reza su eslogan.

El sol comienza a despedirse con esos rayos de amarillenta melancolía. Las colinas los obstruyen y provocan una oscuridad prematura. Pronto las luminarias artificiales se encenderán una a una rindiendo juramento contra la oscuridad y despertando de su sueño diurno.

La acera de frente a donde estoy sentado comienza a llenarse de mesas armables de plástico y blancas sillas monobloque. En la entrada del local hay un hombre que está comenzando con un ritual: está encajando tiras de carne marinada en un condimento prehispánico. Con la habilidad que solo da la práctica, el hombre va poniendo una capa tras otra sobre la varilla metálica y va formando una figura similar a un trompo en llamativo color naranja. Cuando termina de acomodar las carnes, con precaución enciende el fuego vertical que irá cocinando la carne poco a poco hasta alcanzar el punto exacto de cocción, usando a modo de espada, un cuchillo con el que irá rebanado con certeros cortes, la parte rostizada que caerá en una pequeña tortilla. Ahí se coronará con cebolla, cilantro y un pequeño trozo de piña que el diestro espadachín corta en lo alto del trompo y como si se tratase de un acto circense, caerá con toda precisión dentro del taco.

Este ritual culmina con los rostros de satisfacción de los comensales que después de presenciar los malabarismos de la preparación están ansiosos por probar el rico manjar llamado «taco de pastor».

A contraluz sobre el bulevar se ve la oscura silueta de un puente peatonal, que por alguna extraña razón nadie utiliza, a pesar de que no hace mucho tiempo hubo una muerte trágica, del tipo que es difícil de aceptar que haya ocurrido. Cuando ocurre algo así se genera un desajuste en las cuadrículas del tiempo ocasionando que el balance de la ecuación tiempo-espacio prescinda del determinante. En otras palabras, el evento acaecido permanece en un ciclo infinito donde el espacio no tiene principio ni fin. El evento se repite tantas veces como dure la eternidad.

Cuenta la gente que el alma de la persona fallecida ronda el lugar desde entonces. De repente se le puede ver subiendo o bajando las escaleras del puente.

La noche se extiende plena de oscuridad. El tránsito disminuye. Solo se ven siluetas a contraluz que arrastran los pies y su andar es pesado, su postura gacha, como si quisieran proteger su rostro de la oscuridad.

Noto que mi café está casi frío y no sé si sea por el ambiente o por la temperatura de mi mano que sostiene el envase. Doy un último trago al vaso antes de levantarme e irme. Trato de estirarme para poner en marcha la circulación, pero me siento ligero como vapor de agua. Camino unos pasos y me dispongo a dejar el paradero.

Algo extraño sucede: ¡me quedo atónito! Acabo de ver a un hombre idéntico a mí, con la misma vestimenta y se me eriza la piel cuando me doy cuenta de que lleva un vaso de café con la misma marca que yo acabo de beber. Esto no es más que una broma macabra.

Me mira y sufre un ataque de pánico. Echa a correr sin poner atención al tránsito que circula sobre el bulevar. Se escucha el estruendo de una urgida bocina de un tráiler, la velocidad le impide frenar y embiste de lleno.

El cuerpo vuela por el impacto y cae a unos tres metros de distancia. La gente en el paradero se alarma y se preguntan «¿Qué pasó?» Alguien grita «¡Llamen al 911!» En lugar de pedir ayuda se acercan al lugar en donde está el cuerpo para tomar fotos y videos con el celular. Me acerco con más morbo que curiosidad. Intentan darle los primeros auxilios. A la distancia se escucha como un grito escalofriante el sonido de la sirena de una ambulancia. En un abrir y cerrar de ojos los paramédicos ya están arrodillados junto al atropellado, pero es demasiado tarde. Lo declaran muerto, por lo que uno de ellos busca en los bolsillos alguna identificación, cuando la encuentra se levanta y pregunta: «¿Alguien conoce a…»? Y dice un nombre que es el mío.

En ese momento entiendo todo. Me siento ligero, como si flotara, etéreo, volátil…, muerto.

Es mi alma, atrapada en un bucle, la que contempla el momento de mi muerte.

Me transformo en un gas y todo empieza de nuevo.

¿Quién se queda el Starbucks?


Quédate el gato, que nunca lo quise,

me llevo a mis tías que no te quisieron,

toma las copas de nuestro quinto aniversario,

yo me quedaré la almohada que dice «Tquiero».

Quédate con la misa de domingos,

yo iré por las tardes de los sábados.

Para ti, los cines en miércoles,

para mí, los bares de lunes.

Aprópiate las noches de juegos de jueves,

y haz lo que quieras los martes y viernes.

Ve a misa los sábados o bebe los lunes,

pero no te presentes en Starbucks jamás.

Toma en tus manos la ciudad,

quédate todos los cuartos de hotel,

rompe el cronograma,

mata la rutina que nos mató,

quédate todo lo que vos querás.

pero deja para mí el Starbucks por favor.

No te acerques nunca jamás,

es mío, por Dios, solo mío ese lugar.

no llegues a pedir ni para llevar,

que Starbucks es mío por derecho de antiguedad.

Sabor a café


Este sabor en la punta de la lengua,
con tacones de mandarina,
se adhiere a mi paladar
y baila por toda mi boca.

Mi pobre lengua da una vuelta ligera,
como loca, buscando la cremosidad del cuerpo
y esa fragancia tan fresca.

¿Qué ha pasado? La dejó húmeda y a secas.

Este olor en la punta de la nariz,
de nuevo el líquido negruzco,
con el aroma exacto y cafeína portable.

Este sabor en la punta de la lengua
de fragancia inolvidable
y de sentido volátil.

Lluvia diciembre


Sos mis aguas de marzo,

Aunque estemos en diciembre,

a pesar que estos días ya no lluevan más,

porque por vos «soy palo, soy puente y fin de camino».

 

Y vos por siempre:

 mi «misterio profundo»,

mi lluvia diciembre,

mi gusto y mi disgusto,

mi noche y mi sol.

 

Porque vos sos y serás mis días,

mi café por las mañanas,

mi cerveza helada

hoy y los siguientes trescientos sesenta y cinco años bisiestos,

y, todavía, un día más.

Esta tristeza


Es tan amarga como un café en silencio.
Pesa en alguna parte del ser.
Es un insolente recordatorio de que el día comienza sin sol.
Anega los ojos de agua y va vaciando el corazón de a poco.
Te mantiene en un estatus de inmovilidad permanente.
Hay mil piezas, pero ninguna de ellas encaja.
Los recuerdos necios son como preguntas abandonadas.
Es sufrir un ataque de rabia en calma, mientras la noche se consume
y das diez mil vueltas en la cama y ya no hay nada.
No es veneno, pero mata.
Se alimenta de minutos y crece… y crece.
Esta tristeza me impide olvidar tu nombre,
solo porque eres tú quien la causa.
La canción la olvido.
La foto la rompo.
Las mil lágrimas las lloro.
Pero ¿quién me quita esta tristeza?
Esta
maldita
tristeza.

Un café y una sonrisa (2ª parte)


(Lee aquí la primera parte)

You look so fineI want to break your heartand give you mineYou’re taking me over

—Cantas muy bien. —Raquel mira a Luis con una sonrisa sincera pero cansada mientras él da otro trago al botellín de cerveza—. Tu sonrisa y tu voz me llevan a un lugar donde me gusta estar —añade en un murmullo, lo bastante apagado como para que ella pueda disimular no haberlo escuchado.

—Cuando estaba en el grupo, me fijaba mucho en Shirley Manson…, la cantante de Garbage —aclara ante la expresión ignorante de Luis—. You Look So Fine es uno de mis temas favoritos.

Sentados en la misma terraza de los últimos días, contemplan el mar en silencio. Raquel se retira de la cara un mechón agitado por la brisa y lo coloca detrás de la oreja.

—Podría pasarme la vida así, viendo las olas romper contra la orilla.

—Y yo.

Intercambian una mirada cómplice, y enseguida ella vuelve a desviarla hacia el azul inmenso.

—Es curioso cómo nos empeñamos en hacernos las mismas preguntas, una y otra vez, aun sabiendo que no vamos a encontrarles respuesta.

—¿Eso haces al cantar, preguntarte sobre el pasado? —A Raquel le sobresalta la deducción de Luis, y lo mira con sorpresa. Él apura la cerveza—. Yo prefiero no hacerme preguntas, pero es difícil resistirse. La autocompasión resulta tentadora cuando mirar adelante es como hallarse en medio de un desierto y buscar un oasis; sabes que lo máximo a lo que puedes aspirar es a encontrar un espejismo.

—Cuando estaba en el escenario, me sentía viva, libre, llena de energía. Cantar y dejarme llevar por la música era lo que daba sentido a todo.

Vuelven a quedar en silencio. Luis la observa y ve cómo sus ojos se tiñen del azul oscuro del mar al atardecer.

—Si alguna vez te apetece, puedes contarme lo que pasó.

Raquel gira la cabeza y le regala la enésima sonrisa.

—¿Nos bañamos?

Sin esperar respuesta, se levanta de la silla, salta a la arena y se aleja por la playa casi desierta. Al llegar a la orilla, se da la vuelta y saluda a Luis con una mano. Entonces, se quita el vestido y, despacio, se mete en el agua.

…..

Raquel ríe. Es la risa de una niña entregada a la diversión. Le transforma la cara, porque no tiene que hacer ningún esfuerzo consciente por sonreír, y a Luis le encanta; tanto, que durante las dos horas que llevan bailando ha olvidado qué es lo que provoca su desazón permanente. Están sudando a mares, apretujados contra otros cuerpos sudorosos que también ríen y se dejan llevar por la música. La atmósfera invita a la desinhibición, a entregarse sin reparos a la alegría de vivir.

Con los últimos acordes de Song 2 de Blur, Raquel se lleva una mano al cuello para indicar que está sedienta, y ambos se dirigen a la barra. Aprovisionados de cerveza, salen a tomar el aire a la terraza.

—Lo estás pasando bien, ¿eh?

—Me estoy quedando afónica, y mañana voy a tener unas agujetas…

Brindan con los botellines y beben en silencio, aunque enseguida Raquel reconoce el Stone Cold Crazy de Queen en la versión de Metallica y se pone a cantarla.

Tiene las mejillas encendidas y los ojos le brillan, como la piel de la cara y del cuello, perlada de gotitas de sudor.

—Me gustaría besarte —susurra Luis.

Raquel deja de cantar y lo mira con una expresión encendida que él todavía no había tenido el placer de contemplar. Con la mano libre, lo agarra del cuello de la camiseta, lo atrae hacia ella y, con la nariz a un milímetro de la de él, se detiene para saborear ese instante de deseo máximo, justo antes de meterle la lengua ardiente en la boca.

…..

Al alba, el mar y el cielo se confunden en el horizonte, pero poco a poco se dibuja la línea que anuncia la llegada del sol. Raquel y Luis asisten al proceso sentados en la orilla, dejando que la lengua tímida del mar les acaricie los pies. Ella apoya la cabeza en el hombro de él, y él aspira el aroma del sudor, el perfume y la sal que emanan del pelo de ella. No recuerda un olor más delicioso. Tienen las manos entrelazadas sobre la arena húmeda.

—Nunca había visto el amanecer en la playa tan bien acompañado —anuncia Luis.

Ella sonríe relajada. El sueño empieza a reclamar su botín tras una larga noche de bailes, sudor y besos.

Presiento que tras la nochevendrá la noche más largaQuiero que no me abandones, amor mío, al alba

Luis siente una presión en el estómago. Raquel le agarra la mano más fuerte, y él le acaricia el pelo y le besa la cabeza. Ella no puede seguir cantando, ni siquiera en un susurro, las lágrimas y el nudo en la garganta se lo impiden.

—¿Qué te pasa?

—Nada, no te preocupes. —Se separa un poco de él y hace el esfuerzo por sonreír—. Me lo he pasado muy bien, pero estoy muerta y necesito dormir.

En el horizonte, el cielo empieza a adquirir un tono anaranjado.

…..

Luis aparca frente al portal. En la calle se mezclan los jóvenes que regresan de fiesta con quienes salen a comprar el pan y churros para el desayuno, a pasear el perro o a correr.

Raquel mira por la ventanilla, pero lo que ve se oculta en su memoria. En la radio suena Heroes.

I, I will be King… —Luis se atreve a acompañar a Bowie—. And you, you will be QueenThough nothing will drive them awayWe can be heroes just for one dayWe can be us just for one day

La interpretación consigue atraer la atención de Raquel, que sonríe sin ocultar su tristeza.

—Just for one day —repite, como diciéndoselo a sí misma.

—Si quieres, subo contigo.

—Es mejor que no. Además, me voy a quedar frita en cuanto me tumbe.

Luis se inclina hacia ella y la besa. Raquel lo abraza, y piensa que le gustaría prolongarlo, porque nunca había abrazado a nadie que lo necesitara tanto como ella. Cuando sus labios se separan, permanecen abrazados. En la radio, Little Wing de Jimi Hendrix toma el relevo de Bowie, y Raquel piensa que es una de las canciones más bonitas que se han escrito. La canta al oído de Luis, y él siente un escalofrío.

When I’m sad, she comes to me, with a thousand smiles she gives to me freeIt’s alright, she says, it’s alright, take anything you want from meAnything… —A Raquel se le escapan las lágrimas—. Aquel hijo de puta… cogió lo que quiso, sin preguntar…

Luis escucha tenso al principio, pero enseguida la abraza más fuerte y le acaricia el pelo.

…..

Durante los días siguientes, Luis no encuentra a Raquel en la cafetería. Le dicen que no saben nada de ella. No puede llamarla ni escribirle porque no han intercambiado sus números de teléfono, así que se acerca a su casa, pero no contesta al timbre. Pregunta a un par de vecinas que salen del portal, pero ni siquiera parecen conocerla.

Se repite a sí mismo que esta vez no ha hecho nada para cagarla, pero no logra sacudirse el sentimiento de culpa. «Me tendría que haber conformado con el café y la sonrisa reconfortante. ¿Dónde voy a refugiarme ahora?», se reprocha desolado.

…..

Raquel regresa a la cafetería una semana después. Ha estado enferma, un catarro que la obligó a quedarse en cama y que, en realidad, ha sido la excusa perfecta para no salir de la cueva. Ahora el catarro casi ha remitido del todo, pero el mal que de verdad le duele continúa ahí, crónico, enmascarado con una sonrisa.

Se pone la gorra y la chapa y se incorpora al trabajo. Y cada vez que la puerta se abre, el corazón se le acelera, deseando que sea y a la vez que no sea Luis. Se siente mal por haberse escondido de él, pero se dice a sí misma que es lo mejor, que quizás no tendría que haber aceptado aquel café, porque así ahora seguiría viéndolo casi cada tarde y hablarían de libros.

—Hola, Raquel. —Es Gina, toca cambio de turno; la jornada ha pasado rápido—. Me alegro de que ya estés mejor.

—Hola. —Se saludan con dos besos. Gina es lo más parecido a una amiga que se puede tener en el trabajo—. El resfriado me ha dejado hecha polvo, pero sí, ya estoy bastante bien.

—Por cierto, ayer un cliente dejó algo para ti. —Raquel da un respingo. No puede ser otro que Luis—. Espera un momento, que lo guardé en la taquilla. Me cambio y te lo traigo.

Raquel nota cómo se le acelera todo el organismo. Se pone a ordenar el mostrador y le pasa la bayeta; luego sigue con las tazas y las cucharillas, que ya había ordenado previamente.

—Toma.

Raquel recibe el paquete envuelto. Es evidente que se trata de un libro. Rasga el papel sin reparar en Gina, que la observa con curiosidad. «Locuras de Brooklyn, Paul Auster». No lo ha leído.

—Joder, ojalá a mí me hicieran regalos así. Un día un tío me dejó un paquete de chicles. El muy gilipollas había apuntado su número de teléfono en el envoltorio.

Raquel no la escucha. Abre el libro y, como intuía, Luis ha escrito algo en la primera página. Lee con ansia y temor.

«No creo en las segundas oportunidades. Sin embargo, sí creo que existen personas capaces de sobreponerse al pasado, con la fuerza suficiente para convivir con él y seguir adelante. Tú deberías ser una de ellas. Hay que tener mucha fuerza interior para vestir esa sonrisa tan reconfortante para quienes tienen la suerte de contemplarla.

Espero que te guste el libro. Es una historia optimista. Tiene partes angustiosas, pero el conjunto deja buen sabor de boca. A pesar de esos personajes llenos de cicatrices, Auster sí cree en las segundas oportunidades.

Gracias por estos días. No dejes de sonreír.

Luis».

Raquel cierra el libro y lo aprieta contra el pecho.

—Que tengas una tarde tranquila —le desea a Gina, con una sonrisa dolorosa.

Fin

Un café y una sonrisa (1ª parte)


—¿Está bien?

Luis recibe el cambio del billete de cinco euros con una sonrisa desconcertada. La camarera también sonríe. Siempre lo hace. Desde hace unas semanas, Luis se toma el café con leche de la tarde ahí porque le gusta su sonrisa fresca. Tiene la impresión de que las sonrisas frescas escasean, y la de ella lo reconforta.

—El libro —aclara la muchacha. Luis mira el ejemplar de 1984 que ha dejado sobre el mostrador mientras espera el café—. Está en mi lista de pendientes, pero nunca me he animado a leerlo porque me da la sensación de que me va a angustiar. —Mientras habla, se desenvuelve con destreza mecánica con la cafetera. Sus movimientos firmes y seguros tienen algo de hipnótico—. Y, la verdad, llevo un tiempo en que sólo me apetecen lecturas que me dejen buen sabor de boca. —Se da la vuelta y coloca un platillo, la cucharilla y dos sobres de azúcar junto al libro. Mira al cliente directamente a los ojos, sin abandonar la sonrisa—. La vida real ya es bastante angustiosa a veces, ¿no crees?

Luis no estaba preparado para ese tipo de conversación. Y debe reconocer que la mirada de ella lo intimida. Se siente estúpido al darse cuenta de que durante todos esos días que ha estado frecuentando el local, Raquel (según la identifica la chapa que lleva enganchada en el pecho) no dejaba de ser una sonrisa que le aligeraba el peso de sus fracasos.

—Es la segunda vez que lo leo. La primera era demasiado joven para entenderlo del todo. Ya lo estoy acabando y, sí, es un poco angustioso. Te hace pensar en muchas cosas.

Raquel coloca la taza sobre el platillo.

—Si está muy caliente, te pongo un poco de leche fría.

Hasta hoy no le había hecho el ofrecimiento porque el verano se resistía a llegar, pero desde hace un par de días la temperatura ha subido de golpe.

—Gracias, así está bien. El café con leche me gusta caliente, aunque nos estemos achicharrando.

Raquel ríe, y Luis se siente más reconfortado que de costumbre.

…..

—¿Lo de siempre?

Desde el momento en que cruzó la puerta de la cafetería para entregar el currículum, Raquel decidió que mientras estuviera allí haría lo posible por sonreír, aunque en su interior mantuviera latente la tentación de mandarlo todo a tomar viento. Le dieron el empleo, una gorra y una chapa ridículas, y ella las complementó con su expresión más agradable. Le sonríe a todo el mundo, pero con el chico que siempre lleva un libro es especialmente simpática.

—No, hoy voy a probar el batido de café. ¿Está bueno?

—Pues no lo sé. Yo tampoco lo he probado. —Raquel apoya las manos en el mostrador y observa el rostro que tiene delante con un nivel de atención que sobrepasa con mucho lo reglamentario. Él se esfuerza por sonreír, pero se le nota la incomodidad—. Hacemos una cosa: si no te gusta, te lo cambio por el café con leche habitual.

—Vale —acepta con timidez; hay otra cosa que le preocupa, y no está seguro de atreverse a plantearla.

—Ya veo que has acabado 1984 —advierte ella, mientras prepara el batido—. Menudo personaje fue George Orwell. La verdad es que sabía muy poco sobre su implicación en la Guerra Civil, y buscando información sobre él me han entrado ganas de leer Homenaje a Cataluña. ¿Lo conoces?

—Sí, lo tengo en los pendientes. —Luis desliza los dedos por el libro que ha dejado sobre el mostrador. En realidad, aún no ha acabado 1984.

Raquel se gira un momento y se fija en la portada.

Entre limones… Chris Stewart… No lo conozco. ¿Qué tal?

Vuelve a estar de espaldas. Luis piensa que es la oportunidad para plantear su ocurrencia.

—Muy divertido. Es uno de los libros más divertidos que he leído. Y…

La sonrisa de Raquel aparece de nuevo ante él, espléndida e intimidatoria.

—Marchando un batido de café.

Durante unos segundos permanecen en silencio, y ella tiene la certeza de que los fantasmas que lo acosan a él son tan persistentes como los suyos.

—Toma, lo he traído para ti. —Luis empuja el libro hasta que contacta con los dedos de la mano que la camarera apoya en el mostrador—. Te garantizo que no te va a angustiar nada y que te hará reír con ganas.

Resulta curioso que ahora que Raquel tiene un motivo para estar contenta de verdad, la sonrisa se le desdibuja en el rostro.

…..

—Muchas gracias por el libro. Tenías razón, es muy divertido.

Luis sonríe nervioso. Ha estado a punto de no acudir a la cita casi diaria con su café con leche y la sonrisa reconfortante.

—Me alegro —responde, evitando cruzar la mirada con la de ella. «Da los buenos días con un café y una sonrisa», lee en un cartel que se le antoja estúpido.

—¿Qué ponemos hoy?

Luis tiene la impresión de que Raquel exagera su simpatía porque se siente tan incómoda como él. Se dice a sí mismo que han traspasado la frontera de la relación habitual entre camarera y cliente para entrar en un territorio desconocido que no está seguro de querer descubrir.

—Café con leche, por favor.

Raquel se gira hacia la cafetera. Se desenvuelve con menos destreza, como si algo distorsionara la maquinaria siempre engrasada. Y en verdad es así.

—¡Mierda! —exclama al resbalársele la taza entre los dedos y hacerse añicos contra el suelo.

Luis se siente absurdamente responsable.

—No pasa nada, un accidente lo tiene cualquiera.

Agachada detrás del mostrador, Raquel levanta la cabeza. Las miradas coinciden, y Luis siente un escalofrío porque ve dolor.

…..

Luis lleva un rato frente a la puerta del local, sin decidirse a entrar.

Ya ha acabado de leer 1984. Le ha tomado el relevo Las olas, pero no cree que vaya a aguantar mucho; no le interesa el jeroglífico introspectivo que plantea Virginia Woolf. Es aún más deprimente que la atmósfera opresiva, sin resquicio para la esperanza, que dibuja Orwell. Piensa en Winston y en Julia, en su historia de ¿amor? condenada al fracaso. «Pero durante un tiempo consiguen ser libres; aunque sea una libertad ficticia, sus sentimientos y sus ideas les pertenecen», reflexiona.

Vuelve a mirar hacia la puerta. Sabe que Raquel está ahí. Se pregunta si hoy volverá a sonreír. Aprieta el libro con las dos manos y se muerde los labios en un gesto de rabia, porque no es capaz de encontrar nada más auténtico en su vida que esa sonrisa, y no quiere arrastrar la culpa, una más, de hacerla desaparecer.

Por fin, se da la vuelta y se aleja arrastrando los pies.

…..

Al oír abrirse la puerta, Raquel levanta la cabeza. Desde hace una semana, es su reacción automática. Cuando comprueba que no es él, el chico del libro, pierde la sonrisa, que recupera un segundo después para volver al trabajo.

Pero hoy si es él. Lo ve acercarse titubeante, con la mirada nerviosa desviándose a un lado y otro, como si no fuera capaz de fijarla en un objetivo.

Es más temprano que de costumbre, y apenas hay clientes. Raquel se queda paralizada, con las manos sobre el mostrador y la sonrisa congelada.

—Hola —murmura Luis al llegar hasta ella, y tras pasear la vista por el mostrador reúne el suficiente valor para mirarla a los ojos—. Cuando acabes el turno, ¿te apetecería tomarte un café conmigo?

Raquel había fantaseado con la posibilidad, pero ahora que ha sucedido no sabe qué decir. El movimiento de las manos de él sobre el mostrador atrae su atención. «Un hombre en la oscuridad. Paul Auster», lee entre sus dedos repiqueteantes.

I know someday you’ll have a beautiful life… —Raquel comienza a cantar, muy flojito—. I know you’ll be a starin somebody else’s sky, but whywhy, why can’t it be, why can’t it be mine

—Me suena, pero no la reconozco.

Black, de Pearl Jam. Es una de mis canciones favoritas.

—Me gusta Pearl Jam, pero no me sé ninguna letra.

—Salgo a las seis.

…..

La brisa marina refresca el ambiente y revuelve el pelo de Raquel, quien permanece sentada en la arena, abrazándose las piernas y con la barbilla sobre las rodillas. Observa las olas y las escucha; seguramente no hay sonido más balsámico. Luis está sentado a su lado, aunque un poco por detrás. Juguetea con la arena mientras se le escapan miradas fugaces hacia ella. Le gusta: su pelo revuelto, la sonrisa relajada, el perfil de su nariz algo torcida, sus manos de dedos largos, los pendientes que le decoran todo el perímetro de la oreja… Apenas han intercambiado palabra. Sus pasos los han conducido hasta la playa, donde todavía quedan algunos bañistas que celebran la llegada del calor compartiendo espacio con parejas acarameladas que celebran su amor.

Raquel y Luis no celebran nada, si acaso el hecho de haber encontrado alguien con quien compartir el silencio.

Tanto sube el nivel… —tararea Raquel— el mar… —Luis identifica enseguida El estanque, de Héroes del Silencio—… Se derrama ahogándome

Ella gira la cabeza despacio y le sonríe, aunque en sus ojos hay tristeza. Luis no dice nada, sólo levanta la mano y le deja una concha sobre la rodilla.

…..

Sentados en una terraza del paseo marítimo, Luis contempla cómo Raquel se bebe la horchata con una pajita. Le hacen gracia los hoyuelos que se le forman en las mejillas. Le gusta verla fuera del trabajo, sin la gorra ridícula que oculta su media melena, con la camiseta de tirantes, mostrando una sonrisa más atenuada, más natural.

—¿Qué pasa? —pregunta ella riendo al sentirse observada con tanta atención.

—Nada, es sólo que me gusta mirarte. —Raquel sonríe ahora con los ojos—. ¿Cómo lo haces para sonreír siempre?

I’m so happy because today I’ve found my friends, they’re in my headI’m so ugly, but that’s okay, because so are you

—Esa la conozco: Lithium, de Nirvana. ¿Tienes una canción para todo?

Raquel se toca los pendientes de la oreja derecha; en la izquierda sólo lleva uno, un aro con el símbolo de la paz.

—Durante un tiempo fui la cantante de un grupo de rock.

—¿En serio? ¿Y qué pasó?

Raquel niega con la cabeza y los ojos dejan de sonreír.

—Cosas… Hace mucho de eso. ¿Y tú? Cuéntame algo sobre ti, aparte de que devoras libros.

Luis se incorpora en la silla, apoya los brazos en la mesa y, pensativo, hace girar entre sus manos la botella de cerveza vacía.

—Menos mal que puedo vivir la vida de los habitantes de sus páginas. —Se detiene, levanta la cabeza y mira a Raquel—. En la mía no hay nada que valga la pena.

Ella ve la desolación tras la mueca que no llega a ser sonrisa.

(Continuará)