Te elijo a ti


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Foto: Brooke Cagle (CC0).

 

Te elijo a ti, más que a las prisas matutinas

y al reloj que marca los pasos hacia esa calle desierta,

sin propósito ni miradas despiertas.

 

En este sueño sin miedos ni sentido, te elijo a ti.

Porque bailas en la cuerda floja del destino, dejándome caer,

sin esperar más de lo que hoy quiera ofrecerte.

 

Te elijo a ti, por encima de mis sombras y locuras,

por debajo de estas sábanas donde la vida comienza

cuando muerdes mis labios y atrapas mi deseo sin preguntas.

 

 

Te elijo a ti, en medio de esta vida congelada de diciembre,

lejos de las luces de este árbol desnudo de promesas,

llenando de vacíos y esperanza mis heridas de muerte.

 

Sí, te elijo a ti, igual que la vida abraza el aire,

con domingos de café y bicicleta; sin ruidos ni testigos.

Sin un “para siempre”, solo tu alma en mi latido.

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Deposición de materiales por evaporación


No hay nada mejor para un sábado
que desayunar con un choque de trenes en el televisor.
Un accidente terrible
que impida, por un momento, mojar el cruasán en el café.
Y qué decir si en lugar de un incidente mecánico,
se trata de un atentado en una capital. Una muerte insaciable
que se propague irremediablemente como un huracán,
desperdigando ropa y sangre a su paso
porque los muertos pierden siempre la ropa.

Y hacer más café mientras una periodista
se esfuerza en ocultar
la excitación del trabajo bien hecho.
Y apurarlo a sorbos ya frío
mientras el recuento de muertos
huye del suelo como un temblor,
insuficiente para saciar el apetito
que disimulo sacudiendo la cabeza
frente al televisor,
mientras se descompone en imágenes
que cristalizan en la superficie fría de la pared
como capas de alegatos
maleables a mi gusto esta noche −durante la cena con amigos−
para embadurnarles de datos y opiniones
que me basten para salvarles.

Y no parar de hablar ni de beber
hasta olvidarme de mi cuerpo lo suficiente
para tragar toda la sangre en este nuevo ataque
a los valores de la Unión.
Y que el sonido de palabras como paz o crueldad
−la diferencia da lo mismo− golpee en el espejo del salón
haciéndolo crujir para quedar yo sólo en él,
multiplicado e igual de desesperado por conmover
que un televisor encendido un sábado por la mañana.

Blog Amenaza de derrumbe

 

Centrifugando recuerdos (XXII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La mano que sostiene el móvil tiembla. «Llámame. Dice que la llame». Luis siente todo el cuerpo revolucionado. «¿Por qué reaccionas así? Es ridículo», le reprocha una voz en el cerebro, pero él no escucha porque Sara le ha pedido que la llame. Lee el mensaje una y otra vez mientras con la mano libre, sin darse cuenta, arranca trocitos de servilleta, que va apilando en un montoncito junto a la taza.

—¿Qué quieres, Sara? ¿Has cambiado de opinión? —murmura en el momento en que la perrita regresa y se tumba bajo la misma silla de antes. Se lo queda mirando con esos ojos semiescondidos que parecen de un muñeco de peluche— Dice que la llame —le comunica Luis. El animal levanta la cabeza, como si estuviera realmente interesado en los asuntos sentimentales del humano—. Por fin vamos a poder hablar como personas adultas.

La perrita ladea la cabeza y sus largos rizos lanudos se mueven como un muelle. Luis vuelve a concentrarse en el móvil. Siente como si un ejército de hormigas estuviera recorriendo su estómago. Suspira sonoramente, a lo que la perrita responde con un bostezo que descubre una boca hasta ese momento oculta tras cascadas de tirabuzones marrones.

—Vamos allá —anuncia Luis.

…………………………

Cuando Sara abre los ojos lo primero que nota es el sudor en el cuello y el pelo mojado. La camiseta de tirantes que no se quitó para dormir se le ha quedado pegada a la espalda; la almohada y la sábana también están mojadas. Está tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos estirados, buscando de forma inconsciente la postura menos sofocante. Y está sola. Tere ya hace rato que se ha ido a trabajar.

Tarda unos segundos en recordar qué hace en la cama de su amiga. Ha dormido profundamente y, a pesar del calor pegajoso, se nota descansada. Se incorpora y permanece un momento sentada en el borde del colchón mientras su memoria retrocede unas horas, hasta el despertar doloroso en el sofá que la llevó a pedirle a Tere que se marcharan a la Alpujarra con Merche cuanto antes.

Y Luis. También recuerda el reencuentro con Luis. Le aparece envuelto en una nube de irrealidad, como si hubiera sido producto de un sueño surrealista.

«No tendrías que haber venido». Las palabras regresan, provocándole un escalofrío y una mueca de disgusto. Pero también regresan los ojos hipnóticos de María, la zíngara. «Es un buen hombre… Te va a encontrar… Tú decides si lo dejas entrar en tu vida…» Sin el alcohol contaminando sus arterias, las dudas vuelven a asaltarle. Cerebro y corazón retoman la batalla, que resuelve de forma momentánea con un sonoro suspiro.

—Me voy a desayunar —decide, y al apoyar el pie en el suelo un dolor agudo en el dedo meñique le arranca un quejido. Levanta la pierna y se la coloca sobre la rodilla—. Joder, menudo morao.

Se chupa el dedo y aplica la saliva sobre la herida, como si así fuera a curarla, como hacía su madre cuando acudía a ella llorando después de golpearse jugando, como hacen todas las madres. Y durante unos instantes se queda pensando en ella, en lo mal que la trató ayer, cuando se la encontró esperándola en el comedor, preocupada por su hija, por su vulnerable e inestable hija adulta. «Ojalá todas mis heridas se curasen con un poco de saliva», piensa.

—No, prohibida más autocompasión, prohibido sentirse culpable por ser una mala hija.

Ahora sí, se levanta y se dirige renqueante al baño. Frente al espejo comprueba que su aspecto, sin ser para tirar cohetes, ha mejorado respecto a la madrugada. Ve las pequeñas gotas de sudor que le resbalan por las sienes y los crecientes lamparones de sudor en la camiseta.

—Dios, qué calor.

Y sin pensarlo dos veces se desnuda y se mete en la ducha. El primer contacto con el agua fría le provoca un escalofrío, pero enseguida se deja abrazar por ella. Las imágenes de la noche se le aparecen como un pase de diapositivas desordenadas, y tiene la sensación de estar recordando algo de lo que no fue protagonista. Cierra los ojos, levanta la cabeza y recibe la fría lluvia torrencial con placer. Las gotas le repiquetean insistentes en los párpados. Se lleva las manos a la cara y, poco a poco, deja que resbalen, por el cuello, el pecho, el vientre, las caderas, los muslos… Es agradable. «¿Cuánto hace que no te dejas acariciar?» Irremediablemente, su memoria se remonta al verano pasado, y vuelve a experimentar las caricias de aquel capullo despreciable que tan bien la hizo sentir durante unas semanas de espejismo. Se le eriza la piel, pero no quiere echar de menos aquello, así que ruge de rabia, de impotencia, de desesperación por ser incapaz de seguir un rumbo en su vida, por perderse en los recuerdos, martirizarse por ellos y ponerse todas las trabas posibles a la posibilidad de ser feliz.

Se agarra las manos, baja la cabeza, de forma que ahora el agua le golpea en la coronilla, y junta las palmas sobre los labios. Empieza a mover los dedos en una especie de bamboleo a izquierda y derecha con el que se acaricia las yemas, y entonces regresa a su mente la escena bajo la noche pirenaica, la charla con Luis y, sobre todo, el enlace de sus manos. Se le vuelve a poner la piel de gallina; lo echa de menos, y esta vez no se reprocha por ello, si acaso por no haberlo prolongado. «Tú decides si quieres que entre en tu vida».

—Mierda —concluye, en un grito reprimido.

Cierra el grifo, abre la cortina, alcanza la toalla colgada en la pared y se seca. Se dirige a su habitación, donde rescata unas bragas y una camiseta de tirantes limpias, y luego a la de Tere para quitar las sábanas sudadas. Se mueve rápido, tratando de mantener ocupada la mente con actividades rutinarias: llevar la ropa sucia a la lavadora, hacer la cama, poner un poco de orden en el comedor…, pero su mente traicionera actúa por su cuenta y sigue martirizándola.

—Joder, ya está bien. Necesito desayunar.

La actividad ha acelerado el inevitable proceso de recalentamiento y Sara vuelve a sudar. Antes de dirigirse a la cocina, decide tomarse un respiro asomándose a la ventana para saludar a su querida Alhambra. Ahí sigue, reinando sobre el paisaje, ajena a las comeduras de cabeza de los humanos. Como siempre, la visión la relaja. Sin embargo, una voz llama su atención enseguida. Abajo, junto al portal, una barrendera reniega sonoramente mientras recoge los trozos de vidrio de una botella que algún simpático hizo añicos durante la noche. Sara rememora entre nieblas la escena con el grupo de gamberros al que se enfrentó desde la ventana, y automáticamente Luis, empujando la puerta y apareciendo en el comedor con cara de haber visto un fantasma, reclama su espacio.

La joven resopla, da media vuelta y se va a la cocina. Y entonces sonríe. «¿Por qué narices nos cuesta tanto ver las cosas positivas? ¿Por qué esa manía con magnificar lo desagradable, lo doloroso?» En la encimera reposa una cafetera que aún conserva caliente su valioso contenido, como revela el penetrante aroma que desprende, y sobre el mármol, su taza del Central Perk, con una cucharadita de azúcar moreno. A su lado, en un platito, un hermoso croissant y un par de piononos.

Sara coge la nota decorada con dibujos de corazoncitos y caramelos de colores, dispuesta entre la taza y el plato, y se dispone a leerla vestida con una reparadora sonrisa de oreja a oreja.

«Buenos días, corazón. Por increíble que parezca, me he levantado con tiempo (quizás tenga algo que ver el hecho de que, despatarrá y con los brazos abiertos, dejas poco espacio en la cama…) y he pensado que te sentaría bien un típico desayuno granaíno. Así que he bajado a por unos piononos y unos croissants bien “ligeros” de calorías y te he preparado el café. No te he puesto la leche porque no sabía cómo lo querrías de cargado, que la noche (y la madrugá) fue muy larga…

PD: He barajado la posibilidad de despertarte para desayunar juntas, pero se te veía tan a gustito que me ha dado pena. Bueno, también podía pasar que me mandaras a tomar viento, así que he preferido no tentar a la suerte… y así he podido comer más piononos que tú. 😛

PD2: Esto… ¿Por qué no llamas a ese chico tan majo…? ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Luis, ¿verdad? Pues eso, que lo llames y charláis con calma. ¿No crees que te lo mereces?

PD3: Está buenísimo… El pionono, digo. 😉

Incondicionalmente tuya,

Tere»

—Qué loca estás, y cómo te quiero.

Sara mantiene la sonrisa, pero le asaltan las dudas. Nota el corazón acelerado, impaciente por cumplir con la petición de su amiga, pero también escucha la voz insidiosa de su yo cobarde y rencoroso. Opta por atacar a un pionono.

—Mmmmmm… Buenísimo.

El primer bocado hace desaparecer la corona de crema tostada, y con el segundo le inunda la boca el delicioso líquido que emborracha el bizcocho.

Con las papilas gustativas retozando de placer, la voz insidiosa tiene la batalla perdida y el corazón se apresura a proclamar su victoria aplastante.

—Le envío un mensaje —decide Sara mientras vierte el café en esa taza que ha sido testigo de tantas tardes de sofá y carcajadas junto a sus amigas.

«Es un buen hombre… Tú eres la que decide si quieres que entre en tu vida».

—Eso no lo sé aún —le responde a la zíngara—, pero le daré la oportunidad de que me convenza.

Con la taza en una mano y el plato en la otra, se dirige al comedor para disfrutar del desayuno a la salud de la mejor amiga del mundo.

Continuará…

Imperfección


Sé que algún día te veré: con el rostro serio y la sonrisa en los ojos.

Buscarás entre el desorden de tu bolso algo que querías decirme

y que no apuntaste porque no usas una agenda.

Intentarás explicar con palabras serenas

lo que tus nerviosas manos intentan esconder.

Dirás que estás atenta a tu continua distracción

y que tu reloj no se rige por el tiempo.

Querrás tararear la melodía de una canción

y, sin cantar, recitarás la letra de otra.

Así estaremos frente a una taza de café:

tú, de un lado a otro saltando renglones;

yo, fascinado con tu imperfección.

El marco de una sonrisa


Quiero llegar a un lugar donde nadie me conozca y me pregunten que café deseo y con cuanta felicidad lo quiero.

He aprendido que la alegría no llega sola,

las razones sí.

Emprendo mi búsqueda por la decisión,

Y el inconsciente procede a ocultarla.

Busco a travesar la barrera del destino,

romper la ignorancia de mis fortalezas

y cesar mi título del “hombre de las dificultades”.

La curva que adorna mi rostro,

marca el compás de este cuerpo,

no guiando el paso de los pies,

pero indica el camino de mi corazón,

hacia esa alegría que tanto deseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hablé conmigo de ti


Mientras el café subía

y venía a mí su olor,

estuve hablando conmigo,

de ti, mi amor.

Me dije que si quiero

que vengas algún día

tendré que mirar al frente.

Y esperar lo bueno que traiga

entre todas las migajas, tú.

Tú, entre todo lo que no mire más.

Me contesté que aunque no esté preparada,

haré lo mismo que ahora,

mientras miro mi café.

Observaré cómo sube,

después me acercaré.

Aunque me queme

y me espante porque salpique

de forma inesperada.

Pero por mucho que queme

y me note cómo late la herida,

al día siguiente querré volver a beber

mi taza caliente de café.

café frío


Espuma sólida
En la orilla del tiempo
Que no tuvimos

El amargo café,
Humeante tras la puerta
De tu partida

Inexperto en la vida
Nunca supe leer
Tu vuelo en círculos

Ahora bebo café frío
Y apenas aprendí nada