Otro día en cualquier café


Sonarán las teclas
en aquel café y
su música conquistará
a las siluetas en los marcos.
Mostrará atisbos de predicciones
a quienes remueven sus tazas.
Y a quienes arrastran sus horas
por el callejón les regalará instrumentos
que cargar durante el día.
La luz se apostará sus dos visitas diarias
—a las plantas— a las cartas, con la misma esperanza
indecible de la vida —a contraluz— tras las ventanas.

Bloque azul


—Ninguna ha conocido jamás mi casa, ¿qué te hace pensar en ser la primera de ellas? —le dijo mientras se colocaba los zapatos.

Es la quinta vez que se ven. Siempre un café, un paseo y un hotel. Siempre la misma cafetería, la misma ruta y el mismo hotel.

—Es simple curiosidad, aunque también es miedo —responde ella. Después pregunta—: ¿cómo sé que no eres casado o vives con alguien?

—Porque te lo he dicho: vivo solo, tuve esposa. Te respeto tanto como para mentirte.

—Sin embargo, no me invitas a tu casa aún.

Era la segunda vez que ella se lo pedía. Él sabía que no era capricho. Era consciente de que podía perderla si no accedía. ¿Cuánto había perdido antes por no acceder? Él nunca había sido religioso ni supersticioso, pero últimamente el «hubiera» le venía afectando demasiado. La realidad se le distorsionaba, el pasado volvía y él lloraba. Por supuesto no quería ceder, no permitiría que nadie entrara a su casa. Su casa era su última guarida, su atalaya, su refugio, su pasado detenido.

Ella no era como ninguna otra. Él lo sabía. Ella era más joven que él, mucho más alegre. Tenía una forma particular de ver la vida, como si de un conjunto de juegos y azares se tratase. No era ambiciosa ni obstinada, y eso era lo que más le preocupaba pues llevaba dos citas pidiendo conocer su casa. A ella no le faltaban pretendientes, su belleza era «muy propia» y lo más importante: ella quería estar con él.

Para ella, el café y el sexo eran igual de buenos con él. La conversación y la pasión fluían como ríos bajando montañas. Por el contrario, a las caminatas rumbo al hotel les hacía falta la cursilería del cine, pero era algo de lo que podía prescindir. Por la mañana era diferente, entre el desayuno y el sexo matutino, el sexo ganaba por muchísimo, indistintamente si había café o no, el sexo en ayunas era la maravilla del mundo. Era real, sin maquillaje, accesorios, peinados ni gafas de intelectuales. Él le cumplía sus gustos en los paseos (menos tomarse de la mano), conversaba de todo (salvo su pasado y su dirección) y le daba treinta vueltas a la cama y a la habitación con ella encima.

Ella tenía miedo. No quería ser la amante de nadie y tampoco quería dejarlo. El jueves lo vería, serían tres días con bastantes preguntas en la cabeza.

El jueves se acercaba y se verían en la cafetería. Pasearían por la avenida de siempre y volvería ella a pedir el algodón de azúcar color rosa, antes de hospedarse en la habitación doscientos veinticuatro.

El jueves tendrían sexo. Cogerían la llave, subirían las escaleras (él le tiene pavor al elevador), se besarían en la puerta del #224 y entrarían. Ella volvería a criticar el cuadro, se preguntaría por sexta vez qué hace ese cuadro tan feo en un marco tan bonito, volverían a medir la cantidad de polvo en ese pequeño florero y observarían la cama, cada uno de su lado correspondiente, cada uno midiendo, calculando espacio tiempo y anotando, en sendos tableros imaginarios, su desempeño anterior para compararlo con el de ahora. Después, cuando la vuelta atrás fuera imposible, él vaciaría sus bolsillos: dejaría sus llaves, la cartera, el celular, las monedas, las toallas higiénicas y el bloque azul de lego. ¿Quién tiene un bloque azul de lego en sus bolsas? Siempre ha estado con él, por lo menos las últimas tres citas lo ha visto, pero no le había prestado atención. ¿Qué significado tendría?, ¿a quién pertenecía?, ¿tendría un hijo?, ¿dos?, ¿algún «issue»?, no, de eso último se habría dado cuenta.

El jueves lo harían. Tendrían sexo otra vez. Una sexta vez. Se revolcarían en la cama, se morderían, se bañarían de sudor, mezclarían los fluidos, se saborearían, se aventarían al suelo, gatearían al balcón y él seguiría penetrándola allí, frente al mundo, para que todos supieran que él y ella estaban allí, en todos lados, menos en su casa.

—Ojalá lloviera— pensó ella—. ¡No volveré a dormir con él en un sucio hotel!, ¡jamás! Si llueve, dejaré a un lado todo y le seguiré a donde quiera, a cuando quiera y a como quiera. Ojalá lloviera.

Por su parte, él tenía sus propias cuestiones. Sabía que el jueves habían quedado y sabía que debía llevarla a casa. No estaba preparado para perderla. Habían sido cinco veces, pero le habían devuelto vida. Estaba seguro de que la probabilidad de jamás verla era mucha, así que tendría que saborear cada momento con ella. El jueves tomaría café y la observaría. Quizá escucharía por última vez el sorbete inicial que le da a la taza, o la mueca que hace cuando comprueba que la bebida sigue caliente. Realmente era hermosa. Quizá sería la última vez que la besaría y es muy posible que nunca la olvide.

Debería existir una señal, un síntoma que nos revelara cuando un amor se esfuma. Tanta química entre dos personas yéndose a la mierda porque no supieron darse cuenta de que los componentes se estaban suministrando en menor medida de un lado de la mesa. Tal vez de saber a ciencia cierta el momento correcto del punto final, podríamos obligarnos a extenderlo, a ponerle más oraciones y más citas para que, como acción de rebeldía, se haga nuestra voluntad.

Esperaba que ella, al llegar a su casa el jueves, no se espantara. Él tendría que acomodar los libros, cambiar los focos fundidos, guardar las viejas cartas, esconder las fotografías y meter en cajas todos los juguetes. Todos los juguetes menos el bloque azul, el bloque que siempre lleva consigo como amuleto. La idea de intentar una vida con alguien era poco atractiva pero le hacía bien. El bloque azul era el último regalo de su pequeño Mateo, quien el jueves cumpliría cinco años, si no estuviera muerto ya.

El jueves irán al café, pasearán y él la dirigirá hacía su casa. Entrarán y ella verá los juguetes regados y observará las telarañas de las paredes, verá que los focos estarán fundidos y le preguntará por los juguetes y por el bloque azul, y él no sabrá responder. Querrá decirle que era de Mateo, que lo lleva consigo desde hace dos años, que su hijo se lo regaló antes de subirse al camión con su mamá, y que no puede dejar de lamentarse por qué no fue con ellos ese día. Que extraña a su mujer, que le duele el alma al pensar en su hijito y que le duele hasta respirar que no estén aquí. Le enseñará una foto y le dirá que esa es la razón por la cual no la llevaba a su casa.

Ya casi es jueves y ellos, por sobre todo, se quieren follar.

Marianita


Muy de mañana iría a la central de abastos, rompería la dieta con unos tacos del «Súper campeón», compraría la materia prima para preparar los pastelillos de la cafetería y volvería a casa antes de las ocho de la mañana.

Para entrar a casa, mañana, saltaría la cerca, después dejaría las bolsas de las compras en la mesa del patio e intentaría trepar el árbol gigante de tamarindo como lo hacía en su infancia. Hacía tanto tiempo desde la última vez que intentó subir, así que dudaba si después del primer salto tendría la fuerza y el valor de llegar hasta la copa.

Esa duda la invadió y creció dentro de ella. Comenzó a experimentar el nudo en la garganta que siente el desesperanzado. Poco a poco todos los planes para mañana desaparecieron. Sabía que al día siguiente otra vez sería lo mismo: esperar a que Octavio regrese con las compras, esperar a que doña Cleo haga los panqueques y pasteles y ver, desde su habitación, a todos corriendo con insumos y vajillas para abrir a tiempo el negocio familiar.

Mamá llegó a arroparla, abrazarla y darle la bendición de las buenas noches. Al cerrar la puerta le recomendó, como siempre, agradecer a Dios antes de dormir.

Marianita, como todas las noches, rezaba y prometía a su dios los más puros pensamientos y las más bellas acciones a cambio de volver a caminar uno o todos los días de su vida.

El camarero de Labor


Camareros indefinidos y eternos

Foto: José Ramón Gómez Díaz-Rullo

No lo sabe,
él no lo sabe cuando me sirve el café.
Pero yo lo observo y este acto,
mucho menos que el café de su taza de un millón de labios,
me redime.
Sin saber que en su frase está lo eterno,
me dice, me hace,
las preguntas más discretas.
¿Qué si todo bien, que y dónde mis hijos?
Porque en su frase está lo eterno, le respondo que bien,
y que no tengo.
En su andar caedizo y en su afeitado somero
están el desgaste y lo simple.
No lo sabe él y seguro que yo tampoco.
Pero de la nada, de dos vidas ajenas la una a la otra,
en dos oraciones hemos creado una sola boca
sin edad ni distancia,
paradoja límite de la indiferencia.
Así que ahora,
cada día y siempre,
vuelvo al  Labor de corredor eterno,
al lugar de la visceral primavera que parece invierno,
para en algún momento, como la crisálida al gusano,
confesar,
que esa eternidad que yo he visto,
que esa eternidad imperturbable,
se halla en él, detrás de una tosca barra de bar.
Y que allí, frente a la Uhland Strasse en la que toca vivir,
de un modo u otro,
nacerá siempre mientras él exista.