El asalto


Cuando el ladrón entró a la sucursal bancaria, reparó en el estilo vintage de la decoración, sin embargo, iba decidido con el arma en mano a cumplir su objetivo. Notó que no había grandes filas y rió para sí, pues eso le facilitaba las cosas.

Sacó de su bolsillo una hoja amarilla de bloc y mientras la desdoblaba haciendo movimientos al aire, llegó a la caja. La asustada empleada intercambiaba miradas con el ojo oscuro del arma y la urgida expresión del asaltante.

—Vas a transferir cinco millones de dólares a cada cuenta y lo vas a hacer muy rápido —dijo el ladrón al mismo tiempo que le entregó la hoja.

—No tengo computadora para hacer transferencias —contestó la cajera.

—¡Me lleva…! —masculló el desesperado ladrón, arrebatando la hoja.  Así recorrió cada una de las ventanillas hasta que llegó a la última. Solo los ventiladores de madera se mantenían en lo suyo: girando.

—En esta sucursal no tenemos computadoras, señor ladrón —dijo la última de las empleadas.

Para entonces un comando armado de la policía especial ya se encontraba afuera del Banco Antaño.

El asaltante miró a la cajera con resignada frustración y bajó el arma, incrédulo. Justo en ese momento un francotirador de la policía pedía autorización para disparar.

—¡Bajó su arma! ¡Autorización para disparar!

—Proceda a discreción —dijo la voz de mando por el radio.

El disparo entró por una sien y salió por la otra. La bala se incrustó en la decoración de madera de la pared, justo debajo de un letrero que decía: «Banco Antaño, hacemos a un lado la tecnología para estar más cerca de usted».

Anuncios