Centrifugando recuerdos (XXV)


Foto: Benjamín Recacha

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Luis vuelve a estar tan nervioso que no cree ser capaz de articular palabra. Lo está más que la noche en el bar del cámping, cuando ella le acarició deliberadamente la mano al entregarle la jarra de cerveza, más que cuando casi le rozó el hombro con el pecho y que cuando le sonrió como hacía tanto tiempo que nadie le sonreía. Está seguro de que esa estampa que tiene ante sí se reproducirá una y otra vez en su mente cuando esté solo. El delicioso vestido amarillo que tapa lo justo para que su imaginación vuele y que contrasta con la piel morena que cubre. «¿Cómo debe ser acariciarla?» El corazón de Luis galopa. Los pies vestidos con unas bonitas sandalias rojas, a juego con las uñas; las piernas largas y fibrosas, como el cuello, que también emerge largo, más ahora que Sara se ha recogido el pelo en una larga cola de caballo, dejando al descubierto unas orejas coquetas que lucen largos pendientes de aro. «Qué alta es», parece descubrir en ese instante, en el que él se siente empequeñecido, intimidado por la belleza de esa mujer que le sonríe desde unos labios tan rojos como la sangre que a él le circula desbocada por las venas.

Sara se coge las manos y se frota la recién pintada uña del pulgar izquierdo con la yema del pulgar derecho. Está tan nerviosa como él. Otras veces se muerde la parte interior de los labios, pero en esta ocasión ha conseguido controlar un impulso poco compatible con una sonrisa mínimamente natural. Enseguida se da cuenta del efecto que su presencia causa en Luis y eso le hace sentir que controla la situación, así que se tranquiliza un poco.

—Hola, Luis. Veo que ya conoces a Miguel. Es toda una institución en el Albayzín.

El anciano estalla en una sonora carcajada al escuchar las palabras de Sara.

—Déjate de instituciones y ven a darme un abrazo. —La muchacha obedece encantada—. Cómo me alegra oír esa voz. Hacía mucho, demasiao, que no venías a verme. Es una pena que yo no pueda verte a ti. el privilegio es pa este muchacho.

En ese momento aparece Tizón para frotarse con parsimonia, con el abdomen arqueado y la cola en alto, contra las suaves piernas de Sara.

—¡Eh! —exclama, divertida. A lo que el gato responde con un maullido de placer.

—Sabe muy bien lo que hace —señala Miguel mientras recibe a la joven con los brazos abiertos.

«Quién fuera gato», se escucha pensar Luis, sin poder apartar la mirada de ella.

—¿Cómo está usté? Yo lo veo tan bien como siempre.

—Bueno, los años van pesando, pero no me quejo.

—¿Y no debería dejar ya de fumar? A su edá

La carcajada de Miguel interrumpe a Sara, a quien mientras habla con el anciano se le escapan miradas fugaces hacia Luis, que sigue ahí plantado acumulando información visual que recordar después.

—A mi edá dice. Ay, hija, ¿tú crees que tiene sentío preocuparse por eso a estas alturas?

Hace una pausa para soltar una larga bocanada de humo, que Sara aprovecha para acariciar a Tizón. Luis no puede (quiere) evitar fijarse en su escote cuando ella se agacha, y casi se le escapa un sonoro «¡Dios!» al darse cuenta de que no lleva sujetador. La joven caza la mirada indiscreta y al tiempo que sonríe para sí nota el calor en las mejillas. Luis carraspea y, en la peor interpretación de la historia, se pone a rebuscar en el bolsito, como si se le hubiera perdido algo.

—No he estao enfermo en la vida. Ni un resfriao…, que yo recuerde, claro. Porque de niño pasamos muchas penurias, tú ya lo sabes, que no es la primera vez que te cuento mis batallitas. —Vuelve a reír—. Los viejos es lo que tenemos, que en cuanto alguien se nos pone a tiro, no lo dejamos escapar.

Sara, sonriente y algo aturullada por saberse admirada y, aunque no quiera pensar en ello, no aún, también deseada, más seguramente lo segundo que lo primero, toma la mano libre de Miguel entre las suyas.

—A mí me encanta escucharle, y me alegro mucho de verlo tan alegre.

—Sí, hija. El mundo ya es lo bastante triste como pa contribuir a que lo sea más.

Sin abandonar la sonrisa se gira hacia Luis, que permanece al margen, tratando de recuperar la compostura.

—Te dejo encargao del mayor tesoro del Albayzín, así que cuídalo bien. —Da una nueva calada a lo que ya es poco más que una colilla, con los ojos entrecerrados clavados en él. Luis tiene durante un instante la sensación de que el anciano es capaz de explorarle el alma, hasta que éste aparta la mirada vacía y se da media vuelta—. Ea, vámonos, Tizón.

Hombre y gato se alejan parsimoniosos, calle arriba, el humano canturreando y dando golpecitos con el bastón en esa acera de la que conoce cada baldosa, y el animal bailando con elegancia felina al ritmo del cascabel.

Sara y Luis se quedan mirando a la pareja, hasta que se hace evidente que alguno de los dos tendrá que tomar la iniciativa. Y es ella quien da el paso. Tras un pequeño suspiro, se gira hacia Luis, que juguetea con la hebilla del bolso, y lo mira a los ojos.

—Pues ya estamos solos.

Les separan un par de metros en los que el aire es algún grado más sofocante. Esa es la sensación que tiene Luis, que nota la camiseta pegada contra la espalda, empapada de nuevo en sudor. Se fija entonces en los hombros bronceados y brillantes de Sara; no es inmune al empeño del sol y también suda. Una imagen aparece como un fogonazo en su mente: los cuerpos desnudos y sudorosos de ambos, piel contra piel. Dura sólo una fracción de segundo, lo suficiente para aumentar su nerviosismo. Cierra los ojos y toma aire, procurando no llamar la atención.

—¿Qué te pasa? —le pregunta ella, exhibiendo una dulce sonrisa inocente. Ella, el “tesoro del Albayzín”, quien le ha robado el sentido común, del que nunca ha andado demasiado sobrado, llevándolo a actuar como un bobo sin voluntad. «Qué más me gustaría a mí que cuidar de este tesoro», responde mentalmente al anciano, y acto seguido se imagina soltando los tirantes del vestido…

—Nada —responde él, con una voz tan ridícula que la hace reír. Luis carraspea—. Es este calor, que me está exprimiendo. —Y en un arranque de genialidad, añade—: Si ya de normal tengo el cerebro bastante atrofiado, aquí se me ha acabado de derretir.

Remata la declaración con una mueca que pretende ser simpática y, de hecho, Sara sonríe, «por lástima, ríe porque doy pena», concluye el muchacho.

—¿Quieres que entremos en los jardines?

Sin esperar respuesta, Sara se dirige hacia el portal y Luis la sigue obediente, centrando su atención ahora en las sandalias, las piernas, y, sobre todo, en el bamboleo del vestido, que baila al ritmo de las caderas. Enseguida su cerebro le regala otra tórrida imagen en la que tiene las manos firmemente agarradas a sus nalgas, así que hace entrada al recinto del Palacio de los Córdova bufando sonoramente y meneando la cabeza. «Te tienes que controlar un poco, que ya hace suficiente calor como para que te caldees por tu cuenta».

Sara se detiene.

—¿De verdad que te encuentras bien? —pregunta, a la sombra de un ciprés.

«No. Me estoy poniendo malo de tenerte tan cerca y que exista la posibilidad de que vuelvas a desaparecer». Eso es lo que piensa, pero su parte racional todavía consigue, a duras penas, imponerse.

—Sí, no te preocupes —responde—. Acabaré acostumbrándome al calor —añade, adornándose con una sonrisa demasiado sonriente.

Sara le sostiene la mirada durante un par de segundos, lo suficiente para confirmar que lo tiene a su merced y que si no tiembla es porque, a cuarenta grados como están, sería motivo para llevarlo a urgencias. Vuelve a sentirse como aquella noche en el cámping, tentada de flirtear, de saberse la causa del descontrol de él… «Y luego, qué. ¿Volverás a huir cuando el juego ya no te haga tanta gracia?» La voz insidiosa sigue ahí, agazapada esperando el momento oportuno para saltar sobre su conciencia, pero Sara no está dispuesta a escucharla, así que se gira hacia la Alhambra, cuya silueta domina el escenario unos metros por encima del recinto en el que se encuentran, al otro lado del río Darro.

—No recuerdo cuál fue la primera vez que vine aquí expresamente —empieza a explicar mientras los dedos de su mano izquierda juguetean con una ramita del ciprés—. Lo que sí recuerdo es la sensación de calma. No sé el motivo, porque mira que hay rincones mágicos en Granada. Supongo que el estar a los pies de la Alhambra, en un rincón apartado, pero el caso es que empecé a frecuentarlo cada vez que necesitaba pensar… que ha sido bastante a menudo —añade casi en un susurro.

Luis se mantiene a la expectativa. Una parte de él desearía abrazarla e invitarla a compartir el beso que quedó pendiente, pero la otra, la prudente, le dice que espere, que la deje hablar y no haga nada que pueda ahuyentarla.

Sara mira a la Alhambra, ya en silencio. Sus dedos siguen entretenidos con el árbol, mientras con la otra mano se recorre la larga coleta sobre el hombro.

—Es muy bonito —concede Luis, por fin decidido a interactuar sin parecer un memo—. Y además hay sombra, cosa que se agradece —remata con una sonrisa, más natural que la de antes.

Sara se gira, de regreso de su viaje exprés por la memoria, y también sonríe.

—¿Te das cuenta de que es la primera vez que nos vemos de día?

Luis reflexiona un instante, y entonces se le dibuja la imagen de una chica sentada junto a una lavadora reacia a devolverle la ropa.

—En realidad, no. La primera vez yo iba cargado con un montón de ropa sucia y tú te lo estabas pasando pipa charlando con una lavadora.

Sara ríe y se lleva las manos a la cara.

—¡Oh, sí! Qué vergüenza pasé, creíste que te había llamado gilipollas. —Los dos ríen—. Estarás de acuerdo en que lo mejor es borrar aquel momento…

Se quedan mirándose. Los ojos de él no saben disimular. Los de ella captan el mensaje, pero por el momento prefiere hacerse la despistada, así que aparta la vista, reemprende la marcha, y cambia de tema.

—¿Qué te ha parecido Miguel? Es todo un personaje. Aquí lo queremos mucho.

«Miguel. Ya ni me acordaba de él. Qué poco me importa ahora mismo ese hombre».

—Sí, ya me he dado cuenta —concede, esperando que Sara no decida convertir al anciano en el centro de la charla.

—Lo pasó tan mal que cuesta creer que siga vivo.

Sara camina ahora junto a una larga piscina ornamental, y Luis a su lado, pensando en la manera de reconducir la conversación.

—Su padre fue un conocido militante socialista durante la Segunda República, así que te puedes imaginar que cuando el golpe de estado franquista fue uno de los represaliados. Aquí no hubo guerra. Los fascistas tuvieron éxito desde el primer momento y la represión fue brutal. El padre de Miguel, como Lorca, como tantos otros, simplemente desapareció. Todos sabían que los habían matado, pero nadie se atrevía a preguntar.

Luis escucha atento. Ni loco se le ocurriría interrumpirla, aunque sus expectativas previas respecto al encuentro estuvieran muy lejos de remontarse ochenta años atrás. «¿Por qué me cuentas esto? Yo lo que quiero es que hablemos sobre nosotros».

—La madre de Miguel sufrió toda clase de humillaciones por ser la mujer de un “rojo traidor”, aunque el mayor castigo que pudieron infligirle fue el no revelarle jamás qué hicieron con él.

Sara se detiene al borde del agua y observa los guijarros que cubren el fondo, a muy poca profundidad. Entonces suelta la ramita que se ha llevado del ciprés, con la que seguía jugueteando, que cae amortiguada sobre la superficie y se queda ahí flotando, dejándose llevar.

—Luis era un niño. Tenía una hermana más pequeña. —“Hermana”, la palabra tabú, la que se le clava en el corazón cada vez que la pronuncia, que la oye, que la piensa. También ahora le duele, pero aprieta el puño y continúa—. Así que su madre tuvo que sacarlos adelante a los dos, sin nada, porque se lo quitaron todo.

—Me ha explicado cómo empezó a fumar —aporta Luis, consciente de que el camino que debe desembocar en la charla que él ansía y ella parece evitar, no tiene atajos.

—Le has debido caer bien. —Sara levanta la vista y lo mira—. No creas que elige a la ligera el brazo en el que apoyarse. —Vuelve a sonreír y Luis nota cómo un escalofrío le acaricia la columna—. ¿Y te ha contado cómo se quedó ciego?

—No le ha dado tiempo…

—Es igual, es una historia demasiado indignante. —La muchacha se da media vuelta y se dirige resuelta hacia otro punto del jardín—. Hablemos de cosas más agradables.

—De tu vestido, por ejemplo —se atreve a sugerir él, de pie aún junto al agua, donde la “balsa” de ciprés en miniatura ha empezado a moverse empujada por una levísima ráfaga de viento.

Sara se detiene y se gira, coqueta, sonriendo complacida. Se coge la cola de caballo y se la lleva a la barbilla, sólo un momento, porque enseguida vuelve a darle la espalda a su admirador. Éste, alentado por lo que interpreta como reacción positiva a su sugerencia, se recrea las pupilas con el acentuado movimiento de caderas con el que ella le obsequia.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIV)


Centrifugando recuerdos

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El mediodía es una muy mala hora para pasear por Granada en pleno agosto, sobre todo en un agosto tan caluroso. El sol calcina las inconscientes cabezas que osan asomarse a sus rayos hambrientos y tuesta sin remordimiento las pieles que se atreven a retar al rey de los cielos.

Los turistas recorren las empinadas calles del Albayzín pegados a los edificios de la acera que provee de un caritativo pasillo en sombra. Son muy pocos quienes se lanzan a la aventura de adelantar por la calzada, reticentes a correr el riesgo de que, como mínimo, se les derritan las suelas de goma de las sandalias al entrar en contacto con un pavimento del que algunos de los transeúntes están seguros de que sale humo.

Para Luis, sin embargo, en este momento el calor asfixiante es la menor de sus preocupaciones. Avanza a paso rápido, Cuesta del Chapiz abajo, con una sola idea en la cabeza, inmune al ensañamiento solar que lo exprime como a una esponja. «Si me pierdo, sólo tengo que seguir el reguero de sudor que voy dejando», es la disparatada idea que se cuela en su mente monopolizada por la imagen y la voz de Sara.

Levanta la vista del suelo y la pasea en torno, en busca de alguna señal que le indique que se acerca a su destino. Se encuentra entonces con la imponente silueta de la Alhambra, inmune a los ataques del sol, que domina el escenario desde lo alto de su pedestal forrado de verde. Es imposible no quedar hipnotizado.

Luis deja escapar una bocanada de aire ardiente y reemprende la marcha. Pero enseguida vuelve a detenerse. Un hombre mayor asiste al incesante desfile humano sentado en el umbral de su casa. Apoya las manos en un bastón de madera con el que de vez en cuando da un golpecito en la acera. Al joven le llaman la atención sus ojos de un azul tan claro que casi parecen transparentes. Decide preguntarle cuánto le queda para llegar al Palacio de los Córdova.

—Disculpe…

El anciano no parece reaccionar hasta que Luis se planta a medio metro de él. Levanta entonces la cabeza y le sonríe, revelando su vieja boca mellada. Efectivamente, tanto el iris como las pupilas son de un color tan claro que Luis enseguida se da cuenta de que es ciego, y le asalta la tentación de seguir su camino. «No seas absurdo», se reprocha.

Usté dirá, maestro.

El hombre levanta el bastón unos diez centímetros del suelo y lo deja caer de nuevo. Parece ser todo un pasatiempo. Viste una camisa blanca de manga corta, pantalón largo negro y unas alpargatas de tela, que calza como si fueran chancletas, con los talones fuera.

—Busco el Palacio de los Córdova.

—Claro que sí, joven. Y bien que haces.

La sonrisa no abandona al anciano mientras continúa jugueteando con el bastón. Lo levanta entonces y lo alarga para señalar calle abajo. Luis presta atención al movimiento y se mantiene a la expectativa.

—Sigue la calle y enseguida encontrarás la entrada a los jardines, a mano izquierda.

—Muy bien. Muchas gracias.

Luis se despide y tras un par de pasos la voz del anciano lo hace detenerse.

—¿Y la limosna?

La pregunta es desconcertante. Luis duda si ha escuchado bien.

—¿Cómo dice?

El viejo ríe, divertido.

—Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.

«¿Qué dice este hombre?»

Ante el desconcierto del joven, el anciano chasquea la lengua y menea la cabeza al tiempo que acelera el golpeteo del bastón contra el suelo.

—Vaya por Dios. No me puedo creé que no conozcas los versos de Francisco de Asís de Icaza.

En ese momento Luis se siente el mayor ignorante del planeta. Es la primera noticia que tiene de la ingeniosa composición y de su autor. El viejo vuelve a reír, y él empieza a mosquearse.

—No te enfades, hombre. —Luis se da media vuelta, buscando la cámara oculta. «¿Y qué sabrá él si estoy enfadado?»— Va, que te acompaño —resuelve, sin dejar el mínimo resquicio a la posibilidad de que el muchacho se niegue.

Dicho y hecho. Se incorpora apoyándose en el bastón y se agarra del joven y firme brazo. Inmediatamente, un gato negro como una noche sin luna surge de la oscuridad del portal, al ritmo del tintineo del cascabel que le cuelga del cuello, y se enrosca entre las piernas de su amo.

—Ay, Tizón, cómo ibas tú a perderte un paseo, ¿verdá?

Luis no entiende nada, pero lo último que se le ocurriría a una persona de bien es negarle el brazo a un ciego, así que opta por dejarse llevar con la esperanza de que a su acompañante no se le ocurra alargar demasiado el paseo. «Aunque la excusa para justificar por qué llego tarde es tan disparatada que a Sara no le quedaría más remedio que creerme».

—Ya veo que no eres muy hablador, pero no te preocupes, que sólo quiero estirar un poco las piernas. Estar la mayor parte del día viendo pasá a los turistas acaba siendo aburrío.

Vuelve a reír, y Luis empieza a creer que sería un buen fichaje para ‘El club de la comedia’.

—¿Hasta dónde quiere que lo lleve?

Avanzan a paso lento, con el gato abriendo camino. De vez en cuando, al divisar una paloma despreocupada, se pone tenso, pero un suave toque de bastón le deja claro que no es hora de cazar.

—Menudo prenda está hecho. Cada día me trae algún trofeo: pajarillos, ratones, lagartijas, y sí, más de una paloma ha caío entre sus garras. Hay que ver, qué tontas son.

—Sí, a mí tampoco me caen muy bien. —Luis carraspea—. No sé si me ha oído cuando le he preguntado…

—Ya te he dicho que no te preocupes—lo interrumpe—. No vas a llegar tarde a la cita.

—¿Y usted cómo sabe…?

—¡Ah, hijo! Son muchos años de observar a la gente con estos ojos secos. ¿ qué iba a ir un chaval como tú, de fuera de Graná, al Palacio de los Córdova si no es porque ha quedao con una granaína?

El anciano ríe y se detiene. Levanta entonces el bastón y señala un poco hacia adelante y a la izquierda.

—Ahí es.

Luis se fija en el muro encalado, tras el que asoman las copas de los cipreses. A unos pocos metros se encuentra la puerta, flanqueada por dos faroles. Aprovechando la pausa, el gato se frota ronroneante contra las piernas del extraño.

—Vaya, parece que le has caío bien a Tizón. Eso es que vas a tener suerte.

Mientras habla, el viejo saca un cigarrillo lánguido del bolsillo de la camisa y se lo lleva a los labios.

—¿Quieres uno? Los lío yo mismo cuando me aburro.

Luis se siente tentado de aceptar. Ahora que el encuentro con Sara es inminente, que el factor sorpresa ya no juega papel alguno, los nervios han vuelto. Unas caladas le relajarían, pero no, no quiere que cuando se acerquen para saludarse lo primero que ella perciba sea el olor a tabaco. Así que respira hondo y rechaza el ofrecimiento.

—Fumo desde los once años. Si no me he descontao, tengo ochenta y ocho, así que tú verás.

Hace una pausa para encender el pitillo. La primera calada la recibe con los ojos cerrados, saboreando el humo antes de dejarlo salir por la nariz. A Luis se le hace la boca agua. «Va, sólo una caladita», se oye sugerirse, pero sacude la cabeza y consigue resistir a la tentación.

—Yo creo que el secreto de seguir disfrutando de cada pitillo es que en realidá nunca he estao enganchao. Sólo fumo cuando me apetece. Cuando empecé era más fácil fumar que comer. —Da otra calada profunda y Luis mira hacia la puerta del Palacio de los Córdova, cada vez más nervioso, imaginando que Sara lleva rato esperando—. Mi madre nos alimentaba con lo que podía. Muchos días no le quedaba más remedio que arrancar manojos de hierba para hacer caldo.

Los ojos incapaces de percibir las imágenes presentes sin embargo sí ven aquel pasado lejano que mantiene tan cercano en la memoria.

—No tardé en descubrir que aquellos hierbajos sabían mejó si me los fumaba.

El anciano remata el recuerdo con una risa de regusto amargo, como el humo del cigarro.

—Debió de ser muy duro —es lo único que se le ocurre decir a un muchacho para quien las penurias de la postguerra forman parte de los libros de historia.

—A uno se acostumbra —concluye el hombre, con una mueca que aparenta sonrisa pero que no disimula el resentimiento acumulado durante tantos años.

Luis busca la manera de despedirse sin parecer desconsiderado, y ésta llega por sí sola. En el momento en que se aparta un poco para abrir el ángulo desde el que mirar hacia la puerta de los jardines donde, ya no tiene dudas, Sara desespera, alguien tropieza con su brazo.

—Perdón —se disculpa la chica, sin apenas ralentizar el paso.

A Luis le cuesta un par de segundos reaccionar. Es la primera vez que ve el bonito vestido floreado de tirantes, pero no a su portadora.

—¿Sara?

La joven se detiene en seco y se da media vuelta. Durante un instante ambos se quedan embobados y sienten cómo el calor se concentra en sus ya más que acalorados rostros.

—¿Ves cómo no llegabas tarde? —interviene el anciano, cuya sonrisa recupera la alegría.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXIII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com
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Luis nota cómo el teléfono repiquetea contra su oreja, incapaz de controlar los nervios que le hacen temblar la mano. Se siente como la primera vez que llamó a casa de aquella chica que le gustaba… «¿Cómo se llamaba…? Berta, se llamaba Berta». Tenía catorce años y temía que si le contestaba otra persona, colgaría atenazado por la vergüenza. Claro que si contestaba ella, lo más seguro era que tampoco fuera capaz de pronunciar palabra. Respondió ella, y aunque le costó arrancar, tartamudeó bastante, la cara se le puso como un tomate y sudó como si hubiera estado corriendo a pleno sol, al final consiguió que de su boca surgiera algo similar a una invitación para ir al cine. Y no debió de hacerlo tan mal, porque Berta aceptó.

Ahora tiene doce años más y mucha más experiencia con las mujeres, si bien varias de esas experiencias podrían usarse como ejemplo de lo que no hay que hacer en una relación de pareja. El caso es que a cada tono de llamada que pasa sin que Sara responda, los nervios aumentan. Nota las gotas de sudor resbalándole por la frente y la oreja mojada.

La perrita lo mira con curiosidad desde debajo de la silla. La propietaria de la pensión aparece por la puerta de la cocina armada con una escoba y un recogedor. Al ver a Luis todavía sentado piensa en decirle que esté tranquilo, que puede seguir ahí todo el rato que quiera, pero al fijarse en su cara de circunstancias entiende que es un momento trascendente para él y opta por callar, aunque no puede evitar una sonrisa aliñada con una mueca divertida.

—Hola, Luis.

La voz de Sara actúa como el detonador de una tonelada de dinamita instalada en el corazón. Por una fracción de segundo Luis está convencido de que va a saltar por los aires. «¿Pero cómo puedes estar tan colado?», se pregunta. «Tú verás. Si no lo estuviera, ¿qué sentido tendría esta locura en la que me he metido?» Su cerebro piensa a mil por hora y dialoga consigo mismo mientras el joven trata de accionar el mecanismo que le permita responder «hola, Sara».

—¿Luis? ¿Me oyes?

Recuerda aquella llamada de su adolescencia a casa de Berta, y por un momento siente el mismo impulso de colgar, pero no, ya no es un adolescente ni ha recorrido media España para dejarse vencer por una reacción infantil.

—Hola, Sara. Perdona, es que estoy un poco nervioso —consigue responder con voz algo temblorosa.

La mujer finlandesa, que escucha mientras barre, sonríe con complicidad, aunque Luis no se da cuenta, porque tiene todos los sentidos concentrados en el teléfono y en el montoncito de pedazos de servilleta, que sigue creciendo.

Sara, recostada en el sofá, cierra los ojos, secretamente complacida por saber que es ella quien provoca que él esté hecho un flan. «Qué majo es, de verdad. ¿Cuándo se ha interesado por ti un tío tan majo?»

—¿Sara?

—Sí, sí, te oigo.

—¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?

—Sí, muy bien, gracias. —Todavía está saboreando el delicioso desayuno con el que se acaba de homenajear por cortesía de Tere—. ¿Y tú?

—Bueno, he pasado noches mejores. Demasiado calor.

—Ya, es horrible. Me he duchado hace un rato y ya estoy otra vez sudando como un pollo.

Luis nota el móvil resbalando por su oreja chorreante. También tiene los dedos húmedos y la nuca mojada. Aunque en su caso el acaloramiento no es sólo culpa del clima.

—Yo igual.

Durante un par de segundos se quedan los dos en silencio. La perrita suspira aburrida y en el comedor sólo se oye el roce de las cerdas de la escoba contra el suelo.

Entonces Sara y Luis hablan a la vez, como si respondieran al mismo impulso.

—Va, tú primero —se invitan a la par. Y así de nuevo, hasta que simultáneamente estallan en una carcajada liberadora.

La perrita se incorpora y ladra, algo indignada por no ser partícipe de eso tan gracioso que hace reír al humano.

—Nala, calla —le riñe su dueña, sin dejar de barrer. El animal estornuda y vuelve a tumbarse, resignado.

—Perdóname. —La voz, ahora seria, de Sara atrae de nuevo la atención de Luis, momentáneamente distraído por los ladridos—. No he sido justa contigo.

Mientras habla, Sara se acaricia el pelo, aún húmedo, y juguetea con las puntas sobre sus hombros. Luis tarda un poco en responder. «No la cagues ahora», se advierte.

—No tiene importancia. Lo de anoche fue muy raro. Yo tampoco estuve muy fino. —Hace una pausa. Al otro lado se escucha la respiración expectante de ella—. Verme en tu casa de aquella manera tan surrealista me dejó en shock.

Ya no queda servilleta por descuartizar, así que la mano libre se entretiene ahora en reunir las migas desperdigadas sobre la mesa.

—Ya… La verdad es que todo lo que pasó anoche lo tengo bastante confuso. Hacía mucho que no bebía tanto. Es obvio que el alcohol me sienta muy mal y dije e hice muchas tonterías.

—Bueno, ahora, calor aparte, estamos bien, ¿no?

—Sí, supongo… Aunque, si te soy sincera, yo creo que nunca estaré bien del todo, con esta cabeza que tengo. —Sara ríe nerviosa y sus dedos, inquietos, siguen jugando con los mechones de pelo.

—¿Quieres que nos veamos? —se atreve a proponer Luis, por fin, en un alarde de valentía, y mientras aguarda a la respuesta aguanta la respiración.

«Sí, sí, sí», responde ella por telepatía, pero otra parte de su cerebro se empeña en mantener la prudencia. «Cuidado, Sara. Recuerda lo que pasó el otro día, recuerda cómo acabaste la noche». «A la mierda la prudencia».

—Sí, claro —contesta procurando mantener un tono medio, como el que utilizaría con un conocido al que hace tiempo que no ve pero con el que no tiene la más mínima intención de iniciar un romance.

«¡Bien!», exclama Luis en silencio, levantando la cabeza hacia el techo, con los ojos cerrados y el puño libre apretado.

La perrita levanta sus diminutas orejas peludas.

—¿Conoces el Palacio de los Córdova?

—No, es la primera vez que vengo a Granada, pero no te preocupes, que lo encuentro sin problemas.

—Está al final del paseo de los Tristes, al inicio de la cuesta del Chapiz. No tiene pérdida. —Sara hace una pausa y mira por la ventana antes de continuar—. Es un rincón muy tranquilo en el que suelo refugiarme para pensar. Ayer mismo estuve un buen rato. —Respira hondo—. ¿Quedamos allí en una hora?

Luis siente el corazón otra vez rebotando violentamente contra el pecho. Sara se pasa un mechón de pelo por los labios.

—Hecho.

—Genial. Prometo no beber más vino. —Ambos ríen—. Hasta luego.

—Hasta luego.

Cuando cuelgan, Sara suspira y se deja caer en el sofá. En ese momento sólo quiere dejarse llevar por la alegría que siente en su corazón. Sabe que la euforia no durará mucho rato, que regresarán las dudas, los pensamientos insidiosos, los recuerdos dolorosos. Pero ahora se siente ella misma, Sara, una chica de veinticuatro años que merece disfrutar de su juventud, que merece sentir cosquillas en el estómago y la excitación previa al encuentro con un chico que está colado por ella. No hay otro motivo tan claro que explique el viaje que ha hecho, y le gusta, le gusta saberse el centro de las prioridades de alguien, que ese alguien ponga patas arriba su propia vida sólo por ir a su encuentro.

Sara sabe que eso que ahora le emociona, que la hace sentir como la noche en que, trabajando en el cámping, flirteó con el chico asustado que había conocido mientras esperaba a que la lavadora le devolviera su ropa, eso mismo dentro de un rato probablemente le aterrará y le hará refugiarse, pero no quiere pensarlo, no ahora, así que se levanta del sofá con el firme propósito de dejar a Luis temblando cuando la vea.

Unas calles más allá Luis salta de alegría sin moverse de la silla. Por fin va a verse con Sara a la luz del día, cara a cara, sin obstáculos, sin excesos de alcohol que nublen la mente y los sentimientos, sin más alteración en las pulsaciones que la que provoque el reencuentro con la mujer que lo ha vuelto loco, nada que ver con la desesperación de verse perseguido por un clan de fanáticos perros rabiosos… Aunque también sienta una punzada de miedo. No quiere pensar en el después, pero no puede evitarlo, y el miedo a un rechazo definitivo está ahí.

Mira a la perrita, que continúa tumbada.

—Sara quiere verme —le anuncia—. Hemos quedado en el Palacio de los… de los… Mierda, estaba tan emocionado que no me he quedado con el nombre.

—De los Córdova —lo socorre la mujer, que ha vuelto al comedor después de haber entrado en la cocina a vaciar el recogedor.

—¡Eso es! —La perrita se incorpora de un salto, vuelve a ladrar y agita frenéticamente el sucedáneo de cola—. Muchas gracias.

—No hay de qué. Es un sitio muy bonito, a la falda de la Alhambra. Seguro que la cita va muy bien.

La mujer ríe abiertamente. Luis le devuelve la sonrisa mientras se levanta, y antes de emprender la subida a la habitación con el propósito de prepararse para el encuentro, se acerca a Nala para acariciar su frondoso pelaje lanudo. La perrita adivina sus intenciones y, encantada de recibir atenciones, se tumba boca arriba para gozar del masaje.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com
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La mano que sostiene el móvil tiembla. «Llámame. Dice que la llame». Luis siente todo el cuerpo revolucionado. «¿Por qué reaccionas así? Es ridículo», le reprocha una voz en el cerebro, pero él no escucha porque Sara le ha pedido que la llame. Lee el mensaje una y otra vez mientras con la mano libre, sin darse cuenta, arranca trocitos de servilleta, que va apilando en un montoncito junto a la taza.

—¿Qué quieres, Sara? ¿Has cambiado de opinión? —murmura en el momento en que la perrita regresa y se tumba bajo la misma silla de antes. Se lo queda mirando con esos ojos semiescondidos que parecen de un muñeco de peluche— Dice que la llame —le comunica Luis. El animal levanta la cabeza, como si estuviera realmente interesado en los asuntos sentimentales del humano—. Por fin vamos a poder hablar como personas adultas.

La perrita ladea la cabeza y sus largos rizos lanudos se mueven como un muelle. Luis vuelve a concentrarse en el móvil. Siente como si un ejército de hormigas estuviera recorriendo su estómago. Suspira sonoramente, a lo que la perrita responde con un bostezo que descubre una boca hasta ese momento oculta tras cascadas de tirabuzones marrones.

—Vamos allá —anuncia Luis.

…………………………

Cuando Sara abre los ojos lo primero que nota es el sudor en el cuello y el pelo mojado. La camiseta de tirantes que no se quitó para dormir se le ha quedado pegada a la espalda; la almohada y la sábana también están mojadas. Está tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos estirados, buscando de forma inconsciente la postura menos sofocante. Y está sola. Tere ya hace rato que se ha ido a trabajar.

Tarda unos segundos en recordar qué hace en la cama de su amiga. Ha dormido profundamente y, a pesar del calor pegajoso, se nota descansada. Se incorpora y permanece un momento sentada en el borde del colchón mientras su memoria retrocede unas horas, hasta el despertar doloroso en el sofá que la llevó a pedirle a Tere que se marcharan a la Alpujarra con Merche cuanto antes.

Y Luis. También recuerda el reencuentro con Luis. Le aparece envuelto en una nube de irrealidad, como si hubiera sido producto de un sueño surrealista.

«No tendrías que haber venido». Las palabras regresan, provocándole un escalofrío y una mueca de disgusto. Pero también regresan los ojos hipnóticos de María, la zíngara. «Es un buen hombre… Te va a encontrar… Tú decides si lo dejas entrar en tu vida…» Sin el alcohol contaminando sus arterias, las dudas vuelven a asaltarle. Cerebro y corazón retoman la batalla, que resuelve de forma momentánea con un sonoro suspiro.

—Me voy a desayunar —decide, y al apoyar el pie en el suelo un dolor agudo en el dedo meñique le arranca un quejido. Levanta la pierna y se la coloca sobre la rodilla—. Joder, menudo morao.

Se chupa el dedo y aplica la saliva sobre la herida, como si así fuera a curarla, como hacía su madre cuando acudía a ella llorando después de golpearse jugando, como hacen todas las madres. Y durante unos instantes se queda pensando en ella, en lo mal que la trató ayer, cuando se la encontró esperándola en el comedor, preocupada por su hija, por su vulnerable e inestable hija adulta. «Ojalá todas mis heridas se curasen con un poco de saliva», piensa.

—No, prohibida más autocompasión, prohibido sentirse culpable por ser una mala hija.

Ahora sí, se levanta y se dirige renqueante al baño. Frente al espejo comprueba que su aspecto, sin ser para tirar cohetes, ha mejorado respecto a la madrugada. Ve las pequeñas gotas de sudor que le resbalan por las sienes y los crecientes lamparones de sudor en la camiseta.

—Dios, qué calor.

Y sin pensarlo dos veces se desnuda y se mete en la ducha. El primer contacto con el agua fría le provoca un escalofrío, pero enseguida se deja abrazar por ella. Las imágenes de la noche se le aparecen como un pase de diapositivas desordenadas, y tiene la sensación de estar recordando algo de lo que no fue protagonista. Cierra los ojos, levanta la cabeza y recibe la fría lluvia torrencial con placer. Las gotas le repiquetean insistentes en los párpados. Se lleva las manos a la cara y, poco a poco, deja que resbalen, por el cuello, el pecho, el vientre, las caderas, los muslos… Es agradable. «¿Cuánto hace que no te dejas acariciar?» Irremediablemente, su memoria se remonta al verano pasado, y vuelve a experimentar las caricias de aquel capullo despreciable que tan bien la hizo sentir durante unas semanas de espejismo. Se le eriza la piel, pero no quiere echar de menos aquello, así que ruge de rabia, de impotencia, de desesperación por ser incapaz de seguir un rumbo en su vida, por perderse en los recuerdos, martirizarse por ellos y ponerse todas las trabas posibles a la posibilidad de ser feliz.

Se agarra las manos, baja la cabeza, de forma que ahora el agua le golpea en la coronilla, y junta las palmas sobre los labios. Empieza a mover los dedos en una especie de bamboleo a izquierda y derecha con el que se acaricia las yemas, y entonces regresa a su mente la escena bajo la noche pirenaica, la charla con Luis y, sobre todo, el enlace de sus manos. Se le vuelve a poner la piel de gallina; lo echa de menos, y esta vez no se reprocha por ello, si acaso por no haberlo prolongado. «Tú decides si quieres que entre en tu vida».

—Mierda —concluye, en un grito reprimido.

Cierra el grifo, abre la cortina, alcanza la toalla colgada en la pared y se seca. Se dirige a su habitación, donde rescata unas bragas y una camiseta de tirantes limpias, y luego a la de Tere para quitar las sábanas sudadas. Se mueve rápido, tratando de mantener ocupada la mente con actividades rutinarias: llevar la ropa sucia a la lavadora, hacer la cama, poner un poco de orden en el comedor…, pero su mente traicionera actúa por su cuenta y sigue martirizándola.

—Joder, ya está bien. Necesito desayunar.

La actividad ha acelerado el inevitable proceso de recalentamiento y Sara vuelve a sudar. Antes de dirigirse a la cocina, decide tomarse un respiro asomándose a la ventana para saludar a su querida Alhambra. Ahí sigue, reinando sobre el paisaje, ajena a las comeduras de cabeza de los humanos. Como siempre, la visión la relaja. Sin embargo, una voz llama su atención enseguida. Abajo, junto al portal, una barrendera reniega sonoramente mientras recoge los trozos de vidrio de una botella que algún simpático hizo añicos durante la noche. Sara rememora entre nieblas la escena con el grupo de gamberros al que se enfrentó desde la ventana, y automáticamente Luis, empujando la puerta y apareciendo en el comedor con cara de haber visto un fantasma, reclama su espacio.

La joven resopla, da media vuelta y se va a la cocina. Y entonces sonríe. «¿Por qué narices nos cuesta tanto ver las cosas positivas? ¿Por qué esa manía con magnificar lo desagradable, lo doloroso?» En la encimera reposa una cafetera que aún conserva caliente su valioso contenido, como revela el penetrante aroma que desprende, y sobre el mármol, su taza del Central Perk, con una cucharadita de azúcar moreno. A su lado, en un platito, un hermoso croissant y un par de piononos.

Sara coge la nota decorada con dibujos de corazoncitos y caramelos de colores, dispuesta entre la taza y el plato, y se dispone a leerla vestida con una reparadora sonrisa de oreja a oreja.

«Buenos días, corazón. Por increíble que parezca, me he levantado con tiempo (quizás tenga algo que ver el hecho de que, despatarrá y con los brazos abiertos, dejas poco espacio en la cama…) y he pensado que te sentaría bien un típico desayuno granaíno. Así que he bajado a por unos piononos y unos croissants bien “ligeros” de calorías y te he preparado el café. No te he puesto la leche porque no sabía cómo lo querrías de cargado, que la noche (y la madrugá) fue muy larga…

PD: He barajado la posibilidad de despertarte para desayunar juntas, pero se te veía tan a gustito que me ha dado pena. Bueno, también podía pasar que me mandaras a tomar viento, así que he preferido no tentar a la suerte… y así he podido comer más piononos que tú. 😛

PD2: Esto… ¿Por qué no llamas a ese chico tan majo…? ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Luis, ¿verdad? Pues eso, que lo llames y charláis con calma. ¿No crees que te lo mereces?

PD3: Está buenísimo… El pionono, digo. 😉

Incondicionalmente tuya,

Tere»

—Qué loca estás, y cómo te quiero.

Sara mantiene la sonrisa, pero le asaltan las dudas. Nota el corazón acelerado, impaciente por cumplir con la petición de su amiga, pero también escucha la voz insidiosa de su yo cobarde y rencoroso. Opta por atacar a un pionono.

—Mmmmmm… Buenísimo.

El primer bocado hace desaparecer la corona de crema tostada, y con el segundo le inunda la boca el delicioso líquido que emborracha el bizcocho.

Con las papilas gustativas retozando de placer, la voz insidiosa tiene la batalla perdida y el corazón se apresura a proclamar su victoria aplastante.

—Le envío un mensaje —decide Sara mientras vierte el café en esa taza que ha sido testigo de tantas tardes de sofá y carcajadas junto a sus amigas.

«Es un buen hombre… Tú eres la que decide si quieres que entre en tu vida».

—Eso no lo sé aún —le responde a la zíngara—, pero le daré la oportunidad de que me convenza.

Con la taza en una mano y el plato en la otra, se dirige al comedor para disfrutar del desayuno a la salud de la mejor amiga del mundo.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XVI)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La tarde avanza perezosa, anestesiada por el calor sofocante, como anestesiado está el ánimo de Luis, quien se siente perdido y estúpido. Tras el episodio junto a la jovencita, subió al coche con la intención de conducir hasta el Albayzín, pero antes de meter la llave en el contacto lo asaltaron las dudas. «¿Qué vas a hacer? ¿Ir preguntando por ella puerta a puerta?» Así que, pasados un par de minutos, volvía a bajarse, esperando ver llegar a los padres de Sara, aunque sin tener nada claro que hablar con ellos fuera una buena idea.

Una hora después nadie que tenga posibilidades razonables de ser madre o padre de una veinteañera ha entrado aún en el portal y Luis, agobiado, cada vez está más convencido de que está viviendo el momento más absurdo de su vida. Arrastrando los pies, se dirige a la fuente del parque para beber y refrescarse. A pesar de haberse mantenido a la sombra de los plátanos, nota todo el cuerpo pegajoso por el sudor, lo que contribuye a aumentar la sensación de incomodidad que ya hace rato que se ha apoderado de él.

El surtidor gotea, cosa que evita que se seque el pequeño charco donde un grupo de palomas se refresca. «No siempre entiendo que sucede conmigo… Zarandeándome voy hasta que caigo… terriblemente borracho» No sabe por qué ha acudido a su mente ‘Flor venenosa’, la vieja canción de Héroes del silencio, pero es la espoleta que lo hace reaccionar. «Desde luego que no lo entiendo, nadie puede entender qué sucede conmigo… A lo mejor si estuviera borracho todo sería más fácil… Pues mira, seguramente no des con Sara, pero ya que estás en Granada, por lo menos disfruta de las cañas con tapita incluida».

Luis mete la cabeza debajo del chorro tibio de la fuente y cuando se incorpora se sacude como lo haría un perro. El remojón consigue sacarlo de la modorra, y ahora, con una misión clara —ponerse tibio de cerveza bien fría—, vuelve a subir al coche. Antes de arrancar, saca el móvil para consultar las posibilidades de aparcamiento en el centro de la ciudad, y al tenerlo en las manos lo asaltan de nuevo los insidiosos ojos verdes que dos días atrás le robaron la capacidad de actuar de forma racional. «Prueba otra vez», se dice. «Alguna vez tendrá que contestar».

En ese momento, a unos veinte minutos a pie de la plaza, Sara deja que el chorro de la ducha, golpeándole en la cara, pruebe a arrancarle tantas sensaciones indeseables. Sin suerte. En su habitación, el móvil vuelve a sonar.

—Te llaman otra vez —anuncia Tere, quien, al no obtener respuesta, chasquea la lengua con fastidio y se dirige al baño—. Te llaman otra vez —insiste, tras empujar la puerta.

Pero Sara no oye nada más que el repiqueteo del agua contra su rostro.

—¡Sara!

Lo normal habría sido que Tere se olvidara del asunto y regresara a lo suyo, pero no puede evitar sentirse molesta por el comportamiento taciturno y ausente de su amiga; es como si a Sara le importunara que ella esté en su casa. Una cabeza chorreante aparece por fin de detrás de la cortina de la ducha.

—¿Qué pasa? ¿Por qué gritas?

—Porque era eso o cortarte el agua. —Hace una pausa. Sopesa si decirle lo que realmente le apetece o dejarlo correr. Opta por lo primero—. No sé si te das cuenta de que desde que has llegado no me has hecho ni puto caso… Sí, no me mires con esa cara. Una tiene su corazoncito y me toca los ovarios que después de dos meses sin vernos ni siquiera me hayas dedicado dos segundos de atención.

Sara la mira con cara de circunstancias, consciente de que tiene razón, pero no sabe qué decir. Un silencio incómodo se adueña de la escena, hasta que Tere decide retirarse. Sara se queda mirando cómo cierra la puerta, y en el momento en que ésta completa su recorrido, reacciona.

—Lo siento —balbucea.

La puerta vuelve a abrirse.

—¿Cómo dices?

—Que lo siento. Que tienes razón. He pasado de ti olímpicamente. Estoy hecha un lío tremendo y no sé ni lo que hago.

La expresión desolada de la cara que sigue asomada por el hueco de la cortina ablanda el corazón de la ofendida, cuya expresión de fastidio muta en comprensiva ternura.

—Vale. Acaba de ducharte y hablamos en torno a una botella de vino. —Vuelve a hacer amago de desaparecer, y entonces recuerda el motivo de la visita—. Por cierto, te han estado llamando al móvil.

«Luis». El corazón se adelanta al cerebro. Cierra los ojos y suspira. Un segundo después los vuelve a abrir y se encuentra con la mirada suspicaz de su amiga. Sara carraspea.

—Gracias, luego miro quién es.

Inmediatamente desaparece tras la cortina y vuelve a abrir el grifo.

—Creo que la charla va a ser interesante —murmura Tere mientras entorna la puerta.

Sentado al volante de su hirviente coche, Luis vuelve a dejar que se agoten los tonos de llamada sin obtener respuesta. La frente y el cuello están de nuevo perlados de sudor y otra vez nota las gotas que se deslizan por su piel. Tiene el teléfono entre las manos y la vista clavada en la pantalla, ahora apagada. Apoya los antebrazos en el volante, y aunque está muy caliente, no los aparta.

«No quiere saber nada de ti. ¿Acaso necesitas más pruebas? Olvídala como te dijo ella misma y continúa con tu vida… ¿Otra más a olvidar? A este ritmo bato algún récord… Qué coño, le mando un mensaje, que sepa que he venido y luego lo borre y bloquee mi número si quiere… Estás muy tonto… Sí, vale. Le envío el mensaje y luego a tapear».

…………………………

La brisa suave procedente de Sierra Nevada consigue refrescar el ambiente por primera vez en muchos días.

—Oh, qué bien —proclama Tere desde el sofá, mientras intenta sacar el corcho a una botella de vino tinto de la Contraviesa—. Hoy por fin el aire que sale del ventilador no achicharra.

Sara sonríe asomada a la ventana, desde donde contempla la luna sobre la Alhambra.

—Podría pasarme la vida así, sin más preocupación que admirar este paisaje.

—Toma, y quién no. De todas formas, acabarías aburriéndote.

—No sé…

Tere descorcha finalmente la botella y sirve dos generosas copas.

—¿Vienes aquí o vamos a charlar asomadas a la ventana?

Sara suspira y se da media vuelta.

—Ya voy, no permitiré que acabes con los nachos tú sola.

Cuando se sienta junto a ella, Tere le extiende la copa con la mano izquierda mientras con la derecha sostiene la suya.

—Por nosotras. Es poco original, lo sé, pero me encanta poder seguir diciéndolo, después de tantos años… aunque a veces me entren ganas de tirarte el vino por la cabeza.

—Perdona, de verdad. Soy un desastre de amiga.

Se quedan mirando con la complicidad de quienes han compartido todos los momentos significativos de la vida y tienen la convicción de que compartirán muchos más. En el portátil suena lo último de Lori Meyers. Sara sonríe al recordar el concierto, pocos días antes de marcharse. Sus amigas la obsequiaron con una fiesta de despedida memorable.

—Por nosotras —repite Sara. Chocan las copas y beben hasta dejarlas vacías.

—Te gané, como siempre —anuncia Tere, risueña, y se seca los labios con el dorso de la mano. Acto seguido sirve la segunda ronda.

—Cómo vas a perder, si eres una esponja —A Sara le reconforta el calor que le deja el vino en su recorrido desde el paladar hasta el estómago—. Está muy bueno. —Coge un nacho pringado de queso cheddar y se lo lleva a la boca.

—¿A que sí? Es de la bodega de los padres de Merche. Poco después de que te fueras trajo algunas botellas. Son de la primera cosecha. Estaba muy emocionada.

—No me extraña, es para estarlo, con todo lo que han luchado por hacer realidad el sueño de la bodega.

—Sí, me encanta esa tía, y si quieres que te diga la verdad… —Tere se interrumpe para masticar unos nachos—, la envidio, porque ella también ha hecho mucho por que se cumpliera ese sueño. Me flipa la gente que es capaz de marcarse un objetivo y no parar hasta lograrlo.

—Y a mí…

—Por Merche, y por toda la gente que lucha por hacer realidad sus sueños.

Las dos amigas vuelven a brindar. Tere deja la copa vacía de nuevo. Sara se conforma con un par de tragos.

—A este ritmo vas a tener que llamarla de urgencia para que traiga más botellas.

Tere ríe con ganas.

—Ya estoy pedo, así que es el momento de empezar el interrogatorio.

—Bueno, bueno… Yo empiezo a notar el puntillo, pero aún controlo, así que primero cerremos el asunto Merche. ¿Vuelve pronto?

—Qué va. Se queda con sus padres hasta que acabe la vendimia, en octubre… —Calla de pronto, y acto seguido se le ilumina el rostro, en el que la combinación de vino y calor le ha encendido las mejillas— ¡Oye, vámonos con ella!

—Confirmado: estás borracha.

—Anda, calla. —Tere deja su copa en la mesita y le quita a Sara la suya con la intención de hacer lo mismo, pero antes, y tras dudar un instante, da cuenta del contenido. Sara suelta una carcajada. Tere le toma las manos—. Escucha. Yo me iba a ir unos días igualmente. Lo acordamos antes de que se marchara. La llamo y cuando le diga que tú también te vienes dará saltos de alegría. Será genial, las tres juntas zanganeando por la Alpujarra.

Tere la abraza. Está entusiasmada, y consigue contagiarla, aunque trate de resistirse.

—Ay, no sé…

—Va, va, déjate de memeces. —Rellena las copas, y deja la botella vacía en el suelo—. Ahora sí, ¿quién es el tío que te llama? Porque es un tío, ¿verdad?

Continuará…

Tu calor


Caricia de sol…


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