El camarero de Labor


Camareros indefinidos y eternos
Foto: José Ramón Gómez Díaz-Rullo

No lo sabe,
él no lo sabe cuando me sirve el café.
Pero yo lo observo y este acto,
mucho menos que el café de su taza de un millón de labios,
me redime.
Sin saber que en su frase está lo eterno,
me dice, me hace,
las preguntas más discretas.
¿Qué si todo bien, que y dónde mis hijos?
Porque en su frase está lo eterno, le respondo que bien,
y que no tengo.
En su andar caedizo y en su afeitado somero
están el desgaste y lo simple.
No lo sabe él y seguro que yo tampoco.
Pero de la nada, de dos vidas ajenas la una a la otra,
en dos oraciones hemos creado una sola boca
sin edad ni distancia,
paradoja límite de la indiferencia.
Así que ahora,
cada día y siempre,
vuelvo al  Labor de corredor eterno,
al lugar de la visceral primavera que parece invierno,
para en algún momento, como la crisálida al gusano,
confesar,
que esa eternidad que yo he visto,
que esa eternidad imperturbable,
se halla en él, detrás de una tosca barra de bar.
Y que allí, frente a la Uhland Strasse en la que toca vivir,
de un modo u otro,
nacerá siempre mientras él exista.