Memoria del desviste II


Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

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Obituario de Cecilia Romero Torres


Cecilia Romero Torres, la histriónica danzante que vivía en la colonia Santa Lucía, amaneció colgada de uno de los árboles de tamarindo del patio de su casa.

Bajo el tambaleo de su cuerpo, han sido días de mucho viento, Cecilia dejó colgando de su tobillo izquierdo una carta de despedida amarrada con un pequeño listón rosa.

La carta, sin destinatario particular, decía:

Me voy porque el mundo, ese teatro que tantos aplausos me ha negado, se ha reído de mí por última ocasión. Su broma final fue una estocada directa a mi corazón, me dañó el orgullo y todo el amor que llevaba colectando durante veintisiete años. Habiendo tanto talento, decide que la actriz principal de tan terrible acto sea, maldita sea, mi Rebeca.

Si algo ha dañado mi orgullo, ha sido la ceguera y el atontamiento del amor que no me han permitido ver a tiempo la malaventura que sus brazos me tejían.

Rebeca era todo para mí, era el único público y el único aplauso que necesitaba. Era mi sol por las mañanas, la luz de mis noches y la oscuridad de mi cama. Rebeca fue mi norte, mi tierra, el café de buenos días, el cuento de la buena noche, mi astrolabio en medio del océano: mi ruta. Mi tacto favorito.

Antes de Rebeca me consideraba una muralla impenetrable, un castillo volante, un rinoceronte blanco. Nadie había podido saltarse las paredes, descifrar el laberinto, cruzar el bosque de espinas ni tocar elegantemente la puerta como lo hizo ella.

No negaré que fui feliz. Es verdad, fui el ser humano más feliz del mundo. La mujer más mujer. Recibí los mejores besos y descubrí el calor de las puestas de sol. Y todo el amor y toda la paz y toda la vida que bienviví con ella se esfumaron en dos segundos.

La muerte, visitante indeseada de este plano, llegó por ella. Y la muy vil, caprichosa, egoísta e inhumana me dejó aquí. Sufriendo, sin vida y sin techo. Rebeca era mi casa, su corazón mi corazón y sus piernas mis cimientos.

Ayer noche fueron los cuarenta días de mi Rebeca. Podrá descansar en paz. Espero mi familia me perdone.

Cecilia.

Cecilia R. T. no será velada. Su madre cree que su suicidio fue otro acto de rebeldía y odio hacía la fe cristiana. Nunca le perdonó su orientación sexual y ahora no podrá perdonarle su muerte.

Por mi parte y desde el fondo de mi corazón, deseo que Dios, en su infinita sabiduría y amor, le permita a Cecilia, para toda la eternidad, los brazos de Rebeca.

Cartas


Escribo para que sepas que jamás te dejé de escribir.

Y aunque fueron mías las últimas cartas desiertas.

Jamás te dejé de escribir.

Sigo mirando a la Luna

para coincidir con tu mirada.

Sigo sembrando recuerdos

en la tierra

después de la lluvia…

Varias gotas se unen en la ventana.

A veces, me sorprendo dibujando tu nombre

en el polvo de una mesa

y ya no sé, si son tus letras las que me llaman

o son mis dedos que no han dejado de tocarte.

Otras veces, sentado en la estación

dejo pasar los trenes, como quien pasar los días,

por si tú apareces. Pero al final,

lo único que llega, es el vacío

de los andenes en mi corazón y alguna hoja seca

arrastrada por el viento.

Día tras día, hoja tras hoja, vuelvo a casa

envejecido y otoñado diciéndome:

“Solo los necios creen en el destino”

Pero no creas que he estado solo.

He besado muchos labios, he abrazado muchos cuerpos

recordándote.

Por eso sé que amor tiene infinitas caras

y todas como en un puzle hacen la tuya.

En la oscuridad empecé usando tu perfume.

Ante el espejo, vistiéndome de ti,

te imaginé frente a mí.

Y ahora, travestido, paseo por las calles buscándome.

Aunque confesaré, que si te viera, ya no te conocería

porque no hay nada tan mentiroso como los recuerdos;

son un muñeco de plastilina.

Juegas con ellos a saber quién eres

y te guardas en el cajón siendo otro:

Un trozo amarillo, un trozo rojo, unos granos de arena…

incluso un pelo de gato encontré en el último

que finalmente me salió en el hombro.

Y hoy,

la tormenta en la noche hizo la mañana doblemente hermosa;

tan hermosa

que me gustaría estar enamorado.

Por eso te escribo cartas.

Jamás te dejé de escribir.

Cartas sin destino, cartas que abandono, cartas en silencio

hasta que el mundo tenga una.

Carta para mí, sueño sin fin


El desalojo de la expectativa se deja sentir de golpe.

Tu mirada estática en el horizonte deja de sentir completamente aquella euforia de la majestuosidad de lo que observas, la distancia y la profundidad que hay entre tú y lo que quieres ya no representa una inquietud. No hay miedo.

Sin embargo, existe un trecho que intercala.

No representa sustracción ni suma a lo que ya tienes o eres, es una bifurcación en medio de una escalera, si caes en él, volarás sin tener conocimiento de a qué parte del camino recorrido volverás. Expectativa y dificultad. Estado de desesperación silenciosa, una célula adormecida que no halla su par en el camino a la mitosis.

El último escalón y tu meta.

La pregunta usual al final del camino, respuesta que puede dirigirte al principio. Pero con mayor sabiduría. Crecer, dejar ir. Aprender del ciclo.

No lo hagas


M.A.A.M.:

Hola. Bueno, creo que es la primera carta que te escribo, así que no sabía como empezarla. Supongo que un “hola” rompe el estereotipo. En realidad, dudé mucho en escribirte. Sí, me imagino diciéndote: “Ya pasaron 10 años, así que podríamos decir que 10 años es mucho”.

¿Te acordas cuándo nuestras familias iban juntas a la playa? Cómo olvidar aquel tour por Brasil en el que secuestramos a Manuelita, la tortuga de peluche de tu hermana. Nunca vi a alguien enojarse tanto por el secuestro de un peluche. Y eso que ni siquiera pagó la recompensa. ¡Qué tiempos aquellos!

Ya no somos esos niños de antes, ¿verdad? Es decir, quizás los tengamos encerrados en algún rincón de nuestras almas pero ya no es lo mismo. ¿Te acordás de esa noche en el balcón de mi casa donde te pedí que fueras mi novia, sin siquiera proponértelo con el cliché de las palabras? Es que no hay palabras que sustituyan el gesto de una mirada sincera.

Cada tanto suelo abrir aquel baúl de la memoria. Son tan lindos los recuerdos. No sé en qué momento me volví algo romanticón; no va tanto conmigo ¿verdad? Puedo escuchar esa carcajada. Lo cierto es que cada uno hizo, de alguna manera, su vida. Y acá estoy yo, escribiendo una carta; y allí estás vos, leyéndola. Si es que llegó a tiempo.

Sé que es algo egoísta y extremadamente interesado de mi parte hacerte un pedido a estas alturas de las circunstancias. Y no tengo absolutamente ninguna excusa para ello. Miro tu foto, mientras sigo escribiendo. Veo dos cosas que siempre me gustaron: esa cicatriz en la frente que, dicho sea de paso, nunca logro recordar del todo la historia de esa obra de arte que alguna superficie dura se encargó de ponerla en tu rostro; y ese hoyuelo que culmina tu sonrisa en el lado derecho de tus mejillas. Son tu marca registrada, tu esencia. Y me encanta.

Nunca te conté que cuando le hablo a las personas de vos, a aquellos amigos que forman parte de mi primer círculo, les cuento que fuiste mi primer amor. ¿Será cierto eso de que el primer amor nunca se olvida? Bah, no sé.

Tampoco sé de donde florecen tantos sentimientos ahora. Sí, ahora. Probablemente fue luego de enterarme de lo tuyo. Digo “lo tuyo” porque no me siento cómodo recordándome a cada segundo el hecho de que tan rápido se irán todas las chances de haber cambiado la historia de estas letras. Es irónico, ¿no? Cómo el corazón puede estar en reposo tanto tiempo hasta que algo hace clic, así de la nada. Casi sin esfuerzo. El mío hizo clic, muy tarde.

En fin, no soy un escritor, así que no creo que sea tan entretenido leer lo que yo pueda escribirte. Lo mío siempre fue el fútbol. Aunque, de a poco, le estoy agarrando el gusto a este mundo de las letras.

Antes de hacerte el pedido, quiero poder traficarlo mejor con un recuerdo de mi abuela. Ella es enfermera y siempre llegaba a casa con vacunas para todos sus nietos, cuando el calendario marcaba las fechas para las dosis. Sin preguntármelo, me mandaba ir al baño y estar tranquilo. Abría la puerta, me pedía que le mostrara las nalgas, le sacaba las capuchas a las jeringas, verificaba la dosis, y así, sin anestesias para el dolor repentino, me las inyectaba, en dos nanosegundos. “Listo”, solía decir. Ahí era cuando el ritual terminaba.

Es por eso que, sin anestesias, quiero pedirte esto:

Por favor, no te cases. No lo hagas.

R.A.A.M.

Una carta de amor extraviada


airmail

por Reynaldo R. Alegría

De niño había coleccionado sellos de correo, con particular fascinación por aquellos que emitía la Segunda República de Madagascar, una isla cuya silueta él recortaba y trataba de acomodar en el mapa de la India como la pieza de un rompecabezas, intentando demostrar que a pesar de 88 millones de años de separación natural, todavía tenían una historia que contar.

Los sellos de correo los descubrió en Boys’ Life Magazine, una revista publicada por los Boy Scouts que al final tenía páginas de anuncios y ofertas para niños, muchos de ellos para coleccionistas de sellos postales de correo.  Sin internet, máquinas de facsímile o celulares, la rutina imponía un rito que aún hoy le parece fascinante.  Se recortaba con tijeras el breve anuncio, se completaban sus blancos, apretando las letras para que cupieran apenas el nombre y la dirección y se depositaba la orden dentro de un sobre de correos con una estampilla regular que dirigía la petición a una dirección en los Estados Unidos de América.

*****

Olvidado del pedido, a los meses, muchos meses, comenzaron a llegarle sobres de correo internacional con tantos sellos de tantos países como nunca imaginó que pudiera tener contacto.  Su padre lo llevó a la oficina central del Correo Postal de los Estados Unidos de América que había en la capital, donde compraron un libro de coleccionistas de estampillas.  Antes de descubrir la lectura, para lo que transcurrieron muchos años, volaba y viajaba a otros países con sus estampillas, junto a unas breves investigaciones que hacía en El Tesoro de la Juventud, la enciclopedia que sus padres le habían regalado a él y a sus hermanos y en un Atlas que el cubano que les vendió la enciclopedia les había regalado con la compra.

*****

Cuando estacionó su vehículo notó que sobre la tapa del motor del vehículo estacionado justo anteriormente al suyo había un sobre de carta.  Era uno de esos sobre de envío por avión, con la medida internacionalmente aceptada de unas cuatro pulgadas y media de alto por nueve de ancho, con todo el contorno decorado por franjas entrecortadas diagonalmente rojas y azules y marcado sobre su faz con un sello engomado con tinta negra con las expresiones: “por avión”, “expreso”, “correo aéreo”, “air mail”.

El inmediato recuerdo a su niñez y a su ahora perdida colección de sellos actuó como imán entre sus manos y la carta, pero el recuerdo de los colores de los animales en los sellos de Madagascar pudo menos que el nombre de la remitente y el destinatario, y que la fecha.  ¡Había sido enviada hacía quince años!

Hacía tres años que conocía a aquella singular pareja, que vivía a unas casas de la suya.  Ella, mayor que él, seria, formal, extranjera, como sacada de un convento de clausura contemplativa, de apariencia triste, sufrida, deprimida; él, intelectual, perdido en una locura urbana desfasada, descuidado, automedicado con marihuana fumada para tratar ciertas condiciones que según él, solamente cedían ante la hierba quemada y aspirada a los pulmones.

*****

Dudó.

¿Debía dejar aquella carta donde la encontró?  ¿Debía hacerla llegar a su dueño?  ¿Y si el dueño quería deshacerse de ella?  ¿Quién de los dos la habría tenido en su posesión?  ¿Debía arrojarla al zafacón?  ¿Y si el propósito era que él la tuviera?

La letra de ella en el sobre era limpia, con un perfecto interletrado pero abundantes palos y remates, la absoluta negación del sans serif; llamativa.  Decidió tomarla para devolverla.  Sin embargo, camino a su casa la guardó para que nadie advirtiera su posesión.  Después de todo, sabía que era una absoluta imprudencia, al menos así lo sentía.  En su casa inspeccionó el tesoro; la olió a ver si estaba perfumada.  Entonces advirtió lo que parecía imposible, la carta estaba sellada y nunca había sido abierta.

Maquinó todas las teorías de conspiración de amantes que se le ocurrieron.  Se trataba de una carta que por coraje él nunca abrió y la conservaba para devolvérsela o era una carta que él le había devuelto a ella o era una carta con una secreta revelación que ella envió para abrirla en un tiempo futuro.  Entonces, inspeccionando nuevamente el sobre, se percató que había sido cuidadosamente abierto por la parte superior aunque aparentaba lo contrario, quizá el tiempo aparentaba clausurar lo que ya estaba abierto.  Tras un debate entre el honor, la dignidad, el respecto por lo ajeno y la confianza, que duró no más de cinco segundos, abrió el sobre y extrajo la carta.  Lo hizo con gran delicadeza y cuidado de manera que pudiera devolverla, oportunamente, a su estado original pues su idea siempre fue entregarla a su dueño.

Con una limpia caligrafía que vivía desesperada junto a una desordenada ortografía, según iban avanzado las palabras, los párrafos y las páginas, se advertía una historia terrible e inesperada.  ¡Cuántas veces nos confundimos con las personas!  ¡Cuántas veces creemos que alguien es quien no es!  Aquella mujer ardía de amor y dolor, nadaba divertida en el azufre cada día pensando en él, encubriendo sus sentimientos bajo un manto frío que la mostraba al mundo como otra, ocupando sus tardes solitarias dejando salir su amor en las cartas que escribía y en las que solamente le pedía a él que la amara con fuerza y con abundante sexo.

Guardó en su maletín la carta.  Con más tiempo para pensar y habiendo cocinado un poco más claramente las ideas, entendió que ella había puesto esa pieza al alcance de sus ojos para que hiciera lo que hizo, para que la leyera y la conociera, para que supiera que ella era real y conservara la carta como un recuerdo de amor.  Entendió su carta, al menos aquella parte en la que le decía a él que su único alivio eran sus recuerdos, que su único deseo era una foto con él; una foto de ellos juntos para mirarla en las noches antes de acostarse, como se mira un álbum de fotos o como un niño aprecia su colección de sellos postales de correo.

 

Foto: Tomada de Isle of Man Post Office, https://www.iompost.com/for-you/sending-mail/international-postage/international-airmail-letters-packets/

Querido hijo


El Blog de Reynaldo R. Alegría

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por Reynaldo R. Alegría

Mi querido Sebastián:

Hace un rato te dejé en el aeropuerto rumbo a Boston a tu segundo año de estudios.  Me siento tan raro.  Alegre, alegre, muy alegre, porque tuviste un gran primer año y porque este promete ser mejor.  Porque fundaste las bases para manejarte en nación ajena a pesar de la tara que se nos impone a los boricuas en los Estados Unidos.  Y soso, desabrido y hasta medio mustio porque pierdo esa fabulosa compañía tuya.

¡Es tan bueno estar contigo!  Eres inteligente, respetuoso, carismático, noble.  Tienes unas ganas fascinantes de aprender, de entender, de saber.  Y una dulce obstinación que requiere cultivo del entendimiento.  La verdad, la que escojas que sea tu verdad, será el producto de hurgar profundo en el entendimiento de las cosas.  De mirar a todos los lados, que usualmente son mucho más que dos.  De cuestionar con respeto conforme…

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