El Cartero


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Fotomontaje: El cartero 2016 Edwin Colón

Aprendí a escribirme cartas de amor todos los días. Así sané las heridas de mi infiel pareja. Jamás pensé que la estima propia sanara con mentiras. Hoy se cumple el aniversario de mi divorcio y de aprenderme amar a mí mismo como la amaba a ella.

 

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Querida Frida


Frida

Querida Frida.
Las mañanas son menos luces y los atardeceres más grises.
Las palabras tan secas y saber
que las golondrinas, algún día, no;
que yo algún día no.
Ahora te comprendo ¿Sabes?
Aquello del dolor que me decías
en tus letras futuras.
He despertado el domingo y seguía cayendo.
Y todo parece que Paracetamol y Diazepan y el mundo es una cama
de la que no quieres salir.
Frida.
Te extraño muchísimo. Aunque
Diego dice que acabará el fresco el día 20.
No te fíes de ese sapo.
La otra noche vi
que alguien había pintado en la pared y en el suelo
la silueta de una señal de STOP.
La única farola de la calle se enciende a las nueve ¿Sabes?
Y poco a poco
según cae la noche y los colores se apagan y solo queda
su luz naranja;
puedes ver cómo coinciden la sombra y el grafiti.
Así, quietos, durante toda la noche, como
dos amantes.

Mi alada de Coyoacán. Siempre tuyo.

Archivo de amantes


Arcordeon File

por Reynaldo R. Alegría

Tenía 14 años cuando escribió su primer poema. Eran unos versos muy cursis que provenían de un desengaño liviano con sus amigos de la escuela. Años después, sentado en la barra del Patio de Sam, escribía versos en una servilleta de cocktail y le era imposible olvidar cada palabra escrita en sus primeros versos. Un poema escrito en una servilleta —aunque no fuera un buen poema— siempre emocionaba a una mujer. Pero la desolación y la amargura no ayudaban mucho al esfuerzo creativo. Debía sentirse muy triste o muy alegre para escribir, enamorado o con el corazón partido, no había puntos medios. Con poco más del doble de la edad, ahora presumía con su amigo Tom —quien era igual de presumido— de haber tenido sobre 100 amantes. Sin deseos de muchas alegrías o sin ganas de grandes tristezas, decidieron hacer un listado de todas sus amantes. Los fríos Manhattans y la helada soledad contribuían a hacer del evento uno de divertida y embriagante prepotencia entre amigos.

Cuando una semana más tarde encontró la servilleta con 73 nombres en uno de los bolsillos de su saco, le pareció necesario conservar y completar la lista. El esfuerzo requirió dar aviso a la memoria del pasado y acudir a la pequeña valija comprada a un anticuario de la ciudad vieja, tapizada en piel marrón en el exterior y forrada en el interior con terciopelo arrugado azul, en la que guardaba recuerdos tangibles. Fue necesario organizar aquel cúmulo de historias de amor, amarguras y sexo.

Tomó un archivo viejo de cartón marca Wilson Jones tipo acordeón de los que tienen pestañas con las letras del abecedario organizados en 21 bolsillos, cada uno para una letra excepto la I que estaba junto a la J; la P que estaba junto a la Q; la U que estaba junto a la V y la X, Y y Z que estaban juntas. Sacó lo que tenía adentro, que eran manuales y garantías vencidas de electrodomésticos inservibles e inexistentes, y organizó sus recuerdos. Con calma, como cuando se extingue el viento, como suspendiendo en el tiempo la tranquilidad, queriendo destilar por el corazón cada gota de sangre de amor que hubo sentido alguna vez por cada una de ellas; y fue clasificando en carpetas individuales —rotuladas con las iniciales del nombre y apellido— los recuerdos precisos, tocables.

El listado, ahora con 114 nombres, estaba depositado en el primero de los bolsillos bajo la letra A. A partir de ahí, se sucedían 42 carpetas de recuerdos inmarcesibles. En la carpeta con las iniciales CN estaba guardado el diario del romance juvenil que ambos sostuvieron y que ella le regaló cuando huyó al extranjero para alcanzar los más divinos sueños. MR tenía, entre otros, una foto enmarcada que ella alguna vez pretendió que él pusiera en el escritorio de su oficina. En MT estaba un pañuelo con el que ella se había limpiado sus sensuales intimidades en la primera cita. La carpeta de NE guardaba el patrón de la camisa con estampados hawaianos que ella cosió para que ambos se vistieran iguales para ir a la iglesia. En TG guardaba las más eróticas cartas escritas con la más dulce caligrafía y una serie de postales hechas por ella en una impresora tipo dot matriz en las que resaltaba su culto al falo. Bajo VB depositó las sosas postales en las que ella solía escribir y repetir mensajes innecesarios al final de unos versos, también innecesarios, impresos en la tarjeta.

Con el tiempo, cuando entendió que lo que hacía no era distinto a lo que hacían algunas de sus antiguas amantes, aprendió a no sentirse mal con su secreto; decidió esconderlo menos en su oficina y disfrutar cuando alguna de sus secretarias hurgaba en su sigilo. Lo que alguna vez pareció una vergonzosa acumulación de conquistas sin razón, oportunamente se convirtió en una rica fuente de memorias vivas, razón de alegrías y tristezas, de versos y poemas, archivo de amantes.

Phone Sex


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por Reynaldo R. Alegría

Cuando escuchaba su voz al otro lado del teléfono, bastaba que me preguntara cómo estaba vestida para saber que lo haríamos.

—¿Qué haces?

—Acostada en mi cama.

Le había dejado saber que los viernes tarde en la noche podía recibir su llamada.  Eran las ocho, y en esta parte del campo donde vivo las ocho de la noche ya son muy tarde en la noche.

—¿Cómo estás vestida?

Era inevitable.  Lo haríamos.

—Traigo un pantalón largo de pijama y una camisa liviana de manguillos.

—¿Vas a dormir temprano?

—Miraba la televisión.

—¿Y debajo de la ropa, qué llevas puesta?

—Ya sé por dónde vienes… deja eso que no puedo… y tengo poca carga en el celular…

—¡Dime!

—¡Me encanta tu voz!

—Gracias, pero no me evadas…

—Unas bragas rojas, muy rojas y pequeñas, muy pequeñas… y no llevo sostén.

A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar.

—¿Estás excitada?

La mejor estrategia cuando no puedes contestar una pregunta, particularmente si es muy tonta, es contestar con otra pregunta.

—¿Y tú que haces?

—Tú sabes…

Son tan predecibles los hombres y tan imaginativos.

—Imagino lo que haces.  ¿Me puedo tocar?

A los hombres les encanta que le pidan permiso.

—Creí que ya lo hacías.

—Me gusta que me guíes, me gusta escucharte cuando la voz parece que se te quiebra y la entonación hace que se confundan las palabras.  ¿O es que te pones tímido?

—¿En qué estás pensando?

—En ti…

—¡Qué bien!

Son tan simples los hombres… en ocasiones se complacen con tan poco… particularmente cuando tienen una erección y nada los calma hasta que se terminan…

—¿Qué estás sintiendo, Princesa?

Ante esa pregunta solo procede una cosa… bajar el tono de la voz, no hablar, gemir y gemir…

—¡Ufff!

Lo virtual requiere mucho más que condiciones, ganas y poca ropa, ante todo requiere imaginación, mucha imaginación; y palabras, buenas palabras, mejores palabras, deliciosas palabras.

—Mi amor, no quiero ser rompebolas y sacarte de esto tan rico, pero se me está agotando la batería del celular… sorry…

—Vente conmigo…

¡Click!

—¡Aló, aló! Upsi… se cayó la llamada…

¡Click!

Me encantan los hombres y me fascinan como a ellos los controles remotos, en especial los botones de pause y play.

 

Foto: Alessandra Ambrosio, Phone 600, tomada de http://www.cosmopolitan.com/sex-love/confessions/q-and-a/a810/phone-sex/

Diario del Amor Prohibido


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13 de enero de 2014

Me está prohibido amarte.  Vedado.  Impedido. Pero te amo.  Entrañablemente.  Mi amor por ti es como es como el del pez por el agua.  Obligado.  Sin dominio.  De permanente domicilio.

Te amo tanto y a veces tan poco, que no puedo decírtelo.  Ni a ti ni a nadie.  Como tampoco a él puedo decirle que no lo amo.  No puedo decirle que es a ti a quien amo.  Aunque ese amor sea escaso.  El me cuida.  Siempre.  No frugalmente.  Como lo haces tú.  Él me ha dado tanto.  Una hija.  Con él tengo tan poco.  Una frágil familia.  Quebrada.  Débil.  Pero es bueno tener familia.  Aunque la nuestra dependa de mi fortaleza para tolerar lo insoportable.  Es como un tronco ancho y pesado de madera que cargo sobre un hombro.  En el otro hombro estás tú.  Tus deliciosos besos.  Tu sexo.  Intenso pero a la vez liviano.  Lo que tampoco puedo decir.  Ni a ti ni a nadie.

No hay nadie a quien confiar mis secretos.  Una mujer no puede revelar sus secretos de amor verdadero.  No se le puede decir a un hombre que alguna vez hubo –hay– un amor verdadero.  Un amor.  Una conexión espiritual que sólo se siente cuando se ama.

Estando contigo he sentido que puedo alzar la mano y tocar las estrellas.  Sólo contigo.  Jamás soñé ese momento.  Descubrí que lo que estaba pasando trascendía la aventura.  Tuve urgencia de perspicacia.  Deficiencia de comprensión.  Hay algo en tus ojos que me transportan a otra época.  El intercambio de miradas contigo provoca una conexión entre nuestras almas.  Una unión inexplicable donde sólo sentirte dentro de mí se impone como lo correcto.  Como si mi trascendencia espiritual te hubiese estado esperando por siglos.

La serenidad que me provocaba que me toques deja mi mente en blanco.  El tiempo que te tomas para descubrir mi cuerpo me transporta en un viaje astral.  No pienso.  Los segundos se multiplican y mi alma vuela lejos.  En mi mente no hay pensamientos.  Me dejas en blanco.  Sólo nosotros.  Sentir que me amas.  Que soy delicada para ti.

Cuando nos amamos creamos energía.  Intensidad.  Cuando penetras mi cuerpo y alcanzamos las cumbres mirándonos a los ojos, el poder que se crea extrae el alma de mi cuerpo.  Quedo iluminada.  Liberada de deseos.  De conciencia.

Soy dichosa.  En poderlo entender.  Apreciar.  Desear.  Sabiendo que pocos podrían entender lo que sólo algunos hemos vivido.  Almas errantes.  Por siglos.  Vueltas a encontrar.  Tengo temor de nunca volver a sentir lo que he sentido.  Ni siquiera contigo.  Te estoy tan agradecida por esa experiencia.  Quizá por eso te siga amando.  Aunque sea prohibido.

Por el momento, con sigilo debo ocultar lo reservado.  Pero debo dejar constancia de mis caminos por estas tierras.  Debo dejar constancia de mis hechos.  He decidido escribir un diario que sólo podrá ser leído por mi hija a mi muerte.  ¡Caiga la condena del desamor a quien viole este deseo!

El Encuentro de los Amantes – Carta 8


El Blog de Reynaldo R. Alegría

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29 de diciembre de 2013

New York, New York

Amor de mi vida –

No sé cómo pude aguantar las ganas de lanzarme sobre y ti y devorarte a besos.

Sentada en la mesa del fondo, al final a la izquierda, te esperaba según acordado.  A las siete y media de la noche en punto apareciste bajo el umbral de aquella enorme puerta que define el regazo de una sala templada que parece dar consuelo a los que sienten frío, de una amplia, atestada y perfecta terraza.

Llegaste vestido como el primer día, excepto el abrigo.  Traje oscuro, camisa blanca en algodón con yuntas, lazo azul con puntos blancos con nudo tipo mariposa y un abrigo largo y oscuro.  Sobre la mesa una curiosa sombrilla roja con luces inofensivas que producían un delicioso calor alumbraba mi deslumbramiento.  La baja temperatura no impidió que disfrutáramos de tan espectacular lugar.  Un punto…

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