La amante


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Sola en su cuarto de seis metros cuadrados, abandonada a su suerte sin más compañía que la televisión, la cama, ropa sucia y una cafetera. Adicta al smartphone, leyendo y volviendo a leer los mensajes de él. Contando los «te amo», los «te quiero» y los «juro que pronto dejaré a mi esposa» mientras espera que él le vuelva a escribir.

Encerrada sin más caminos que los laterales de la cama que llevan al baño y a la puerta que da a la calle.

La calle infestada de virus. Sin gente. Vacía.

Vacía como vacía la cama en la que se abrazaban por las tardes. Desolada, como desoladas las últimas tardes sin los juegos prohibidos del amor a escondidas.

Ella, sola, llora en su cama, llora en su baño y llora al pie de la ventana. Entonces lo extraña y lo ama. Y lo odia mil veces porque él está en su casa. Abrazando a la esposa que, según él, ya no ama. Jugando con los niños que no soporta. Sentado en la sala, junto al retrato familiar, con el control de la televisión, viendo películas, recordando vacaciones, riendo. 

Son las nueve treinta de la noche, la familia cenó cereales y frutas, y ahora él está sentado en la sala observando a su familia. Ella cenó una sopa instantánea acompañada del streaming desde su celular. Él está pensando en que ama a sus hijos, que extrañaba a su esposa y que lo mejor es olvidarse de la chica del servicio social, la que dejó toda su vida para irse a encerrar a un cuarto, la que se quedó sin familia y sin amigos. La que vive solamente de algunos pesos y del amor que él le da. Ella piensa que, sin su amor, lo mejor es morirse, que él le ha bloqueado el teléfono, que no puede acercarse a su casa porque está prohibido salir y porque quizá muriendo se olvide del pesar de extrañarlo. Él la prefiere muerta, porque ella es la culpable de todo lo malo que le ha pasado, porque él es pilar de su familia, ejemplo de su iglesia y ella, solo una muchacha que le hizo daño, y mejor que se muera, que se muera de hambre, de virus o de tristeza, pero que se muera ya.

Son las doce de la noche, los infomerciales se apropian de los canales de televisión abierta de la ciudad, un alma ha perecido y una familia nuevamente es feliz junta.

Como de la familia


Crujen las ventanas, crujen los muros. Cruje la casa. Se contrae y se dilata como Alicia, pero no es un cuento. Cruje tan fuerte, como si se rompiera algo. ¿El silencio? Nicolai lo percibe en sueños y se despierta. Sus ojos me preguntan “mami, ¿qué ha sido eso?”. Yo pienso que lo que se rompe es la realidad. Un vistazo a través de la ventana me revela lo contrario. No, la realidad no se quiebra. Al menos, todavía no.

Es posible que la grieta que está en el salón sea producto de semejantes altibajos en el estado de ánimo de esta casa. Cualquier día de estos, la grieta también se ensanchará y nos abrirá otra dimensión. Si es lo suficientemente grande, tal vez pueda explorar en su interior, con suerte hasta encuentre algún tesoro oculto.

Me pregunto si crujirán igual las casas de la gente que vive en climas glaciares, cuando el hielo comienza a derretirse, con ese ruido que te hace pensar que algo va a reventarse.

Cuando hace esos ruidos, imagino a la casa desde fuera, contorsionándose conforme va aumentando o disminuyendo la temperatura, como un gigante que se estira después de despertar de un largo sueño.

Al principio, cuando la casa crujía, se generaba cierta tensión en el ambiente, como esa especie de temor a lo impredecible. Pero nos hemos ido familiarizando con esos estrépitos repentinos. Ahora forman parte de este ecosistema que consideramos nuestro hogar. A veces intentamos interpretar, según la intensidad del crujido, lo que nos quiere decir la casa: si está eufórica, si tiene frío, hambre, si está aburrida e incluso si está enfadada. Sin embargo, poco podemos hacer para satisfacer sus ímpetus, excepto escucharla. Aunque por esta sencilla razón, es una afortunada, no cualquiera presta tanta atención a su casa, como si fuese una más de la familia.

Los vigilantes del hueco de la escalera

Los vigilantes del hueco de la escalera


Solo túneles vacíos


capilla

Capilla en ruinas. Foto de Julio Alejandre

El padre de Mariana había sido un marino de agua dulce que entró en la Armada por la puerta de atrás, es decir, haciendo oposiciones a los cuerpos auxiliares, y no estuvo embarcado más que unos pocos días durante el semestre que pasó en la academia naval de Marín. A pesar de no gustarle su trabajo, era celoso de su cumplimiento, y las veleidades de su espíritu inquieto las canalizaba por la senda del conocimiento. Le entusiasmaba informarse y aprender diferentes disciplinas, sin marginar a ninguna de su abanico de intereses. Lo mismo se empapaba un ensayo sobre filosofía que un manual de mecánica, se leía un libro de historia que un tratado de mineralogía. Le gustaban la numismática y la geografía, la jurisprudencia y la historia de la navegación. Un verdadero hombre del Renacimiento. Mariana lo recuerda metido en su pequeño y desordenado estudio, con varios libros abiertos sobre la mesa, ensimismado en su lectura o tomando notas en cuartillas sueltas. Para cualquier pregunta tenía una respuesta y, si no la sabía, la buscaba. De carácter serio y poco efusivo, como padre fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Su muerte fue el calvario de una enfermedad sin esperanza que la cogió desprevenida, cuando ella aún se sentía joven y era virgen en dolores y desgracias. Como un seísmo, zarandeó muros y cimientos, agrietó tabiques y arrambló con muebles y enseres domésticos, dejando la casa del alma rota y patas arriba. «Tu padre era nuestra ancla y cuando faltó fuimos un barco a la deriva», le diría su madre; y esa imagen metafórica habría de pervivir y multiplicarse en la conciencia de Mariana: padre áncora, estay, roca, padre piedra y padre cimiento, y casa y firmeza, y cuando murió se lo llevó todo consigo.

Mariana recuerda las salas impersonales del hospital militar, los pasillos alicatados hasta el techo por los que paseaba su abatimiento, los marineros de guardia en la entrada y las enfermeras militares, más acostumbradas a dar órdenes que a recibirlas. Recuerda el sillón de escay negro donde se acomodaba para leerle las aventuras del Marqués de Bradomín, que le gustaban mucho; el rostro moreno y chupado que la escuchaba con atención; las bandejas metálicas en las que servían la comida a los enfermos y los vasitos de plástico blanco para las pastillas; los camilleros desmañados, con el lepanto asomando por debajo de la bata, que venían a buscar a su padre para alguna prueba ingrata.

Recuerda su mirada perdida de los últimos días, cuando estaba atiborrado de calmantes; el funeral en el tanatorio del hospital, llena la pequeña capilla de uniformes azules, las voces comedidas y educadas de los hombres, los susurros de las mujeres, a su madre recibiendo los pésames hecha un mar de lágrimas, el ataúd con la tapa levantada y el cuerpo de su padre amortajado con el uniforme de teniente coronel, tres galones dorados sobre fondo blanco.

Pero sobre todo recuerda aquel dolor que la iba resquebrajando por dentro, que era como un gusano barrenador royéndole las entrañas y dejando solo túneles vacíos.

La otra literatura

Nuestro azul


Después de comer, te pregunté si te apetecía dibujar. Se te iluminó la carita.

Fuimos a mi habitación. Te enseñé todas las ceras de colores que tenía; vi como tus ojitos se posaban en cada azul que veías. Decidiste que utilizaríamos esa gama que habías descubierto y que tanto te había sorprendido.

Señalaste una de las ceras. Me preguntaste cómo se llamaba. Te respondí: «Azul marino». Te reíste mucho.

Empezaste a dibujar líneas sin sentido. El significado lo ponías tú: una ballena.

Yo cogí el azul zafiro para dibujar nuestros nombres. Te quedaste mirando para ellos; para ti no tenían sentido, así que seguiste con tus líneas azul ballena.

Empecé a dibujar una casita. Me preguntaste qué era. Me pareció raro. Te lo expliqué.

Me dijiste: «Mira, una casa es así». Trazaste un rectángulo; dentro de él, otro más pequeño y a los lados ventanas por donde pasaba el sol.

No podía creer lo que veía. Tan pequeño y ya sabías mirar desde las alturas.

Te ayudé a poner ladrillos azul piedra.

Comenzaste a dibujar rayas verticales sin parar. Te pregunté por qué lo hacías. Así que dibujaste un niño tumbado. Me explicaste que la casa ahora estaba en la cárcel porque se había incendiado y le había quemado las piernas. Metiste también al niño en la cárcel porque había mordido a un cocodrilo; y al cocodrilo porque sí. Me dejaste claro que querías ser policía; te vestirías de color azul celeste.

Me preguntaste, precioso mío: «¿Qué quieres que te dibuje?».

Yo te dije: «Quiero que me dibujes una flor».

—¿Qué es una flor?

—¿Qué crees que es una flor?

—No lo sé.

—Tú dibuja lo que crees que es una flor.

Empezaste a dibujar un círculo y del círculo salían líneas como rayos de sol lapislázuli.

—¿Es esto una flor? —preguntaste.

—Si tú crees que es una flor, entonces es una flor.

Te me quedaste mirando pensativo y vi un brillo pillín en tus ojos.

—Pues, ¿sabes qué? —me soltaste—. Que la araña se comió a la flor.

Abrí la boca y los ojos, pasmada, y me salió ese «ha» que sale del corazón.

—¿Qué pasa? —me dijiste.

—Pasa que te quiero mucho, principito mío.

Enmarqué nuestro dibujo lleno de tachones. Los azules se mezclaban aquí y allá.

Todo tenía un sentido para nosotros, un sentido azul hermoso creado por los dos.

M. L. F.

Cubriendo las apariencias

Cubriendo las apariencias


Memoria

Memoria


Una ventana guarda la historia de quien habita tras ella.