Centrifugando recuerdos (XXXVI)


Circo de Pineta - Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de quedárselo mirando durante unos segundos, como si fuera un objeto extraño que acabara de descubrir, Luis enciende el cigarrillo. Desde hace unas semanas fuma menos, pero no se ha planteado dejarlo. Suelta una bocanada de humo y observa cómo se diluye en su camino hacia el cielo. Le gusta saborear esos cigarrillos que fuma sin prisa, sin la urgencia que provoca la falta de nicotina en el organismo.

Está sentado en una roca, a medio camino en su ascenso hacia la cascada. Quizás meterse veneno en los pulmones a dos mil metros de altura no sea la manera más saludable de hacer un descanso después de dos horas de dura ruta. Luis lo sabe, pero le apetecía ese cigarrillo, aunque le acabe provocando un repentino ataque de tos.

—Mierda —maldice.

Apaga el pitillo contra la roca y lo mete en la bolsa que lleva para los residuos. Antes no se fijaba tanto, pero ahora no soporta encontrarse colillas, papelitos y envoltorios diversos tirados en medio de la naturaleza, así que desde hace un tiempo procura que la única señal que quede a su paso sean las huellas de sus botas.

Saca la cantimplora de la mochila y le da un generoso trago para aplacar la sed y la tos.

Mira alrededor. Le parece mentira que esos contrastes entre montañas, bosques, rocas, ríos, cascadas, heleros, flores, cielo y nubes sean reales. Saca la cámara de fotos de la funda. Aún no ha renunciado a ella. Le parece que hacer fotos con el móvil es menos auténtico, aunque el resultado para un fotógrafo ocasional como él sea más o menos igual de malo. Encuadra por aquí y por allá, pero no se decide a apretar el botón; tiene la sensación de que cualquier foto que haga se quedará a años luz de reflejar la grandiosidad del espectáculo que está presenciando en directo.

Hace un año estuvo en el mismo sitio. Recuerda su estado de ánimo de entonces y le parece mentira, como si aquel tipo derrotado fuera el personaje de una de esas películas insoportables. Ahora afronta la vida de otra manera y ha renunciado a pasar cuentas con el pasado, o eso al menos es lo que se dice a sí mismo. Mientras contempla la inmensidad del escenario en el que se encuentra, que aunque no sea nuevo para él desborda sus sentidos como si fuera la primera vez que lo admira, vuelve a pensar en Sara. Una cuenta pendiente que no logra superar, por mucho que quiera aparentar lo contrario.

Resopla y se incorpora. Continuar castigando las piernas le ayudará a despejar la mente. Levanta la vista hacia la cascada y se encuentra con el estrecho y empinado sendero serpenteante que garabatea la ladera de la montaña y que, muy arriba y muy lejos aún, desemboca en la blanca cola de caballo. Y pese a estar tan lejos, hace rato que oye el rugido de las aguas salvajes derramándose hacia el vacío.

Se cuelga la mochila, agarra el bastón, y reemprende la marcha por el caminito de tierra y piedra suelta. Los saltamontes se apartan de las peligrosas botas con brincos imprecisos, las mariposas revolotean aquí y allá, las moscas y los abejorros zumban de flor en flor, de vez en cuando se oye el graznido indolente de las chovas y los cuervos, y conforme gana altura se propagan los penetrantes silbidos de alerta de las marmotas.

Hace calor. Salió temprano para evitar exponerse demasiado al sol implacable, que ahora, apenas las diez, ya calienta toda la montaña. A la altura que se encuentra no quedan árboles a cuya sombra refugiarse. Luis tiene la espalda empapada y los chorreones de sudor le caen por la cara y el cuello. Está tentado de quitarse la gorra, pero es la única barrera que impide que el sol le achicharre la cabeza, así que se la deja puesta.

La gran cascada ya está cerca. Mientras la mira, una brisa ligera arrastra minúsculas gotas de agua que escapan de los dominios de su estruendosa madre. Luis recibe la caricia húmeda con placer y afronta animado los últimos repechos de la excursión.

Por fin ha llegado. De pie sobre una roca, la cascada aparece ante él en toda su magnitud. El espectáculo, visual y sonoro, lo deja sin palabras. No vale la pena buscarlas. Ante semejante belleza salvaje sólo cabe sentir. Pese a que el sol calienta implacable, el agua en suspensión que despide la violencia de la cascada en su salto al vacío y al chocar contra las rocas refresca el ambiente hasta el punto de poner la piel de gallina. Luis no está seguro cuánto hay en ello de reacción al contraste de temperaturas y cuánto de respuesta al impresionante espectáculo.

Abajo, junto a la laguna donde las aguas recién vertidas se toman un descanso, los excursionistas más madrugadores reponen fuerzas. Hay cuatro, todos con manga larga. «Vamos allá», resuelve Luis, al tiempo que guarda la cámara con la que ha tomado algunas fotos sin conseguir atrapar la cascada en toda su longitud.

Retoma el sendero que, zigzagueante, desciende hacia la parte accesible al pie del enorme salto de agua. Un par de minutos después, en pleno descenso, el sudor ya se le ha secado y empieza a tener frío. Sin embargo, decide no recurrir a la sudadera hasta llegar abajo.

Ya está. Se descuelga la mochila y la deja sobre una roca. Casi todo el paraje aparece empapado. Él vuelve a estarlo, pero esta vez por culpa del agua que salpica. Es casi como si estuviera lloviendo. Luis no puede apartar la vista de la cascada. El ruido es estruendoso pero, sin embargo, no molesta. Por fin abre la mochila y recupera la sudadera.

Un par de montañeros emprenden el camino de regreso.

—Hola, buenos días —se saludan.

Junto a la laguna ya sólo queda un chico con un perro que juega a entrar y salir del agua helada, y un poco más arriba, sentada sobre una roca de cara a la cascada, una mujer que, acurrucada, se protege del frío y la humedad con una chaqueta y su capucha.

Luis busca un rincón que le sirva de parapeto y se sienta a tomar un bocado. Poco después el chico y el perro se marchan. Antes de tomar el sendero, el perro, de alguna de esas preciosas razas de pastor, se acerca a olfatearlo y Luis lo acaricia.

—Es un chafardero, pero buen tipo —resume el dueño.

—Es precioso —contesta Luis. Ambos sonríen.

—Hasta luego —se despiden.

Desde su posición, Luis domina parte del camino por el que ha transitado. A lo lejos aparecen pequeños grupos de hormiguitas que van ascendiendo. En un rato le harán compañía. Vuelve a mirar a la mujer de la capucha. Sigue ahí, inmóvil. «Debe estar empapándose», concluye extrañado.

Después de comerse un pedazo de fuet con pan, un buen trozo de queso y un melocotón, decide acercarse a la cascada para hacerle más fotos. La roca donde su vecina parece que se haya quedado dormida es un buen sitio.

Se encarama a la gran piedra de superficie plana y lo recibe una ráfaga gélida de las gotas de agua que despide la cascada al chocar contra la laguna. Está ahí mismo, a unos pocos metros, y la fuerza que transmite hace pensar a Luis que va a perder el equilibrio, así que se agacha y apunta con la cámara en cuclillas.

—Es increíble, ¿verdad?

La voz llega con dificultad a los oídos de Luis. La joven está ahí mismo, pero el ruido ensordecedor del agua se impone a cualquier otro sonido. Gira la cabeza hacia ella, y al principio no puede creer lo que ve. «No, no puede ser. Me está engañando el subconsciente».

Ella sigue mirando a la cascada, y sin esperar respuesta, retoma la palabra:

—No imaginaba que un espectáculo así fuera posible. He perdido la noción del tiempo, es como si me hubiera quedado hipnotizada.

Entonces, atraída por una fuerza invisible, superior al magnetismo de la cascada, gira el cuello hacia el recién llegado, y se queda con la boca abierta. Los dos se miran perplejos.

—Luis… —murmura ella, pero él sólo ve el leve movimiento de los labios.

—¿Sara? —pregunta, incapaz de procesar todavía que semejante maravillosa casualidad se haya materializado ante sus ojos.

La sonrisa radiante de ella es toda la respuesta que necesita, y él también ríe.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta Luis.

—¿Al cámping? Anteayer. ¿Y tú?

—Ayer, pero no lo entiendo…

—¿El qué?

—Oye, ¿por qué no vamos a un sitio algo más seco y menos ruidoso? Me estoy congelando y me cuesta escucharte.

Sara asiente sin perder la sonrisa. Luis baja primero y le ofrece la mano, pero ella la ignora.

—¿Crees que necesito ayuda? —pregunta burlona tras poner pie a tierra.

Luis siente la sangre correrle en las venas con la misma fuerza que las aguas bravas que vierte la cascada y se abren camino, rugientes, hacia el valle. El reencuentro con Sara le resulta deliciosamente increíble. Le gustaría abrazarla, pero es todo tan raro que teme hacer algo que pueda estropearlo antes de empezar.

Sara no puede dejar de sonreír. Está feliz porque su loca propuesta se ha hecho realidad, y está segura de que algo aún más improbable tendría que suceder para que las cosas vayan mal.

—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta, ya instalados en el rincón resguardado de la “lluvia” donde Luis había dejado la mochila.

Están sentados uno al lado del otro, con la mochila en medio. Antes de contestar, a Luis se le amplía la sonrisa porque ya no hay duda de que están los dos ahí, juntos otra vez, o juntos por fin. «Si después de este tiempo, y teniendo en cuenta cómo nos despedimos, volvemos a estar aquí, es que nada puede salir mal».

Sara siente el impulso de apartar la mochila y besar esos labios que empiezan a recuperar el color bajo el sol, pero se contiene.

—¿Me lo vas a contar o qué? —insiste.

—Daba por hecho que volverías a trabajar en el cámping. En tu mensaje no concretabas nada, así que ni se me pasó por la cabeza otra posibilidad. Podríamos haber venido en fechas diferentes y nunca habríamos coincidido.

—Pero estamos aquí, ¿verdad?

Sara se quita por fin la capucha y se desabrocha la chaqueta impermeable. Luis no puede apartar la mirada. La encuentra más irresistible que nunca. Sus ojos han perdido la tristeza y transmiten la serenidad de quien ha aprendido a aceptar sus errores y convivir con su pasado.

—Cuando llegué esperaba encontrarte en el bar, tras la barra, o saliendo de la cocina. No imaginas el chasco que me llevé cuando el dueño del cámping me dijo que no sabía nada de ti.

—¿Vicente? Qué majo es. La verdad es que no me ha visto aún. Reconozco que me da bastante vergüenza, por cómo me fui, pero también tendré que afrontar esa prueba.

Muy despacio, Sara agarra la mochila, la cambia de lado y se acerca a Luis, quien, casi temblando, y no es de frío, por fin se atreve a buscar la mano de ella y entrelazar los dedos, como aquella noche bajo la luna.

—Esto es de locos.

Los dos ríen.

—Desde el primer día, ¿no crees? —añade Sara.

—¿Cómo sabías que vendría?

—No lo sabía —responde Sara en un susurro, al tiempo que apoya la cabeza en el pecho de él.

—Ya te digo: de locos.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—En este tiempo he aprendido algo. He tenido una buena profesora, la mejor. Tú también la conoces. —La mente de Luis recupera automáticamente la imagen de aquella gitana imponente que le desnudó el alma—. He aprendido a creer en la magia.

—No te burles de mí —responde a las risas de ella mientras le acaricia el pelo.

—No me burlo, de verdad. ¿Tú no crees en la magia? ¿Qué otra cosa podría explicar que nos hayamos reencontrado justo en este lugar tan mágico?

—¿Y qué pasaría si huyera? ¿Vendrías a buscarme?

Sara se incorpora y toma la mano izquierda de Luis, con la palma hacia arriba.

—Mmmm, déjame ver…

Luis ríe con ganas.

—Las líneas no mienten. Definitivamente, no vas a huir a ninguna parte sin mí.

Y ahora sí, Sara se lanza a por esos labios que ya han recuperado el color.

FIN

Centrifugando recuerdos (IV)


Estrella fugaz

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, y la tercera, aquí)

Durante un par de minutos fuman en silencio, mirando al río sin verlo, cada uno inmerso en su memoria. Entonces Sara suelta una última bocanada, apaga con parsimonia el cigarrillo contra la valla y deja la colilla encima. Luis, en cambio, tira la suya al vacío.

—Eso es. —Sara le lanza una mirada de reproche—. No sé qué extraño mecanismo mental os hace creer que las colillas no son basura.

«Mierda».

—Eh… Vaya… Tienes razón. La verdad es que lo hago sin pensar.

—Ya, y seguro que cuando vas por la montaña y te sientas a descansar o a comer no te importa estar rodeado de ellas.

«Esto no va bien».

—Bueno, perdona. Esa ya no la voy a poder recuperar, pero te prometo que no lo volveré a hacer.

Sara parece no prestarle atención. Vuelve a mirar hacia la montaña, iluminada por la gran luna, que avanza sin pausa en su recorrido a través del firmamento.

—¿Por qué es todo el mundo tan egoísta? ¿Por qué la gente sólo piensa en sí misma? ¿Es que no se dan cuenta de que lo que hacemos afecta a otras personas? —Luis escucha aguantando la respiración. De repente, Sara se gira otra vez y lo mira directamente a los ojos— ¿Tú no te lo preguntas? ¿Eres de esos?

«Esos deben de ser los malos. No, yo no soy de esos, claro que no, te lo juro».

Lo último que esperaba Luis era que lo sometieran a un tercer grado. Está tenso y carraspea, pero esta vez no se queda sin palabras.

—Esto no tiene que ver con la colilla, ¿verdad?

Sara suspira.

—No… Bueno, no y sí, todo tiene que ver con todo. —Vuelve a quedar en silencio y menea la cabeza. Nota una presión creciente en las sienes y, aunque no quiere llorar, no puede evitar que lágrimas silenciosas desborden las cuencas de sus ojos—. Perdona, esto no es culpa tuya. —Titubea un instante—. Estoy cansada, será mejor que me vaya a dormir.

La joven empieza a desandar el camino, hasta que una mano se le posa en el hombro. Se detiene. Nota las mejillas mojadas, pero la presión en las sienes ha disminuido.

—No te vayas. —Ella duda—. Sentémonos en la hierba y te hablaré de esos malos recuerdos. —Sara se gira lentamente y lo mira. La luz pálida pero sorprendentemente luminosa de la luna deja al descubierto unos ojos anegados, los ojos de una muchacha triste y solitaria. Luis busca con urgencia una salida ingeniosa que relaje el ambiente—. Te advierto que necesitaré fumar… pero te prometo que no tiraré la colilla.

Sara sonríe y acto seguido levanta la mano derecha. Luis deja escapar una carcajada. Allí, atrapada entre los dedos índice y pulgar, se encuentra la colilla que ella no lanzó. Los dos ríen con ganas.

—Entonces, ¿te pones así de tenso siempre que se te acerca una chica?

Luis señala una roca plana junto al camino, cerca de la valla, y se sientan. Pero antes de contestar enciende otro cigarro. Se lo ofrece a Sara, que lo rechaza con una sonrisa.

—Por hoy ya tengo suficiente nicotina —dice, mientras se seca los restos de lágrimas con un pañuelo de papel. Envuelve con él la colilla y lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Luis mira a la luna y suelta, despacio, una columna de humo. Cierra los ojos.

—¿Cuánto tarda en superarse que te abandone el amor de tu vida?

Sara siente un escalofrío que le recorre la columna y se le eriza el vello de la nuca. No se esperaba semejante pregunta. Se fija en Luis, que sigue con el cuello doblado hacia atrás y los ojos cerrados. Puede sentir su dolor.

—¿Cómo sabes que era el amor de tu vida? Eres muy joven…

—Si no lo era, no puedo imaginar entonces cómo debe doler.

—Me temo que no te voy a ser muy útil, porque yo no he estado nunca enamorada.

Luis devuelve el cuello a su posición natural y la mira.

—Antes he creído entender que estabas aquí huyendo de…

—Oh, aquello no era amor. Entonces lo creí, pero no. Sólo estaba atontada. —Ahora es ella la que mira al cielo—. Pero dolió igual… —murmura.

—El rechazo siempre duele, sobre todo cuando llega por sorpresa, sin motivo. Es como si se congelara el tiempo, sólo para ti, justo en ese momento. Y te martiriza a todas horas. —Luis apaga la colilla en la roca, y la deja ahí. Le dedica una mirada cómplice a su acompañante, y ella sonríe—. Y entonces tu mecanismo de defensa te dice que debes odiarla, que tú no te mereces eso…

—Pero el corazón no entiende de razones, y te recuerda cómo te hacía sentir su mirada.

Luis asiente con la cabeza, en cuyo interior sigue habitando aquella mirada que detesta tanto como añora, una batalla de sentimientos que se mantiene en tablas. «¿Por cuánto tiempo?». También la mente de ella evoca una mirada que quiere olvidar, pero que su cuerpo se resiste a dejar marchar.

—Es la primera vez que hablo de esto con alguien. Está bien.

—Me alegro de que la charla te sea útil.

—La verdad es que tengo pocos amigos, y cuando Ella se marchó lo último que me apetecía era ir por ahí contando mis penas.

—¿Y ahora sí te apetece?

—Bueno, la otra opción era dejar que pensaras que soy “de esos”.

Ríen de nuevo.

—Sí, perdona… —Dirige una mirada distraída a su mano derecha, que juguetea con el liquen que habita en la roca—. Ando un poco peleada con el mundo.

—¿Tú tienes alguien con quien hablar?

Antes de responder, Sara sonríe de forma enigmática. Mira a Luis con expresión traviesa.

—Sí, tú ya la conoces. —El desconcierto reflejado en el rostro de él la hace reír—. La lavadora —revela por fin entre carcajadas. La risa descontrolada lo contagia y durante unos segundos no pueden parar de reír—. Pero —consigue vocalizar a duras penas— no te la aconsejo como confidente, es muy ruidosa y no deja de dar vueltas.

Sara cae víctima de un ataque de risa que acaba con su cuerpo revolcándose en la hierba. Luis la mira, divertido, y en ese momento en el que disfruta como una niña, él, sin embargo, tiene la certeza de que bajo las risas se oculta una mujer vulnerable, la que un rato antes se ha dejado ver.

—Qué luna tan impresionante. —Sara ya no ríe, pero sigue tumbada en la hierba—. Creo que nunca la había visto tan grande. Debe ser una de esas súper lunas de las que hablan de vez en cuando en las noticias. —Mira a Luis desde el suelo—. ¿Por qué no te tumbas?

—Es que la hierba está húmeda y…

—Va, déjate de mariconadas y túmbate a mi lado. Aún tenemos mucho de qué hablar.

Luis obedece. Ahora los dos disfrutan de la luna sin riesgo para el cuello. Sus cuerpos casi se tocan.

—En un rato se esconderá tras esas montañas —anuncia él.

—Y entonces el cielo volverá a encender todas sus bombillas —completa ella—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta hacer desde que estoy aquí?

—Con aquí supongo que te refieres a desde que trabajas en el cámping…

Sara gira la cabeza noventa grados hacia la izquierda y se encuentra con la cara de Luis, apenas a un palmo de distancia.

—¿A ti qué te parece? —le susurra, provocándole un escalofrío. Vuelve a dirigir su mirada al firmamento—. Ver las estrellas, eso es lo que más me gusta. Cada noche, antes de acostarme, dedico un buen rato a contar estrellas fugaces. Y les pido deseos.

—¿Y funciona? Lo de los deseos, digo.

—Ya sé que es una tontería, pero por probar no pierdo nada. Total, no tengo nada que perder…

—¿Quién era él? —Allí tumbados, con el cielo nocturno como espectador cómplice, Luis siente que puede hablar con libertad.

Sara no responde enseguida. Él espera contando las estrellas capaces de desafiar la luz de la súper luna.

—Un gilipollas… No puedo creer que fuera tan tonta de caer en las redes de un tipo como aquel. —«Pero sus ojos te siguen derritiendo…»—. Para él sólo fui otro ligue de verano.

—Pues sí, un gilipollas.

Sara se gira hacia él, apoyándose con el codo en el suelo y la mano en la mejilla. Luis continúa con la vista fija en el cielo. Nota su respiración acariciándole el rostro. Es agradable tenerla tan cerca.

Sara va a decir algo, pero él se le adelanta.

—Yo quiero odiarla, pero no puedo. Estaba tan pillado que mi mundo giraba en torno a Ella. Cuando se fue me quedé tan vacío que todo dejó de tener sentido.

—Vaya. Lo siento… —Sara titubea un instante, pero acaba haciendo la pregunta—. ¿Por qué te dejó?

Luis cierra los ojos. Es lo que él lleva preguntándose tanto tiempo, y que tanto le sigue doliendo.

—No lo sé. Simplemente se marchó. —Recuerda aquella última mirada que lo asalta a todas horas. En ella no había reproche, dolor ni enfado. Sólo tristeza—. Creo que… que la decepcioné.

Sara se vuelve a tumbar. No sabe qué decir. La luna ya casi ha alcanzado la meta de esa noche y empiezan a aparecer estrellas. De repente, nota un pellizco en el estómago.

—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! ¿La has visto?

—No. Estaba con los ojos cerrados.

—Bueno, seguro que veremos más.

—¿Qué deseo has pedido?

Sara gira la cabeza. Él también. Sus narices casi se tocan. Ella sonríe. Una sonrisa dulce que desaloja la nostalgia de la mente de Luis.

—¿De verdad quieres saberlo? —susurra— Ya sabes que si se cuentan, los deseos no se cumplen.

Luis recibe esas palabras como suaves y cálidas caricias.

—Me arriesgaré.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (III)


Luna llena

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, y la segunda, aquí)

Luis se detiene al salir del bar. Respira hondo mientras mira en torno, sin fijarse en nada en concreto. «A las once», se repite nervioso. Ha refrescado. Se frota los brazos un momento y abre la cremallera de la pequeña mochila en busca del paquete de tabaco y el mechero. Con la primera calada expulsa también parte de la ansiedad que lo domina desde hace un rato. La luna llena empieza a asomar tras las montañas. «Vamos allá».

Se dirige a la tienda de campaña en busca de una camiseta limpia, una sudadera, y se cambia de calcetines y calzado previo paso por el baño, donde también se cepilla los dientes. «¿Y si nos besamos?», es uno de los disparatados pensamientos que lo asaltan.

A las once vuelve a estar en la puerta del bar. El camarero joven barre entre las mesas de la terraza. Un grupo de amigos se resiste a poner fin a su animada charla. Luis se apoya en el alféizar de la ventana más cercana a la entrada y está tentado de sacar otro cigarrillo. «¿Y si ella no fuma? ¿Y si nos besamos…? Déjate ya de pajas mentales». Finalmente descarta la idea.

«¿Cuál fue la última vez que te sentiste así?» Luis rebusca en su memoria. Inevitablemente, piensa en Ella. Le duele, pero esta vez en lugar de cerrarse en banda trata de remontarse en el tiempo, a aquel primer encuentro, tan fugaz como imborrable, en el pasillo de la facultad. Se cruzaron y algo les hizo girar la cabeza. La melena revuelta, los ojos claros y la sonrisa tímida aceleraron su corazón. Aún lo hacían, aunque quisiera odiarla.

Sara —«Me llamo Sara, había dicho, ¿verdad?»— no es Ella. Sabe que no le va a revolucionar la vida, pero le gusta. Sólo por haber conseguido que no huya vale la pena darse la oportunidad de mantener una charla agradable. Mira la luna, que, redonda como un queso, ya reina en el cielo. Luis suspira y cierra los ojos. Y entonces la ve. Está encima de él, sonriendo lasciva, con los labios entreabiertos a un dedo de su cara. El pelo le hace unas cosquillas deliciosas en los hombros y el pecho. Nota los pezones duros de Ella contra los suyos. Juguetona, se incorpora… y ahora ese rostro encendido de placer es el de Sara.

«Jo, tío, qué salido estás», se reprocha mientras abre los ojos y lo asalta la incómoda sensación de estar siendo observado, como si hubieran adivinado el calentón que lo ha dominado y que ahora intenta disimular con movimientos muy poco naturales. Pero nadie le presta atención, salvo Sara. Cuando Luis la ve, plantada a un par de metros, toda la sangre le sube a la cara.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Sólo un minuto. —Le sonríe—. Parecía que estabas tan a gusto que no he querido interrumpirte.

Luis aparta la vista, nervioso, y carraspea.

—Es… estaba disfrutando de esta luna.

Sara mira al cielo.

—Sí, está preciosa. La pena es que con tanta luz apenas se ven estrellas. —Vuelve a clavar sus ojos sonrientes en él—. ¿Damos un paseo?

—Vale. ¿No tienes hambre?

Empiezan a andar hacia ningún sitio en concreto.

—He picoteado algo. La verdad es que estoy hecha polvo, pero necesito que me dé el aire. Desde que estoy aquí mi vida consiste en trabajar y dormir, y últimamente poco y mal.

Luis asiente, pero está tenso y no se le ocurre nada ingenioso que decir. Sus manos, metidas en el bolsillo frontal de la sudadera, juguetean nerviosas con el paquete de tabaco.

—¿Fumas?

—Se supone que lo he dejado, pero me temo que estoy cayendo de nuevo…

—Yo también lo dejé, pero cuando estoy nervioso necesito fumar.

—¿Y ahora estás nervioso? —pregunta, traviesa.

«No sabes cuánto», responde en su mente. Lo que sale de su garganta es otro carraspeo. Sara ríe y se engancha a su brazo.

—Hace fresquito… —Lo mira, y nota la tensión de él, que lo mantiene rígido—, pero si te pongo nervioso te suelto.

—No, no… Es sólo que no estoy acostumbrado. —Sólo Ella se le había acercado así, y ahora sigue incordiando en su mente.

Sara se aparta un poco y se detiene. Lo mira, ahora triste.

—No sé a quién quiero engañar. —Además de tenso, ahora Luis está desconcertado—. Yo me siento igual que tú. También he llegado aquí tratando de escapar de mi pasado. —Suspira profundamente y vuelve a mirar al cielo.

«Joder… ¿Y ahora qué?»

Tras unos segundos de silencio, en que el cerebro de Luis busca desesperadamente descifrar la clave que dé con las palabras adecuadas, los ojos de Sara vuelven a clavarse en los de él.

—Jo, tío. Ya sé que estás nervioso, pero se suponía que íbamos a charlar, ¿no?

«Qué torpe eres, colega. ¿Se ha enfadado? ¿Está de broma? ¿Ya se ha arrepentido de la cita? ¡Haz algo, idiota!»

Sara se ha adelantado unos metros, hasta la valla de madera que separa la pradera del río. Abajo, el agua fluye en calma tras haber sido derramada por la gran cascada, una línea blanca en lo alto de la imponente montaña que domina el valle en el que está instalado el cámping.

—Toma. —Sara se gira y coge el cigarrillo, ya encendido, que le ofrece. Él se lleva otro a la boca y fuma despacio. Se sitúa junto a ella, con los brazos apoyados en la valla—. Me llamo Luis.

—Encantada, Luis. —Se dan dos besos.

Él señala a la cascada.

—Hoy he estado allí. —Da otra calada—. Impresiona mucho.

—Yo llevo aquí dos meses y aún no he ido.

—Pues te lo recomiendo. El rugido del agua ayuda a arrastrar los malos recuerdos.

Sara se gira hacia él y lo mira con interés.

—¿Qué malos recuerdos?

Luis exhala una espesa columna de humo antes de responder, con la vista fija en lo alto de la montaña.

—Los que me dejó Ella.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (II)


Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

(La primera parte la puedes leer aquí)

El sonido del agua cayendo furiosa por la montaña le relaja. Ya ha comprobado que sentarse junto a un arroyuelo de aguas saltarinas no le basta; al contrario, le produce nostalgia, y Luis no quiere ponerse nostálgico, en su caso cualquier tiempo pasado fue peor. Eso es lo que quiere creer.

Después de salir del cuarto de la lavadora, dejó la bolsa de la ropa y se fue a andar siguiendo el curso de un riachuelo de aguas cristalinas. Era agradable adentrarse en el bosque de ribera, disfrutar de la naturaleza en calma, acompañado únicamente por el vuelo de los insectos y de los pajarillos, que además ponían la banda sonora. Parte de ella, al menos. La otra parte correspondía al sonido del agua deslizándose sobre las piedras, en una coreografía y una frecuencia casi hipnóticas. Luis se sentó en una roca para descansar y tomar un bocado, y sin darse cuenta cayó víctima del recuerdo, el mismo del que estaba huyendo.

Cuando consiguió sacudirse aquellas imágenes de falsa felicidad (era lo que él se decía: «Ése no eras tú, estabas hechizado por el deseo de que aquello fuera real, de que fuera perfecto y eterno») notaba otra vez el peso del rechazo sobre sus hombros. «No volveré a enamorarme…».

Pero no quería sentirse así. Levantó la vista y vio, a lo lejos, encaramada sobre paredes de roca que parecían inaccesibles, la cascada. Era una pincelada blanca en la montaña, inmóvil, pero el rugido lejano delataba su verdadera naturaleza. Al día siguiente trataría de alcanzarla.

Y ahí está, hechizado por el espectáculo, sintiendo cómo la furia del agua que se precipita hacia el vacío y se estrella contra la laguna, mucho más abajo y después de rebotar en las rocas…, sintiendo cómo esa furia salvaje que lo arrastra todo se lleva también su nostalgia, dejando asomar, tímidamente, la determinación por empezar a recorrer un nuevo camino.

Al regresar al cámping se siente relajado y está de buen humor, así que decide entrar en el bar a tomarse una cerveza y unas raciones. Se sienta en una mesa y coge la carta de entre el expendedor de servilletas y los botes de kétchup y mostaza. Antes de acabar de leer el listado de raciones levanta la mirada y la pasea por el local. Detrás de la barra localiza a un joven camarero que no había visto aún, pero ella no está. «¿Tendrá fiesta hoy?», se pregunta, algo decepcionado, mientras recuerda con cierta vergüenza su extraño comportamiento del día anterior. Se acerca el chico y le hace el pedido. Enseguida le trae una jarra de cerveza bien fría, que coloca sobre un mantelito de papel, junto a la servilleta con los cubiertos.

La pantalla gigante emite un partido de fútbol. A Luis no le interesa especialmente, pero entre sorbo y sorbo acaba cayendo presa de la imagen. Balón arriba, balón abajo, patada por aquí, empujón por allá, bronca entre los jugadores, conato de pelea, el árbitro que intenta poner paz…

—Hola. Has pedido unas bravas, ¿verdad?

Es ella. Con el uniforme de trabajo y el pelo recogido en una coleta, pero es la misma chica que la mañana de ayer esperaba junto a la lavadora. Sonríe. Luis se pone nervioso.

—La lavadora acabó enseguida, pero te habías llevado la ropa. No sé si al final se te adelantó alguien…

—Ah, no te preocupes. La verdad es que todavía no he vuelto. —En la pantalla uno de los equipos celebra un gol—. Me fui de excursión, y hoy también. Acabo de volver. —Le muestra las botas de montaña.

—Bien hecho. Estoy segura de que lo has pasado mucho mejor que viendo girar la ropa. Te puedo decir, por experiencia propia, que es bastante aburrido.

En la mente de Luis se dibuja la gran cascada.

—Pues sí.

El árbitro ha anulado el gol y se vuelve a armar un buen follón.

—Uy, perdona. No te estoy dejando ver el partido. Además —Sara dirige una mirada hastiada a la barra—, tengo trabajo.

—Oh, no, si a mí el fútbol no…

Sara ya se aleja, pero enseguida gira la cabeza.

—Ahora te traigo los calamares —le anuncia sonriendo, y desaparece tras la puerta batiente de la cocina.

Luis levanta la jarra, dejando al descubierto un aro mojado en el papel, y bebe un trago largo. En la pantalla el árbitro muestra tarjetas amarillas y rojas a diestro y siniestro. Deja la cerveza en otro punto del mantel, se lleva una patata a la boca, y se pone a jugar, distraído, con la huella de la cerveza. Todavía quedan gotas de agua que el papel no ha absorbido. Moja el dedo en ellas, como si fueran acuarelas, y dibuja formas extrañas.

«Me gusta… A lo mejor estoy flipando, pero diría que yo también le gusto un poco…»

—Vaya, se te da bien.

Sara señala el dibujo levantando las cejas. Luis da un pequeño respingo y nota el calor en las mejillas. Balbucea algo ininteligible, lo que provoca una risita espontánea de la joven. Se da cuenta del efecto que su presencia causa en él y le divierte. «Qué mono».

—Marchando una de calamares.

Al dejar el plato en la mesa se acerca (con toda la intención) más de lo reglamentario al cliente, y al retirarse casi le roza el hombro derecho con su pecho izquierdo mientras le dedica una mirada traviesa. Luis está rígido. Hace mucho que no experimenta sensaciones parecidas. El flirteo no existía en su vida. «Le gusto», es todo lo que consigue pensar. Agarra la jarra y vacía la mitad. Necesita refrigerarse.

En la pantalla es ahora el otro equipo el que celebra el gol. Esta vez el árbitro lo da por válido y despierta nuevas iras de quienes se consideran perjudicados. Empiezan a caer objetos al campo. El público tampoco está conforme.

Sara, en cambio, sí está contenta. Es la primera noche que trabaja a gusto. Cada vez que entra en el comedor desde la cocina lo primero que hace es mirar al chico nervioso. Cuando se cruzan las miradas, le sonríe.

Luis se siente descontrolado. «Le gusto», se repite, y engulle patatas y calamares. Se le ha acabado la cerveza y tiene más sed, mucha, pero aunque en ese momento no hay nada que desee más que volver a notar la proximidad de la chica de la lavadora —«Aún no sabes su nombre»—, no se atreve a llamarla. Por un momento aparece en su mente el recuerdo de Ella, reprochándole su actitud. «¿Pero qué haces? ¿Acaso crees que va a estar pensando en ti? Olvídala y vive tu vida de una puñetera vez».

Finalmente se gira y la encuentra detrás de la barra, preparando cafés. Enseguida lo ve y le vuelve a sonreír. Cuando deja los cafés en otra mesa, se acerca.

—Están buenos los calamares, ¿verdad?

—Sí, muy ricos. Las patatas también. —Levanta la jarra vacía—. ¿Me puedes traer otra?

—Claro.

Sara alarga el brazo y antes de quedarse con la jarra le acaricia los dedos. Un escalofrío recorre el brazo de ambos. «¿Qué te pasa, Sara? Estás descontrolada. Tú no vas por ahí, ligando con los clientes». Carraspea, encoge el brazo y se aleja.

Luis se siente como una olla a presión. Necesita levantarse y salir un momento para liberar esas sensaciones que en realidad no sabe decir si las había olvidado o es que nunca las experimentó.

Regresa un par de minutos después y se encuentra con la jarra llena en la mesa. Se bebe la mitad de una vez y tiene que ahogar un eructo enorme. La camarera no está en la sala. El partido de fútbol acaba con una nueva bronca. Luis da buena cuenta de las últimas patatas bravas. Los calamares ya se los había comido.

—Me llamo Sara. Acabo de trabajar a las once. Si te apetece, cuando salga charlamos un rato… Es decir, si no te quieres ir a dormir ya, que supongo que estarás cansado por la excursión. —Las palabras le salen a borbotones—. Yo es que después de currar estoy tan cansada que no puedo dormir, necesito relajarme y, no sé, parece que nos caemos bien. Tú me caes bien, y estoy tan sola aquí que estaría bien que charlásemos un rato. Si te apetece, claro. Perdona, pero aún tengo que recoger unas mesas y… ya sabes.

Sara se aleja sin esperar una respuesta. «Claro que me apetece, aunque esté hecho un asco. Ni siquiera me he quitado las botas». Son las diez y media. «Si me doy prisa me da tiempo a asearme un poco y cambiarme esta ropa».

Paga la cuenta al camarero joven y se va. Sara no ha vuelto a aparecer por el comedor. «A las once estaré en la puerta». Le tiemblan las manos. «Necesito un cigarro».

Continuará…