Las amigas de Onán


Female_hands

por Reynaldo R. Alegría

Y sabiendo Onán que la simiente no había de ser suya,

sucedía que cuando entraba a la mujer de su hermano vertía en tierra,

por no dar simiente a su hermano.

 

Había decidido guardarse hasta encontrar al hombre perfecto.

Tenía 45 años, varias decenas de amantes en el baúl de los recuerdos y una inteligencia preclara que le permitía escribir una vibrante poesía capaz de estremecer a cualquier hombre.  A cualquiera.

Cuando una mujer es genial, muy genial, las malas experiencias con los hombres son malas, muy malas.  Este último la había engañado.  Había abusado de su más genuino sentimiento.  Ese que le permitió superarse a ella misma en busca de su felicidad.  Cerrar los ojos ante la idiotez.  Clausurar los oídos ante la tontería.  Porque ella quería ser su mujer.  Y la madre de sus hijos.  Y comunera de la historia de amor que funciona.  La historia que niega la historia.

Habitaba dentro de ella un debate muy grande de ideas y de emociones.  La mujer de humanidad amplia y cultivada luchaba contra la hija de los dioses.  La mujer-diosa poderosa y rabiosa.  Golosa.  Batallando con la nacida para alabar la existencia más allá de ella misma.  La creencia por los dioses se adhiere a la piel como lo estaba la luz de sol sobre su propio cuero.  Bella. Dulce.  Demoledora.  Incomprendida.  Desamada.

Su celibato era escogido por causa del Reino de los Cielos.  Para dar testimonio de los dioses.  Para evitar el mal del corazón hendido.  Rajado.

Su decisión consistía de cuatro grandes sacrificios para mantenerse alejada de las tentaciones:

  1. No ver películas con actores musculosos.
  2. No comer mariscos.
  3. No usar ropa interior sexy.
  4. No dormir desnuda.

Aunque todos los sacrificios vivían dentro del plano de lo posible por voluntad propia, todos implicaban graves ofrendas a las deidades en clara señal de expiación.  Absoluta abnegación con el propósito de purificar su templo profanado.  Una perfecta irreflexión.  Hija del impulso.  Como ella.

Evitar los intérpretes de dramáticas fibras en los cuerpos, la ingesta de crustáceos y moluscos y controlar lo escondido bajo las prendas del exterior era difícil.  Muy difícil.  Ella se lo tomaba como la tediosa rutina de ejercicios en un gimnasio o el régimen alimenticio bajo en hidratos de carbono.  Mas la batalla grave ocurría al acostarse en las noches.  No poder dormir desnuda.  No sentirse a sí misma.

Era poeta.  Y para un poeta, una mirada es suficiente en tiempos de abstinencia.

Cada noche era un suplicio.

Primero, debía usar ropa para dormir.  Algo muy difícil para su espíritu silvestre.  Luego, debía superar la emoción que le provocaba sentir las telas de la cama sobre su cuerpo.  Siempre vestía la cama con sábanas tejidas con mil hilos de fibras muy largas de algodones egipcios de una sola capa cultivados en el Valle del Nilo.

Las telas de algodón acariciaban su piel tostada y sus rizos pizpiretos.  La seducían.

Por eso tomó la decisión de amarrarse las manos para dormir.  Pues aunque buscaba la santidad, tenía dos manos que eran amigas de Onán.  El segundo hijo de Judá.  El que por ley desposó a la viuda de su hermano y no quiso darle hijos.  Vertiéndose sobre la tierra.  Desperdiciándose.  Gozándose el desperdicio de la semilla lanzada fuera de sí con fuerza.  En vano.  Con placer.

 

Foto por JustCurious, en.wikipedia, a través de Wikimedia Commons