Cena de Navidad


Ya está oscureciendo. Antes me gustaba ver la puesta de sol con un vaso de güisqui en la mano, parado frente al ventanal. Me costó mucho trabajo llevar la cuenta de los días, pero, aun así, sé que estamos en invierno. Ya no me paro frente al ventanal, ahora calculo las horas mirando por una rendija entre las tablas que cubren la ventana. Bajó mucho la temperatura, apenas si tengo unos girones de cobertor para cubrirme. Estoy demasiado delgado. Me cuelga la piel e incluso tengo estrías en donde antes solo había barriga. Ya han empezado a caérseme los dientes; creo que es señal de desnutrición o falta de alguna vitamina.  

Antes era fácil darse cuenta de en qué época del año estaba, incluso cuando era niño. Recuerdo que mi ciclo de tiempo lo medía con el día de Reyes. Juguetes. Ahora a quién le importan las fechas. La Navidad era mi época preferida: solíamos juntarnos en la casa de los abuelos a festejar las fiestas de fin de año. Robábamos las botellas de sidra y bebíamos hasta emborracharnos. Nadie se daba cuenta. Los adultos se ocupaban de asuntos sentimentales por aquellos que ya no se sentarían a la mesa a compartir la cena. La gente muere y a veces se les extraña. Yo extrañaba a mi abuelo. Siempre fue divertido pasar el tiempo con él: hacía trucos con cartas y monedas, siempre sorprendía a los chicos y nos hacía reír con sus historias.

Este invierno sería diferente. Ya no habría reuniones familiares ni trucos de magia del abuelo Flavio… ni cena. También extraño las comilonas. En la Nochebuena mi madre no nos reprendía por comer todo lo que quisiéramos. Nos retirábamos de la mesa con el abdomen embotijado por tanta comida. ¡Mierda!, me gruñen las tripas solo de recordar. Con este van dos días que no pruebo… alimento.

Es difícil conservar comestibles sin un refrigerador. Recuerdo que alguna vez leí algo cerca de acecinar la carne para conservarla por más tiempo y, sin embargo, por las circunstancias, no me atrevo a salir al exterior. El gobierno nos dijo que solo serían un par de meses de confinamiento y mintieron. Llevamos casi nueve meses encerrados sin poder salir por los rebrotes y las nuevas cepas del virus que fueron apareciendo.

Al principio fue como un descanso; como unas vacaciones forzadas. Mi esposa y mis hijos estaban muy contentos porque pasaríamos más tiempo juntos. En realidad, así fue. Luego del cuarto mes las cosas comenzaron a salirse de control. El estrés por el encierro comenzó a cobrar el alquiler, y las semanas posteriores fueron de constantes peleas y desacuerdos. Luego la comida empezó a escasear. Fueron intentos vanos el querer adquirir víveres en el exterior: los grupos insolventes decidieron tomar las calles y las tiendas. De repente el dinero ya no sirvió para nada. Todo se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Las compras de pánico de las primeras semanas ahora solo son un mal chiste comparadas con la rapiña que hubo en días posteriores.

¡Maldita sea! Muero de hambre. Ah, sí, las cenas de Navidad (me salí del tema) eran una ironía: se festejaba el nacimiento de un niño en pobreza extrema degustando varios platillos y vinos en abundancia. Era la época del año en que se derrochaba dinero en comidas y regalos para conmemorar el nacimiento en un establo del niño pobre. Mucho amor y buenos deseos que duraban una noche, así de efímero. Pobres humanos que somos. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por… otra cosa. Recuerdo que en esos días nos abrigábamos con chamarras, guantes, gorros y bufandas. Después, en la secundaria, me enteré que en el hemisferio sur el festejo de Navidad ocurría en pleno verano, ¡qué diablos! No puedo imaginarme un fin de año en pantalones cortos y playeras frescas.

Este año no habrá «felices fiestas». Ni siquiera tengo la certeza de que llegaré a esa fecha. Ya no hay… comida. Tampoco habrá regalos ni bufandas o gorros, nada más este maldito temblor en las manos. Creí que, si me comía a mi esposa y después a mis hijos, me durarían más las raciones, pero no fue así. Entre más carne ingería, un hambre loca se apoderaba de mí. ¡Qué lástima que no pude acecinar la carne!, en cambio, asesiné a mi familia y me la comí. Ahora solo se me ocurre comerme pequeñas partes de mi cuerpo, pero aun así no creo que me alcance para llegar a la cena de Navidad.

Tengo hambre.

De cena con Aurorita


Credit cards

por Reynaldo R. Alegría

El viernes, 14 de febrero de 1992, recibí una carta del Banco Popular con una Tarjeta Visa y el siguiente mensaje:

¡Felicidades!  Bienvenido al exclusivo mundo de VISA Banco Popular.  Con esta tarjeta tienes un pasaporte a tiendas, restaurantes y compras de todo tipo en todo el mundo.

Después de darme muchas ideas de cómo gastar los $500 dólares de crédito que me habían autorizado y con la firma de nada más y nada menos que del flamante Presidente del Banco, Richard Carrión, terminaba diciendo:

            Hoy es un buen día para usar su VISA Banco Popular.

Había conocido a Aurorita en la Biblioteca de la Facultad.  Y había quedado enamorado en el instante en que la vi.  Su cabello rubio y sus ojos verdes como canicas de vidrio me hacían recordar a las muchachas que representaban a la Virgen María en la Procesión de Viernes Santo.  Sus manos tan limpias y sus uñas tan comedidas, rosadas y sin esmalte, me hacían sentir unas ganas horribles de que me tocara.

Habíamos tenido salidas casuales, casi todas en la universidad, pero nunca una cena formal.

—¿Quieres ir a cenar esta noche?

—¿Pero hoy?  ¿Es Día de los Enamorados?

—Precisamente…

—Pero… es que… no sé… no tengo que ponerme…

—¡Vamos!  Te recojo a las 7:30 de la noche.

—Okay.

Aunque nunca había pagado una cuenta, mi experiencia como voluntario con el Senador Torres me había permitido visitar muchos restaurantes de la Capital.  Conocía de primera mano la cultura del restaurante y hasta entendía bastante sobre vinos como para seleccionar respetablemente.  Escogí un lugar bastante emblemático de la Avenida Roosevelt donde ya me conocían los meseros, y como decía el Senador:

—Nada más importante que te conozcan y te saluden por tu nombre en un restaurante, particularmente si no andas con tu mujer, solo hay una primera impresión.

Llegué puntual a recoger a Aurorita.  Me senté en el balcón de la casa lo más paciente que pude y esperé 47 minutos en lo que terminaba de arreglarse.

—¡Dios mío!  ¡Eres bella!  ¿Alguna vez te lo había dicho?

—Desde el primer día cada vez que me ves…

Le entregué las flores que le había comprado y nos fuimos a cenar.

Descorchamos un Pouilly-Fuissé, el preferido del Senador.  Estaba delicioso.  Frío.  Con cuerpo.  Aromático.  Se sentía en mi nariz el olor del roble.

—¿Te gusta?

—Está rico.

—Apenas te tomas algunos sorbos.

—No soy de tanto tomar, pero está rico.

Para los aperitivos, Aurorita no escatimó.  Pidió un sampler de entremeses locales.

—¿No te gustaron?

—Están ricos, es que no soy de tanto comer y no quiero llenarme para la comida.

De plato principal, Aurorita le hizo caso a los buenos consejos del mesero y pidió surf and turf.  Así, le llegó un precioso plato con media langosta y un pedazo de filete impresionante.  Ella picó un pedacito de cada uno y seguía conversando sin volver a comer.  Al rato se apareció el mesero.

—¿No le gustó la comida a la señorita?

—Está riquísimo, es que no soy de tanto comer.

—¿Se la pongo para llevar?

—No, bendito.  No se preocupe.

Confieso que en esta etapa de la noche y sumando en mi mente que ya había gastado casi una tercera parte de mi crédito con Banco Popular, estuve a punto de pedirle al mesero que me pusiera toda la comida que sobró en un doggy bag.  Pero nada, su menudito cuerpo justificaba esa escuálida ingesta de apenas 100 calorías.

Y pasaron los años.

El jueves pasado me encontré con Aurorita en el correo justo en el momento en que abría un sobre con una tarjeta VISA que no había solicitado.  Me eché a reír y le conté a ella.

—¿No sabías que es de mala educación comer mucho en las citas?  Mi madre siempre me exhortó a comer en la casa y así no comer mucho en el restaurante.  A los hombres no le gusta que las mujeres coman mucho.

Junto a la tarjeta venía a una carta del Presidente del Banco que me animaba a usarla… “hoy es un buen día para usar su VISA…”.

—¿Cenaste?

—Vamos, aunque no soy de comer tanto.

Foto: Three credit cards, Petr Kratochvil