Lolita


Imagen de Adina Voicu en Pixabay

Lolita apenas podía inclinarse a poner alimento para el gatito que desde hacía algunas semanas le hacía compañía. Ella se sentaba en una desvencijada silla por las tardes, afuera de su casa, a sentir cómo pasaba el tiempo, porque sus ojos cansados ya no le permitían ver mucho, aun usando gafas. Se echaba en la encorvada espalda un chal raído por el recuerdo de las dichas perdidas: era para el frío, aunque todavía faltaban muchos días para el invierno. Permanecía ahí hasta que sus desgastados huesos se lo permitían, después se levantaba, arrastrando los pies iba a la cocina y sacaba un puño de croquetas que, tanteando, depositaba en el interior de un cacharro en el que apenas se podía leer la palabra «Miau». Luego del esfuerzo para enderezarse, se desplazaba a su recámara. En el trayecto miraba un olvidado bastón de aluminio recargado en un rincón como esperando algo o a alguien; volteaba a la izquierda y ahí estaba enmarcada una fotografía familiar: tres muchachos, dos niñas juguetonas y un apuesto hombre con una Lolita radiante de cuarenta y tantos años menos. Al otro lado, estaba el comedor que en una época irradiaba alegría y que ahora solo era una estampa gris. Quiso sonreír, pero ya sus emociones estaban tan descontroladas como su cuerpo y sus funciones, en su lugar, rodaron dos lágrimas por sus ajadas mejillas buscando refugio en el corazón, pero precipitándose al final a estallar en el suelo. Cuando llegó al dormitorio soltó un suspiro. Se sentó al borde de la cama. Con las manos temblorosas se secó las lágrimas y le prometió a Dios, como muchas veces, que no lloraría más, esta vez iba en serio. Se sentía tan cansada de cargar con tanta soledad; de vivir sin sentido, de cohabitar con tanto olvido. Se recostó en la cama, respiró lo más hondo que pudo y cerró los ojos.

Era una tarde rojiza de finales de otoño. El cielo estaba limpio de nubes, pero soplaba un viento frío. Maullando en la entrada de la casita, un gatito buscaba con desesperación a su amiga en aquella solitaria silla para hacerle compañía y, de vez en cuando, merodeaba olisqueando el cacharro que desde esa tarde en adelante siempre quedaría vacío.

Virgen de lujuria

Virgen de lujuria


Cuando ya no estás


Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.

Cosmopolita


La ira recorre absurdos.
Empeñamos obsesiones sosteniéndola.
¿Ves?
La has perdido en el laberinto
imitando lenguas ajenas.
Crea tu idioma,
salvaje.
La salvación es el reverso del cielo.
El infierno ahorca
la altura. Es un verde
donde la gorda golosa
grita
cachetea el timo:
«¡Los copio!».
Rasga la máscara tras la cual
se guarecía una especie inaudita.
La voz y la duda
son una dupla inseparable
como tus pies.
La duda alerta:
«los carteles anuncian otra cosa».
La voz
nos conduce por el mapa.

Canción dormida


Me enredo en el murmullo de tu vida

desde la vacuidad de este espacio lejano,

lleno de ti.

Llueve sobre el lienzo azul de tus ojos,

el silencio de un amor imaginado.

Frágil, la vida es el cristal que me detiene,

que hiere sin tocarnos.

En medio de mil mares que nos rugen,

ahogo mis días sin calor,

y escribo en el exilio de este cielo

sin estrellas, la nota de tu voz.

Amar a lo invisible es mi condena,

pero hallo en el fuego de este caos

un grito de esperanza,

el beso que sacia cualquier pena.

Tú, letra arrugada en mi alma escondida,

la luna en mi ventana,

y el baile que llora suspendido

en el sueño que robó mis madrugadas.

Tú, secreto guardado entre mis ropas,

la música que mueve mis sentidos,

y el reloj atrapado en la canción

del tiempo adormecido que no fuimos.

Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

Hacer caer el cielo sobre la mesa…


Es tan fácil como enterrar a dios en una tumba

Como contener la verdad en una idea

Como cerrar los ojos y caminar de cabeza

Como abrazar al mundo y terminar con la guerra

Como entender que un punto es el infinito más pequeño

Como enfrentarnos al espejo y creer que ya nos conocemos.