La Vie en Rouge


Bajo el destello de esta luz

que abraza el sueño de mi playa,

desnudo la mañana de cordura

y me visto de ti,

a una distancia demasiado calculada,

lejos de mí.

Entre ese espacio

en que me habita tu silencio

y un tiempo deshojado,

muero de ti.

Bajo este cielo carmesí

que a veces compartimos,

rasgo las horas

y trazo un plan soñado

entre tus ojos y los míos.

No me ves,

respiro entre tus labios

y acaricio ese momento

con el beso traicionado

 que soplo en el espejo.

No invoco tu presencia

para amarte,

me abraza la ilusión

de imaginarte hoy,

en la aurora que contemplo

y que cincela este pecado

 en un hueco de mi alma.

Y en el rojo que se escribe

en aquellos días de vino y rosas,

de calor y largas noches…

conjuro la orilla de este mar que se llevó tu nombre.

Mi eterna primavera

es hoy el recuerdo de tu voz,

y tu risa…

ese aire fresco que me falta.

Vivo sin ti en esta playa desierta

que transito,

y en este mar embravecido que ahoga

el grito de mi corazón,

sabes y sé…

que vivirás siempre conmigo.

Emboscada nocturna


¿A qué huele la noche?

Roza la lavanda el agua de tu cuerpo

y se abandona en tu pecho.

Baña el primer temor de lo oscuro.

Mientras el frágil sueño envuelve

toda la paciencia del tiempo,

se pierde un instante.

Abre los ojos.

Las estrellas se mueven.

La montaña se mueve.

Se agitan la tierra y el cosmos.

¿Son tus palabras otra fragancia?

La tierra se llenará de tu luz

y arriba, tu vientre se acomoda.

Duermen la risa y el llanto sobre el barro,

fruto de tu sudor. El silencio se hundirá

en los ojos de los hijos de la noche

en una emboscada nocturna.

Y tú serás el peligro

y la tormenta.

Lolita


Imagen de Adina Voicu en Pixabay

Lolita apenas podía inclinarse a poner alimento para el gatito que desde hacía algunas semanas le hacía compañía. Ella se sentaba en una desvencijada silla por las tardes, afuera de su casa, a sentir cómo pasaba el tiempo, porque sus ojos cansados ya no le permitían ver mucho, aun usando gafas. Se echaba en la encorvada espalda un chal raído por el recuerdo de las dichas perdidas: era para el frío, aunque todavía faltaban muchos días para el invierno. Permanecía ahí hasta que sus desgastados huesos se lo permitían, después se levantaba, arrastrando los pies iba a la cocina y sacaba un puño de croquetas que, tanteando, depositaba en el interior de un cacharro en el que apenas se podía leer la palabra «Miau». Luego del esfuerzo para enderezarse, se desplazaba a su recámara. En el trayecto miraba un olvidado bastón de aluminio recargado en un rincón como esperando algo o a alguien; volteaba a la izquierda y ahí estaba enmarcada una fotografía familiar: tres muchachos, dos niñas juguetonas y un apuesto hombre con una Lolita radiante de cuarenta y tantos años menos. Al otro lado, estaba el comedor que en una época irradiaba alegría y que ahora solo era una estampa gris. Quiso sonreír, pero ya sus emociones estaban tan descontroladas como su cuerpo y sus funciones, en su lugar, rodaron dos lágrimas por sus ajadas mejillas buscando refugio en el corazón, pero precipitándose al final a estallar en el suelo. Cuando llegó al dormitorio soltó un suspiro. Se sentó al borde de la cama. Con las manos temblorosas se secó las lágrimas y le prometió a Dios, como muchas veces, que no lloraría más, esta vez iba en serio. Se sentía tan cansada de cargar con tanta soledad; de vivir sin sentido, de cohabitar con tanto olvido. Se recostó en la cama, respiró lo más hondo que pudo y cerró los ojos.

Era una tarde rojiza de finales de otoño. El cielo estaba limpio de nubes, pero soplaba un viento frío. Maullando en la entrada de la casita, un gatito buscaba con desesperación a su amiga en aquella solitaria silla para hacerle compañía y, de vez en cuando, merodeaba olisqueando el cacharro que desde esa tarde en adelante siempre quedaría vacío.

Virgen de lujuria


Elvira Martos

Cuando ya no estás


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Kristina Tripkovic

Cae la tarde y el cielo pinta mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria donde encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. En aquella sonrisa congelada he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que fuimos sin besarnos, ni una vez.

¿Cómo pudimos tocarnos con solo mirar? ¿Cómo fue que hablamos a través de aquella remota melodía? ¿Cómo nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana? Tan lejos el uno del otro.

Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo. Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño”, donde tantas veces tatuamos un “te quiero” en la pared.

La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia y yo, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío, mientras dejo que me recorra esta brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.

Cosmopolita


La ira recorre absurdos.
Empeñamos obsesiones sosteniéndola.
¿Ves?
La has perdido en el laberinto
imitando lenguas ajenas.
Crea tu idioma,
salvaje.
La salvación es el reverso del cielo.
El infierno ahorca
la altura. Es un verde
donde la gorda golosa
grita
cachetea el timo:
«¡Los copio!».
Rasga la máscara tras la cual
se guarecía una especie inaudita.
La voz y la duda
son una dupla inseparable
como tus pies.
La duda alerta:
«los carteles anuncian otra cosa».
La voz
nos conduce por el mapa.

Canción dormida


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Imagen: Mathew Schwartz

Me enredo en el murmullo de tu vida

desde la vacuidad de este espacio lejano,

lleno de ti.

Llueve sobre el lienzo azul de tus ojos,

el silencio de un amor imaginado.

Frágil, la vida es el cristal que me detiene,

que hiere sin tocarnos.

En medio de mil mares que nos rugen,

ahogo mis días sin calor,

y escribo en el exilio de este cielo

sin estrellas, la nota de tu voz.

Amar a lo invisible es mi condena,

pero hallo en el fuego de este caos

un grito de esperanza,

el beso que sacia cualquier pena.

Tú, letra arrugada en mi alma escondida,

la luna en mi ventana,

y el baile que llora suspendido

en el sueño que robó mis madrugadas.

Tú, secreto guardado entre mis ropas,

la música que mueve mis sentidos,

y el reloj atrapado en la canción

del tiempo adormecido que no fuimos.