El vuelo del águila…

El vuelo del águila…


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Mi padre astronauta II


Dime, ¿qué historia ves?


Más allá de las nubes, están escondidas historias de mi padre astronauta; él construía campamentos para sus experimentos científicos.

Día uno

Hemos llegado al lado oscuro de la luna y el descenso ha sido impecable, al igual que en las misiones de los setenta nos ubicamos en una extensa planicie, parecida al mar de la tranquilidad. Procederemos a desempacar nuestra estación, gracias a los avances en cuanto a aleaciones nuevas, usamos estructuras livianas y resistentes, que serán la base para nuevas expediciones. El sistema canasta invertida similar a un iglú facilitará la instalación de nuestro campamento, zonas de descanso, zonas de invernadero, bodegas, víveres y el cuarto de baterías. Además debemos conectar un cableado suministrador de energía solar a los paneles, llevan tiempo inactivo a la espera de su funcionamiento y estos son los grandes pasos para la humanidad. Para eso debemos dirigirnos a la base Motor, verificar sistemas y actualizar datos, corregir la potencia de los paneles y sus baterías de reservas, sin embargo eso será mañana cuando la luz del sol esté en buena posición y no hagan sombras los cráteres y elevaciones, lo cual nos puede alejar del camino

El día o sea la noche, ha sido una experiencia distinta a otras misiones, antes solo debíamos reconocer lugares para futuros campamentos, volver a la tierra y esperar ser elegidos para la misión importante, ahora estamos sobre la primera piedra, todo evento o ejercicio es una fascinante novedad, hemos trabajado arduamente y es hora del descanso

Nuestros cálculos físicos, matemáticos y de telemetría coincidieron con expediciones anteriores sobre una ubicación privilegiada a mantener excelente comunicación con la tierra. Pienso en eso mientras miro la delgada oscuridad que nos envuelve y estalla el intenso azul estrellado con una gran franja de la vía láctea, el silencio está escrito en todas direcciones y con mayúsculas

Mientras tanto en la Tierra

Las ballenas cantan en una noche donde nadie quiere cerrar los ojos y por un momento buscar entre tantas luces en el cielo, una, sólo una que nos acoja como hijos necesitados de ese tibio y lumínico amor. El mar es una orquesta dormida en la profundidad y molto allegro en la superficie. Azules, más azules lucen estas noches de brillante cielo. La tranquilidad sobrevive porque algunos duermen y los demás sueñan, sueña intensamente en lo que no pueden ver, pero sienten y persisten en esa sensación del alma llena de propósitos. Un eco escucha el sueño desde la casa del astronauta y sueña en el futuro, repitiendo la frase en su mente, “mi papá ahora debe estar presto a efectuar sus experimentos gravedad cero, ojalá lea mi libro luego y me cuente esas historias mezcladas con matemática, física cuántica y química cuántica”.

Los satélites alrededor del planeta parecen abejas rondando el panal antes de enviar la información, antes de entregar la miel y continuar su labor obrera. Sonidos y muchos beep viajan hasta las antenas captadoras y repiten el sueño de las estrellas con las últimas buenas noches de los primeros hombres en el lado oscuro de la Luna.

Las nubes cubren grandes zonas de la tierra y del mar descansan esta noche larga, larga como segundos cansados o en gravedad cero, se despeina y viste de azules prodigiosos, agujerean el cielo con su blanca humedad. El viento las empuja, luego las persigue y así todo el planeta descansa sin hacerlo, los relojes duermen y sueñan con el tic-tac.

Todo está en paz y es esa sensación la que hace girar el planeta rápido, fuerte, con un zumbido y nos obliga a cubrirnos con las mantas en la cama y no saber de nada más que de sueños imposibles, ese dulce vértigo de canciones de cuna.

Día dos

Estamos listos para comenzar los experimentos “gravedad cero”, en el patio azul con vista al espacio sin más que una hamaca flotante vamos a ejecutar el primero:

Leer un libro (de los antiguos: tinta, papel, tapa y contratapa duras) la selección de esta mini biblioteca fue hecha por los hijos de cada científico, así que no tenemos idea de su experiencia previa en la lectura, pues sus edades van desde los siete años hasta dieciocho. Como estoy a cargo de este experimento escogeré el de mi hijo.

(20 mil leguas de viaje submarino de Julio Verne)

Abro el libro y me entrego a la maravilla de leer en paz y sin gravedad alguna una historia fascinante, al igual que nosotros sumergidos en lugares desconocidos.

Enciendo las luces del casco para iluminar el libro, desde ya inquieto, porque no recuerdo haber leído este tipo de temáticas cuando era niño, mi padre, astronauta también, sólo me sugería libros de matemáticas y física, sin embargo, tampoco demostré interés por otras literaturas y menos de fantasía.

En esa paz casi plena, a no ser por la respiración pausada era fácil introducirse en la lectura y sus pasadizos angostos, repletos de detalles, ninguno de estos caminaba por la infancia y menos por la adolescencia. Podía imaginar desde grandes ventanales que permitían ver hacia las profundidades con sus potentes luces, hasta indicadores de navegación, artilugios que marcaron precedentes en el desarrollo de gran parte de los avances tanto para submarinos y otros usos militares.

Un leve pestañeo de las luces LED del interior del casco logran distraerme. Miro hacia el cielo y aparece una sombra consistente flotando en la suave oscuridad de la luna. Mis ojos iluminados por las luces han dejado de pestañear, bajé la mirada para marcar la página en cual iba y doblé la hoja, al volver la vista todo estaba como antes, paz en la tierra y paz en la luna, pero yo sé que vi y encontré en esa forma la misma descripción del Nautilus. Preferí dejar de leer y descansar, mañana proseguire.

Continuará

Fronteras

Fronteras


Khachkar en Montevideo


Khachkar_en_Montevideo
La cruz armenia
ora por paz celestial,
piedra con piedad.

 

 

 


Tradicional cruz de piedra armenia (խաչքար, jachkar o khachkar) en la Plaza Armenia, Puerto del Buceo, Montevideo.

El breve poema de diecisiete sílabas es un haiku, género típico del Japón, que alguna colega galaica afectuosamente llama “haikiño”.

Disección de un vuelo transatlántico


Cuando el avión despega
en el aire flota
una plegaria persistente
a la potencia humana,
a la estabilidad del mundo.

Ya no hay pasajeros
ni llantos infantiles
ni azafatas aburridas
(con sofisticadas máscaras):
todos somos un vector
de genialidad espacial;
líquido pulverizado
compuesto de imposibles.

Las nubes se parten
de risa,
cargadas de estática e ironía
por nuestra impostada procesión
de matemáticas aplicadas
que penetran en los cielos
(con una sonrisa inmortal).


Cuando todo esté mal y deleznable, mira al cielo y grita —con furia— cinco veces su nombre. Conocerás la indiferencia. El cielo —despejado o nebuloso— no verá tu llanto.

Abriendo el cielo

Abriendo el cielo