El final del viaje


Seat Ibiza

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Ícaro observa la puesta de sol desde lo alto del acantilado. La bola anaranjada ya ha entrado en contacto con la línea del horizonte, y empieza a ser engullida por el océano inmenso. Para ser octubre en el fin del mundo, no hace frío. Apenas sopla el viento procedente del Atlántico; Ícaro, que no está acostumbrado a tanta calma, echa de menos que algún latigazo le golpee la cara. Es lo que merece.

Apura el cigarrillo, y lo lanza al vacío. Y mientras sigue con la mirada su caída, se imagina cómo sería saltar tras él. Siente el corazón acelerarse y bombear adrenalina. Una vocecilla le dice que lo haga, que ya no tiene nada más que perder, que serán unos segundos de excitación máxima y luego, de repente, la nada. Un cuerpo destrozado entre las rocas, azotado por las olas indiferentes a la insignificante tragedia humana. El fin de otra vida vulgar.

Ícaro cierra los ojos, agita la cabeza y se gira. Cuando vuelve a mirar, se encuentra con el viejo Seat Ibiza, el mejor amigo que ha tenido. Aguarda en el arcén, paciente y tranquilo, sin ofrecer ningún signo externo de su enfermedad terminal.

El hombre se pregunta si cumpliría una última misión. Un final a lo Thelma y Louise sería digno de recordar; en verdad, sería lo único con entidad suficiente para ser recordado.

…..

—Lo mejor es que lo dejemos; que cada uno siga su camino.

Ícaro mastica las palabras de Venus, pronunciadas sin entonación, como si estuviera haciendo la lista de la compra. Tienen una textura pastosa, y al tragarlas se le atraviesan en la garganta. «Que cada uno siga su camino», se repite mentalmente, con los brazos apoyados sobre el volante, y la sensación de fracaso es avasalladora.

Un claxon impaciente le hace apartar la vista del limpiaparabrisas. A través de las gotas pertinaces, se da cuenta de que el semáforo está en verde, así que mete primera y pisa el acelerador. Unos metros después, el volante se le va hacia la derecha. La luz en el cuadro de mandos confirma el pinchazo.

A pesar de la lluvia, agradece tener una excusa para salir del coche y ocuparse en algo que le evitará afrontar la situación.

—¿Me has oído?

Ícaro evita el contacto visual. Acciona la maneta de la puerta.

—Voy a cambiar la rueda.

…..

Ícaro siente el espasmo de Venus, sentada sobre él. Durante un rato, la respiración jadeante y ardiente de ella, su lengua ansiosa, el sudor descendiéndole por la espalda, su cabello revuelto, los pezones duros frotándose contra su pecho, le hacen creer que el espejismo es real, que han alcanzado un oasis donde es posible aislarse del desierto en el que se hallaban perdidos.

Regresaban a casa después de otra velada aburrida con esos amigos que lo son por costumbre; otra cena hablando de trabajo, política y del embarazo de Laura. Ya se le apreciaba la barriga. Ícaro miraba a Venus mientras atendían al relato sobre angustias matutinas, dolores de espalda e hinchazón de piernas. Pedro bebía vino y asentía de vez en cuando. Ícaro llegó a fantasear con la irrupción de un bebé en su relación estancada.

—Sólo de pensar en quedarme preñada me entran escalofríos —declaró Venus al poco de montarse en el coche.

Ícaro no dijo nada. En la radio sonaba Somebody To Love, de Queen. Con la vista fija en la carretera, se puso a tararearla.

—No creo que sienta nunca el instinto materno. Veo a Laura tan entusiasmada y, la verdad, no lo acabo de entender. —Suspiró y se recostó en el asiento—. Joder, no la soporto.

Ícaro le lanzó una mirada rápida. Sabía que a Venus le cansaba un poco la felicidad de anuncio de su amiga, pero no se esperaba tanta hostilidad.

—¿No dices nada?

Otra cosa que cada vez la ponía más enferma era el silencio retraído de su novio. Ya prácticamente sólo hablaba con monosílabos.

—¿Qué quieres que diga? Que esté contenta no le hace daño a nadie, ¿no?

—Ya…

Venus meneó la cabeza y se puso a mordisquearse los dedos. Lo hacía para desahogarse cuando estaba inquieta. Que ni siquiera su pareja la comprendiera; peor, que ni siquiera le interesaran sus motivos, le molestaba horrores.

Hotel California, de los Eagles, había tomado el relevo a Queen.

—Métete por ahí —ordenó Venus, con voz firme.

—¿Cómo?

—Que gires por ahí.

Ícaro redujo la velocidad, puso el intermitente, y tomó el camino que los llevaba a la montaña.

—¿Y eso? ¿A qué viene este arranque?

Venus se le acercó y le mordisqueó la oreja mientras le subía la mano por el muslo.

—Tengo ganas de follar; no quiero esperar a llegar a casa —le susurró al oído. Las palabras flotaban en un aliento tan cálido, que le provocaron escalofríos.

…..

Conducir una tarde de primavera, sin prisa, contemplando el paisaje, dejándose acariciar por los últimos rayos de sol, con la brisa oceánica entrando por la ventanilla. Pocas cosas se pueden comparar a semejante placer.

Ícaro apoya la mano derecha sobre el cambio de marchas, con ternura; la otra agarra el volante con suavidad. Está contento y quiere compartir su estado de ánimo con su fiel amigo motorizado. Después de todo, él es el causante de su bienestar.

Piensa en Venus, en el abrazo que se darán al reencontrarse después de tres días, en los besos, las caricias. Harán el amor antes de cenar, quizás en la ducha; a ella le gusta jugar, llevar la iniciativa, y a él le gusta dejarse llevar.

Luego cenarán en la terraza, riendo entre copa y copa de albariño.

Ícaro mira al océano, que refulge con miles de reflejos anaranjados, y sonríe.

…..

—Te recuerdo que mañana hemos quedado a las diez para firmar el contrato del alquiler.

Ícaro rompe el silencio después de casi haberse quedado dormido abrazado a Venus, con la cara apoyada en sus pechos. Siguen desnudos. Las largas sesiones de sexo en el asiento trasero del Ibiza suelen acabar así. Ambos disfrutan de la calma tras haberse devorado.

—¿Mañana? —El cielo empieza a ser más azul que negro—. Querrás decir en un rato.

Ríen, y se besan. Ella le mete la lengua hasta la garganta.

—Eh, que me vas a ahogar…

—Se me ha pasado el sueño… —Con movimientos felinos, se coloca encima de él—, y vuelvo a estar cachonda.

…..

A Ícaro le encanta escuchar Héroes del silencio en el coche, y más si es como banda sonora de un viaje. Para él, las vacaciones comienzan en el momento en que arranca el motor del Ibiza y la música empieza a sonar. Pero lo que más le gusta de estas vacaciones es la compañía. Mira a su derecha y se encuentra con la cara sonriente de Venus, que canta Entre dos tierras imitando la voz de Enrique Bunbury. Los dos ríen como chiquillos. Es lo que son, dos chiquillos enamorados, excitados por el viaje, ansiosos por conocer nuevos lugares, excitados por conocerse.

Ícaro se incorpora a la autopista, y ambos cantan Maldito duende a pleno pulmón.

…..

Se han quedado solos. Es la tercera vez que coinciden un sábado por la noche. Venus es amiga de Virginia, compañera de clase de Ícaro. Él concluye que debe pasárselo bien con el grupito de la facultad, porque las últimas veces que han salido juntos, no ha fallado.

Le gusta.

Le gusta mucho. Es atractiva, pero lo que más le gusta de ella es su sonrisa traviesa e inteligente. Es ingeniosa e incisiva, y se ríe sin complejos.

Esa noche es la primera que Ícaro sale con el Seat Ibiza de sus padres. Hasta ahora se lo habían dejado para ir a la universidad o si tenía que trabajar algún fin de semana. Para salir de fiesta, se conformaba con el viejo Renault 5.

Después de dejar a Virginia, Edu y Mila en sus casas, la de Venus es la penúltima parada.

—Pues ya hemos llegado —anuncia Ícaro—. Ha estado bien, ¿verdad?

Ella no contesta, no al menos con palabras; tampoco hace amago de salir del coche. Se limita a observar a su acompañante mientras sonríe enigmática. Él también sonríe, pero, a diferencia de ella, está nervioso. Fantasea con besarla. Nunca ha besado a ninguna chica en los labios, y carece del arrojo necesario para atreverse a hacerlo esta noche, por mucho que fantasee con ello.

—Es chulo este coche —dice entonces Venus, y mientras habla cambia de postura en el asiento, de modo que queda de cara a Ícaro—, y muy cómodo.

Sonríe pícara, al tiempo que acaricia la tapicería. Ícaro carraspea, cada vez más nervioso.

—Sí, tiene tres años, pero está casi nuevo.

—Ahá… —Venus se le acerca más. Apenas un palmo separa sus rostros—. Bueno, qué, ¿cuándo vas a besarme?

Ícaro da un respingo, y cuando nota el brazo de Venus alrededor de su cuello, cree que el corazón le va a estallar. Entonces cierra los ojos y deja que ella lo guíe.

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…sobre el amor y las personas


Solo los postes de teléfono dicen que te estás moviendo —solo ellos—. Hace horas que se fue el sol entre nubes grises y el último pueblo es olvido. La sombra, o la grisura, o la luz apagada de la tarde —casi noche— muestran el paisaje más allá de los faros. En esta parte, la meseta es un páramo; las rocas y las ruinas somos tan parecidas. Vamos en dirección a la tormenta; se puede dibujar la silueta de la lluvia. La línea blanca de la carretera ha desaparecido y el horizonte con ella. No hay señales, sigues por instinto. El limpiaparabrisas ha detenido al tiempo durante diez–cien gotas no-sé; es como cerrar los ojos para seguir viendo algo que te ha gustado mucho. Es entonces —cierra los ojos— cuando por el lado derecho de la carretera, junto a la cuneta, un hombre y una mujer aparecen paseando en medio de esta nada ¿Vienen o van? Aunque aquí es indiferente. Solo unos gestos son clave: si él se moja el hombro, si ella le sujeta el brazo. Viéndoles, puedo escuchar cómo hablan los paraguas sobre el amor y las personas.

He dejado una manzana


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He dejado una manzana en el coche

porque es verano, porque

allí dentro

al sol

se cocerá como en un horno.

Era bella y roja y yo

la veré agonizar decrépita:

arrugarse, oscurecerse,

tocar pegajosa la descomposición

y pasar la lengua.

Oler su perfume como

a flor muerta. Dulce.

—Ella me dijo siempre—

Aquel gordo que conocí

también

decía querer mucho a su perro

pero se le olvidó

allí dentro

mientras se emborrachaba.

(Texto y foto: Manuel A.)

Las gotas caen


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Las gotas caen como años en el cristal hasta que el limpiaparabrisas las borra. No dejan huella. Las borra. Rítmicamente las borra. Las gotas caen como días en el cristal hasta… Cuando viajas en el asiento del copiloto puedes pensar más, aunque quizá este no sea un buen momento para pensar. Creo que es mejor mirar por la ventanilla y dejar que las cosas pasen. Esa señal es demasiado pequeña y está demasiado oxidada para que uno la vea -Árbol. Árbol- por esta carretera tan frondosa. En mi ciudad tengo que buscar los árboles, aquí a uno le vienen al encuentro; como esa urraca también nos viene al encuentro para picotear un trozo de un gato un conejo -no sé- que yace en la cuenta. Grazna. Nos cruzamos con un hombre vestido y peinado de domingo. Supongo que va allí, una hora antes de que todos lleguemos. Viene por la carretera y, aunque está lloviendo, utiliza el paraguas como bastón. A mi madre tampoco le gustan los bastones, suele decir que eso es cosa de viejos mientras se ríe  -Caballos. Vacas- Cuánta belleza. Cuántos colores. De la gama del arco iris, entre animales y plantas, están todos aquí. El negro sólo lo llevamos nosotros. Pero…qué es eso. Qué han hecho. Una urbanización de casas enjambre junto al río. Cómo han sido capaces. Cuántos árboles habrán talado para hacer esta mierda. El hombre y la langosta. -Carretera.          Raya.              Raya              Raya.             Raya.              Raya- Punto (.) Ya hemos llegado. Lo único que me extraña de este lugar es un cartel pegado en la entrada  que dice  “REGALO GATITOS”; el resto es  todo igual:  gente esperando fuera como reunidos. Gente esperando dentro despidiéndose. Flores. Abrazos. Lágrimas desordenadas. Y ese olor, ese olor a.. ¿Quién habrá puesto ese cartel? Acaso el animal que vimos en la cuneta es la mamá de esos gatos; quizá alguien la atropellara y ahora está intentando buscar respuestas a sus preguntas huérfanas. Como nosotros.