La mejor medicina


Él se asoma a la ventana. Hace un día espléndido, se imagina paseando con la cabeza levantada y los párpados cerrados, sintiendo el calor del sol de primavera. Paseando con ella, agarrados por la cintura. Le besaría el pelo, y se sumergiría en esos ojos verdes que brillan con la luz y que lo hipnotizan; aunque seguramente los tendría enmascarados tras las gafas de sol que le dan el glamur de las estrellas de Hollywood. «Estamos juntos, sí. La tía más imponente, la más simpática, la más inteligente me ha elegido a mí», les diría orgulloso con la mirada a todos cuantos se les cruzaran sin poder ocultar la expresión de envidia.

Pero ella está tumbada en el sofá, en la oscuridad de un comedor mal orientado, que incluso en abril necesita del calor artificial de la calefacción para resultar confortable. Está rabiando de dolor. Esa maldita espalda que no le da tregua. Tampoco ella se la da, siempre obligada a ofrecer su mejor sonrisa, a acarrear con todo, a complacer a todos y a demostrar que puede con lo que le echen. Lo único que desea es tener paz, olvidar sus males físicos y los problemas que la están hundiendo, aunque los demás no lo sepan, porque siempre tiene a punto esa sonrisa cálida que la hace parecer tan fuerte y segura, tras la que oculta su desgracia.

La gatita cruza el comedor como un rayo y salta sobre las zapatillas de él, que automáticamente se agacha para jugar con ella.

—Eres un terremoto, ¿eh, pantera?

—Te aburres, ¿verdad? —Él mira hacia el sofá, de donde procede la voz somnolienta que emerge de entre el sopor de los analgésicos—. Lo entiendo. Sal a pasear y tómate esa caña que tanto te apetece.

Él la mira apesadumbrado, impotente por no poder hacerla sentir mejor.

—Esa caña sólo me apetece si es contigo.

Sonríe, tratando de transmitirle la calidez que ella echa tanto en falta. La manta eléctrica la alivia un poco, pero no es el tipo de calor que necesita.

—Pero yo no puedo acompañarte. Estoy fatal. —Cierra los ojos de nuevo, y emite un suspiro apagado, sin fuerzas—. Siento no ser lo que esperabas de mí.

—No digas eso. Sé que te encuentras mal, pero te quiero, quiero estar contigo.

Con la gata enganchada a los pies, se acerca al sofá.

—Dices que me quieres, pero en realidad quieres a la imagen que tienes de mí, a la mujer fuerte, espléndida y complaciente. Y ahora mismo esa mujer no tiene nada que ver conmigo. No creo que lo vuelva a ser nunca. Estoy tan cansada…

Él se queda a medio camino, tratando de hallar las palabras adecuadas, las que desactiven el mecanismo autodestructivo que ella ha accionado. No hay nada que desee más que poder ayudarla, ser su medicina… «Una medicina de mierda, porque en dos días volverás a estar a quinientos kilómetros de aquí, y ella volverá a sentirse sola y desgraciada», se reprocha. Pero ¿qué puede hacer?

—Te quiero a ti…

—No es verdad. ¿Quién puede querer a este desastre? Tú te mereces algo mucho mejor.

—No digas eso. Yo sé lo que siento. Sé que no quiero ni voy a querer a nadie más que a ti. Contigo soy feliz.

—¿Ah, sí? ¿Eres feliz ahora?

Ella se gira a duras penas y lo mira a los ojos. Le dirige una mirada dura y escrutadora, como si tratara de encontrar algo en la de él que lo delate. La gata salta al sofá y, con las zarpas clavadas en la manta eléctrica, consigue auparse. La mujer le dirige su atención, y él siente un alivio estúpido, como si se hubiera librado de la mirada petrificadora de Medusa. Continúa plantado a un par de metros de ella, sin decidirse a acabar de salvar la distancia, temeroso por cómo vaya a reaccionar. Se siente torpe, carente de recursos para transmitirle su cariño.

—Hola, mi amor.

La voz de ella suena vital mientras acaricia a la gatita. Parece mentira que surja de la garganta de la misma persona tan apagada hace sólo un instante. El animal emite una especie de gorjeo muy poco felino, provocando la sonrisa de su «mami». El momento de distensión dota al hombre de la decisión que le faltaba para acabar de acercarse y, arrodillado junto al sofá, él también acaricia a la gata y, de paso, como por accidente, la mano de su pareja. Alarga la caricia, hasta que deja su mano sobre la de ella. Entonces se miran, con el ronroneo felino como sonido de fondo. El animal se está quedando dormido sobre el pecho de la mujer.

—Tienes la mano fría —susurra ella.

—Lo siento.

Él hace ademán de apartarla.

—No, déjala, por favor.

Él toma aire y cierra los ojos, meditando sus palabras.

—Te quiero…

—No creo que…

—Déjame hablar, por favor.

Él la mira fijamente. Ahora es ella quien se siente intimidada. Esa mirada tan profunda e inteligente la vuelve loca. Es lo que la enamoró por encima de todas las otras cosas, tantísimas cosas que jamás pensó que fuera a poder disfrutar…, que no merece disfrutar.

—Vale…

—Te quiero. —Lo dice con toda su convicción, pero sigue notando la sombra de la duda en los ojos verdes—. Sí, te quiero. Y aunque ahora te encuentres mal, te vas a recuperar. Tienes que hacer lo posible por recuperarte, y dejarte cuidar. No tienes que demostrar nada a nadie…

—Ya sabes cómo son mis hijos, todo lo que tengo por hacer, los problemas con mi ex, el banco…

—Para, para, por favor. —Le agarra la mano y le acaricia el pelo. La mira con dulzura. Ella ve el amor en sus ojos, ya no tiene las manos frías. Nota una pequeña chispa en el estómago que lucha por prender—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Qué? —«Ojalá me beses», se escucha decirse.

—Lo mucho que te gusta la vida. Eres como esta gatita adorable, tan curiosa, ansiosa por descubrir el mundo, por sorprenderte con cualquier cosa, por devorar conocimiento. —La gatita respira pausada en sueños, ajena al drama humano—. Y entiendo que te sientas tan mal, porque ahí tumbada no puedes hacer nada de lo que querrías.

Ella lo mira con los ojos vidriosos. Aprieta la mano de él. «Ojalá no te fueras nunca», le dice sin palabras. Él vuelve a respirar hondo, no quiere dejar salir el torrente de lágrimas que amenaza con desbordarse; ella no lo merece, ya tiene bastante con las propias.

—Pero sí hay algo que podemos hacer, una de las cosas que más echo de menos cuando no estoy contigo —retoma él.

—¿El qué?

Él se inclina sobre ella, ya sin barreras invisibles, y la abraza. Y ella siente cómo el cuerpo se le llena del calor que la alimenta y que, aunque sea momentáneamente, le hace olvidar todos sus problemas. El calor del amor, el que nos transforma en seres invencibles, capaces de superar cualquier obstáculo.

Él se incorpora, aún de rodillas en el suelo, y con mucho cuidado acuna a la diminuta gatita en la palma de su mano para cambiarla de sitio.

—Ver una peli abrazados en el sofá.

Coge el mando y se acomoda junto a ella. Los dos sonríen, porque se sienten afortunados por tenerse el uno al otro; porque se aman.

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