Paseo desde tu puerto a mi galaxia


Noche ancha, cabeza tibia. A un lado de la almohada se encuentra el puerto. Destruido ayer por las olas. Caminar, caminar hasta el lado opuesto, atravesando una galaxia gigantesca. Hormigas pateando de hombro a hombro mi cuerpo. Llego a la terminal A del puerto, soy barco atracando en el puerto.

El reloj no marca la hora de mi pulso. Abro los ojos y lo miro, de nuevo, equivocando el ritmo.

Un paisaje reconstruido a charcos y reflejos de árboles truncados. Papeles y plásticos escapan de las papeleras y saltan desplazándose en sucesivos brincos. Mis pestañas se balancean y juego a alcanzar la calle. Sí. Elevo los brazos para tocar la libertad. Sí. Soy papel y plástico. Sí. Consigo adelantar el reloj y ralentizar el ritmo, igualándonos. Sí. La cama omite las conversaciones del día y cuida de que la galaxia que me habita no se destruya. Sí. La fui tejiendo y fui también araña. Sola. Siempre sola. Lenta, muy lentamente*. Busqué un hueco, el oxígeno que no destruyese mis pulmones, la cuesta interminable, el puerto al que llegar y la galaxia que me habita. Sí. A la que doy vida y estrellas mientras respiro.

*«PUERTO ADELANTE», Alejandra Pizarnik.
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El apagón


Foto: Benjamín Recacha

Foto: Benjamín Recacha

El día que la televisión dejó de emitir, millones de personas no se movieron del sofá ni apagaron el aparato. Esperaban a que volviera la señal. Quedarse sin aquel miembro de la familia —para muchos, el único—, cuya insistente existencia de hecho hacía más llevadera la vida familiar, resultaba del todo inconcebible.

Desde bien temprano las centralitas telefónicas de las principales cadenas quedaron colapsadas, las redes sociales se inundaron de mensajes cargados de indignación o desesperados, pero la mayoría de televidentes se limitó a esperar, presas de la incredulidad y de un nerviosismo creciente.

Nadie sabía qué estaba pasando. Los responsables políticos hacían preguntas, pero los técnicos no tenían respuestas más allá de vagas conjeturas.

Al final de la jornada cientos de personas se concentraron en las plazas de algunas ciudades para protestar. Hubo quien, espoleado por la indignación, llegó a montar alguna tienda de campaña.

De todas formas, al anochecer el sentimiento mayoritario entre una población en estado de shock era de resignación.

Aquella noche también llamó la atención, aunque a un nivel infinitamente más modesto, el leve aumento registrado en la asistencia a teatros, cines y museos. Los directores de salas y equipamientos culturales, ajenos a la tragedia nacional, regresaron a casa algo más animados que de costumbre. «Lo de hoy habrá sido casualidad», se decían mientras esperaban en la estación de metro o de autobús.

Si hubieran existido sensores fiables de la actividad social inherente al ser humano, aquella noche habrían captado un significativo incremento de las reuniones familiares y de amigos, y de las relaciones sexuales. Aunque para esta última actividad sí que habría indicadores cuantificables, alrededor de nueve meses después.

Por último, aquella noche la hora media a la que la gente se fue a la cama se adelantó considerablemente respecto a la habitual. Cabe decir que no todos lo hicieron con intención de dormir. Ya hemos mencionado la actividad sexual, pero quizás lo más sorprendente fue la recuperación de viejos artilugios, llamados libros, que llevaban siglos acumulando polvo sobre incontables mesitas de noche.

A la mañana siguiente todo seguía igual. La gente encendía el televisor con un nudo en el estómago, deseando que el sabor amargo que les había dejado el disgusto de la jornada anterior desapareciera para siempre…, pero no. La pantalla seguía en negro. Dedos temblorosos accionaban el mando a distancia con gesto frenético, recorriendo la interminable parrilla de canales. Nada.

Millones de cabezas renegaban, millones de bocas insultaban, millones de ojos lloraban con desespero.

Otro día sin tele. No era posible. No era admisible. Era una locura.

Muchos recordaron que existía otro medio de comunicación de masas, que años atrás había sido muy popular: la radio. Se lanzaron a ella en busca de información y continuaron desahogando su frustración en las redes sociales.

Fue una jornada difícil. Gran cantidad de los culos que habían permanecido pegados a cómodos sofás se incorporaron, y se movieron, con más dificultad unos que otros, desde múltiples puntos de partida, para acabar convergiendo en muchas más plazas que el día anterior. La calle era un clamor de miles de personas que por fin habían encontrado un motivo para movilizarse.

«De aquí no me muevo hasta que no me digan cuándo podré ver la final de Gran Hermano 50». «¿Será posible? ¿Y ahora quién me cuenta la exclusiva que iban a anunciar en Sálvame?». «No nos pueden dejar sin saber con cuántas se acostó Brainless… ¡Gobierno, dimisión!».

El gobierno desplegó a los antidisturbios para garantizar el orden, pero al final del día, con tanta tensión acumulada y las plazas abarrotadas de indignación, las cargas policiales fueron inevitables. Hubo contenedores en llamas, escaparates reventados, coches volcados y los más radicales incluso construyeron barricadas con el mobiliario urbano.

Señoras cuya pensión había sido recortada de forma reiterada, trabajadores en precario contratados por días, y jóvenes sin estudios, sin salida laboral a la vista ni posibilidad de emancipación acabaron en el hospital como consecuencia de las heridas causadas por los antidisturbios, pero con la conciencia tranquila por haber estado luchando por sus derechos como consumidores de ocio televisivo.

Y mientras medio país salía a la calle o trataba de salir del estado de shock, la otra mitad empezaba a asumir la realidad y se adaptaba a ella, con dificultad al principio.

Aquella segunda noche hubo más reuniones de amigos y familiares, más relaciones sexuales, más páginas leídas y los mismos directores de teatros, cines y museos que regresaban a casa preguntándose si dos días consecutivos de aumento de visitantes y espectadores constituían una tendencia a tener en cuenta.

Pasaron los días sin novedades en las pantallas. Muchos mantenían la cada vez más improbable esperanza de que la pesadilla terminara. Encendían el televisor al levantarse y no lo apagaban hasta la noche. Pero lo cierto es que cada vez eran menos. Como menos eran también los que no se resignaban a la falta de explicaciones convincentes y mantenían la presión en la calle.

Un mes después se podía afirmar con total seguridad que las consecuencias del apagón estaban repercutiendo en otros sectores. Las salas de cine y teatro se llenaban incluso entre semana, los museos eran hervideros de actividad, las calles estaban repletas de gente que hacía siglos que no salía de casa un laborable y de amigos que se reunían tras la jornada laboral.

«Cada vez me putean más en el trabajo, pero no tengo más remedio que callar y tragar. Tengo una familia que alimentar. Aunque al final voy a acabar trabajando por la comida y gracias…». «Tú al menos tienes empleo. A mí me han despedido después de diez días». «Adónde vamos a ir a parar…». «Eso digo yo». «El caso es que desde que no hay tele no dejo de darle vueltas a las cosas». «No pienses tanto, que no es bueno, y bébete la cerveza, que se te va a calentar». «Tienes razón, pero es que…».

Por primera vez en décadas las bibliotecas públicas registraron un aumento de usuarios, e incluso las pocas librerías que sobrevivían mejoraron ese mes las ventas.

Seis meses después del apagón ningún televisor permanecía encendido. Ya no había protestas. El dato negativo era que se había producido un incremento destacable de los casos de depresión y ansiedad. Los médicos explicaban que el síndrome de abstinencia entre los consumidores de televisión podía ser tan grave como el que causaban las drogas más adictivas. El gobierno puso en marcha un programa de atención específico.

El rendimiento escolar mejoró de forma exponencial. Los maestros y profesores asistían incrédulos al interés de sus alumnos por las materias impartidas. A la hora de comer y cenar las familias hablaban de cosas tan sorprendentes como los efectos de la contaminación sobre el clima, la evolución humana o el arte clásico.

En algunos hogares se puso de moda leer en grupo tras la cena, una práctica que se extendió rápidamente. Las familias aguardaban con emoción al momento en que descubrirían al asesino, la siguiente aventura del que se había convertido en su héroe favorito o si el romance entre los jóvenes de orígenes tan diferentes llegaría a buen puerto.

Algunos trabajadores empezaron a organizarse. Las charlas en bares, terrazas y reuniones favorecieron un extraño efecto que se había dado por extinguido décadas atrás: el despertar de la conciencia de clase. Algunas mujeres y hombres jubilados recordaban vagamente cómo un fenómeno llamado sindicalismo había logrado grandes avances en los derechos laborales muchísimos años atrás. Logros que habían caído en el pozo del olvido.

Ahora otras mujeres y otros hombres más jóvenes empezaban a sermonear a sus semejantes con ideas revolucionarias extraídas de libros que se habían dado por perdidos. Al principio casi en susurros, mirando alrededor para guardarse de miradas y orejas indiscretas. Pero poco a poco aquellas ideas se fueron extendiendo y calando entre una población activa que mayoritariamente ya había empezado a cuestionarse su situación antes de que prendiera la llama revolucionaria.

Las plazas volvieron a llenarse, pero no para reclamar la vuelta de la televisión —muy pocos la echaban ya de menos—, sino para reivindicar una sociedad más justa.

Se organizaron acampadas, hubo manifestaciones, y lo que acabó por encender todas las luces de alarma entre gobernantes y poseedores de capital y medios de producción fue la convocatoria de una huelga general. «Huelga…». La gente pronunciaba aquella palabra extraña que había aparecido en los libros olvidados y analizaba mentalmente qué implicaba su aplicación práctica.

Los gobernantes recurrieron a otra palabra perdida en el tiempo: negociación. Pero nadie sabía cómo aplicarla. Hacía lustros que ningún gobierno tenía que ceder en nada, y menos ante reivindicaciones ciudadanas. «Lo de la tele fue un primer aviso. Debimos tomárnoslo más en serio», comentó una mañana el vicepresidente. «La tele… Claro que sí, esa es la respuesta. Tenemos que hacer lo que sea para recuperarla», contestó el presidente.

Hubo huelga general indefinida. El primer día tuvo un seguimiento escaso. El gobierno desplegó toda su maquinaria represiva, confiando en que el miedo aplacara los ánimos reivindicativos. Hubo centenares de heridos y se practicaron detenciones masivas.

Pero la huelga continuó. Y el segundo día obtuvo un mayor seguimiento.

El gobierno insistió en la represión, y consiguió que la indignación se extendiese como la pólvora.

El tercer día el seguimiento de la huelga fue masivo. El país quedó paralizado. Ciudadanos tan indignados como seguros de sus motivos y de su fuerza colapsaron las calles. Los antidisturbios se retiraron, incapaces de contener el avance del pueblo.

La Bolsa se hundió. Los bancos cerraron. Los grandes empresarios se presentaron ante las puertas de un presidente superado, exigiendo soluciones. Algunos optaron por cruzar la frontera cargados de maletines.

Al cabo de una semana la movilización fue un paso más allá. Grupos organizados de trabajadores empezaron a tomar el control de las fábricas, de los hoteles, de los servicios públicos, de los supermercados. Y el país volvió a funcionar. La gente se dio cuenta enseguida de que los explotadores sobraban, de que siempre habían sobrado. La cooperación era un arma muy poderosa y efectiva.

El gobierno se dio cuenta a su vez de que si no hacía algo rápidamente el pueblo probablemente también llegara a la conclusión de que para qué necesitaba gobernantes.

Pagó a los mejores cerebros del mundo para que desentrañaran de una vez el misterio del apagón televisivo, mientras lanzaba campañas de propaganda en radio y prensa escrita a las que muy pocos hacían caso.

«¡Recuperemos las instituciones para al pueblo! ¡Gobernémonos nosotros mismos!», fue la consigna que empezó a recorrer el país de punta a punta.

El último recurso para recuperar el orden era echar mano del ejército. El presidente era reacio porque no quería ser recordado como quien llevó la muerte a su propio pueblo, pero el rey y los mandos militares presionaban. «No queda otro remedio. El país está sumido en el caos y nuestro deber de patriotas es restablecer el orden constitucional», decían, con expresión grave, descuidando que probablemente era aquel el momento histórico en que más cerca se estaba de la aplicación efectiva de los artículos de la carta magna referidos a derechos y obligaciones.

Y entonces se produjo el milagro. «Lo tenemos», fue el escueto mensaje que recibió el presidente de parte del equipo de expertos. De un salto se lanzó al botón del televisor, y ahí estaba: la imagen había vuelto.

Lo primero que hizo fue preparar un comunicado que leería en directo para todo el país en prime time, y a partir de ahí las emisoras recuperarían su programación habitual.

Aquella noche la asistencia a las plazas disminuyó y hubo la peor entrada en museos, cines y teatros desde hacía meses. Algunos hogares aplazaron la sesión de lectura. «Es la final de Gran Hermano 50», se justificaban.

El mensaje del presidente, que llamaba a la moderación y a recuperar el orden y la fraternidad, no obtuvo una audiencia muy destacable, pero en general fue bien acogido. Como lo fueron también las tertulias en que renombrados expertos exponían las razones por las que había que abandonar el radicalismo y cumplir con la legislación vigente. No pocos espectadores fueron a dormir convencidos de que, siguiendo por aquella senda, el país se iba al garete.

Durante los días siguientes la Bolsa se recuperó, los bancos abrieron normalmente, muchos empresarios regresaron del extranjero con sus maletines, los antidisturbios retomaron posiciones para sofocar los brotes de contestación que grupos radicales y antisistema se empeñaban en mantener, y un número creciente de empleados aceptó someterse de nuevo a la legalidad que, en un ataque de locura transitoria, habían creído poder saltarse.

Las tertulias familiares y de amigos volvieron a centrarse en los programas televisivos y en la liga de fútbol. Aquella semana las protagonistas fueron las nueve chicas que se habían acostado simultáneamente con Brainless, las exclusivas de Sálvame y la vencedora de Gran Hermano. Fue sorprendente la manera tan rápida en que la televisión, apartada durante meses, recuperó su posición privilegiada. Los libros olvidados, en cambio, regresaron al olvido, igual que las palabras rebeldes.

Las calles recuperaron el orden. Las bibliotecas, museos, cines y teatros se vaciaron. Sus directores recordarían aquella primavera cultural con melancolía.

Fue por aquellas fechas cuando se registró un insólito incremento de la natalidad. Los libros de historia bautizarían a aquellos bebés como la generación del apagón.

El hombre postergado


A veces me sorprendo a mí mismo tratando de imaginar otra vida posible: ensimismado, absorto en mis pensamientos, observando desde el ventanal de mi oficina oscura la lluvia que cae. Algunos elementos de ese ambiente invernal me remontan en el tiempo, unos años atrás; entonces yo era un adolescente —casi un niño— y la existencia menos pesada.

Es como si mi mente estuviese cargada de recuerdos que se niega a abandonar, y tampoco relega al olvido; recuerdos que se tornan vívidos en la memoria, durante tardes grises y días fríos de final de año. Rostros y situaciones reaparecen sin previo aviso, voces me hablan al oído entre susurros y peticiones morbosas. ¡Imposible acallarlas!

—¿Estás bien? —me pregunta mi esposa cuando llama para recordarme que hoy es lunes, y debo recoger a los niños en el colegio.

No hay respuesta, a cambio sólo recibe mi silencio. Casi puedo escuchar su respirar mecánico, contenido, representa esas ganas infinitas de decirme algo, cualquier cosa, quizá una palabra de afecto, o una diatriba que conjure mi distanciamiento de una vez por todas. Pero nada sucede. Espera unos segundos y cuelga el teléfono. También ella sabe que hay ciertas cosas a las que es mejor no referirse.

Yo mismo desconozco cuál sería mi reacción. Sería como abrir una caja de pandora y verse obligado a reconocer lo que hay adentro. Al pensarlo, no puedo dejar de sentir un terror inaudito, injustificado; experimento una conmoción terrible cuando algo similar me sucede. Ya sabes: el pánico te acelera las pulsaciones, el sudor recorre por tu cuerpo helado y los escalofríos no te permiten el control de los movimientos de sentidos y músculos.

Después está ese olor nauseabundo. No sé de dónde proviene, cuál es el origen. “¿Qué olor, papi? Nosotros no olemos nada”. Puedo ver la mirada risueña, juguetona, en los ojos de mis hijos. Una afrenta infantil, una burla inocente que, aunque carente de malicia, me resulta cruel y dolorosa.

En el fondo, siempre ha sido así. Lo comprendí desde aquella vez, cuando tenía dieciséis años y traté de contárselo a Joel, mi mejor amigo. “Eres raro. Mejor nos damos prisa y alcanzamos a los demás”. Sí, es posible que Joel tuviera razón. ¿Acaso la vida se reproduce a sí misma a través de una postergación constante? ¿Vivir significa una interrupción prolongada de verdades absurdas?

Las palabras nos convierten en seres vulnerables. Las palabras hieren y lastiman a aquéllos incapaces de comunicarse, y entrar en contacto con el mundo de los otros. La ruptura es cada vez más visible, la separación un abismo entre yoes que conviven sin jamás conocerse.

No sé qué ocurre en mi interior, no logro descifrar el significado de mis miedos e inquietudes. Entre tanto, el semáforo ha cambiado de color, así que tomo la calle 25 y mi coche se pierde en la bruma que cobija la ciudad.

La habitación del hermano


La noche está a punto de acabarse. Los primeros rayos de sol que pasan a través de la ventana iluminan el espacio interior de la pieza, sumida hasta ese momento en la más absoluta oscuridad. Poco a poco, la claridad ha comenzado a invadir la intimidad de la pequeña habitación.

En las paredes se pueden distinguir los recortes de los periódicos. Son fotografías de artistas famosos, posando ante la cámara con sus rostros alegres, expresivos. Algunas de ellas lucen desteñidas por acción del polvo y la humedad. Otras están a punto de desprenderse y caer al suelo: el pegamento que las mantiene adheridas pronto dejará de cumplir su función. Regados por todo el piso decenas de libros. Tirados y en desorden, asemejan los cimientos de alguna obra de la arquitectura moderna cuya construcción ha sido abandonada antes de finalizar.

Hay también una lámpara inservible, puesta sobre el buró de madera que está al lado derecho de la vieja cama. Allí encontramos al joven. Cansado y somnoliento, pero sin haber conciliado el sueño todavía. Apoyado contra el respaldar, dobló las piernas hasta acercarlas a su pecho. Con sus brazos rodeando los pies, dispuso su cabeza sobre las rodillas; quizá con el propósito de mantenerse despierto, expectante, a la espera de algún acontecimiento importante.

No quiere quedarse dormido, siquiera unos pocos minutos. Por el contrario, lleva varias horas tratando de conservar aquella posición. Se ha movido sólo un par de veces -cuando intentaba evitar un dolor, apenas perceptible, en alguna de las articulaciones.
Pero sus ojos no se han cerrado ni un instante. Solo, en una habitación que le resulta tan familiar como extraña, el joven se ha propuesto encontrarse a sí mismo.

Aunque de él se conocen pocos detalles, sabemos que un pensamiento le perturba la razón y el alma desde hace mucho tiempo. De personalidad apacible, a su corta edad ha debido superar situaciones difíciles. Pruebas de fuego, como él mismo suele llamarlas.

Primero vino el divorcio de sus padres, cuando él era un niño de cuatro años. Más tarde, la repentina soltería de su madre. Sin duda la etapa más insostenible. Porque entonces ella comenzó a planear reuniones sociales, y llevó a muchos hombres distintos al humilde apartamento que alquilaban en la calle 25. Muy cerca del Barrio Los Rosales. Un lugar famoso por las constantes riñas entre vecinos y la ola de violencia que crecía de forma vertiginosa sin que la policía pudiese controlarla.

Fue en esa época cuando su hermano -dos años mayor que él- comenzó a experimentar con todo tipo de drogas. Esa curiosidad irresponsable le llevaría más tarde a una muerte prematura. Una sobredosis de heroína le coció los tejidos sin que el equipo de médicos que lo atendió en el hospital público pudiera hacer nada para salvar su vida. Tenía 18 años.

La tragedia, pese a producir una consternación profunda entre los allegados a la familia, no logró operar un cambio significativo en el estilo de vida de su madre. Ella apenas lloró la muerte de su hijo. Y pasados algunos meses restauró sus actividades y encuentros. Jamás volvió a referirse a aquel lamentable suceso.

Pero la ausencia del hermano había dejado un profundo vacío en el corazón del joven, quien no fue capaz de elaborar el duelo y resignarse a aquella perdida irrecuperable. Ese vacío no volvería a ser llenado nuevamente. Por el contrario, ahora se encargaba de hundir al joven en una depresión paralizante. Hacía añicos su estabilidad, hasta empujarla en un abismo creciente de culpa y recriminaciones. Por supuesto, la madre nunca lo notó.

Al principio, comenzó a apartarse de todos y perdió el interés en las situaciones que antes lo mantenían ocupado. Incluso llegó a sentirse más a gusto en soledad, como si a través de ella estuviera más cerca de su hermano; estableciendo algún tipo de relación omnisciente, íntima. Disfrutaba iniciar conversaciones, y contarle a su hermano cómo había estado su día: las cosas que había hecho. Después vendría el turno para hacer preguntas. Dialogar plácida y distendidamente.

En el colegio, se acostumbró a guardar silencio y hablar sólo cuando fuera estrictamente necesario. De ese modo, su imaginación se hizo vigorosa y compleja: proyectando historias y relatos cada vez más elaborados, ricos en detalles. El sinsentido pasaba lento. Su vida parecía haberse detenido, negándose a enfrentar la realidad abrumadora de su existencia material.

Los pocos amigos que había conservado ahora lo consideraban raro, quizás un poco demente. Al final, optaron por distanciarse. Él, aunque se sintió triste los primeros días, pronto se acostumbró a la nueva situación. Su propio ensimismamiento bastó para llenar el nuevo vacío, que no dejaba de expandirse, sumiéndolo en el ensueño de fantasías triviales e ingenuas.

Si alguna vez hubo en él un hálito de energía renovada, en los últimos meses cualquier vitalismo se perdía con la misma facilidad con la que se había manifestado. Un dolor añejo, una melancolía inconsciente -pero casi absoluta- formaron parte de sus días y de su rutina. Como si el joven viviese un final siempre inconcluso… como si las emociones que surgían con fuerza desde su yo verdadero lo estuviesen obligando a huír y esconderse. Como si el futuro… el futuro fuera ajeno e inextricable, una posibilidad vedada.

Por esa misma circunstancia, no podemos asegurar con certeza qué imagen mantuvo el joven en su cabeza durante esta noche. Lo único que es posible describir es la manera en que fue repentinamente sacado de su ensimismamiento, como un reloj de pared que se detiene sin previo aviso ¿O acaso el joven ya se había quedado dormido?

Desde el salón del apartamento llegó un sonido confuso, quizá una melodía. Sí. Efectivamente. Se trataba de una canción: Solitude. Era la voz cálida y armoniosa de la cantante Billie Holiday. El joven debió sacudirse los oídos para reconocerla.

Su madre solía poner una emisora radial para escuchar el programa matutino de jazz. Disfrutaba el ritmo de la música aunque no entendiera el significado de las letras. Durante su juventud, ella nunca se interesó en aprender el idioma inglés ni cualquier otro oficio que no fuera estrictamente necesario.

—¿Dónde te has metido? —Gritó ella mientras abría alguna puerta cercana—. ¿Es que acaso te has levantado tan temprano? Estoy buscándote. De confirmar lo que estoy pensando, no te la acabarás conmigo.

Al oír esta advertencia, el joven abandonó la vieja cama de su hermano sin hacer ruido. Entonces, fue saliendo de la habitación con paso lento y vacilante.
“Hoy es el gran día”, exclamó. Y una sonrisa iluminó su rostro.

El tiempo absoluto y la línea directa (sueño)


Hace poco que volvieron mis sueños, después de una larga sequía. Entonces, pesadillas de muerte; entonces, persecuciones de asesinos; y yo, ocultándome para proteger mi vida. Todo eso.

Pero lo que pasó anoche… Tengo que obligarme a ponerlo en palabras porque pienso que es importante, esencial. Creo que entendí un mensaje superior sobre cómo funciona esto: la vida, la muerte, el mundo.

Dormía, en un sopor profundo. Quizás esto podría ser atribuible al delirio de la enfermedad, pero nada de esto lo he inventado. Soñaba. Y advierto que las imágenes son lo de menos: lo importante es el sentimiento.

Subía las escaleras hacia un lugar lleno de seres, lleno de cosas. Un supermercado, podrían llamarlo. Pero no.

En lugar de gente, había espíritus. No eran personas de carne y hueso. Había seres que eran muerte y uno de ellos me hablaba directamente. Su rostro tomó la forma de una calavera, para que yo pudiera reconocer quién era.

No pronunció palabra pero me dejó en claro lo que vendría, lo que sería, lo que ya es… en los distintos planos del tiempo que no corre lineal sino que existe siempre a la vez: absoluto. Y aquello que pasaría era la muerte de todos, la muerte de todos mis hijos, de todo lo que alguna vez amé. Y el dolor. Y el sufrimiento.

Me pareció una amenaza de muerte, aunque no lo era. Ahora veo que simplemente era la confirmación de un hecho que será, más bien, que ya es: la muerte de toda mi familia, de toda mi descendencia. Y comencé a gritarle. «No, no». «I hate you». No creo haber gritado más fuerte en un sueño. Desperté aún con los gritos (mudos) en mi garganta.

Sin embargo, pese a todos mis gritos, todo eso sucederá.

(Y esto me recuerda a aquel cuento que leía tanto de niña, el de la pequeña alma en una planta de azafrán…)

Tras conciliar de nuevo el sueño, experimenté algo para lo que no tengo palabras exactas, pero que intentaré describir. Era un estatus distinto, un plano distinto de la existencia. Era como estar muerta.

Todo brillaba en amarillos. Yo era, pero no tenía mi cuerpo ni era mi mismo ‘yo’. No tenía cuerpo en absoluto y estaba dentro de una consciencia colectiva que me lo comunicaba todo. Lo sabía todo, sin necesidad de palabras, letras, mensajes. 

Pero, «¿y si yo quiero decirle algo a alguien?», pregunté al ser superior invisible. «¿Mandarle algún mensaje? I mean, comunicación uno a uno». Trataron de explicarme que no era necesario nada más que expresarlo, pero no pude creer.

Ya he experimentado lo que es comunicarme con alguien sin palabras y sin presencia física de por medio ; y mis manos y mi boca han servido para transmitir mensajes que no provienen de mí.  Pero esto era distinto: era estar inmersa de lleno en la experiencia.  Así que no creí, y seguí pidiendo un medio.

Por tanto, ellos me dieron un trozo de vidrio transparente para que lo usara como ‘medio’ de comunicación. Si quería creer que eso era necesario, dijeron, podía sostenerlo frente a mí y utilizarlo como canal para hablar con alguien.  

Y entonces descubrí que el artefacto era inútil, inservible, una patraña. Como todo lo que sucede aquí, como todos nuestros medios terrenales.

Hay una línea directa entre almas.

La vi.

Carla ∞

Imagen: SXC

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