Congelado en el tiempo


—Dime que ya estás en Oviedo —percibí la inquietud en su voz con aquel acento castizo que amaba tanto.

 —Sí, ya estoy —contesté con la misma emoción.

 —Entonces solo tienes que tomar el tren de las 13:45 a Gijón. Te deja justo al lado de donde trabajo y te recojo —dijo con entusiasmo.

 —Pues así lo haré —contesté como si me hubiera dado un mandato.

Tomé un taxi hasta la estación más cercana para tomar el tren que me llevaría justo a los brazos de mi amor. Mientras la máquina aceleraba, mi corazón latía apresuradamente, sabiendo que me encontraría en unos pocos minutos con quien había amado a la distancia. En mi mente ensayaba qué haría, qué diría, escogiendo las palabras justas para el momento del encuentro. Cuando escuché el anuncio de la estación en la que concluía mi travesía, bajé nerviosa, temerosa de la reacción de mi amor. Allí estaba, abriéndose paso entre la gente, moviéndose de un lado para otro para alcanzar verme a lo lejos. Cuando se encontraron nuestros ojos sonreímos y ya las palabras ensayadas no sirvieron para nada. Entonces caminé despacio hasta llegar a él, me eché en sus brazos hasta ese momento desconocidos, me dio un beso en cada mejilla y un apretón, que hoy cuando lo recuerdo está más vívido que nunca. Acaricié sus rojos cabellos y besé suavemente sus labios. Él Me tomó del brazo y me llevó hasta el coche. Todo era tan natural como si hubiéramos estado acostumbrados a una vida juntos.

De allí me llevó hasta un restaurante del que me confesó era asiduo. «Asturias huele a sidra», me dije mientras miraba al mozo estirar el brazo con la botella en la mano y desde lo alto verter el líquido en un vaso que sostenía en la otra. Vi cómo le entregaba el envase a uno de los comensales quien bebía y luego tiraba el restante para que quedara limpio para el siguiente convidado. Esta impecable ceremonia se repetía una y otra vez, dejándome boquiabierta por la precisión con la que la ejecutaban. Cené un delicioso cachopo y luego salimos a dar un paseo por la marina. Caminamos agarrados de la mano. Él me contaba la historia del lugar mientras yo disfrutaba del escenario: los edificios, los botes, el letrero de Gijón y el monumento hecho no sé con cuantos miles de botellas de sidra. Tomamos algunas fotos para los recuerdos, que Dios sabe ahora mismo dónde estarán.

Unos jóvenes hacían una competencia en la que subían unas escalinatas que había por ambos lados de una estructura, cada uno cargando una caja de sidra. Cuando bajaban batían una botella y la abrían vertiendo el contenido sobe sí. Nos reímos un rato del juego y seguimos hasta el camino hacia la playa. Allí observé muchas personas de distintas edades deleitándose también de un paseo en aquel atardecer, mirando el mar y un cielo nublado que no se decidía a estallar.

Ya cansada, nos sentamos unos minutos a contemplar a dos muchachas que instalaban su equipo musical y como por arte de magia, cuando empezaron a cantar, un arco iris de lujo apareció especialmente para mí en el cielo de Gijón. Y usted dirá que atrevimiento el mío de pensar que los colores se pusieron en el firmamento solo para mí, pero así me lo dijo mi amor y decidí que le iba a creer. Tanta perfección me emocionó, me sentí agradecida hasta las lágrimas por lo que estaba contemplando. También en el fondo sabía que aquel momento no volvería a suceder.

Nunca regresé a Gijón y tampoco volví a ver a mi amor. No por falta de cariño. La distancia a veces acaba con las ganas. Alguna vez mi amor me expresó su deseo de que aquel encuentro se repitiera. Le contesté que algunos momentos eran tan perfectos que solo su recuerdo te sacaba una sonrisa. Esos instantes irrepetibles que te sorprenden y se agolpan saliendo desde el subconsciente al consciente arrancándote una lágrima. Usted que me lee, sabe exactamente a lo que me refiero. Y como yo, quisiera trasladarse en el tiempo para revivir cada segundo de idéntica manera. O tal vez no, tal vez quisiera cambiarle un punto o una coma, sacar del tintero cosas que quiso o debió haber dicho y no hizo. Un beso, un abrazo, una caricia. Lo cierto es que el tiempo pasó y ahora la experiencia es un recuerdo.

Cinco años han pasado desde ese esplendoroso momento en Gijón. Todavía al recordarlo lloro con la misma emoción que aquel día. No cambiaría un segundo, ni un instante de lo que viví aquella tarde. Sé que no se repetirá la playa, ni las muchachas cantando una emotiva canción, ni el arco iris dispuesto para mí.  Pero sé que de algún modo todo sigue estacionado, permanente, congelado en el tiempo, pues vive para siempre en mi recuerdo.

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Imagen:  https://pixabay.com/en/abstract-blue-cold-crystal-drop-22122/

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Rutinas, costumbres y manías


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por Reynaldo R. Alegría

Cuando por fin me quedé solo decidí reflexionar sobre las cosas sencillas de la vida.  Esas cosas inocuas, insulsas, insípidas.  Me acosté en la víspera de mi cumpleaños número 40 contento de mi alegría, feliz por mi aceptación existencial, algo a lo que me exhortó hacer mi terapista con todas las ganas, sin nada de tedio.

Me quedé pensando.

La primera noche que dormí con Marcela en su casa se levantó a las 4:38 de la mañana, apagó el acondicionar del aire y se volvió a meter en la cama.  Siendo pleno verano y acostumbrado como estaba a la deliciosa temperatura baja que produce tan ingeniosa máquina, tuve que sufrir callado lo que a todas luces era la peor de las afrentas a un oso polar.

Con el tiempo se aprende a diferenciar la rutina de las costumbres y las costumbres de las manías.  Con el tiempo aprendí que Marcela tenía una rutina, convertida en costumbre y transformada en manía, de apagar de madrugada la mágica maquinita que ponía frío el aire caliente.  La ejecución de su manía guardó relación con nuestro desempeño amoroso.  A principio ella toleró el frío por el amor que me profesaba, luego clamó por el más básico acto de austeridad y conservación energética.  Y el resto es historia.

Inés tenía un vaso al lado de la nevera en el que, a partir de las ocho de la noche, se servía agua hasta que se acostaba.  La graciosa rutina de ver la cocina recogida y limpia y en medio de aquella soledad de vajillas, cubiertos, platas y vidrios, aquel austero vasito, se fue transformando en una intolerable manía, causa de las más serias discusiones.

Maury tomaba el cepillo de dientes como un cirujano al escalpelo, lo ponía sobre el borde del lavamanos y apretaba el tubo de la pasta desde el extremo final hacia el principio con una cautela absoluta sobre las cerdas, buscando que no quedara espacio vacío o exceso visible.

Ya que estamos de acuerdo en que el ser humano no tiene instintos puedes entender que al principio, cuando vas conociendo a una persona, esos hábitos que parecen no razonados son graciosos.  Pero cuando el acto pulula entre la tradición y la extravagancia, ya requiere tolerancia; y cuando el capricho solo parece explicarlo la locura, entonces el amor es quien lo aceptará sin debate.

Me quedé dormido.

El domingo, 8 de febrero de 2015, me desperté a las 4:38 de la mañana, apagué el acondicionador de aire y me volví a meter en la cama por un par de horas.  Cuando me salí de la cama me cepillé los dientes, después de haber puesto pasta dental sobre cada cerda del cepillo con mucho cuidado; luego tomé un poco de agua en el vasito que dejé al lado de la nevera la noche anterior.  Continué mi reflexión, a mis 40 quiero disfrutar de las cosas sencillas de la vida.

Foto: Toothpasteonbrush por Thegreenj