Las ventajas del decidido


Jamás había visto un muerto y no sospechaba que pudiera haberlos tan hermosos. Pensé que me impresionaría, que sería doloroso, horrible. No podía haber estado más equivocada.
Muerto él estaba en paz. No la paz profesada por incontables religiones y gurús llenos de promesas y medias verdades Él estaba inmerso en la paz real, la paz derivada de la ausencia de pensamiento. La paz derivada del desprendimiento del ser.
Porque ahora Armando ya no era Armando. Ahora era el cuerpo de Armando, nada más y nada menos.
Pensé que esto sería lo más doloroso del asunto, el verlo ya muerto. Estaba, de nuevo, equivocada. El proceso había sido mucho más complicado, mucho más sucio. Ahora por fin estaríamos juntos. Ahora por fin estaríamos solos.
Nuestro mundo juntos había sido grato, disfrutable, pero los dos siempre sentimos que nos sobraba algo. Nos sobraba gente, trabajo, amigos, felicidad, tristeza, diversión, tiempo. Nos sobraba vida.
Fue el jueves pasado que decidimos hacerlo. La discusión fue larga y cargada con una atmósfera muy tensa. Él pensaba que era egoísta, cobarde. Yo pensaba (y pienso) que lo cobarde es no atreverse a cambiar lo que a uno lo disgusta, y egoísta es forzar las cosas. Después de largas horas logré convencerlo; pobre Armando, siempre perdía las discusiones.
Planificamos todo, no era necesario apurarse, queríamos hacer las cosas bien. Investigamos exhaustivamente sobre nuestras opciones: cuál sería el más rápido, el menos doloroso, incluso el más rico de tragar. El costo no importaba por obvias razones, las ventajas del decidido.
Finalmente nos decidimos por la opción más aburrida, cianuro. A Armando le gustaba, siempre fue así de clásico, así de cursi.

Todo esto ya no importa, es mero contexto. Lo que importa es que aquí estoy yo, escribiendo esto, ahora, con el cuerpo de Armando a mis pies. Entregado.
Me toca a mí. Él decidió hacerlo primero, porque era el jefe de la casa y otras tonterías de hombre que ni me esforzaré por entender.
Voy a abrir el frasco. Lo abro. Voy a verterlo en mi vaso de agua. Lo vierto. Voy a tomarlo. Suena el teléfono, debe ser mi madre, solo ella llama al teléfono de línea. Me levantaré y atenderé para no disgustarla. Cuando ella termine la conversación, diciéndome como siempre: “Millones de besos, querida”, cerraré los ojos y me tomaré el vaso entero de un trago.
Sí; lo haré. Seguro que lo haré.

Anuncios

Los amantes (II)


París, 5 de abril de 1928

Querido Leopold:

No es casualidad querer encontrarme en París en esta época y que además puedas coincidir conmigo; meses de hermosa correspondencia han dado paso a esta instancia. Hemos deseado conocernos en persona desde las primeras cartas; han sido muchas dificultades, yendo y viniendo hasta Bruselas, sin embargo y a pesar de todo, pronto nos veremos.

Recuerdo la primera carta en mis manos, en el remitente solamente tu primer nombre y la dirección casi ilegible, era nueva en ese departamento y nunca comenté del error al joven de correos, abrí el sobre y pensé: dos Regina en un mismo lugar era una tremenda casualidad.

Yo venía desde Antwerpen y esa tarde leí muchas veces esa carta, había amor, devoción, cariño, pasión y una delicada forma de llegar al alma de cualquier afortunado lector.

Quería parecerme a esa chica, ser moderna, llevar vestidos de todos los colores y diseñadores. Ahí estaba yo, viendo cómo amanecía en la gran Bruselas y mis lágrimas bajaban hasta el cuello. ¿Qué debía hacer?, ¿devolver una carta ya abierta y perder la oportunidad de conocer un alma tan sensible, tan delicada para estos tiempos de extrema locura?

Se supone que debería buscar trabajo, pero estaba atontada por tanta maravilla y fui a buscar una tienda donde asirme de sobres, pluma, tinta y hojas blancas que llenaría con toda la osadía de una chica con ansias de amor, de amor verdadero, de amor entrañable, de amor idéntico, de amor natural, de amor y pasión a la vez, de esa delicada luz que avizora una tormenta y, si has de mojarte, que sea la experiencia de mi vida.

Ya sabes, en la primera carta me delaté por completo, sin experiencia, sin palabras, sin nada que perder y escribiendo a un desconocido. Comencé a unir ideas sobre la persona que eres por el simple hecho de leer esa bendita carta y entre líneas identificaba otros aspectos de tu personalidad, intuición al cien por cien, seguramente jamás esperaste una respuesta tan arrojada o diferente a tu Regina. Esa tarde pasé por correos y deposité mis esperanzas en el buzón principal; desconocía la dirección del remitente, solo pensaba en que pronto me leerías y si no llegaba respuesta es porque todo había sido únicamente la hermosa ilusión de una joven.

El sillón de papá


Eso parecía nomás. Un sillón viejo. Un sillón viejo y feo. Eso era lo que pensaba Santiago de él. Eso era lo que pensaría cualquier persona normal de él. Pero no José; ese era su sillón favorito. Sobre él su madre lo había dado a luz, sobre él había besado por primera vez a su difunta esposa, Guillermina, y sobre él había escuchado a Uruguay campeón en el 50’. Ese sillón era su vida.

Santiago admiraba a José con una vehemencia casi ritualista. Esto siempre había sido así, pero la devoción de Santiago por su padre había crecido aún más con la muerte de su madre, Guillermina. En casa nadie hablaba del tema, José nunca la nombraba y Santiago no se animaba a preguntar. De lo que sí se hablaba era del sillón.

— Santiago, no podés comer arriba del sillón; lo llegas a ensuciar y te juro que te mato —le repetía José dos o tres veces por día, aunque Santiago no estuviera comiendo.

El niño detestaba ese mueble más que nada en el mundo. Ese sillón era la competencia por la atención de su padre, era el amor que Santiago necesitaba. No es que José no quisiera a su hijo, pero sus ojos no se perdían y su mente no divagaba como lo hacía con el sillón. Ese sillón era su vida.

Santiago pasaba mucho tiempo solo porque su padre había tomado más horas en el liceo. Salía temprano de la escuela y volvía caminando derechito a casa, se sentaba y hacía los deberes. Bien como le habían enseñado sus maestros para no distraerse, manito con manito, piecito con piecito, y a trabajar. Demoraba cada ejercicio de matemática lo más que podía porque sabía que una vez que terminara estaría solo del todo, por varias horas, con ese maldito sillón mirándolo. Burlándose de él.

Un día no aguantó más. Llegó de la escuela, sin deberes, y se sentó mirando al sillón. Una hora. Dos. Lo analizaba. ¿Qué era lo que tenía el sillón que no tenía él? Y caía la primera lágrima, y la manito buscaba la tijera en la cartuchera. Dos, tres, cuatro, veinte, caían las lágrimas. Cinco, seis, siete, ochenta, llovían las puñaladas sobre el sillón. Atacaba, golpeaba al monstruo con todo lo que tenía con su tijera, con su puño, con sus mocos.

De pronto frenó. El sillón ya no estaba, ahora solamente había una masa de algodón y tela mojada encima de cuatro patas.

Santiago empezó a calmarse, sintió que lo que había hecho estaba bien y que su padre lo entendería, seguro que lo entendería. Él era su hijo.

Cuando José llegó y vio el sillón y a Santiago, no dijo ni una palabra. Miró a su hijo y bajó al sótano. Subió con dos cuerdas, y empezó a atar a Santiago. Manito con manito; piecito con piecito. Ambos permanecían callados. Luego José entró a la cocina y salió con el cuchillo grande, al que Santiago siempre le había dado tanto miedo.

José terminó al cabo de dos horas. Al otro día mandaría a arreglar todo el sillón menos el tapizado. Él ya tenía el tapizado. Manito con manito, piecito con piecito.

Payasos


—Mi madre tenía una colección de payasos de porcelana. Los tenía en unas repisas de cristal en la sala de estar. Nunca pude permanecer en la sala si no había luz en la habitación: por alguna razón infantil, creía que los payasos cobraban vida y se movían en la oscuridad. Se lo comenté a mi madre; me prohibió las historietas y supervisaba lo que veía en la televisión.

»Fue en una tarde lluviosa, mientras jugaba en la sala de estar con bloques de Lego, cuando hubo una falla en la energía eléctrica y toda la colonia quedó a oscuras. Corrí a la ventana a correr las persianas para que entrara lo último de la luz del día. Mientras me apuraba a la tarea de iluminar un poco la sala de estar, escuché un tintineo y quedé paralizado; no quería darme vuelta, pero mis ojos contemplaban como la oscuridad avanzaba; los cerré, apreté fuerte los párpados. El silencio gobernaba la habitación, ni siquiera se escuchaba mi respiración, incluso cuando escuché un ruido parecido al que hace una botella que se bambolea antes de caer, contuve el aliento. No quería voltear. Con mis manos sudorosas apretaba con fuerza el cordón de las persianas e hice una inspiración rápida cuando oí el sonido de las piezas de Lego revolverse. No pude más. Solté el cordón, abrí los ojos y me di vuelta. Lo que vi a continuación me puso la carne de gallina: una silueta apenas delineada como la de una rata que se yergue sobre sus patas traseras cuando se siente amenazada y, lo más espeluznante, la sonrisa socarrona y fulgurante de un payaso.

»Quise correr, pero no me movía del lugar a pesar de que mis piernas se alternaban para tocar el suelo, tal y como lo hace un jugador de fútbol americano en un entrenamiento. Salté al sofá por instinto. Tomé uno de los pesados cojines con relleno de pluma de ganso y lo aventé en dirección a la figura del payaso, erré con mi improvisado proyectil y tomé otro cojín. Hice lo mismo, pero este sí cayó con todo su peso haciendo añicos al maldito payaso. Los pedazos de porcelana se deslizaron por el piso, revolviéndose con los legos. Mi alma no volvió al cuerpo porque pude distinguir otras tres siluetas oscuras que venían hacia mí con todo y sus sonrisas fulgurantes y diabólicas. Solo me quedaba un cojín, tenía que ser un lanzamiento perfecto, como los de Fernando Valenzuela. Entonces vi que la distancia entre los payasos era mayor que el tamaño del cojín. Se me ocurrió lanzarlo como lo hacía con mi disco Invasor —ahora lo llaman frisbee—, así que salté del sofá y tomé el cojín con las dos manos, cobré impulso y lo lancé al ras del suelo contra los payasos, me fui de espaldas contra el sofá por la inercia y miré como el cojín impactaba a los payasos contra la pared y los hacía trizas. Toda una chuza. Cuando creí que el mal rato había pasado y que había sido todo lo valiente para luchar y acabar con esas diabólicas figuras de porcelana, se restableció la energía eléctrica, justo en el momento en que mi mamá entraba a la sala de estar y contemplaba su costosa colección de payasos hecha añicos.

»No hubo argumento convincente en el universo para evitar que me tundiera esa noche, además del castigo que se prolongó varias semanas: nada de historietas, nada de televisión, nada de juegos en el patio ni legos. Fue aburrido estar en cama todo ese tiempo.

»Desde entonces le tengo pánico a los payasos, doctor.

—Entiendo.

Migajas de salvado


Una vez, hace varios años ya, mantuve un período de noviazgo con una mujer bastante particular. Loca clase P, la categorizaría. No de política, no de plástica, ni tampoco de malas palabras u oficios delicados; no. Era la letra P que da inicio al estado profético de “pitonisa”.

Antes de explicar que es, para aquellos analistas y curiosos que desconozcan dicha palabra, es un término acuñado a la capacidad de un individuo de “ver o predecir el futuro” a voluntad o de manera espontánea; a tiempo continuo (cerca de suceder) o en próximos-distantes períodos.

Ya aclarado lo anterior, prosigo con el tema; esta señorita con la que me enredé resulta que tenía dicha habilidad y nunca me explicó el contexto de su origen, sin embargo desde el día uno que arrancamos el barco, ella había visto la culminación de nuestra relación.

Era sorprendente mi incredulidad desde el primer día, si bien ella no insistía en hondar respecto al tema y, solo se justificaba con el “hecho” de que debía tener en cuenta las fallas, discusiones y otros roces para mis nuevas relaciones con las otras personas que conocería, la nueva chica que vendría y las posibles hermosas siguientes. Era una locura, pero de esas que a mitad se perciben simpáticas, y por otro lado se tornan ásperas, tediosas.

A medida que los meses transcurrían y para mí el tiempo se alteraba (a veces lento, o demasiado deprisa) quizá por aquel efecto de la teoría de la felicidad y adaptación, “la luna de miel”; aunque para entendedores, yo me sentía en Plutón, lejos de montañas rusas curveadas o dragones pesados que combatir; ella presionaba el pedal de freno cuando le hablaba de futuro en pareja, como si el presente estuviera danzando sobre el hilo delgado e invisible de una colisión predestinada. Me decía cómo sería o podría ser mi próxima novia y qué cosas debía no hacer para que tuviera una próspera primavera.

Estas cosas cesaron cuando una serie de eventos muy afortunados y a la vez desafortunados comenzaron a suceder en la vida individual de cada uno, su capacidad pitonisa no volvió a manifestarse hasta el día en que yo cerré la persiana y ella apagó la luz.

Me alcanza un ligero y curioso escalofrío al pensar en el cómo una persona es feliz al estar junto a otra cuando figura en su atención principal todo lo errado que puede acontecer. La colisión de dos individuos diferentes está en teoría predestinada a ocurrir, pero por más experimentada o preparado que te sientas en tu estado de vigilia del porvenir, no esperes lo peor. Siempre da un ángulo alzado a tu mirada, buscando horizontes de buenos inicios, progresos continuos y mejores conclusiones.

¿Quieres unirte al blog Salto al reverso?


CONVOCATORIA CERRADA Actualización: La convocatoria para nuevos autores en Salto al reverso ha concluido. Los resultados han sido publicados aquí: Nuevos autores y colaboradores de Salto al reverso. En Salto al reverso nos interesa integrar a nuevos talentos en los géneros … Sigue leyendo

«La espera», por Benjamín Recacha (video)


Presentamos un video para despedir a nuestro autor destacado del mes, Benjamín Recacha. Más información aquí: Autor destacado del mes: Benjamín Recacha García Los invitamos a visitar su blog: benjaminrecacha.com. La obra es «La espera», un poema publicado originalmente en Salto … Sigue leyendo