Dos obras por Roger Farerra (Dramágico)


Roger Enrique Farrera Guillén es el autor destacado de este cuatrimestre en Salto al reverso. Los invitamos a leer sus entradas de poesía y relato aquí: Dramágico, en su blog personal dramagico.wordpress.com y a seguirlo en las redes: Twitter: twitter.com/RoEnLaCajaInstagram: instagram.com/roger.malo Más información: Autor destacado: Roger … Sigue leyendo

La misión


Llena de escalofríos, así se siente —ha llegado el otoño con armadura fría—, baja con una tos seca del coche, sus alumnos golpean en esos instantes las patas de mesas y sillas entre gritos impíos y ataques a los cuellos y cabezas de los compañeros de las mesas que tienen cerca. Cierra la berlina que se ha comprado hace poco, corre hacía el primer piso, siempre se apela al deber ante estos momentos de desaliento. Ella lo hace desde hace cuatro años, perdida ya su intención de enseñar a crías que se han vuelto imbéciles de tanto creer en las redes (aunque no lo confesará en público) y a tanto bruto obligado a pasar de curso con carpetas de suspensos. Solo la sostiene el deber y un sueldo, por qué no decirlo. Avanza por el pasillo, la divisan desde el final del mismo, la mitad de la clase se zarandea en él y la otra mitad haciendo gracias dentro. Los mismos de siempre emponzoñando a una masa opaca interesada en educarse; está harta. Lo presiente, un mal día se abre, al entrar en el aula. Cuando se ha levantado sabía que estaba desposeída de la energía suficiente para salir triunfante de otro día más en un instituto conflictivo. Aparece en cambio la llamada costra del endurecimiento, la que te hace inmune al ambiente de fuerzas descontroladas representadas por los golfillos en un instituto. A consecuencia de ello, no tarda más de diez minutos en decidir quién será el elegido para aglutinar su soldada de satisfacción al expulsarlo de clase sirviendo además de ejemplo: «Iciar, baja a la biblioteca y quédate allí hasta la próxima clase. Quiero que el profesor que esté te firme un papel diciendo que has estado estudiando».

Iciar es en realidad nuestro personaje más querido. «¿Por qué?», pueden preguntar. Otras respuestas serían muy enrevesadas explicadas en un relato, por ejemplo: escaso respeto por la organización educativa actual, la profesora con prisas del principio no tiene atractivos suficientes para seguir en este relato. Podría enumerar a mis queridos lectores todas las razones verdaderas, conformémonos simplemente con la dignísima conclusión de que yo soy el autor y mis fobias me agradecen que escriba para disfrutar. Prefiero a la culpable expulsada, aunque solo sea por su juventud, su potencialidad dormida, diciendo por delante que unos cachetes se merece Iciar, cualquiera de sus amigas, o la mayoría de los chicos de su clase. Ya sé lo que he dicho y tampoco exageren unos cachetes. Continuemos con Iciar sin revolver más; ha entrado en la biblioteca. 

Sentada está ya en la última fila, hace un amago violento de sacar su cuaderno desvencijado de tanto pintarle. Ni siquiera lo abre —observa—, no ve profesores respetables allí, solamente la bibliotecaria, esa señora vieja tan pesada con el orden y el estudio. La mirada está detenida en la mesa de préstamos, hay un joven. Ella sabe por instinto que no puede ser un profesor, es un voluntario o algo parecido que trabaja en la biblioteca. Lo recoge todo deprisa y se lanza resuelta a pedirle la hoja firmada. «Da lo mismo», responde cuando el joven le dice que no quiere firmarle nada y además no es su función. «Tú me lo firmas y así me voy a… tomarme una manzanilla porque estoy mala». Nueva negativa y grito de Iciar que indica enfado importante.

Parece evidente, ella es una obligada, no quiere el instituto. Está deseando ver a la pandilla, pero en un recreo perpetuo. Iciar es la respuesta a un sistema que la obliga a permanecer seis o diez años en el instituto y, además, la premian con aprobados sin estudiar mucho —lo cual la hace pensar que todo lo que rodea al instituto no tiene importancia—, simula concentrarse cuando sus cuadernos únicamente contienen borratajos y frases obscenas escritas por sus amigas. Ya nadie repara la grieta del dique, está resuelta a todo: chantajear al joven que tiene delante que vigila la biblioteca y la impide mirar su móvil durante un rato, va a simular encontrarse enferma, retorcer la propia mentira, cualquier invención con tal de librarse de aquel asqueroso ambiente de estudio y libros. No cabe en su cabeza perder cuarenta minutos allí dentro. Iciar no esperaba un asalto como el que se produjo en respuesta a su carcajada pícara. La bofetada propinada había sido desterrada desde hace tiempo del pensamiento de los alumnos; y cuando la cólera sustituyó a la carcajada, solo hubo más bofetadas, milimétricamente cadenciosas, quemando su epidermis en un experimento de laboratorio humano. ¿Quién se atrevía a sonreírla después de abofetearla en público? Quiere alguna explicación, que alguien venga gritando por comportarse como si estuviera al margen del peor crimen consumado, ve esa mirada por encima de su hombro y que se sienta plácidamente. «Ahora siéntate en silencio y no hagas nada, si no quieres un libro». No quiere perder más tiempo con ella, eso es lo que le parece a Iciar, o a cualquiera que observe los acontecimientos, los cuales se han extendido por el instituto como si una bomba hubiese hecho explosión en la biblioteca, matando a toda una clase. «¡Han abofeteado a un alumno! ¿Quién pudo ser? ¿Un profesor?». El personal rebulle en todas las estancias, en los pasillos se forman corros, la gente pregunta. Enseguida se forman bandos a favor y en contra. El castigador queda convertido en un estigma para unos, en héroe necesario para muchos, gritan más los legalistas: «¡Acaso nadie va hacer nada! ¡Hay que preparar un patíbulo en el patio y colgarle! ¡No, quemarle vivo delante de los padres que no toleran semejantes atropellos con sus hijos!». El villano sigue tranquilamente sentado en la biblioteca sin conmoverse. La jerarquía decide tomar las riendas de la situación. «¡La dirección! La dirección que cobra sus generosos complementos». Jefes de estudio y director aprueban la primera medida, pedir explicaciones, las cuales no serán satisfactorias (nadie puede pegar a un alumno), aunque el procedimiento debe alejarse del usual al no tratarse de un profesor. Se improvisará, dice el apocado director miedoso de los inspectores de centro, o cuando es presionado por la corporación profesoral o la asociación de padres del instituto, cumplir la legalidad a tiempo, de eso se trata, que lo parezca desde fuera, decide ir a ver las medidas del ataúd del joven que se ha atrevido a pegar a una alumna; el director ha entrado ya en la biblioteca.

Se sitúa a cuatro pasos del joven culpable, el ahora primer protagonista de esta historia. «¿Has pegado a una alumna?», le pregunta. «¿Acaso hubiese pegado a alguien estando seguro que no lo merecía?», es contestado. «¡Cómo se le ocurre pegar a un alumno!», grita el director, «la ley lo prohíbe desde…». «La ley…», repite el muchacho. «La ley del sonido dice que cuando un transmisor emite un mensaje, este llega al receptor que dentro de su campo de percepción sonora puede descifrarlo, esa chica lo descifró, pero actuaba igual que si no recibiese los mensajes. La ley dice que es peligroso si se dejan receptores en mal funcionamiento a lo largo de una cadena. Se provoca, pasado el tiempo, dejar de recibir información de cualquier clase en la cadena de transmisión, provocando problemas mayores a todo el grupo que las necesita. Ya sea riéndose de todos los receptores o actuando por maldad saboteando la red». «¿Quién es usted para hablar así?». «Aconsejo. ¿Quiere sacar algún libro señor director? Puedo sugerirle uno para ayudarle a despejar los malos humores de sus pensamientos». El director se pregunta quién ha sido el responsable que ha puesto a ese muchacho en la biblioteca. «¿Quién le manda? ¿Por qué habla así? Y sobre todo, ¿por qué vuelve a sus quehaceres sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos?».

Mira inquisitivamente al extraño sujeto repantingado en su silla con un libro sobre la rodilla. Abandona al final la estancia más perplejo que enfurecido. Los adeptos al extraño personaje crecen en las inmediaciones igual que ocurre cuando un equipo mete el primer gol o se gana el primer combate de boxeo; ha fallado el golpe de fuerza y los legalistas se recluyen inofensivamente. Todos han sufrido los caprichos de Iciar alguna vez, por tanto, ahora nadie sale en su defensa con suficiente fuerza, ella misma ha quemado en el pasado sus puentes con profesores y personal del instituto liberales en cuanto a la disciplina. En el despacho del director comienza a pesar más el ambiente que los hechos, el punto determinante es conocer que Iciar no ha hecho nada, no sale de su perplejidad. Decide —y esta es la derivación más importante— que no dará publicidad en su hogar del hecho. Su estado de ánimo no le permite montar esa defensa dañina. El joven aprendiz de bibliotecario utilizó toda la fuerza sin muchas explicaciones, sin remilgos, bloqueando su entendimiento, lo que produce que sus actos se parezcan a la situación de alguien preparándose lentamente para despedirse ante varias personas y no sabe el instante adecuado de hacerlo.

Además, ¿contra quién dirigir la responsabilidad? Pasado el nerviosismo, el director pidió el expediente del enigmático muchacho; únicamente encontró referencias vagas a su pasado educativo, nada concreto que explicase su comportamiento. Una nota extraña para el canon de expediente funcionarial al que la administración acostumbra, daba mayor oscuridad al caso. La autora de la nota era la maniática bibliotecaria, la cual dejó constancia de un hecho irrelevante.

El tercer día de estancia en su puesto en el instituto, el voluntario catalogó un nuevo libro de su propiedad, que regaló a la biblioteca, titulado El maestro pasará por un loco. El director inmediatamente pensó, o no quiso pensarlo, ciertamente porque era un hombre que se atolondraba en la metafísica (y por ello aplaudió cuando eliminaron las clases de filosofía y pusieron la asignatura de digitalización), que prefería apelar a sus conocimientos científicos en casos tales. Hizo lo mismo cuando semanas después se dejó de ver (nadie sabe qué semana concreta podía datarse como la decisiva para decirlo) al muchacho impertérrito. Posiblemente un día antes de que Iciar entrase, después del incidente en la biblioteca, a recoger un paquete no académico que le habían indicado aguardaba a su nombre. No saquemos de precipitadas pistas conclusiones fantásticas acerca de lo que no sabemos. Hay unos hechos literarios ordenados que nos dicen lo que hay, otra serie de adjetivos junto a los hechos nos llevarían a lo que preferimos ver nosotros, en vez de aceptar la historia. Únicamente debemos acabar este relato, el cual ha ido saltando charcos que a muchos no les gustan: se había ido por los mismos cauces que apareció, si pensamos igual que el director, al realizar sus funciones y cumplir la legalidad en la forma parcial que propaga la injusticia, cabe la posibilidad de añadir secamente que la misión no tenía por qué prolongarse más. 

El sarcófago de los reyes II


Clic aquí para leer «El sarcófago de los reyes I»

«Rosycross-Tetragrammaton», CC0

—¿Qué es ese objeto? —preguntó el Alquimista del mar, intrigado al ver el anj que le mostraba su padre.

—Es la llave de la Aldea de los exiliados, la única pista de su paradero actual —respondió el Alquimista marino.

El Alquimista marino decidió pedir la ayuda de su hijo para llegar a un lugar al que llamaba la Aldea de los exiliados. Le contó mucho sobre su pasado, como el hecho de que pertenecía a una especie de orden secreta conocida como La sagrada orden de la rosa y la cruz. Dijo que era una organización que reaparecía cada vez que la humanidad corría el riesgo de perder su más valioso tesoro, su conocimiento.

A raíz del retraso tecnológico provocado por la Guerra de las lanzas y las lancetas, y la eventual opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían, la orden rosacruz empezó a reclutar y entrenar un ejército de trescientos alquimistas que fueron conocidos como los Caballeros rosacruces. Estos caballeros sacrificaron sus vidas para eliminar la amenaza de los Señores de la guerra y permitir el progreso de la raza humana luego del terrible conflicto.

El Alquimista marino le contó, además, que era el último de los Caballeros rosacruces y que fue formalmente entrenado por los Ancianos de la orden para cumplir, entre otras misiones, la erradicación de toda manifestación de vudú. Por lo que en algún momento de su juventud sintió la presencia de una tribu que vivía en una aldea itinerante en la selva amazónica. La aldea fue construida usando mahou, por lo que cada cierto tiempo se trasladaba automáticamente a otro sitio de la selva para que sus habitantes no pudieran ser encontrados con facilidad.

Pese al sistema de protección de la aldea, las capacidades perceptivas del Alquimista marino y su trabajo de investigación le permitieron infiltrarse en la aldea para buscar la fuente de la sed de sangre que sentía en ese lugar. Para su asombro, dentro de esa pequeña civilización se practicaba el vudú de manera ceremonial, usando como ingredientes los cuerpos y las vidas de los condenados a muerte o de aquellos que se ofrecían voluntariamente para los rituales. El Alquimista marino se presentó ante el rey de la aldea y le manifestó que estaba allí para destruirlos por mandato de La sagrada orden de la rosa y la cruz.

El rey se sorprendió por la sinceridad del joven alquimista y le preguntó por qué no había empezado a cumplir su misión. Para asombro del rey, el alquimista empezó a hacerle muchas preguntas sobre su historia y sus costumbres. Aprendió mucho sobre el funcionamiento del vudú y del mahou durante las horas que pasó charlando a puerta cerrada con el rey. Luego, llegó a la conclusión de que la aldea no representaba peligro alguno y que el vudú que allí se practicaba no lastimaba inocentes. Pese a ello, el Alquimista marino se debía a los caballeros rosacruces, por lo que dejar a los aldeanos con vida sería considerado como alta traición.

Durante otra conversación de varias horas con el rey de la aldea, se ideó el plan de congregar a todos los practicantes de vudú para ordenarles ir de casa en casa para hacer una réplica inerte de cada habitante. Luego, usando el mismo conjuro de mahou con el que originalmente construyeron la aldea, crearon una réplica de esta y colocaron las copias inertes allí. El Alquimista marino utilizó sus técnicas del alquimia para causar daños en la aldea y en los cuerpos replicados. Luego, redactó un informe y se presentó ante los Ancianos de la orden para mostrar la evidencia falseada del cumplimiento de su misión. Este acto pasó desapercibido para los ancianos y le consiguió al Alquimista marino un favor de la realeza que, en palabras del mismo rey, podría reclamar cuando deseara usando la llave que se le otorgó y que ocultó dentro de su piedra filosofal.

***

Luego de que su padre le contara a detalle todo lo que sabía, el Alquimista del mar le preguntó qué favor le pediría a la realeza.

—¡Voy a pedir la restauración de mi cuerpo! ¡Por eso necesito tu ayuda para llegar hasta allí! —gritó efusivamente el Alquimista marino, que no conocía la delicadeza de pedir un favor.

—¿En serio pueden curarte en esa aldea? —inquirió el Alquimista del mar, ocultando el asombro de ver a su padre pidiendo ayuda, y ocultando aún más el conflicto que le provocaba contemplar la idea de poder ayudarlo en una de las mismas misiones que alguna vez lo alejaron de él.

—Sí, cuando conversé aquel día con el rey, me contó todo sobre sus costumbres y ceremonias. Supongo que, en el fondo, creía que iba a morir de todas formas —dijo el Alquimista marino, riendo tras recordar.

Era la primera vez que el Alquimista del mar veía a su padre reír.

—Aún no contestas mi pregunta, muchacho —dijo el Alquimista marino.

—¡Me llamo Thomas! —el Alquimista del mar fingió enfado—. Y sí, iré contigo. Ahora te debo otro entrenamiento, y detesto la idea de deberte algo.

No necesitaba decirlo, pero el Alquimista del mar había entendido, por fin, el lenguaje de rudeza con el que su padre fue educado y entendió que sus actos dirían más que sus palabras; por lo que solo preguntó una cosa.

—¿Para qué me necesitarías? Aun en muletas eres más hábil con la alquimia que yo —protestó el Alquimista del mar.

—He ganado demasiados enemigos a lo largo de la vida. Las Diez plagas también me están buscando —respondió el Alquimista marino—. Digamos que estoy en simple desventaja numérica.

Ambos alquimistas rieron levemente y empezaron a prepararse para el viaje.

Clic aquí para leer «El sarcófago de los reyes III»

El sarcófago de los reyes I


«Brown wooden ankh on brown surface», CC0

El Alquimista del mar siguió cargando la piedra de su padre hasta que, luego de casi un año, esta pudo finalizar las reparaciones de emergencia que le permitieron al Alquimista marino sobrevivir en el exterior sin respirador y sin el soporte médico de la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

El proceso de cargar la piedra era bastante exigente para el cuerpo del Alquimista del mar, que pudo mantenerse sano gracias a su entrenamiento y a que siempre tenía ánima de reserva acumulada en su piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Pese a esto, para él fue un gran alivio detener el proceso de carga.

Luego de que La concha marina enviara una instrucción clara al Alquimista de mar, este detuvo el proceso de carga y, horas más tarde, el Alquimista marino volvió al exterior. El Alquimista del mar quedó en shock al ver el estado en el que se encontraba su padre. Pero, inmediatamente, se preocupó al comprender lo realmente importante.

—¿Quién te hizo esto, viejo? —preguntó su hijo, sin preocuparse por el protocolo.

El Alquimista marino, ciego de un ojo, en silla de ruedas, con quemaduras internas y una cicatriz que indicaba la pérdida de su pulmón derecho, respondió sin titubear.

—Una practicante de vudú conocida como Jorōgumo. Me paralizó con una técnica y me apuñaló con cuatro cuchillas que no alcancé a ver. Eran invisibles de alguna manera.

—¿Invisibles? ¿Pero no las pudiste sentir? —preguntó con asombro el Alquimista del mar.

—No, solo pude sentir la sed de sangre impregnada en algo que no podía verse. Pero estas son heridas de katana, estoy seguro —respondió el Alquimista marino.

Al Alquimista del mar le costaba creer que existiera un practicante de vudú lo suficientemente hábil como para dejar a su padre en ese estado. Se había topado con algunos a lo largo de su vida, pero nunca sintió que representaran un riesgo tan grande.

—¿Cómo era ella? —preguntó intrigado.

—Ya habíamos peleado antes, la derroté y la mutilé con una de mis técnicas de espada hace algunos años. Pero volvió con una extraña apariencia. Tenía un brazo de araña en lugar del que le corté y un parche con una piedra negra.

—¿Algo así como una piedra filosofal que amplifica la sed de sangre?

—Su funcionamiento no se parece en lo absoluto, intenté robarle una de esas piedras negras en nuestra primera pelea pero logró escapar con ella. Cuando volvió, ya tenía cinco en su poder. Una en su ojo y dos en cada costado. Pero, en esencia, es como dices, de alguna manera su sed de sangre aumenta mucho por cada una de ellas.

Ambos alquimistas callaron por un instante. Pero el Alquimista marino rompió el hielo diciéndole a su hijo que si deseaba ver todo con detalle, podría acceder a las grabaciones de vigilancia de La concha marina. El Alquimista del mar prefirió tomarle la palabra antes que continuar con aquel silencio incómodo. Luego de ver las grabaciones de las peleas de su padre contra Jorōgumo, entendió por qué terminó en esas condiciones y tuvo miedo de que alguien tan peligroso como ella estuviera suelta.

***

Cada noche, el Alquimista del mar realizaba sesiones de curación utilizando la energía que estaba estudiando y que almacenaba en su piedra filosofal.

—¿Qué es ese Splendor solis que usas? —preguntó el Alquimista marino.

—Es la energía más pura que puede tomarse del sol, el Ignis-Aqua del que hablan las leyendas. Es la energía solar que puede acumularse en agua de mar previamente infundida con ánima, para luego ser acumulada dentro de La perla negra.

—Brillante, has hecho una buena investigación, muchacho —dijo el Alquimista marino, sin percatarse de que era el primer cumplido que le daba a su hijo.

—¡Me llamo Thomas! —gritó el Alquimista del mar, fingiendo enfado para esconder la conflictiva alegría que despertó la primera señal de aprobación paterna que recibía en su vida.

***

El Alquimista marino conocía técnicas de sanación por medio de la canalización de ánima mundi a través de su cuerpo. Pero, debido al difícil manejo de dicha energía, la sanación de su cuerpo tomó mucho tiempo.

Pasó un año en silla de ruedas, tiempo que aprovechó para entrenar a su hijo para una posible pelea contra algún practicante de vudú que usara esas extrañas piedras negras. Entre dichas enseñanzas estaba una mejor percepción de la sed de sangre, información sobre el funcionamiento del vudú y datos valiosos que le permitieron mejorar la Perla negra.

Además, recibió un entrenamiento especial con el que el Alquimista marino le enseñó a incorporar el Splendor Solis en su estilo de combate por medio de dividir La perla negra en cuatro tatuajes, uno para cada mano y pie. Los tatuajes podían formar runas que cambiaban a voluntad y permitieron al Alquimista del mar perfeccionar su estilo de pelea para infundir hielo y fuego en sus puños y patadas.

Las runas en sus pies también le permitían canalizar su aura y el Splendor solis en sus piernas para moverse a grandes velocidades y saltar en el aire como si fuera capaz de patearlo para darse impulso adicional.

***

Luego de aquel año de entrenamiento, el Alquimista marino completó su proceso de reparación corporal y quedó en el mejor estado físico que le permitió su técnica de sanación. Fue capaz de ponerse de pie con ayuda de muletas, aún sentía dolor por las heridas internas y no logró reparar su ojo. Pese a ello, aún podía manejar la alquimia para potenciar su cuerpo y se concentró en incorporar más técnicas de emanación de energía al que sería su nuevo estilo de combate adaptado a sus limitaciones.

Incluso con sus secuelas, el Alquimista marino seguía siendo más hábil y experimentado que su hijo, por lo que siguió entrenando las habilidades de lucha del Alquimista del mar mientras usaba esos combates como rehabilitación para su cuerpo y manejo del aura. Le tomó otro año al Alquimista Marino recuperar suficiente salud como para dejar las muletas.

Cuando alcanzó una condición física aceptable, decidió que era tiempo de emprender su siguiente viaje. El Alquimista marino sacó un extraño objeto que estaba dentro de su piedra filosofal y le empezó a contar a su hijo la historia de un lugar conocido como La aldea de los exiliados.

Psicoscopía


Cierto día, un hombre se encontró un extraño objeto mientras volvía del trabajo. Al acercarse a él, se percató de tres cosas: que era un reloj, que en él se reflejaba el cielo y que no tenía manecillas. Esto extrañó mucho al hombre que, pese al mal presentimiento que tenía, se acercó a recoger el reloj. En cuanto lo tocó, sintió que una fuerte corriente eléctrica lo recorría. A la dolorosa sensación le acompañaban fuertes visiones de muchas personas con el mismo reloj en sus manos, en diferentes lugares y épocas diciendo todos la misma frase: «dentro de cada objeto se oculta el #ReversoDelTiempo». Luego de aquella intensa experiencia se desmayó y fue encontrado por sus familiares a unas cuantas calles de su casa.

Tres días después, despertó. Se dio cuenta que, al tocar la cama con sus manos, venían visiones a su mente de todas las personas que habían estado en contacto con ella. Descubrió allí que su esposa lo engañaba con el profesor de música de su hija. Consternado, fue a la habitación de su hija y tocó su mochila. Las visiones provenientes de la mochila le permitieron saber que ella planeaba suicidarse lanzándose de un risco ese mismo día. Preocupado, y sin decirle nada a nadie, se dirigió hacia el risco para buscar a su hija. No conocía el lugar exacto, pero cada cierto tiempo se agachaba para tocar el suelo y así saber, gracias a las visiones, quién había caminado por ese sendero. Finalmente, perdió el rastro de su hija.

Entre la maleza encontró la colilla de un cigarrillo y la tocó. Su hija, antes de lanzarse, se fumó ese cigarrillo y pensó en todo aquello que la atormentaba; por lo que dichos pensamientos quedaron impregnados en él. Cuando el hombre terminó de examinar el cigarrillo, comprendió los motivos de su hija y se lanzó del risco también. La familia reportó ambas desapariciones la misma semana, pero no encontraron los cuerpos sino hasta después de seis meses.

El eterno retorno


La Historia no tiene final.
Ilya Prigogine

El profesor Juan Machín salió pensativo del armatoste humeante, tomó un libro de cuentos y se arrellanó en su sillón, mientras lo hojeaba. Machín reflexionaba acerca del tiempo, preguntándose como San Agustín, «¿Qué es el tiempo? ¿Quién puede explicarlo fácil y brevemente?».

El problema del tiempo siempre había preocupado e intrigado al profesor Juan. En su niñez, por ejemplo, quedó profundamente impresionado con la novela The Time Machine, de Wells. De adolescente se la pasaba estudiando la teoría de la relatividad y a Samuel Alexander; leyendo a Kant y admirando a Borges. Estudió la carrera de físico y su tesis versó ineluctablemente sobre el tiempo. Escribió un libro que alcanzó fama mundial: Prolegómenos del estudio analítico del tiempo.

Después, se dedicó por completo a la construcción de una máquina para viajar en el tiempo. El profesor Machín había leído un cuento, El eterno retorno (precisamente en el libro El Amor, la Muerte y el Caos. Ecuaciones de lo imposible, que estaba hojeando en ese momento), que le hizo caer en la cuenta de que el núcleo del problema residía en la existencia de una, por así decirlo, flecha temporal. En otras palabras, en el hecho empírico de que el tiempo solo parece seguir una dirección: del pasado hacia el futuro; es irreversible y no existe simetría entre el ayer, el hoy y el mañana, entre lo que es, lo que fue y lo que será, como tampoco hay simetría entre derecha e izquierda (a fin de cuentas tenía razón Kant, según demostró el experimento de Chen Ning Yang) y como probablemente no existe simetría, según postuló Alfvén, entre materia y antimateria.  Las simetrías son marcos de referencia que la mente le impone a la realidad, por ello le son tan queridas al ser humano (por eso, también, unos ojos simétricos como los de Cristina son tan bellos) y las busca por doquier. Sin embargo, el universo no se somete a los marcos caprichosos que el hombre intenta ajustarle y siempre los supera y los hace añicos. Ya Bergson había demostrado que la mente es incapaz de entender a la vida y, por lo tanto, al tiempo.

En el cuento El eterno retorno, el profesor Juan había encontrado, no obstante, la posibilidad de que, a fin de cuentas, sí existiera simetría temporal; pues en el cuento se argüía que el tiempo no puede dar marcha atrás debido a ciertas características de las ecuaciones de transformación que Einstein aplicó en su teoría especial de la relatividad. Esas características contradicen nuestra lógica, si consideramos la posibilidad de invertir el curso del río, de Heráclito. Pero, razonó el profesor Machín, toda la teoría de la relatividad (y la mecánica cuántica) contradice nuestra lógica. Por eso, el profesor construyó un aparato, no para viajar al futuro (según la relatividad especial, el único viaje posible), sino al pasado.

Tardó cuarenta años en concluir su obra, a pesar de que la idea era simple: con espejos y antimateria lograr una violación del teorema CTP y, con la ruptura consiguiente de simetría entre el pretérito y el porvenir, buscar en los procesos bioquímicos una alteración de la entropía del sistema, haciéndola negativa. Estaba seguro de que funcionaría; decidió probarla al fin. Dejó el libro a un lado y programó la máquina para viajar a unos diez minutos atrás (la máquina necesitaba grandes cantidades de energía y por ello debía probar con un lapso muy pequeño), y se acomodó en el interior del artefacto. Dio vuelta a la perilla de encendido y los reactores comenzaron a funcionar, se produjo la antimateria necesaria. La violación de la segunda ley de la termodinámica se logró perfectamente. El profesor Juan Machín salió pensativo del armatoste humeante, tomó un libro de cuentos y se arrellanó en su sillón mientras lo hojeaba. Machín reflexionaba acerca del tiempo, preguntándose como san Agustín, «¿Qué es el tiempo? ¿Quién puede explicarlo fácil y brevemente?».

El festín de los escondidos


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«Wasp nest sculpture», (CC0).

Cierto día, un objeto enorme empezó a orbitar alrededor de la Tierra. Aquel objeto parecía ser una gigantesca nave en forma de insecto. Sin embargo, no se trataba de una embarcación sino de una gran entidad extraterrestre conocida como La Reina, un ser insectoide de casi tres mil kilómetros de largo adaptado al vacío del espacio y capaz de viajar grandes distancias albergando a millones de seres en su interior.

***

—Rachel, Rachel —dijo la apurada y asustada madre—. ¿Me escuchas? Debemos huir al búnker.

La niña estaba muy perturbada por lo que acababa de ocurrir. A lo lejos se podía ver como, desde adentro de un insecto gigante, brotaban millones de otros insectos de casi tres metros de altura. Los noticieros reportaban eventos similares en prácticamente todos los lugares poblados del planeta.

***

Aquella raza extraterrestre estaba repitiendo en La Tierra el mismo proceso de cada invasión. Cuando La reina detectaba un planeta con alta concentración de seres vivos, se colocaba en órbita durante algunos días analizando el terreno. Para ello, usaba manifestaciones del espectro electromagnético. Una vez estudiado el objetivo, La reina lanzaba hacia la superficie cierta cantidad de insectos más pequeños. Estos insectos, conocidos como Los zánganos, medían casi cien kilómetros de largo. Cada uno de Los zánganos tenía asignada una zona poblada para despojarla de toda la materia orgánica posible.

Para la tarea de recolección estaban Las obreras, que se dedicaban a transportar a su destino a cuanto ser vivo se cruzara en su camino. Una vez terminada la recolección, Las obreras vuelven a cada uno de Los zánganos y estos abandonan el planeta para volver al cuerpo de La Reina. Esta se mantiene orbitando el planeta mientras Las obreras organizan y colocan preservantes a toda la materia orgánica recolectada para alimentar al enjambre que vive en su interior. Durante ese proceso, La reina continúa escaneando el planeta hasta determinar el momento preciso para recompensar a Las obreras con algo que, traducido a lengua humana, sería como El festín de los escondidos.

***

—Rachel, ¡presta atención! —La madre acarició la cabeza de la asustada niña hasta calmarla—. Eso, ¡muy bien! Vamos, repite lo que dijo mamá.

—No debo salir ni abrir la puerta hasta que oiga que me llamas desde afuera —repitió la niña entre sollozos.

—Eso, nena, ¡muy bien! ¿Qué más? —respondió la madre, aliviada de haber retomado el control de la situación.

—No le voy a abrir a nadie que no seas tú—respondió la niña, ya resignada a quedarse sola por casi doce horas como cada vez que su madre salía.

—Eso, nena, muy bien. No olvides nuestra clave secreta. Yo ya regreso, iré por comida.

 ***

El festín de los escondidos es una celebración diseñada para satisfacer los deseos primarios de Las obreras, que tienen prohibido comer porción alguna del material recolectado. La reina, usando las mismas manifestaciones del espectro electromagnético, altera las ondas cerebrales de los seres que, manteniéndose ocultos, lograron sobrevivir al proceso de recolección. Las ondas de La reina  se manifiestan como alucinaciones muy significativas para el que las sufre. Tienen como objetivo hacer que el individuo afectado salga de su escondite para ser devorado por Las obreras que, en un incontrolable frenesí asesino, devoran violentamente todo aquello que se encuentre en su camino.

***

—Nena, nena. Ábreme, ya regresé.

—¿Eres tú, mami? Dime la clave —pregunta la niña, aún llorando por el encierro y la soledad.

—Sí, bebé. Soy yo. La clave es postre.

La niña, creyendo oír la voz de su madre pronunciando la clave secreta, abrió la puerta. Las obreras entraron y murió devorada por ellas.