Yo confieso


Confieso que rompí el jarrón de cerámica que te había regalado tu hermano cuando volvió de Grecia, ese que estaba en la cómoda tan coqueta que había en la esquina del pasillo de la casa de San Fernando, ¿te acuerdas, madre? Sin querer lo hice, corriendo alocado con mis seis años, o quizá fueran siete, detrás de una pelota que no dejaba de botar y rodar, con la vista puesta en ella y en nada más que en ella, como un burro con anteojeras, y la cabeza gacha con la que embestí aquella pata elegante aunque un poco coja, sea dicho en mi descargo, que hizo tambalearse al mueble y bailar al jarrón sobre la superficie de madera bien barnizada antes de caer y hacerse añicos contra el suelo. Fui yo, madre, por más que lo negase entonces, negación absurda que de nada me sirvió, pero que mantuve tozudamente mientras recibía unos cuantos azotes y reprimendas.

Lo confieso ahora porque no está mal hacer, de vez en cuando, examen de conciencia, como nos recomendaba don Mateo, el sacerdote contrahecho del colegio de La Salle, aunque sin tantas formalidades ni ceremonias, y también porque ahora me duele más que entonces, no los azotes que recibí, sino el recuerdo de la tristeza que mostraste mientras recogías los pedazos rotos con tus dedos que empezaban a revelar síntomas de la artrosis que hoy te devora, y los colocabas amorosamente en la concavidad de la falda, allí agachada, moviendo la cabeza porque no, no tenía remedio el desaguisado, y dejando escapar una lagrimita furtiva, tan pequeña y contenida que se secó antes de llegar al mentón. Y aquel recuerdo me ha asaltado con la nitidez de lo tangible y la contundencia de una pedrada, y por eso ahora soy yo quien deja escapar una lágrima pesada y torpe que atraviesa el pómulo y discurre bajo la barba casi gris de mi mejilla antes de volar y caer en el polvo del paseo, dejando en él una marca dentada y cóncava como una chapa.

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No lo hagas


M.A.A.M.:

Hola. Bueno, creo que es la primera carta que te escribo, así que no sabía como empezarla. Supongo que un “hola” rompe el estereotipo. En realidad, dudé mucho en escribirte. Sí, me imagino diciéndote: “Ya pasaron 10 años, así que podríamos decir que 10 años es mucho”.

¿Te acordas cuándo nuestras familias iban juntas a la playa? Cómo olvidar aquel tour por Brasil en el que secuestramos a Manuelita, la tortuga de peluche de tu hermana. Nunca vi a alguien enojarse tanto por el secuestro de un peluche. Y eso que ni siquiera pagó la recompensa. ¡Qué tiempos aquellos!

Ya no somos esos niños de antes, ¿verdad? Es decir, quizás los tengamos encerrados en algún rincón de nuestras almas pero ya no es lo mismo. ¿Te acordás de esa noche en el balcón de mi casa donde te pedí que fueras mi novia, sin siquiera proponértelo con el cliché de las palabras? Es que no hay palabras que sustituyan el gesto de una mirada sincera.

Cada tanto suelo abrir aquel baúl de la memoria. Son tan lindos los recuerdos. No sé en qué momento me volví algo romanticón; no va tanto conmigo ¿verdad? Puedo escuchar esa carcajada. Lo cierto es que cada uno hizo, de alguna manera, su vida. Y acá estoy yo, escribiendo una carta; y allí estás vos, leyéndola. Si es que llegó a tiempo.

Sé que es algo egoísta y extremadamente interesado de mi parte hacerte un pedido a estas alturas de las circunstancias. Y no tengo absolutamente ninguna excusa para ello. Miro tu foto, mientras sigo escribiendo. Veo dos cosas que siempre me gustaron: esa cicatriz en la frente que, dicho sea de paso, nunca logro recordar del todo la historia de esa obra de arte que alguna superficie dura se encargó de ponerla en tu rostro; y ese hoyuelo que culmina tu sonrisa en el lado derecho de tus mejillas. Son tu marca registrada, tu esencia. Y me encanta.

Nunca te conté que cuando le hablo a las personas de vos, a aquellos amigos que forman parte de mi primer círculo, les cuento que fuiste mi primer amor. ¿Será cierto eso de que el primer amor nunca se olvida? Bah, no sé.

Tampoco sé de donde florecen tantos sentimientos ahora. Sí, ahora. Probablemente fue luego de enterarme de lo tuyo. Digo “lo tuyo” porque no me siento cómodo recordándome a cada segundo el hecho de que tan rápido se irán todas las chances de haber cambiado la historia de estas letras. Es irónico, ¿no? Cómo el corazón puede estar en reposo tanto tiempo hasta que algo hace clic, así de la nada. Casi sin esfuerzo. El mío hizo clic, muy tarde.

En fin, no soy un escritor, así que no creo que sea tan entretenido leer lo que yo pueda escribirte. Lo mío siempre fue el fútbol. Aunque, de a poco, le estoy agarrando el gusto a este mundo de las letras.

Antes de hacerte el pedido, quiero poder traficarlo mejor con un recuerdo de mi abuela. Ella es enfermera y siempre llegaba a casa con vacunas para todos sus nietos, cuando el calendario marcaba las fechas para las dosis. Sin preguntármelo, me mandaba ir al baño y estar tranquilo. Abría la puerta, me pedía que le mostrara las nalgas, le sacaba las capuchas a las jeringas, verificaba la dosis, y así, sin anestesias para el dolor repentino, me las inyectaba, en dos nanosegundos. “Listo”, solía decir. Ahí era cuando el ritual terminaba.

Es por eso que, sin anestesias, quiero pedirte esto:

Por favor, no te cases. No lo hagas.

R.A.A.M.