Respira, respira…


Dejo caer todo:

mi cabeza,

mis hombros,

mi pecho.

Entrelazo mis dedos

y acaricio el cielo.

No abro los ojos.

Nunca abro los ojos.

Me dejo caer…

Me entierro en el suelo.

Soy una muñeca de trapo.

Me pesa todo.

No abro los ojos.

Nunca los abro.

Siempre duermo.

Y me mandan,

me sugieren,

que mis párpados se abran;

y salgo

con las lágrimas quemándome en el alma.

Y ando como si me hubiese quitado de encima

la parte de muñeco de trapo

que creo que era lo mejor de mí,

la mejor parte de mí,

al menos,

para el resto.

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Realidad empañada


 

—¡De verdad! ¡Yo no lo quería hacer! ¡Yo, yo, no no no no que-quería hacerlo! Yo no quería…

»Solo necesitaba que me dejaran en paz. ¡No paraban de decirme lo que tenía que hacer! ¡Estaba harto! ¡Harto!

»Y tuve que hacerlo… Os lo juro que no me quedó otra opción… No quería, no quería quitarlas de en medio. ¡Jamás les hubiera hecho daño como ellas me lo estaban haciendo a mí en vida!, pero tuve que matarlas una por una, una por una.

»Todas fueron mías. Vivían conmigo. No podía. No puedo. Lo siento. Lo siento mucho…

»Yo, yo estaba harto de sus consejos, de sus locuras, de sus idas y venidas. ¡Esas putas!

»La primera de ellas murió tan pronto…, que aún ahora me sorprendo, ¿sabe? Había sido tan mía…, tan querida…, que no sabía que podría deshacerme de ella tan fácilmente. Me hacía sentir que estaba vivo. Con ella a mi lado me sentía el rey del mundo. Era capaz de cualquier cosa, ¡cualquier cosa, joder! Todo era más brillante. Hablaba sin parar. Lloraba y reía sin ningún tipo de vergüenza. Salía a todas partes. Conocía a muchísimas personas. Dejaba que me enamorara de todo, de la vida, sin límites. El límite lo poníamos nosotros.

»Pero un día, ese maldito día…, me costó levantarme de la cama. Me empecé a encontrar mal. No tenía ganas de nada. La noche anterior, es verdad, me había peleado con un tipo por un resultado de un partido que ya no me acuerdo cuál fue.

»Sabía que se estaba alejando de mí. Lo notaba. Era como si me estuvieran arrebatando a un hijo de los brazos. Y apareció su amiga, su puta e inseparable amiga, ¡a joderme más la existencia! Mi amada debió pensar que ella me ayudaría. Y se fue y se convirtió en un recuerdo doloroso de lo que yo había sido. Y me quedé con su amiga.

»Empezó a meterse en mi cama por las noches y en mis pensamientos por el día. Hasta que nos quedamos en la cama una buena temporada. Apenas comía. Apenas me aseaba. No entendía cómo no podía sentir asco. Asco de mí mismo. Me deprimía cada vez más y más. Sus consejos eran de arena. Me tenía atado de pies y manos. No le importaba nada. Solo quería que fuera su esclavo. Y en eso me convertí. En una marioneta.

»La última, la mejor de todas ellas, a la que más quise, a la que adoré, era el término medio que tanto había buscado. Me convertí en una mejor versión de mí mismo. Tranquilo, sereno, las cosas bastante claras. Una persona normal.

»Os juro que lo intenté por todos los medios, no hacerle daño… Pero descubrí que me era infiel. Ese monstruo, que conocía de sobra, que nunca me dejó quererla como se merecía. La maté porque no quería que él la tuviera. Fue la más dolorosa…

—¿Cómo se deshizo de ellas?

—Nooo, no se lo diré hasta que me dé una maldita solución ¡ya!

—Está bien. ¿Qué pasa con él? ¿Por qué le cuesta tanto deshacerse de él si es el responsable de todo lo que le pasa?

—¡¿No se han dado cuenta aún?! ¡¿Cómo tengo que decírselo, maldito zopenco?!

»¡Yo no puedo luchar contra él! ¡Lo he intentado de mil jodidas maneras diferentes! ¡Con amor, con rabia, con desprecio, con desesperación hasta rozar la muerte!

—Pruebe entonces con esto —Deslizando sobre la mesa una caja pequeña de cartón.

—¿Qué es esto…?

—Por ahora, su último recurso para dejar de ser esclavo del miedo. Quetiapina.

—Yo, yo, yo es que no puedo más con estas cosas…

—Pruebe y ya me contará en la próxima sesión. Tranquilo, esto es como el dinero: no da la felicidad, pero ayuda.

Situado


Situado en un punto álgido y extremo del amor
no lo vivo, no lo sufro, pero lo disfruto.
Situado en un lado áspero y sugestivo del instinto sexual
no lo comprendo, no lo aprecio, pero lo gozo.

Situado en la parte íntima de la efímera depresión
no la aborrezco, no la conservo, pero la siento.
Situado en la realidad agobiante de la traición,
no la distingo, no la asqueo, pero la conservo.

Situado en la conclusión flagelante que difiere
mi realidad de la tuya, digo de tu traición y mi dolor,
comprendo que fue repugnante la realidad que me hiciste vivir.

Situado entre el dolor del amor y el dolor de ser amado
y de haber amado, finalmente termino asimilando la situación entre
el placer de amar y de ahí en más avanzar al dolor por amar.

Castigos púberes


Con el abanear del campo

de amapolas

mis sentidos descansan

exaltados.

El recuerdo del caballo

recorre aún las estepas

de mis venas.

Me quedo dormido y sueño

frustraciones.

Yo solo quería jugar,

joder,

no sosteneros.

El último ‘selfie’


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Suicidio: Fotomontaje Edwin Colón 2016

Desde mi cama la seguí con el celular hasta el balcón del hotel. Su esbelto cuerpo se contorsionaba. Traslucía su imponente figura. Su vaporosa bata blanca se agitaba. Se pegaba a sus muslos y senos por la fuerte brisa. La vista del Morro era espectacular desde el duodécimo piso. Jamás pensé que ella estuviese tan deprimida como para saltar al vacío. Mucho menos que yo lo publicara en Facebook y decidiera hacerle compañía.

Languidez contemporánea


 

Rostros desencajados

por el monstruo agigantado

que te atrapa y te deforma

en un ser sin lógica ni norma.

 

Caras desencajadas

tocadas con mala vara.

Revoltijo de emociones

a cientos de revoluciones.

 

¿Cuántas vueltas habrás dado?

¿Con cuántas más te desfogas?

¿Andas vagando y te hallas?

¡Frena ya! Reduce tus palpitaciones.

 

P.D.:  Cuando recibí la notificación que anunciaba mi aceptación como autor de Salto al reverso me impresionó tanto que me dejó durante un rato en shock. Así que en seguida pensé que mi primera entrada tendría un impacto fuerte o, al menos, eso pretendería.

Un saludo y un placer enorme estar por aquí.

El hombre postergado


A veces me sorprendo a mí mismo tratando de imaginar otra vida posible: ensimismado, absorto en mis pensamientos, observando desde el ventanal de mi oficina oscura la lluvia que cae. Algunos elementos de ese ambiente invernal me remontan en el tiempo, unos años atrás; entonces yo era un adolescente —casi un niño— y la existencia menos pesada.

Es como si mi mente estuviese cargada de recuerdos que se niega a abandonar, y tampoco relega al olvido; recuerdos que se tornan vívidos en la memoria, durante tardes grises y días fríos de final de año. Rostros y situaciones reaparecen sin previo aviso, voces me hablan al oído entre susurros y peticiones morbosas. ¡Imposible acallarlas!

—¿Estás bien? —me pregunta mi esposa cuando llama para recordarme que hoy es lunes, y debo recoger a los niños en el colegio.

No hay respuesta, a cambio sólo recibe mi silencio. Casi puedo escuchar su respirar mecánico, contenido, representa esas ganas infinitas de decirme algo, cualquier cosa, quizá una palabra de afecto, o una diatriba que conjure mi distanciamiento de una vez por todas. Pero nada sucede. Espera unos segundos y cuelga el teléfono. También ella sabe que hay ciertas cosas a las que es mejor no referirse.

Yo mismo desconozco cuál sería mi reacción. Sería como abrir una caja de pandora y verse obligado a reconocer lo que hay adentro. Al pensarlo, no puedo dejar de sentir un terror inaudito, injustificado; experimento una conmoción terrible cuando algo similar me sucede. Ya sabes: el pánico te acelera las pulsaciones, el sudor recorre por tu cuerpo helado y los escalofríos no te permiten el control de los movimientos de sentidos y músculos.

Después está ese olor nauseabundo. No sé de dónde proviene, cuál es el origen. “¿Qué olor, papi? Nosotros no olemos nada”. Puedo ver la mirada risueña, juguetona, en los ojos de mis hijos. Una afrenta infantil, una burla inocente que, aunque carente de malicia, me resulta cruel y dolorosa.

En el fondo, siempre ha sido así. Lo comprendí desde aquella vez, cuando tenía dieciséis años y traté de contárselo a Joel, mi mejor amigo. “Eres raro. Mejor nos damos prisa y alcanzamos a los demás”. Sí, es posible que Joel tuviera razón. ¿Acaso la vida se reproduce a sí misma a través de una postergación constante? ¿Vivir significa una interrupción prolongada de verdades absurdas?

Las palabras nos convierten en seres vulnerables. Las palabras hieren y lastiman a aquéllos incapaces de comunicarse, y entrar en contacto con el mundo de los otros. La ruptura es cada vez más visible, la separación un abismo entre yoes que conviven sin jamás conocerse.

No sé qué ocurre en mi interior, no logro descifrar el significado de mis miedos e inquietudes. Entre tanto, el semáforo ha cambiado de color, así que tomo la calle 25 y mi coche se pierde en la bruma que cobija la ciudad.