Experta en decir adiós


Aprendiste a decirme adiós antes de que esta palabra cupiera en tu boca.
  
Me lo dijeron antes tus manos,

cuerdas rotas en tu regazo.
  
Me lo contó tu silencio:

había tres grietas en el techo,

también una baldosa rota por un costado,

en el suelo, tus bambas manchadas de barro,

nueve, o quizás diez,  libros sobre la cómoda;

tres manchas de café en la funda del sofá desvencijado,

sobre la silla, mi abrigo reposaba, esperando,

en la cama, una sábana sin arrugas,

también conté dos mosquitos aplastados,

sórdidos;

y a cada segundo, dos pestañeos

insulsos

en tus ojos extraños;

qué más puede hacerse entre tanto silencio.
  
Aprendí a adivinar tu adiós

como un zahorí encuentra agua en el fondo de la tierra;

solo que yo no quería,

no quería encontrarla

ni beberla

ni mirarla.
  
Al final, para ayudarte

—más de cien quilos de sal pesa tu silencio—;

cargué tu adiós,

y te lo dije yo.
  
Mayca Soto. El gris de los colores.

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De regreso a la isla


aisla

Ya es hora de que regrese a la isla. Allí donde está mi vida. Donde descansan mis sueños de niña y los despojos de mis abuelos. Quiero regresar y andar por el pueblo con un traje de primavera rosa, descalza sobre la hierba. Deshojar las margaritas hasta tener la respuesta que espero. ¡Me quiere! Oler las azucenas impregnando el ambiente zarandeado por el viento del Caribe. Quiero caminar por la playa, sentir la arena fina haciéndole cosquillas a mis dedos e ir a la orilla, mojarme los pies y mirar al sol de frente, aunque me queme las retinas. Quiero llenar mis ojos de la inmensidad del mar, de ese azul inolvidable que me persigue de noche cuando estoy dormida. Mi isla, mi terruñito.

***

Yo me impuse este castigo. Yo me enredé en este karma. Yo abandoné mi cuna, la hamaca en la que me mecieron cuando apenas caminaba, los paisajes recorridos una y otra vez. Vine a esta tierra extraña que consumió los huesos de mi padre y exprimió las memorias de mi madre.

Las memorias, mis memorias…

Andaba por el Viejo San Juan jugueteando con mi mejor amiga cuando lo vimos. Apenas teníamos quince años y esperábamos el amor, sin saber qué cosa era. Él me envolvió en el misterio de lo no conocido. Y me embriagó con palabras. Y me entregué al cielo del infierno con los ojos cerrados de tanto que confié. Ya no había marcha atrás. Hay cosas que cuando se pierden no regresan jamás. La inocencia se desprendió de mí y aunque la quise rescatar no fue posible. Hasta muy tarde supe, que no solo se llevó la mía. Desfloradas quedamos las dos guardando un secreto inútil. Le quise sacar los ojos y arrancarle el corazón por robarse lo que era mío… y no era. Mi amiga —la única hermana que tuve— se fue de mí porque me negué a escuchar.

Me hundí en una profunda depresión. Poner el mar en medio parecía la mejor alternativa. No confiaba en nadie: no existía el amor, no existía la amistad. Nada era lo que parecía. Me aseguré de que no volvieran a herirme y cerré mi corazón. Me encerré en mí misma y en los estudios, hasta hacer una carrera envidiable. En el pecho llevaba una piedra incapaz de sentir. Ocupé catorce horas de mi día en el trabajo. Hablaba lo necesario, encerrada en mi cubículo. No compartía con mis colegas, no sé si hablaban de mí, no iba a sus fiestas. En la noche al apartamento: un baño, un libro y a dormir en la más absoluta soledad. La piel se me fue secando, tanto que parecía tener la misma edad que mi madre. Ella que rogaba porque algún día hallara el amor, se murió viéndome morir poco a poco. No me interesaba la ropa de moda, ni las canas que cundían mi cabeza. Yo me encontraba en compás de espera… tic tac, tic tac, tic tac… ¿Cuándo se acabaría este sin sentido? La isla vivía dentro de mí. Yo era una isla.

***

Ya es hora de que regrese a la isla. Tengo cáncer. No quiero tratamiento, ni dejar mis horas siendo un expediente en un hospital frío y solitario. Voy a vivir el tiempo que me queda haciendo las cosas que añoro. Buscaré a mi amiga y le pediré perdón. Caminaremos de nuevo por el Viejo San Juan y reiremos como antes. Pasaré horas escuchándola contarme sus historias. Me contentaré de saber que ella sí vivió.  Y al final, moriré sentada mirando el mar, oyendo el ir y venir de sus olas rompiéndose sobre las arenas.

Y ya no estaré aislada.

Imagen: Melba Gómez, San Juan de Puerto Rico, 2016

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Apocalipsis privado


Extrañas revelaciones que simbolizan el fin,

invitan a un juego matemático

donde no hay ganador.

Trompetas, ángeles y jinetes;

hasta la luna se involucra

en un anormal poema,

que habla de una concurrida fiesta

donde hay millones de invitados,

pero estamos solos tú y yo

en nuestro apocalipsis privado.

Todo se cumple como en una antigua profecía,

esa que cada uno sabía

y de la que al final no escapamos.

No hay bien, no hay mal;

solo los hechos pasados.

Promesas como sellos se rompen

dejando volar lo guardado,

nada para nadie,

hecatombe,

apocalipsis privado.

La voz de las cosas


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Foto. Pixabay. CCO Public Domain

 

Pared recién pintada

En el principio de todas las cosas
había una estantería vacía,
enmarcada en el centro
de una pared recién pintada de blanco.

Y más abajo, otra estantería colgaba
como una promesa;
suspendida en mi imaginación
aparecía repleta de libros
sobre una mecedora.

Nada ocurre como en los sueños.

 

En el armario

Un jersey descolorido y
doblado en tus tres pliegues
yace ahora en el armario;
panteón de los recuerdos;
único testimonio de que no fue un sueño.

Debería volver a pintar ese armario,
arrancar ese verde que tanto te gustaba,
quitarle a brochazos esa sonrisa burlona de: «Ya te lo dije».

Miro incrédula una gran percha:
todavía acoge con solemnidad
tu camisa, planchada a desgana hace siglos,
porque no te gustaba…,
como yo.

Y aquel tercer cajón,
que dejaste vacío y entreabierto,
contradiciendo la fuerza
de ese último portazo;
… todavía no fui capaz
de cerrarlo.

No me dijiste adiós.

El Gris de los Colores. MaycaSoto

Pues eso


El amor, el desamor y el no amor

 

Explícame la teoría del caos


Tuvo que ser el aleteo.

¡Tuvo que ser!

Convénceme,

primero,

que sabes el punto exacto

donde comenzó

ese efecto mariposa

que tiene que acabar aquí.

Y cuando lo hagas,

dime las razones

por las que aún siguen

torbellinos y huracanes

formándose en distintas zonas

y a horas intempestivas

en los límites geográficos

de este pobre mortal.

Y tras eso,

enumera,

una a una,

las sentencias

que te incriminan

como causa principal.

Basura


Te perdí,
Y como tonto te he buscado
por meses hasta debajo de las piedras…

Fui al parque, al cine, a la playa,
a la iglesia, al tribunal, al hospital,

¡Al cementerio!
Y no apareces.

¿Te ha tragado la tierra?
Eres rencorosa, vengativa,
indomable y traicionera.

Claro eso hace juego con
tus maquilladas mentiras,
con el altar de hipocresías
que erigiste una vez en mi honor.

Tienes lo que te mereces
vives con otros que son
de tu calaña
en el vertedero de la nada,
de lo artificial.

Por fin entendí
que estaba buscando
en el lugar equivocado.

Todavía respiras,
Puedo sentir tu calor,
tu inconfundible irracionalidad,
el sabor de la debilidad de espíritu,
el olor fuerte de tus dudas…

Diminuto recuerdo que
al atravesar la pasión
quedaste atrapado
entre los latidos moribundos
de mi mutilado corazón.