Centrifugando recuerdos (XXIV)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

El mediodía es una muy mala hora para pasear por Granada en pleno agosto, sobre todo en un agosto tan caluroso. El sol calcina las inconscientes cabezas que osan asomarse a sus rayos hambrientos y tuesta sin remordimiento las pieles que se atreven a retar al rey de los cielos.

Los turistas recorren las empinadas calles del Albayzín pegados a los edificios de la acera que provee de un caritativo pasillo en sombra. Son muy pocos quienes se lanzan a la aventura de adelantar por la calzada, reticentes a correr el riesgo de que, como mínimo, se les derritan las suelas de goma de las sandalias al entrar en contacto con un pavimento del que algunos de los transeúntes están seguros de que sale humo.

Para Luis, sin embargo, en este momento el calor asfixiante es la menor de sus preocupaciones. Avanza a paso rápido, Cuesta del Chapiz abajo, con una sola idea en la cabeza, inmune al ensañamiento solar que lo exprime como a una esponja. «Si me pierdo, sólo tengo que seguir el reguero de sudor que voy dejando», es la disparatada idea que se cuela en su mente monopolizada por la imagen y la voz de Sara.

Levanta la vista del suelo y la pasea en torno, en busca de alguna señal que le indique que se acerca a su destino. Se encuentra entonces con la imponente silueta de la Alhambra, inmune a los ataques del sol, que domina el escenario desde lo alto de su pedestal forrado de verde. Es imposible no quedar hipnotizado.

Luis deja escapar una bocanada de aire ardiente y reemprende la marcha. Pero enseguida vuelve a detenerse. Un hombre mayor asiste al incesante desfile humano sentado en el umbral de su casa. Apoya las manos en un bastón de madera con el que de vez en cuando da un golpecito en la acera. Al joven le llaman la atención sus ojos de un azul tan claro que casi parecen transparentes. Decide preguntarle cuánto le queda para llegar al Palacio de los Córdova.

—Disculpe…

El anciano no parece reaccionar hasta que Luis se planta a medio metro de él. Levanta entonces la cabeza y le sonríe, revelando su vieja boca mellada. Efectivamente, tanto el iris como las pupilas son de un color tan claro que Luis enseguida se da cuenta de que es ciego, y le asalta la tentación de seguir su camino. «No seas absurdo», se reprocha.

Usté dirá, maestro.

El hombre levanta el bastón unos diez centímetros del suelo y lo deja caer de nuevo. Parece ser todo un pasatiempo. Viste una camisa blanca de manga corta, pantalón largo negro y unas alpargatas de tela, que calza como si fueran chancletas, con los talones fuera.

—Busco el Palacio de los Córdova.

—Claro que sí, joven. Y bien que haces.

La sonrisa no abandona al anciano mientras continúa jugueteando con el bastón. Lo levanta entonces y lo alarga para señalar calle abajo. Luis presta atención al movimiento y se mantiene a la expectativa.

—Sigue la calle y enseguida encontrarás la entrada a los jardines, a mano izquierda.

—Muy bien. Muchas gracias.

Luis se despide y tras un par de pasos la voz del anciano lo hace detenerse.

—¿Y la limosna?

La pregunta es desconcertante. Luis duda si ha escuchado bien.

—¿Cómo dice?

El viejo ríe, divertido.

—Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.

«¿Qué dice este hombre?»

Ante el desconcierto del joven, el anciano chasquea la lengua y menea la cabeza al tiempo que acelera el golpeteo del bastón contra el suelo.

—Vaya por Dios. No me puedo creé que no conozcas los versos de Francisco de Asís de Icaza.

En ese momento Luis se siente el mayor ignorante del planeta. Es la primera noticia que tiene de la ingeniosa composición y de su autor. El viejo vuelve a reír, y él empieza a mosquearse.

—No te enfades, hombre. —Luis se da media vuelta, buscando la cámara oculta. «¿Y qué sabrá él si estoy enfadado?»— Va, que te acompaño —resuelve, sin dejar el mínimo resquicio a la posibilidad de que el muchacho se niegue.

Dicho y hecho. Se incorpora apoyándose en el bastón y se agarra del joven y firme brazo. Inmediatamente, un gato negro como una noche sin luna surge de la oscuridad del portal, al ritmo del tintineo del cascabel que le cuelga del cuello, y se enrosca entre las piernas de su amo.

—Ay, Tizón, cómo ibas tú a perderte un paseo, ¿verdá?

Luis no entiende nada, pero lo último que se le ocurriría a una persona de bien es negarle el brazo a un ciego, así que opta por dejarse llevar con la esperanza de que a su acompañante no se le ocurra alargar demasiado el paseo. «Aunque la excusa para justificar por qué llego tarde es tan disparatada que a Sara no le quedaría más remedio que creerme».

—Ya veo que no eres muy hablador, pero no te preocupes, que sólo quiero estirar un poco las piernas. Estar la mayor parte del día viendo pasá a los turistas acaba siendo aburrío.

Vuelve a reír, y Luis empieza a creer que sería un buen fichaje para ‘El club de la comedia’.

—¿Hasta dónde quiere que lo lleve?

Avanzan a paso lento, con el gato abriendo camino. De vez en cuando, al divisar una paloma despreocupada, se pone tenso, pero un suave toque de bastón le deja claro que no es hora de cazar.

—Menudo prenda está hecho. Cada día me trae algún trofeo: pajarillos, ratones, lagartijas, y sí, más de una paloma ha caío entre sus garras. Hay que ver, qué tontas son.

—Sí, a mí tampoco me caen muy bien. —Luis carraspea—. No sé si me ha oído cuando le he preguntado…

—Ya te he dicho que no te preocupes—lo interrumpe—. No vas a llegar tarde a la cita.

—¿Y usted cómo sabe…?

—¡Ah, hijo! Son muchos años de observar a la gente con estos ojos secos. ¿ qué iba a ir un chaval como tú, de fuera de Graná, al Palacio de los Córdova si no es porque ha quedao con una granaína?

El anciano ríe y se detiene. Levanta entonces el bastón y señala un poco hacia adelante y a la izquierda.

—Ahí es.

Luis se fija en el muro encalado, tras el que asoman las copas de los cipreses. A unos pocos metros se encuentra la puerta, flanqueada por dos faroles. Aprovechando la pausa, el gato se frota ronroneante contra las piernas del extraño.

—Vaya, parece que le has caío bien a Tizón. Eso es que vas a tener suerte.

Mientras habla, el viejo saca un cigarrillo lánguido del bolsillo de la camisa y se lo lleva a los labios.

—¿Quieres uno? Los lío yo mismo cuando me aburro.

Luis se siente tentado de aceptar. Ahora que el encuentro con Sara es inminente, que el factor sorpresa ya no juega papel alguno, los nervios han vuelto. Unas caladas le relajarían, pero no, no quiere que cuando se acerquen para saludarse lo primero que ella perciba sea el olor a tabaco. Así que respira hondo y rechaza el ofrecimiento.

—Fumo desde los once años. Si no me he descontao, tengo ochenta y ocho, así que tú verás.

Hace una pausa para encender el pitillo. La primera calada la recibe con los ojos cerrados, saboreando el humo antes de dejarlo salir por la nariz. A Luis se le hace la boca agua. «Va, sólo una caladita», se oye sugerirse, pero sacude la cabeza y consigue resistir a la tentación.

—Yo creo que el secreto de seguir disfrutando de cada pitillo es que en realidá nunca he estao enganchao. Sólo fumo cuando me apetece. Cuando empecé era más fácil fumar que comer. —Da otra calada profunda y Luis mira hacia la puerta del Palacio de los Córdova, cada vez más nervioso, imaginando que Sara lleva rato esperando—. Mi madre nos alimentaba con lo que podía. Muchos días no le quedaba más remedio que arrancar manojos de hierba para hacer caldo.

Los ojos incapaces de percibir las imágenes presentes sin embargo sí ven aquel pasado lejano que mantiene tan cercano en la memoria.

—No tardé en descubrir que aquellos hierbajos sabían mejó si me los fumaba.

El anciano remata el recuerdo con una risa de regusto amargo, como el humo del cigarro.

—Debió de ser muy duro —es lo único que se le ocurre decir a un muchacho para quien las penurias de la postguerra forman parte de los libros de historia.

—A uno se acostumbra —concluye el hombre, con una mueca que aparenta sonrisa pero que no disimula el resentimiento acumulado durante tantos años.

Luis busca la manera de despedirse sin parecer desconsiderado, y ésta llega por sí sola. En el momento en que se aparta un poco para abrir el ángulo desde el que mirar hacia la puerta de los jardines donde, ya no tiene dudas, Sara desespera, alguien tropieza con su brazo.

—Perdón —se disculpa la chica, sin apenas ralentizar el paso.

A Luis le cuesta un par de segundos reaccionar. Es la primera vez que ve el bonito vestido floreado de tirantes, pero no a su portadora.

—¿Sara?

La joven se detiene en seco y se da media vuelta. Durante un instante ambos se quedan embobados y sienten cómo el calor se concentra en sus ya más que acalorados rostros.

—¿Ves cómo no llegabas tarde? —interviene el anciano, cuya sonrisa recupera la alegría.

Continuará…

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Centrifugando recuerdos (XXIII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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Luis nota cómo el teléfono repiquetea contra su oreja, incapaz de controlar los nervios que le hacen temblar la mano. Se siente como la primera vez que llamó a casa de aquella chica que le gustaba… «¿Cómo se llamaba…? Berta, se llamaba Berta». Tenía catorce años y temía que si le contestaba otra persona, colgaría atenazado por la vergüenza. Claro que si contestaba ella, lo más seguro era que tampoco fuera capaz de pronunciar palabra. Respondió ella, y aunque le costó arrancar, tartamudeó bastante, la cara se le puso como un tomate y sudó como si hubiera estado corriendo a pleno sol, al final consiguió que de su boca surgiera algo similar a una invitación para ir al cine. Y no debió de hacerlo tan mal, porque Berta aceptó.

Ahora tiene doce años más y mucha más experiencia con las mujeres, si bien varias de esas experiencias podrían usarse como ejemplo de lo que no hay que hacer en una relación de pareja. El caso es que a cada tono de llamada que pasa sin que Sara responda, los nervios aumentan. Nota las gotas de sudor resbalándole por la frente y la oreja mojada.

La perrita lo mira con curiosidad desde debajo de la silla. La propietaria de la pensión aparece por la puerta de la cocina armada con una escoba y un recogedor. Al ver a Luis todavía sentado piensa en decirle que esté tranquilo, que puede seguir ahí todo el rato que quiera, pero al fijarse en su cara de circunstancias entiende que es un momento trascendente para él y opta por callar, aunque no puede evitar una sonrisa aliñada con una mueca divertida.

—Hola, Luis.

La voz de Sara actúa como el detonador de una tonelada de dinamita instalada en el corazón. Por una fracción de segundo Luis está convencido de que va a saltar por los aires. «¿Pero cómo puedes estar tan colado?», se pregunta. «Tú verás. Si no lo estuviera, ¿qué sentido tendría esta locura en la que me he metido?» Su cerebro piensa a mil por hora y dialoga consigo mismo mientras el joven trata de accionar el mecanismo que le permita responder «hola, Sara».

—¿Luis? ¿Me oyes?

Recuerda aquella llamada de su adolescencia a casa de Berta, y por un momento siente el mismo impulso de colgar, pero no, ya no es un adolescente ni ha recorrido media España para dejarse vencer por una reacción infantil.

—Hola, Sara. Perdona, es que estoy un poco nervioso —consigue responder con voz algo temblorosa.

La mujer finlandesa, que escucha mientras barre, sonríe con complicidad, aunque Luis no se da cuenta, porque tiene todos los sentidos concentrados en el teléfono y en el montoncito de pedazos de servilleta, que sigue creciendo.

Sara, recostada en el sofá, cierra los ojos, secretamente complacida por saber que es ella quien provoca que él esté hecho un flan. «Qué majo es, de verdad. ¿Cuándo se ha interesado por ti un tío tan majo?»

—¿Sara?

—Sí, sí, te oigo.

—¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?

—Sí, muy bien, gracias. —Todavía está saboreando el delicioso desayuno con el que se acaba de homenajear por cortesía de Tere—. ¿Y tú?

—Bueno, he pasado noches mejores. Demasiado calor.

—Ya, es horrible. Me he duchado hace un rato y ya estoy otra vez sudando como un pollo.

Luis nota el móvil resbalando por su oreja chorreante. También tiene los dedos húmedos y la nuca mojada. Aunque en su caso el acaloramiento no es sólo culpa del clima.

—Yo igual.

Durante un par de segundos se quedan los dos en silencio. La perrita suspira aburrida y en el comedor sólo se oye el roce de las cerdas de la escoba contra el suelo.

Entonces Sara y Luis hablan a la vez, como si respondieran al mismo impulso.

—Va, tú primero —se invitan a la par. Y así de nuevo, hasta que simultáneamente estallan en una carcajada liberadora.

La perrita se incorpora y ladra, algo indignada por no ser partícipe de eso tan gracioso que hace reír al humano.

—Nala, calla —le riñe su dueña, sin dejar de barrer. El animal estornuda y vuelve a tumbarse, resignado.

—Perdóname. —La voz, ahora seria, de Sara atrae de nuevo la atención de Luis, momentáneamente distraído por los ladridos—. No he sido justa contigo.

Mientras habla, Sara se acaricia el pelo, aún húmedo, y juguetea con las puntas sobre sus hombros. Luis tarda un poco en responder. «No la cagues ahora», se advierte.

—No tiene importancia. Lo de anoche fue muy raro. Yo tampoco estuve muy fino. —Hace una pausa. Al otro lado se escucha la respiración expectante de ella—. Verme en tu casa de aquella manera tan surrealista me dejó en shock.

Ya no queda servilleta por descuartizar, así que la mano libre se entretiene ahora en reunir las migas desperdigadas sobre la mesa.

—Ya… La verdad es que todo lo que pasó anoche lo tengo bastante confuso. Hacía mucho que no bebía tanto. Es obvio que el alcohol me sienta muy mal y dije e hice muchas tonterías.

—Bueno, ahora, calor aparte, estamos bien, ¿no?

—Sí, supongo… Aunque, si te soy sincera, yo creo que nunca estaré bien del todo, con esta cabeza que tengo. —Sara ríe nerviosa y sus dedos, inquietos, siguen jugando con los mechones de pelo.

—¿Quieres que nos veamos? —se atreve a proponer Luis, por fin, en un alarde de valentía, y mientras aguarda a la respuesta aguanta la respiración.

«Sí, sí, sí», responde ella por telepatía, pero otra parte de su cerebro se empeña en mantener la prudencia. «Cuidado, Sara. Recuerda lo que pasó el otro día, recuerda cómo acabaste la noche». «A la mierda la prudencia».

—Sí, claro —contesta procurando mantener un tono medio, como el que utilizaría con un conocido al que hace tiempo que no ve pero con el que no tiene la más mínima intención de iniciar un romance.

«¡Bien!», exclama Luis en silencio, levantando la cabeza hacia el techo, con los ojos cerrados y el puño libre apretado.

La perrita levanta sus diminutas orejas peludas.

—¿Conoces el Palacio de los Córdova?

—No, es la primera vez que vengo a Granada, pero no te preocupes, que lo encuentro sin problemas.

—Está al final del paseo de los Tristes, al inicio de la cuesta del Chapiz. No tiene pérdida. —Sara hace una pausa y mira por la ventana antes de continuar—. Es un rincón muy tranquilo en el que suelo refugiarme para pensar. Ayer mismo estuve un buen rato. —Respira hondo—. ¿Quedamos allí en una hora?

Luis siente el corazón otra vez rebotando violentamente contra el pecho. Sara se pasa un mechón de pelo por los labios.

—Hecho.

—Genial. Prometo no beber más vino. —Ambos ríen—. Hasta luego.

—Hasta luego.

Cuando cuelgan, Sara suspira y se deja caer en el sofá. En ese momento sólo quiere dejarse llevar por la alegría que siente en su corazón. Sabe que la euforia no durará mucho rato, que regresarán las dudas, los pensamientos insidiosos, los recuerdos dolorosos. Pero ahora se siente ella misma, Sara, una chica de veinticuatro años que merece disfrutar de su juventud, que merece sentir cosquillas en el estómago y la excitación previa al encuentro con un chico que está colado por ella. No hay otro motivo tan claro que explique el viaje que ha hecho, y le gusta, le gusta saberse el centro de las prioridades de alguien, que ese alguien ponga patas arriba su propia vida sólo por ir a su encuentro.

Sara sabe que eso que ahora le emociona, que la hace sentir como la noche en que, trabajando en el cámping, flirteó con el chico asustado que había conocido mientras esperaba a que la lavadora le devolviera su ropa, eso mismo dentro de un rato probablemente le aterrará y le hará refugiarse, pero no quiere pensarlo, no ahora, así que se levanta del sofá con el firme propósito de dejar a Luis temblando cuando la vea.

Unas calles más allá Luis salta de alegría sin moverse de la silla. Por fin va a verse con Sara a la luz del día, cara a cara, sin obstáculos, sin excesos de alcohol que nublen la mente y los sentimientos, sin más alteración en las pulsaciones que la que provoque el reencuentro con la mujer que lo ha vuelto loco, nada que ver con la desesperación de verse perseguido por un clan de fanáticos perros rabiosos… Aunque también sienta una punzada de miedo. No quiere pensar en el después, pero no puede evitarlo, y el miedo a un rechazo definitivo está ahí.

Mira a la perrita, que continúa tumbada.

—Sara quiere verme —le anuncia—. Hemos quedado en el Palacio de los… de los… Mierda, estaba tan emocionado que no me he quedado con el nombre.

—De los Córdova —lo socorre la mujer, que ha vuelto al comedor después de haber entrado en la cocina a vaciar el recogedor.

—¡Eso es! —La perrita se incorpora de un salto, vuelve a ladrar y agita frenéticamente el sucedáneo de cola—. Muchas gracias.

—No hay de qué. Es un sitio muy bonito, a la falda de la Alhambra. Seguro que la cita va muy bien.

La mujer ríe abiertamente. Luis le devuelve la sonrisa mientras se levanta, y antes de emprender la subida a la habitación con el propósito de prepararse para el encuentro, se acerca a Nala para acariciar su frondoso pelaje lanudo. La perrita adivina sus intenciones y, encantada de recibir atenciones, se tumba boca arriba para gozar del masaje.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XXII)


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La mano que sostiene el móvil tiembla. «Llámame. Dice que la llame». Luis siente todo el cuerpo revolucionado. «¿Por qué reaccionas así? Es ridículo», le reprocha una voz en el cerebro, pero él no escucha porque Sara le ha pedido que la llame. Lee el mensaje una y otra vez mientras con la mano libre, sin darse cuenta, arranca trocitos de servilleta, que va apilando en un montoncito junto a la taza.

—¿Qué quieres, Sara? ¿Has cambiado de opinión? —murmura en el momento en que la perrita regresa y se tumba bajo la misma silla de antes. Se lo queda mirando con esos ojos semiescondidos que parecen de un muñeco de peluche— Dice que la llame —le comunica Luis. El animal levanta la cabeza, como si estuviera realmente interesado en los asuntos sentimentales del humano—. Por fin vamos a poder hablar como personas adultas.

La perrita ladea la cabeza y sus largos rizos lanudos se mueven como un muelle. Luis vuelve a concentrarse en el móvil. Siente como si un ejército de hormigas estuviera recorriendo su estómago. Suspira sonoramente, a lo que la perrita responde con un bostezo que descubre una boca hasta ese momento oculta tras cascadas de tirabuzones marrones.

—Vamos allá —anuncia Luis.

…………………………

Cuando Sara abre los ojos lo primero que nota es el sudor en el cuello y el pelo mojado. La camiseta de tirantes que no se quitó para dormir se le ha quedado pegada a la espalda; la almohada y la sábana también están mojadas. Está tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos estirados, buscando de forma inconsciente la postura menos sofocante. Y está sola. Tere ya hace rato que se ha ido a trabajar.

Tarda unos segundos en recordar qué hace en la cama de su amiga. Ha dormido profundamente y, a pesar del calor pegajoso, se nota descansada. Se incorpora y permanece un momento sentada en el borde del colchón mientras su memoria retrocede unas horas, hasta el despertar doloroso en el sofá que la llevó a pedirle a Tere que se marcharan a la Alpujarra con Merche cuanto antes.

Y Luis. También recuerda el reencuentro con Luis. Le aparece envuelto en una nube de irrealidad, como si hubiera sido producto de un sueño surrealista.

«No tendrías que haber venido». Las palabras regresan, provocándole un escalofrío y una mueca de disgusto. Pero también regresan los ojos hipnóticos de María, la zíngara. «Es un buen hombre… Te va a encontrar… Tú decides si lo dejas entrar en tu vida…» Sin el alcohol contaminando sus arterias, las dudas vuelven a asaltarle. Cerebro y corazón retoman la batalla, que resuelve de forma momentánea con un sonoro suspiro.

—Me voy a desayunar —decide, y al apoyar el pie en el suelo un dolor agudo en el dedo meñique le arranca un quejido. Levanta la pierna y se la coloca sobre la rodilla—. Joder, menudo morao.

Se chupa el dedo y aplica la saliva sobre la herida, como si así fuera a curarla, como hacía su madre cuando acudía a ella llorando después de golpearse jugando, como hacen todas las madres. Y durante unos instantes se queda pensando en ella, en lo mal que la trató ayer, cuando se la encontró esperándola en el comedor, preocupada por su hija, por su vulnerable e inestable hija adulta. «Ojalá todas mis heridas se curasen con un poco de saliva», piensa.

—No, prohibida más autocompasión, prohibido sentirse culpable por ser una mala hija.

Ahora sí, se levanta y se dirige renqueante al baño. Frente al espejo comprueba que su aspecto, sin ser para tirar cohetes, ha mejorado respecto a la madrugada. Ve las pequeñas gotas de sudor que le resbalan por las sienes y los crecientes lamparones de sudor en la camiseta.

—Dios, qué calor.

Y sin pensarlo dos veces se desnuda y se mete en la ducha. El primer contacto con el agua fría le provoca un escalofrío, pero enseguida se deja abrazar por ella. Las imágenes de la noche se le aparecen como un pase de diapositivas desordenadas, y tiene la sensación de estar recordando algo de lo que no fue protagonista. Cierra los ojos, levanta la cabeza y recibe la fría lluvia torrencial con placer. Las gotas le repiquetean insistentes en los párpados. Se lleva las manos a la cara y, poco a poco, deja que resbalen, por el cuello, el pecho, el vientre, las caderas, los muslos… Es agradable. «¿Cuánto hace que no te dejas acariciar?» Irremediablemente, su memoria se remonta al verano pasado, y vuelve a experimentar las caricias de aquel capullo despreciable que tan bien la hizo sentir durante unas semanas de espejismo. Se le eriza la piel, pero no quiere echar de menos aquello, así que ruge de rabia, de impotencia, de desesperación por ser incapaz de seguir un rumbo en su vida, por perderse en los recuerdos, martirizarse por ellos y ponerse todas las trabas posibles a la posibilidad de ser feliz.

Se agarra las manos, baja la cabeza, de forma que ahora el agua le golpea en la coronilla, y junta las palmas sobre los labios. Empieza a mover los dedos en una especie de bamboleo a izquierda y derecha con el que se acaricia las yemas, y entonces regresa a su mente la escena bajo la noche pirenaica, la charla con Luis y, sobre todo, el enlace de sus manos. Se le vuelve a poner la piel de gallina; lo echa de menos, y esta vez no se reprocha por ello, si acaso por no haberlo prolongado. «Tú decides si quieres que entre en tu vida».

—Mierda —concluye, en un grito reprimido.

Cierra el grifo, abre la cortina, alcanza la toalla colgada en la pared y se seca. Se dirige a su habitación, donde rescata unas bragas y una camiseta de tirantes limpias, y luego a la de Tere para quitar las sábanas sudadas. Se mueve rápido, tratando de mantener ocupada la mente con actividades rutinarias: llevar la ropa sucia a la lavadora, hacer la cama, poner un poco de orden en el comedor…, pero su mente traicionera actúa por su cuenta y sigue martirizándola.

—Joder, ya está bien. Necesito desayunar.

La actividad ha acelerado el inevitable proceso de recalentamiento y Sara vuelve a sudar. Antes de dirigirse a la cocina, decide tomarse un respiro asomándose a la ventana para saludar a su querida Alhambra. Ahí sigue, reinando sobre el paisaje, ajena a las comeduras de cabeza de los humanos. Como siempre, la visión la relaja. Sin embargo, una voz llama su atención enseguida. Abajo, junto al portal, una barrendera reniega sonoramente mientras recoge los trozos de vidrio de una botella que algún simpático hizo añicos durante la noche. Sara rememora entre nieblas la escena con el grupo de gamberros al que se enfrentó desde la ventana, y automáticamente Luis, empujando la puerta y apareciendo en el comedor con cara de haber visto un fantasma, reclama su espacio.

La joven resopla, da media vuelta y se va a la cocina. Y entonces sonríe. «¿Por qué narices nos cuesta tanto ver las cosas positivas? ¿Por qué esa manía con magnificar lo desagradable, lo doloroso?» En la encimera reposa una cafetera que aún conserva caliente su valioso contenido, como revela el penetrante aroma que desprende, y sobre el mármol, su taza del Central Perk, con una cucharadita de azúcar moreno. A su lado, en un platito, un hermoso croissant y un par de piononos.

Sara coge la nota decorada con dibujos de corazoncitos y caramelos de colores, dispuesta entre la taza y el plato, y se dispone a leerla vestida con una reparadora sonrisa de oreja a oreja.

«Buenos días, corazón. Por increíble que parezca, me he levantado con tiempo (quizás tenga algo que ver el hecho de que, despatarrá y con los brazos abiertos, dejas poco espacio en la cama…) y he pensado que te sentaría bien un típico desayuno granaíno. Así que he bajado a por unos piononos y unos croissants bien “ligeros” de calorías y te he preparado el café. No te he puesto la leche porque no sabía cómo lo querrías de cargado, que la noche (y la madrugá) fue muy larga…

PD: He barajado la posibilidad de despertarte para desayunar juntas, pero se te veía tan a gustito que me ha dado pena. Bueno, también podía pasar que me mandaras a tomar viento, así que he preferido no tentar a la suerte… y así he podido comer más piononos que tú. 😛

PD2: Esto… ¿Por qué no llamas a ese chico tan majo…? ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Luis, ¿verdad? Pues eso, que lo llames y charláis con calma. ¿No crees que te lo mereces?

PD3: Está buenísimo… El pionono, digo. 😉

Incondicionalmente tuya,

Tere»

—Qué loca estás, y cómo te quiero.

Sara mantiene la sonrisa, pero le asaltan las dudas. Nota el corazón acelerado, impaciente por cumplir con la petición de su amiga, pero también escucha la voz insidiosa de su yo cobarde y rencoroso. Opta por atacar a un pionono.

—Mmmmmm… Buenísimo.

El primer bocado hace desaparecer la corona de crema tostada, y con el segundo le inunda la boca el delicioso líquido que emborracha el bizcocho.

Con las papilas gustativas retozando de placer, la voz insidiosa tiene la batalla perdida y el corazón se apresura a proclamar su victoria aplastante.

—Le envío un mensaje —decide Sara mientras vierte el café en esa taza que ha sido testigo de tantas tardes de sofá y carcajadas junto a sus amigas.

«Es un buen hombre… Tú eres la que decide si quieres que entre en tu vida».

—Eso no lo sé aún —le responde a la zíngara—, pero le daré la oportunidad de que me convenza.

Con la taza en una mano y el plato en la otra, se dirige al comedor para disfrutar del desayuno a la salud de la mejor amiga del mundo.

Continuará…

A diario


06:30 am – Las ventanas de la casa se abren lentamente. El aire fresco danza por la sala con toda la libertad de un invitado de honor y hace su recorrido matutino de frescura, nos ofrece su saludo y con un gentil abrazo se despide.

07:00 am – Alguien se precipita a la cocina y  se dedica a prepararte el desayuno. Conjuga las bebidas, distribuye cafeína, alisa las tortillas; hace malabares con las frutas, corta las trufas y la lechuga, y bendice cada ingrediente con zumo de limón. Hay una dedicatoria en la elaboración. El sentimiento predomina en la receta.

El aroma a uvas frescas es una melosa curiosidad, bienvenida es en su intangible materia y dulce es el despertar cuando el olfato es bendecido con honores prematuros.

07:30 am – Te seducen las cobijas con secuelas tentativas del sueño, accionas vueltas en la cama en modo de protesta, resistes la ternura de lo cotidiano y finalizas dando un brinco con el pie izquierdo de la cama. Retrocedes, porque no es un buen augurio en el ritual de lo mundano, corriges el primer paso y precipitas tu coraza hacia el palacio de tu higiene.

Es un placer levantarse, pero que dolor es desperezarse. ¿Como lo hace el perezoso? (siendo una criatura definida por el subtítulo de la vagancia), para buscar alimento, asearse y dar un paseo por el bosque cada día de su vida. Es un misterio, su matutino ascenso. Y es un milagro, mi despertar sin recaída al descenso.

08:00 am -Me precipito a la cocina en búsqueda de afecto, verdadera atención y delicioso alimento. No soy persona de lujos o exigencias subrayadas solo quiero lo sencillo que a mi paladar consiente. Llegas al epicentro de la gloriosa fantasía pero no hay nadie alrededor que te brinde tal alegoría. El despertar del sueño a la vida, comienza.

10:30 am – Un corazón esperanzado por buenas noticias, sensaciones bonitas y piel que eriza. Finalmente recae en que la vida no es sencilla, el proyector se estropea y la realidad vuelve a las cornisas de mi rostro.

Me levanto tarde, las obligaciones se acumulan. El dolor en la espalda por malas posturas afecta el estiramiento de mi despertar, los músculos se tensan y la consciencia se tarda en llegar a la cabeza.

11:20 am –  El calor que el sol ejerce sobre el techo y las paredes hacen más desesperante las situaciones simples con las que tengo que lidiar en casa. El desayuno no está listo y se queman las esquinas del pan, ¡debo irme! y las cosas están saliendo mal.

04:03 pm – Una taza de café ha llegado a mi escritorio, un tono obscuro que evidencia su potencia y subraya su aroma, me crea fantasías del sabor. La tarde no ha subido la temperatura, el trabajo ha sido ameno y las personas no me ponen cara dura, extraña amabilidad. Mis cejas se levantan en sospecha.

04:18 pm – Ceso la preocupación constante y me dejo llevar por los ritmos alucinantes de guitarras que bendicen mis oídos, la emisora de turno está en fuego y no es casualidad que hoy es intermedio del fin de semana. Lo divino se acerca con el cierre de turno, la labor se pausa y me voy a casa o sin rumbo.

05:30 pm – Cruzo avenida con un amigo, hablamos de la vida y de lo mal que nos ha ido. Caminamos al bar y apostamos por cartas, bendecimos la vida por la fortuna de lo sencillo. Una mujer me sonríe y me mira con antojos, ideas se forman en mi cabeza y la personalidad se me sonroja, se acerca con determinación inesperadamente y me saluda por mi nombre y me entrega mi billetera… que se me había caído en el camino.

Hablamos por media hora y me encuentro animado, mi amigo se nos une y carcajadas nos echamos.

¿06:80? pm – Borroso. Mi ebriedad me miente y distorsiona los inventos del hombre. Los conceptos de lo mundano y pesimista se alejan de mi cabeza, sin desearlo doy vueltas y vueltas. Me pierdo en el sueño venidero, que apresuradamente se forma.

08:00 pm – Me precipito a la cama, antes me miro al espejo y exclamo: “estoy feliz, hoy no fue un mal día… de hecho fue fantástico y no me hundí en mi melancolía. La vida es preciosa y a diario las vivencias se distribuyen. Cada una tiene un espacio”.

08:07 pm – Mis párpados caen con una lentitud increíble, son signos de un buen sueño, de que esta noche sí descansaré. Veamos qué pasa, si la vida me sonreirá o solo me saludará a través de la fantasía. Buenas noches le doy a todo lo que me acompaña y ejecuto un suspiro final con el pensamiento preciso de que los ciclos se repiten y mi vida es un segundo de historia.

 

 

 

 

Los cables cruzaron mi calle


La eternidad condicionada de una escalera mecánica, las baldosas resbaladizas de una limpieza apresurada. El ambiente denso, húmedo. De una mañana sin nombre.

Un despertar sin café, sin desayuno. La arepa, los huevos, el jugo, y la ropa sucia, desnudo. Ausentes.

Sin ajuste, una receta para perder la razón… sin haberla tenido en primer lugar. No tengo espacio para dudas porque yo no lo habilito, solo me siento en desdén, con todo el espacio del mundo pero sin poder llenar la alacena, una caída libre que yo no elegí tener cada mañana. Impuesta.

Una mañana sin fe, me lleva a suspirar sin aliento. Y aunque muchos lo lamenten, no es tristeza de un solo momento. Me mido, me controlo… Guardo silencio, pero implosiono.

Desayuno


Esos salpicones
de pasta de dientes
en el espejo,
esa torcida
en la alfombra
al salir de la ducha.

Ese medio abierto
casi invisible
en la botella de gel,
ese ángulo perfecto
con el vaso
al dejar el cepillo.

Ese olor a pan
con aceite,
esa disposición libre
de tazas en la mesa,
esos pies fríos
encogiendo los dedos.

Ese café,
es el único que da sueño.

– Enrique Urbano