Lo que viene y va


El tictac del reloj se ha vuelto una monótona canción. He volteado a mirar el viejo cacharro de hojalata que me regalaste, sí, ese que compraste en un bazar. Me convenciste con el cuento de que por ser antiguo medía mejor el tiempo, que tenía toda la experiencia que dan los años. Sonrío para mí y considero la idea de meterme a la tina, ponerle sales aromáticas y remojar mi cuerpo en el agua tibia. El vestido ya lo he preparado. Lo he dejado sobre la cama; es el rojo con estampado de flores. Lo llevaba puesto la noche que bailamos Lady in red en la terraza del bar. No lo olvido, nos dimos el primer beso y hoy quisiera que me vieras tan bonita como en esa ocasión.

La noche viene y el tiempo se va. El teléfono está mudo y he atisbado por la ventana para ver si tu moto está estacionada en el lugar de siempre. No estoy nerviosa, pero sí decidida. Lo oscuro de la habitación me recuerda que en otros tiempos hubo luz, sí, cuando estabas tú.

Bebo una taza de café endulzado con la miel de tus recuerdos. Semidesnuda miro sin parar hacia la puerta, esperando oír los pasos de tus botas antes de entrar e inundar la casa con el olor salvaje del cuero de tu chamarra. Quisiera verte aventar el casco y abalanzarte sobre mí, así, comiéndome a besos, devorando mi deseo, así como antes.

Me meto a la tina. La tibieza del agua no apaga mi avidez, pero si entibia mi corazón congelado por tu ausencia. He dicho que soy decidida y no te esperaré más. Bebo el último sorbo de café. La transparencia del agua se tiñe de rosa intenso, entonces, la noche me abraza y viene tu recuerdo mientras mi vida se va a paso lento.

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Te elijo a ti


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Foto: Brooke Cagle (CC0).

 

Te elijo a ti, más que a las prisas matutinas

y al reloj que marca los pasos hacia esa calle desierta,

sin propósito ni miradas despiertas.

 

En este sueño sin miedos ni sentido, te elijo a ti.

Porque bailas en la cuerda floja del destino, dejándome caer,

sin esperar más de lo que hoy quiera ofrecerte.

 

Te elijo a ti, por encima de mis sombras y locuras,

por debajo de estas sábanas donde la vida comienza

cuando muerdes mis labios y atrapas mi deseo sin preguntas.

 

 

Te elijo a ti, en medio de esta vida congelada de diciembre,

lejos de las luces de este árbol desnudo de promesas,

llenando de vacíos y esperanza mis heridas de muerte.

 

Sí, te elijo a ti, igual que la vida abraza el aire,

con domingos de café y bicicleta; sin ruidos ni testigos.

Sin un “para siempre”, solo tu alma en mi latido.

El marco de una sonrisa


Quiero llegar a un lugar donde nadie me conozca y me pregunten que café deseo y con cuanta felicidad lo quiero.

He aprendido que la alegría no llega sola,

las razones sí.

Emprendo mi búsqueda por la decisión,

Y el inconsciente procede a ocultarla.

Busco a travesar la barrera del destino,

romper la ignorancia de mis fortalezas

y cesar mi título del “hombre de las dificultades”.

La curva que adorna mi rostro,

marca el compás de este cuerpo,

no guiando el paso de los pies,

pero indica el camino de mi corazón,

hacia esa alegría que tanto deseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Basura


Te perdí,
Y como tonto te he buscado
por meses hasta debajo de las piedras…

Fui al parque, al cine, a la playa,
a la iglesia, al tribunal, al hospital,

¡Al cementerio!
Y no apareces.

¿Te ha tragado la tierra?
Eres rencorosa, vengativa,
indomable y traicionera.

Claro eso hace juego con
tus maquilladas mentiras,
con el altar de hipocresías
que erigiste una vez en mi honor.

Tienes lo que te mereces
vives con otros que son
de tu calaña
en el vertedero de la nada,
de lo artificial.

Por fin entendí
que estaba buscando
en el lugar equivocado.

Todavía respiras,
Puedo sentir tu calor,
tu inconfundible irracionalidad,
el sabor de la debilidad de espíritu,
el olor fuerte de tus dudas…

Diminuto recuerdo que
al atravesar la pasión
quedaste atrapado
entre los latidos moribundos
de mi mutilado corazón.

Inexplicable


Inexplicable
resulta que te quedes en mí
que te pierdas en mi cuerpo
y me dibujes estruendos
donde antes solo habitaba el duelo.

Te rozas en mis sueños
haces tuyos mis deseos
carne y sangre, la luna es fuego
en tus sombras me restriego.

Miro tu ropa, siempre en el suelo
parece que te estorba
cuando estamos cerca
que no sos vos
si mi piel no te toca,
disparas señuelos
a quemarropa.

Inexplicable
que abatas la marea
que a tu lado un huracán
sea tan poco, o me valga mierda
porque solo quiero inundar
tus siluetas
ahogar las penas
en tu entrepierna.

Y es que me encantas cuando susurras
y con orgullo confiesas tus prioridades
sin que yo sea una de ellas
ni me obligues a que vos seas
parte de mis cuentas
te basta con ser presente
en mis historias y leyendas.

Puede que te musite este escrito
en tus orejas
y te estremezca tanto como aquella vez
frente a la chimenea
donde fuimos caldo de noche
y polvo de estrellas
un coctel perfecto
de sexo con olor a tequila y canela.

Inexplicable
que con solo un par de copas
vos me embriagues
si me sirves de tu boca
en mis funerales
pues ya no sé si me quieres
o solo me perdonas
ya no sé si somos humanos
entre tantas personas.

Inexplicable
son nuestras teorías falsas
por no haber sido comprobadas
por la razón barata,
por eso te abrazo
aunque no me lo pidas
y te haga ver el cielo
postrado de rodillas
para contarte de cerca
cien maravillas
sin una sola palabra
donde inicia mi muerte
y comienza la vida.

Para vos. 

Orgasmos fingidos


ZmurkoFranciszek_Sinnenrausch (1)

por Reynaldo R. Alegría

Hacía cuatro semanas que no lo veía.

Me había estado fastidiando de diversas maneras durante todo el tiempo que me le escapé y durante el cual no tuve otra intención que no fuera respirar un poco.  Hace 25 años el fastidio hubiese sido menor; apenas algunos mensajes con mi secretaria en la oficina y otro par de ellos en la contestadora de la casa, la cual –después de todo– siempre se puede desconectar.  Claro está, con el riesgo de que se enojara para siempre.

Ahora, con los mensajes de texto y los mensajes de voz en WhatsApp deseándome los buenos días y los putos likes a las fotos de ambos que colgué en Facebook hace cientos de  años, cuando él me daba el mejor sexo que estaba disponible y que yo podía obtener, el tedio se convertía en enfado y el enojo en desazón.

Con mi fuga, que buscaba ser como la del gas que no se ve pero puede ocasionar la más grande explosión, incluidas las luces y los estruendos, solo quería respirar un poco… como los seres vivos.  Deseaba absorber el aire, tomar lo necesario, expelerlo, comunicarme con otros aires; descansar del agobio del mismo aire.

Recurrí a él nuevamente, no sé ni por qué carajos; creo que mis ganas de tener sexo en ocasiones me nublan el entendimiento cuerdo-sexual.  A esta edad, en la que si se está en estas tiene que ser por el placer, punto, tampoco se está en las de perder lo que se tiene ganado.  Lo llamé desde el garaje de gasolina que está a un bloque de su casa.

—Hola.

—¡Qué bueno que me llamas!

—¿Estás listo para mí?

Llega el momento en el que ya una sabe lo que hay que decirle a un hombre para que la esté esperando casi desnudo y con una buena erección.

—Siempre estoy listo para ti.

—Pues voy camino.

Cuando llegué tenía puesta la bata blanca de toalla que nos habíamos robado del Hotel Plaza en Nueva York, siempre he creído que esas cosas se roban y no se pagan.  De un tirón lo desnudé y me le trepé encima como si presenciara el último pene que hubiera de existir sobre la faz del globo terráqueo.  Comencé a gemir con esa voz que lastima de la pena y el placer a la vez, aullando, esforzando mi voz para que los chirridos los escucharan sus vecinos, para que supieran que había vuelto.

—Me voy a venir —me dijo jadeando.

Grité más duro, me contorsioné sobre su miembro con mi baile de la media luna, un movimiento que me lleva de sur a norte y de vuelta en medio círculo regresando por el oeste.  A los 36 segundos (¡a los 36 segundos!), acabado, deshecho de su humanidad, me miró fijamente a los ojos.  Entonces le dediqué mi mirada de la total destrucción por el mejor de los placeres, esa que incluye virar los ojos hacia arriba.

—No recordaba lo rico que son los orgasmos contigo.

Foto: Sinnenrausch (pasión sensual), Franciszek Żmurko [Public domain], via Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AZmurkoFranciszek_Sinnenrausch.png

Todo porque me ama


A veces el tiempo no pasa. Esta maldita enfermedad nos tiene aburridos e inquietos a partes iguales. Y, por supuesto, aterrados. Por suerte, ella se ocupa de mí hasta en los detalles más insignificantes y es quien conserva la calma y propicia la sonrisa: “Tengo que ser la mejor versión de mí porque te lo mereces”, me dijo hace unos meses. Y lo está siendo, desde luego que sí.

Ayer mismo, aburridos como ostras, soportando el dolor y los infinitos mareos de la quimioterapia, le hice notar lo maravillosa que era la luz que reflejaba su cuerpo desnudo: “Hazme una foto”, me dijo. “¿De verdad? Mira que si te la hago luego la voy a querer publicar”, respondí con la repentina ilusión de un niño. “Sí, hazla”.

Y así estuvimos un rato, haciendo fotos a su maravilloso cuerpo. Todo con tal de apaciguar mi aburrimiento. Todo con tal de verme un poquito mejor. Todo con tal de amarme y todo porque me ama.