Amor, dónde estás…


Dónde estás amor, te siento tan cerca y no te veo.
Vos que siempre me quieres y me requieres,
para darme un golpe rústico y suicida de pasión y desolación
y luego atrincherado, caer rendido
ante tu fatídica conspiración de aquello que llaman felicidad.

Dónde estás amor, por qué huyes de mí.
Me dicen que no te busque, que te espere
porque tú debes venir a mí.
Tal vez estás en tamaño racional, sencillo e irreverente,
de la presencia más dulce o de la figura más escueta de una airada mujer.

Dónde estás amor, tal vez ya pasaste y no te vi y peor aún, no te sentí.
Tal vez me engañas y nunca vienes a mí. Tal vez solo viví una parte de ti.
Pues sí, aquella donde una efímera situación me invade,
donde prevalece la insolente desesperación
de no tenerte aquí, de no sentirte en mí, amor…

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Refugiados


Una orgía de remos
riza el mar.

Una orilla es pasado.

Chalupas y más allá
—el sol oculta
pretensiones de tiempo—,
otra
espera.

Hay futuros
con rostros de muerte.

Calor


calor

Este maldito calor no me deja pensar. Me cuesta horrores concentrarme y las pocas ideas que atisbo se desvanecen antes de llegar a tomar forma. ¿Qué está pasando? Me siento encerrado, con una sensación de agobio creciente que me está poniendo cada vez más nervioso.

Noto cómo el sudor emerge por cada uno de mis poros, como si fuera la lava de un volcán en erupción. A cada segundo que pasa la piel me quema más. Estoy tentado de arrancármela a tiras.

Me miro las manos; veo cómo se van llenando de pequeñas gotitas, que hierven y se evaporan en cientos de diminutas columnas de humo salado. Nunca había experimentado nada igual, no parece real.

Busco alguna sombra donde refugiarme. Agua… Necesito agua, para mojarme, pero, sobre todo, para beber. Noto la boca seca como el lecho de un río muerto. Tengo que beber ya. Me arde la garganta y… no me queda saliva que tragar.

Todo a mi alrededor está al rojo; quema de sólo mirarlo. No hay ni una mísera sombra a la vista. Alguien ha dejado un trocito de pan tirado en el suelo… No me lo puedo creer…, acaba de consumirse con un chispazo.

¡Dios! ¡Estoy hirviendo! Las manos… ¡Oh, Dios, mis manos! ¿Qué le está pasando a la piel…? Pero… ¿Por qué sólo puedo mirarme las manos? ¡Mierda! Esto es una pesadilla, ¡quiero despertar ya!

No es real, no, no lo es. No es posible, la piel no puede hervir, esas burbujas no existen, son producto de mi mente trastornada por esta temperatura infernal… ¡Despierta de una maldita vez!

Noto el calor achicharrándome la cabeza, la noto en llamas… Y el resto del cuerpo… Me estoy hinchando, siento las burbujas hirvientes por todas partes… ¡Quiero salir de aquí! ¿Por qué no puedo? ¿Por qué todo me da vueltas?

Ardo… Voy a morir.


—¡Booom! Tres minutos a máxima potencia.

—Fiuuuu… Buena marca, ha aguantado el doble que la muñeca de tu hermana.

—¡Quiero que me devuelvas a Elsa! Como le haya pasado algo se lo digo a mamá.

—Calla, mocosa. Tu reina del hielo no ha durado ni dos minutos en el infierno…

—¿Qué le has hecho, bruto? ¡Devuélvemela! ¡¡¡Mamááááááá!!!

—Como te chives, va a venir de excursión a la cueva de fuego toda la colección de Frozen. ¡Jajaja!

—¡¡¡Buaaaaaaa!!!

—Va, Rober, deja a la pobre, que ya ha sufrido bastante por hoy.

—Claro, como tú no tienes que aguantar a una hermana pequeña tan niñata como la mía…

—Venga, vamos con el siguiente, a ver si supera el récord del Playmobil mártir.

Entre cipreses y tempestades (dos haiku)


NO ME DIGAS NO, POR FAVOR


chojesus

llanto1

Estoy inmerso en esta batalla
Y temo perderla.
Ya, ya sé que lo intenté una vez
Pero pienso vencer tu negativa.
Ahora tengo la suficiente fuerza
Para enfrentarme a mí destino.
Pero, por favor, no digas NO.
Sería un golpe muy fuerte,
Y, aunque me siento preparado,
El daño sería irreparable.

Por favor, no digas NO.

Voy a pedírtelo otra vez,
Aunque presiento buitres esperando mi cadáver.
Aunque tengo miedo que no fluyan mis palabras,
Aunque tengo miedo que se me seque el alma.

Por favor, no digas NO.

Sólo te pido un poco de piedad,
Sólo te pido un poco de locura.
Dime que sí, aunque luego resulte desastroso.
¿Por qué no lo intentamos?
Tan sólo una vez, te lo prometo;
No pido más, con una vez me basta.

Pero, por favor, no digas NO.

Sólo tienes que afirmar con tu cabeza,
Y me sentiré feliz
De que me…

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La bailarina


Aline Baños - Denis Cintra

Aline Baños – Autor: Denis Cintra

Estaba cansada… Agotada. Aquella noche había estado a punto de quedarse en casa. Tras ocho horas bregando con una variada gama de clientes descontentos había salido asqueada de la oficina de atención al cliente de la gran superficie comercial donde trabajaba. «Menos mal», se decía, «todavía tengo trabajo», y así se sacudía la pesada sensación de fracaso, de vacío intelectual que la invadía cada día al final de la jornada laboral.

Su hermano, un sol de hombre, la había animado a que pusiera su mejor sonrisa y acudiera a la cita semanal con la clase de danza oriental. Pol dormía como un angelito. «Vete, Noe, no te preocupes. Ya sabes que el niño estará bien conmigo». A Pere le debía mucho, empezando por la sensatez. A sus 21 años era la persona más madura y responsable que conocía, y no lo había tenido nada fácil… Hacía menos de un año del accidente de Laia… Y ahí estaba, ayudándola a superar lo suyo. Nunca había conocido a una pareja mejor avenida. Estaban hechos el uno para el otro, tan simpáticos, tan cariñosos, tan vitales, tan guapos. Es verdad, tenía que reconocer que los había llegado a envidiar e incluso a aborrecer a ratos, sobre todo desde “lo suyo”.

Mientras se cambiaba de ropa recordó la escena. Jamás se le borraría. Estaba en el sofá, meciendo a Pol, embobada contemplando aquella carita redonda, perdiéndose en aquellos ojos enormes que la observaban curiosos. Cuando Ramón llegó del trabajo y se sentó en la silla, junto a la mesa, se dio cuenta enseguida de que algo no iba bien. Él esperó a que dejara al bebé, ya dormido, en la cuna y entonces, antes siquiera de darle un beso a su esposa, dijo: «Noe, esto no funciona. Tenemos que hablar». Sigue leyendo

Otra mañana más


“Maldito despertador…”  El mismo primer pensamiento de cada mañana. Ya no recuerda la última vez que se despertó de buen humor, con ganas de afrontar un nuevo día. “Nunca” le parece la respuesta más aproximada. Abre los ojos e inmediatamente le invade un terrible dolor de cabeza. Cómo odia despertarse con dolor de cabeza. Cada noche antes de acostarse tiene que elegir: dosis de somníferos regados con un generoso lingotazo de whisky para lograr dormir algunas horas, lo que paga con la asquerosa migraña que ya no la abandona en todo el día, o arriesgarse a una noche libre de sustancias químicas, pero libre también de sueño, con lo que acaba recurriendo igualmente a los somníferos a las tantas de la madrugada. Hace meses que escoge la primera opción.

Se siente una verdadera mierda, ya no queda rastro de aquella joven vital que aspiraba a comerse el mundo. “Agradecemos su dedicación durante todo el tiempo que ha trabajado para nosotros, pero ya no vamos a requerir más sus servicios”. Y eso fue todo. Así la despacharon, sin aviso previo, sin alternativa posible, a través de aquel memo repeinado, al que habían contratado para hacer limpieza.

“Levanta, venga, no puedes quedarte todo el día en la cama. Te duchas, te pones guapa, desayunas bien y a la calle, que hoy seguro que encuentras trabajo…”. La vocecilla interior sigue apareciendo cada mañana, pero cada vez la escucha más lejana. Le vienen ganas de extirpársela y meterla en ácido. “Lo sentimos mucho. Reúne usted excelentes cualidades, pero no es el perfil que buscamos en este momento”. Hace de tripas corazón para continuar presentándose a las entrevistas de empleo con la mejor de sus sonrisas (le quedan pocas), y tiene que recurrir a todo su aplomo (cada vez más escaso) para no mandar a tomar por culo al tipo de turno que la rechaza con el mismo discurso prefabricado, frío, vacío de contenido. Después de docenas de entrevistas, todavía no ha encontrado un mínimo de empatía, y eso la está amargando. Sigue leyendo