Nunca hasta ahora


Apenas han pasado unas pocas horas desde que te fuiste, sin embargo, ya me parecen años. Quizás haya perdido, al fin, el sentido del tiempo y con él, la cordura de mis ojos al ver las manecillas de cualquier reloj como enemigo, puesto que siempre me han llevado la delantera en tu despedida.

La última vez que estuve a tu lado, estaba tumbada a tu vera. En tu cama, tu calor rezumaba por todo mi cuerpo. Entonces, respiraba tu paz y tu expiración entrecortada. Mirando tus manos, mis ojos acumulaban unas lágrimas que no han querido brotar desde entonces, así como así, así como todos lo han hecho desde esa tarde de sábado en la que me marcas a fuego una fecha. Nunca hasta ahora había tragado tantas. Una cascada de ellas, que no para de fluir y salir hasta calmarse levemente.

Personas se acercan a mí, yo sonrío mientras me dan sus respetuosas condolencias. Qué ironía. Sonrío cuando tengo ganas de llorar. Otro día que odiaré. Otro día en el que me quedé sin darte un abrazo. Aunque esta ocasión sea la última y definitiva. Nunca hasta ahora lo podría haber imaginado. Ahora. Ahora que los busco desesperadamente.

Aquella noche, me hablabas susurrándome cariñosos motes, apenas dos palabras, cada cierto tiempo, cuando parecías volver en ti y a mí. Mientras te rogaba callar para evitar que forzaras más tu voz, esa que parecía desvanecerse con el paso de las horas.

Vi en ti tu vela y su llama apagarse lentamente. Mi corazón no rugió. Fuiste ejemplo de luz y de oscuridad, cuando te apagaste. Todo se quedó manchado con un negro crudo dispuesto a devorarme.

Volví al bicolor haciendo vivo tu recuerdo en mi interior y desde entonces, aquello que me rodea es una estampa de cualquier escena compartida contigo.

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Abrí la puerta de una habitación vacía


Una frase para decir adiós.
Un silencio que ha borrado las palabras.

Cuando todos se han marchado,
y quedo solo muy temprano.
Viene, desde lejos, cada uno de esos recuerdos,
porque tú sabías más de mí que yo mismo.

¿Adónde ir cuando quiera buscarte?
¿Adónde regresar cuando llegue la noche?

Dime qué hacer
si mi memoria no logra preservarte lo suficiente.
Dime qué hacer
si olvido ese trozo de vida que también es tuyo.

En mi sueño
aún conservas el cabello largo,
tu mirada no es triste ni vacía.
En mi sueño
el tiempo no se encuentra suspendido
y la muerte es sólo un juego de niños.

Antes que la última flor se marchite.
Antes que la última hoja se seque.
Dime por qué te fuiste tan pronto.
¿Por qué sigue doliendo como el primer día?

En mi sueño
abrí la puerta de una habitación vacía.
En mi sueño
pronuncié un nombre que a nadie pertenece.

Es difícil aceptar que…

Elegía funeral


Hay una distancia de dos pasos
que no puedo desandar.
Entre nosotros,
un vacío infinito
que cada día crecerá más.

Temo resbalar y caerme.
Temo cerrar los ojos,
y perder tu rostro con sus gestos
en la profundidad del abismo.

—La lluvia no deja de caer,
las lágrimas no cesan
en este atardecer anochecido.
Pero la paz dura
lo que dura un instante,
porque sé que el tiempo no me pertenece—

Dijiste que el cielo lo vería.
Dijiste que allá arriba sería diferente.

¡Mamá!
Aún conservo el sonido de tu voz
y las últimas palabras,
que prometo recordar por siempre.

Sinmortigo


Dediqué los últimos minutos de la noche a bañarme, todo lo que fuese posible para intentar borrar los moretones en mi cuerpo, que aunque solo yo los veía, dolían con locura, carcomiendo hasta el más mínimo de mis huesos. Las lágrimas se confundían con el agua que corría, tan siquiera valía la pena ya percibirlas, era demasiado tarde para hacerle caso a mis sinuosidades, vacías quedaron junto a los viejos muebles sin uso, las horas olvidadas y los restos de mis celos.

Una sala vacía y ventanas sin cortinas con los vidrios rotos. Paredes de adobe y silencios prestados, recurrentes volvían cuando no los requiero; los obscuros pasadizos se veían más claros en mis recuerdos, por lo tanto ahí escogeré que se guarden mis secretos.

Abro los ojos para restregar mi cuerpo, se ha teñido la bañera de un rojo intenso, veo como mis pies se adormecen; en medio del remojo de mis alientos, vuelvo a creer en el Dios de los que ya han muerto. Dejo caer mi cuerpo con el peso que cae el orgullo al suelo, cubierto estaba mi diario por la neblina de una ducha caliente, los espejos empañados donde antes solía escribir mis frases elocuentes, esta noche se enaltecen de mis sueños célebres, aquellos que abracé cuando fui demasiado ingenuo.

Divagaba mi mente aún por los corredores que faltaban. La mecedora vieja del abuelo, la bodeguita verde donde habían nacido los perros, una carretera pintada en el patio trasero, torcida como veía mi camino alterno, lleno de calles sin salidas y señales borrosas, más solo que los desiertos, más frío que los polos y más yermo que mis fugaces pensamientos. Los barrotes pintados que simulaban la firmeza de quienes recluía, se veían tan débiles ya, dejándolo todo indulto, dispuestos a liberar las prisiones, las cadenas, los sinsabores de una vida a merced de quien la dispone, súbdito electo de los nuevos testamentos.

El agua se había agotado, ya casi no quedaban gotas salientes, así como casi ya no quedaba vida en este cuerpo. El violonchelo de la vecina, los gatos en el techo, sonidos que acompañaban a entregar mi carta de renuncia, musicalización perfecta a mis misterios, pensaría en retomarlos cuando vaya a dar la bienvenida a quienes más quiero, cuando me corresponda ser el anfitrión de mi propio entierro y les pueda hablar sin tartamudeos. Esperé tanto por ese momento, que ahora que lo tengo me cosquillea los dedos y me pone a dudar. ¿Será esto lo que realmente quiero? Pero ya era muy tarde para los arrepentimientos, se había abandonado el último de los reflejos, ya no sería yo quien les dijese ‘lo siento’, sería más fácil que Gregorio dejará de ser insecto; mi burocracia era absoluta y testaruda, me había llegado el momento.

Bauticé mi reencuentro con un licor infrecuente por ahí de las tres, cuando no es lo moralmente correcto, rellené mis venas con alcohol para sanar más rápido por dentro, aprovechando combustiones para incendiar los aposentos; me recosté a esperar que el tiempo surtiera efecto. Cerrar los ojos nunca había sido el acto más genuino, para quedar despierto.

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Imagen “Autorretrato”, autoría propia. 

La vida después


Esta tarde ha llovido. Y mientras veía caer las primeras gotas de lluvia desde la ventana de tu habitación, muchos pensamientos pasaron por mi mente. Casi todos eran imágenes, trozos de pasado que mi memoria ha conservado intactos a través del tiempo.

Fue el día de mi quinto cumpleaños. Mi padre me había regalado una bicicleta. Aún puedo sentir el viento en mi cara, aquella tarde soleada de verano. Yo era el protagonista de una carrera de ciclismo profesional, aunque sólo me limitara a dar algunas vueltas en círculo. Pero eso no te importó. Para ti, yo era el héroe de la competición. Ahí estabas. Sentado sobre el antiguo muro de nuestro portón, con una rama de higuerilla en las manos. Listo para levantarla cada vez que yo pasaba enfrente de ti. Me saludabas con el rostro alegre, emocionado. Estabas feliz por ser útil a las fantasías de un niño. “Vamos campeón”. Me decías con tu voz profunda, y el acento gutural que te era característico.

“Vamos campeón”. Es lo que yo quisiera decirte ahora. En este instante preciso. Cuando tu cuerpo ha dejado de pertenecerte, y el mundo parece no escuchar el gemido que le lanzas; interpelándolo de forma nítida, casi transparente. “Vamos campeón”. ¿Qué sentido tiene?

—La vida concluye—. —afirmó el médico en alguna ocasión.

Pero esta no es cualquier vida. Se trata de ti… y también de mí. De lo único que tenemos: lo que nos representa y define. Lo que somos. ¿Y yo? Yo me niego a aceptarlo. La vida no puede concluir así. De esta manera tan absurda e incoherente. ¡Este no es el final!

Entonces volteo a mirarte, postrado en esa cama y sin poder moverte. ¡Impotencia! No puedo hacer nada para recuperarte, para retenerte a mi lado. Ya no es posible. Imploro en silencio por una salida, y a cambio obtengo la contradicción. Con tu descanso vendrá nuestra separación. Forzada, definitiva. No quedará nada a nuestro favor, solamente la sombra de una felicidad ultrajada… descolorida. ¿Cuánto más es suficiente? No estoy seguro —no quiero— resignarme a vivir con tu vacío. Y a pesar de todo…

(Un arrebato,  una necesidad que no quiero llamar despedida).

Así que acercó mis labios a tu oído.

—Gracias—. —te digo quedamente. Como en un susurro, como si tú fueses un niño a quien no quisiera despertar con palabras bruscas. No se me ocurre qué otra cosa añadir.

Tú abres los ojos y me observas. Aún mantienes ese gesto de dolor en la frente. Tus cejas enarcadas: imposible no reparar en las huellas de tu sufrimiento. Las arrugas de tu piel se confunden con las señales de dolor. Estas últimas se han establecido permanentemente. Hasta endurecer cada una de tus expresiones… que antaño eran las de un viejo apacible y bondadoso.

¡Las palabras! Las palabras no están ahí cuando más se necesitan. Tú lo comprendes bien, y has dejado escapar una lágrima. Te inquietas.

Pero no es necesario que te esfuerces. En tu mirada puedo reconocer el significado de tu mensaje. Puedo sentir como tu vida y la mía se comunican en un lenguaje íntimo y amoroso, sin diálogos ni sonido.

Una lágrima, el símbolo de nuestra confidencia, será en adelante el último lazo que nos mantendrá unidos.

Ahora debes vivir por los dos, y cuidar a tu familia. Ahora tú también eres un hombre.

Nanocuento: Muere mi hijo el presidente


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Lo besé en la mejilla, me despedí y cerré el ataúd, como cuando lo arropaba de pequeño y le daba la bendición… en ambas ocasiones me fui tranquilo a dormir pues lo dejaba siempre en manos de Dios, sin saber que lo iba a ver morir.

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