«CALACAS: Calaveritas Literarias» – Julie Sopetrán / Mary J. Andrade / Mónica Pereiro


«CALACAS: Calaveritas Literarias»

Calaveras literarias para niños y adultos

El Día de Muertos, la tradicional fiesta mexicana, queda retratada en este libro —publicado en colaboración con Editorial Salto al reverso— con las calaveritas literarias de Julie Sopetrán, acompañadas por las fotografías de Mary J. Andrade y las ilustraciones de Monica Pereiro.

Julie, de nacionalidad española, tiende un puente más entre España y México con estas calacas escritas con el buen oficio y la sensibilidad de su poesía, ejercitada magistralmente en formas estróficas como la cuarteta, la seguidilla —de cuatro y de siete versos—, la décima, el ovillejo y el perqué. Sin olvidarse, claro, de aderezar sus obras con el tono gracioso, irónico, crítico y burlón de estos versos tradicionales mexicanos.

Sin embargo, la intención de este libro no es presumir las formas literarias, sino acercar este género a los niños, jugar con ellos, compartir risas y aprender a escribir juntos las calacas o calaveritas literarias. Así podremos pensar que La Muerte no es tan tétrica, ni tan seria, por el contrario, podemos reírnos con ella y crear una vida más alegre a su alrededor, ya que queramos o no, nos vamos a morir. El principal objetivo de este libro es el de familiarizarnos con esa señora tan distante a la que podemos llamar de todo y acercarnos a ella para ver y saber que se parece mucho a nosotros mismos. Y como nosotros… y con nosotros, ella, también se ríe a carcajadas.

Los poemas de «CALACAS: Calaveritas Literarias» quedan hermosamente acompañados por las ilustraciones de la artista española Mónica Pereiro y por las fotografías de la ecuatoriana-estadounidense Mary J. Andrade, imágenes que muestran la devota sublimación de la pérdida de los seres queridos, y su maravilloso y festivo regreso en ocasión del Día de Muertos.

«Con sinceridad, Julie Sopetrán nos comparte ese México que late en su corazón y en su poesía; ahí, en los versos de sus calaveritas, muchos españoles, niños y grandes, podrán asomarse a la variedad y profundidad de nuestra fiesta de muertos, pero también muchos mexicanos, como yo, podremos recuperar con la lectura el sentido que la fiesta guarda para cada uno, y degustar la fina inspiración de la autora».

Raúl Eduardo González
Autor e investigador mexicano

PRESENTACIÓN POR FACEBOOK LIVE

Sábado 15 de mayo
facebook.com/saltoalreverso
2:00 PM – CDMX
9:00 PM – Madrid
12:00 PM – San José, California

Portada e Ilustraciones
Mónica Pereiro

Fotografías
Mary J. Andrade

Diseño de colección
Fiesky Rivas

Maquetación
Mónica Pereiro

Prólogo
Raúl Eduardo González

Corrección de estilo
Elizabeth Scott
Carla Paola Reyes

Project Management
Mayté Guzmán

Edición
Carla Paola Reyes

Editorial
Salto al reverso

Primera edición (2021)
Edición impresa

Disponible en:

Amazon.com

Amazon.es

Próxima presentación del libro «CALACAS: Calaveritas Literarias»


En Editorial Salto al reverso hemos estado trabajando en la edición del libro «CALACAS: Calaveritas Literarias» de las autoras Julie Sopetrán, Mary Andrade y Mónica Pereiro.

El Día de Muertos, la tradicional fiesta mexicana, queda retratada en este libro —publicado en colaboración con Editorial Salto al reverso—con las calaveritas literarias de Julie Sopetrán, acompañadas por las fotografías de Mary J. Andrade y las ilustraciones de Monica Pereiro.

Los invitamos a la presentación del libro vía Facebook Live este sábado 15 de mayo de 2021, con la participación del prologuista Raúl Eduardo González y la editora Carla Paola Reyes.


Presentación oficial

Facebook Live por 
Editorial Salto al reverso
facebook.com/saltoalreverso

2:00 PM – Ciudad de México
9:00 PM – Madrid
12:00 PM – San José, California (Estados Unidos)

2021-05-15T14:00:00

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Presentación de «CALACAS: Calaveritas Literarias»


Relanzamos nuestra editorial

editorialsaltoalreverso.com

Día de Muertos


El cielo lucía un gris amenazador, inconcebible para esa época del año. Parecía que en cualquier momento la lluvia azotaría con fuerza el pueblo. Un hombre alto circundaba las aceras invadidas por flores de cempasúchil, canastos colmados de pan de muerto recién horneado; vistosas calaveras de azúcar y papel picado multicolor. El individuo iba registrando en su celular cada cosa que veía. Era una fiesta en las calles y en el interior de las casas: el Día de Muertos. Se detuvo a observar a detalle, atraído por el olor a copal, un altar donde se había colocado una ofrenda. Un tanto desconfiado se deshizo de la mochila que llevaba en la espalda. Miró una fotografía o, mejor dicho, un retrato muy antiguo: era una mujer robusta sentada en una silla con respaldo alto. Sus manos descansaban sobre su regazo. Tenía el rostro serio y sus ojos parecían perderse en un punto indefinido. El retrato era en blanco y negro; por la luz y la distancia no pudo distinguir si era una foto o un retrato hecho a mano. El olor a copal se mezclaba con el humo de la combustión de las veladoras de parafina. Continuó mirando, ahora su atención estaba puesta en una pieza de pan de muerto: coloreada con azúcar rosa y con una redondez irregular que indicaba que no era hecho con molde. Se acercó una mujer de piel morena, que, aunque era de estatura promedio, lucía diminuta al lado del curioso.

—Noches, güero —dijo con desfachatez y amable familiaridad.

El hombre volteó sobresaltado.

—Noches…, buenas…, ¡buenas noches! —dijo corrigiéndose al vuelo y en un español con marcado acento extranjero. La mujer sonrió mostrando una dentadura torcida y amarillenta.

—¿Qué se te ofrece, güero?

I just…, mirando. ¿Por qué hay mucho comida aquí? —dijo señalando las cazuelas.

—Es una ofrenda para la difuntita —contestó la mujer señalando el retrato.

—¿Por qué?

—Cada año, en el mes de noviembre, los muertitos regresan por un rato a este mundo.

—¡Eso no es posible! Bullshit!

—Bueno, güero, es la tradición mexicana, pero sí regresan en este día.

Levantó su mochila y se la puso en la espalda para seguir su marcha. Ni siquiera dijo una última palabra a la mujer. Se fue pensando en que por esas patrañas ese y otros países vivían en el atraso. Siguió mirando, casi todo se repetía: comida, velas, papel picado en la decoración, fotografías de hombres, mujeres, niños y hasta familias enteras. Regresaría al lugar en donde se hospedaba. Era en una casona de techos altos que había alquilado por medio de una aplicación que descargó a su celular. El pueblo era pintoresco y tradicionalista. No le había parecido la gran cosa, pero, aun así, el lugar tenía su encanto. Lo que sí detestaba era tener que subir y bajar por las callejuelas estrechas. No estaba acostumbrado a caminar sobre empedrado y le faltaba el aire al subir las pendientes. Escuchó un taconeo rítmico y constante al llegar a una pequeña curva. Esperó encontrarse de frente con alguna persona a medida que iba avanzando, pero al cubrir casi todo el trayecto, el taconeo cesó y en la empinada subida de la calle no había nadie. Se encogió de hombros y continuó el ascenso resollando.

Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, después de hacer sonar una campana jalando un cordón, un niño bajó corriendo por el otro extremo de la calle. Hizo un recorrido en diagonal para llegar hasta donde él esperaba. Se detuvo, y sin decir nada, tomó la mano del extranjero y puso en la palma una canica. De inmediato echó a correr calle abajo. Lo siguió con la mirada hasta que la curvatura de la calle le impidió seguir mirando. «What the hell?», se dijo cuando reparó en que el chiquillo en su loca carrera no emitía sonido alguno al chocar las plantas de sus pies con las piedras de la calle. La puerta se abrió de golpe e hizo que el extranjero pegara un brinco.

Entró al cuarto y aventó la mochila sobre la cama. Todavía tenía la canica en su mano, la miró y la arrojó al cesto de basura. Abrió una de las ventanas y de inmediato llegó el aroma de copal y mejor la cerró. Se duchó antes de ir a la cama y mientras secaba sus pies, de soslayo, vio una sombra deslizándose en la pared opuesta a la ventana. Volteó a ver y se asustó con su propio reflejo en el cristal.

No pudo conciliar el sueño tan rápido como hubiese querido. A la distancia se escuchaba música de mariachis en ratos, y en otros, la tambora de la banda regional. Su sueño fue inquieto y con sobresaltos. Soñó con la señora robusta del retrato: ella dejaba de mirar el infinito y dirigía su mirada al extranjero de manera abrupta. Se despertó y creyó escuchar el rebote de la canica contra el piso como si alguien la dejase caer una y otra vez. Se levantó, encendió la luz solo para ver como la esfera de vidrio chocaba contra una de las patas de la cama. Se le erizaron los vellos de la nunca, pero su convicción escéptica de inmediato buscó una explicación lógica. Él mismo hubo pateado la canica que creyó haber depositado en el cesto. Abrió la ventana, la arrojó a la calle escuchando como rebotaba contra el empedrado hasta que el niño que se la había dado horas antes pasó corriendo otra vez y se detuvo a recogerla, la tomó entre su pulgar y su índice y volteó a mirar a la ventana; sus miradas se cruzaron. Esta vez se le erizaron todos los vellos del cuerpo.

Hubiera aceptado la marihuana que le ofrecieron días antes en una de las cantinas que visitó para beber una cerveza. En momentos como este le ayudaría a entender lo que estaba pasando.

Intentó dormir. Solo dio vueltas en la cama y cuando creía que el sueño le vencía, escuchó risas de niños como si estuviesen jugando en el patio exterior. Pasó por su cabeza la idea de levantarse a reclamar por el alboroto que no lo dejaba dormir, pero se lo pensó dos veces, eran días de fiesta nacional y no estaría bien hacerlo. Daría una calificación baja y una reseña negativa en la app por todas aquellas molestias.

Recordó que tenía guardadas un par de botellas de mezcal artesanal que le vendieron en la plaza principal y que llevaría a su país como suvenir. Tomaría un trago para relajarse. Abrió el cajón, ahí estaban las botellas en reposo impaciente.

—Mezcal… Whatever! —dijo sin seguir leyendo la etiqueta. Bebió un trago y aunque la bebida se arrastró ardiente por su garganta, tomo otro y otro y otro hasta vaciar el contenido. Consideró abrir la otra botella cuando un ataque de náuseas mandó un tsunami de saliva a su boca. Dio la primera arqueada antes de llegar al pequeño bote de basura para vomitar. Se arrepintió de beber sin control. Se levantó a enjuagarse no sin antes volver a percibir de soslayo, una sombra que atravesaba la pared de un extremo a otro. Recordó que hacía un rato le había pasado lo mismo, pero en aquellos instantes aún no estaba borracho. Se puso de mal humor. Salió de la habitación dispuesto a reclamar a su anfitrión por los ruidos que no lo dejaban dormir. Se asomó por el barandal y le pilló una oscuridad anormal; no había nadie en el patio. Prevalecía una quietud que casi le hizo cambiar de parecer. Sin embargo, continuó por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación del dueño del lugar. Tocó tres veces a la puerta con los nudillos, no recibió respuesta. Cuando iba a hacerlo con el puño entero, escuchó el rechinido de las bisagras; se encontró con la cara somnolienta del hombre que le alquiló la habitación.

—¡Carajo! ¡Apesta a alcohol! Se ha puesto una buena, güero.

—¡Niños no me dejan dormir!

—¿Niños? No, ya es tarde, ya no piden calavera a esta hora.

—En el patio escucho niños jugando.

—Ya córtele, güero, aquí no hay niños desde hace mucho. Se le pasaron las cucharadas. Mire, no hay nada para preparar comida, pero ahorita todavía está doña Flor. Échese un buen plato de menudo y con eso se le corta la borrachera. No tome tanto mezcal, es una bebida de respeto.

What?

—Váyase todo derecho, a tres cuadras, pasando la panadería de don Tomás, va a ver un puesto. Ahí mero está doña Flor. Pídale un plato de menudo, ya verá qué bueno está.

—…

No supo que decir ante la pasividad y tremenda tranquilidad del anfitrión. Le dio la espalda y regresó al cuarto. Seguiría el consejo e iría a comer algo. Se vistió y tomó un poco de dinero. Miró la segunda botella de mezcal y en ese momento supo que en su vida volvería a tomar un sorbo. Tan solo de pensarlo sentía asco.

Siguió las indicaciones y llegó al lugar de doña Flor. A pesar del horario, estaban algunos comensales sentados a la mesa.

—Pásale, güero. Siéntate. ¿Qué te voy a servir? —dijo con animada y hospitalaria voz doña Flor.

—Plato de menudo. ¿Es bueno?

—¡El mejor! Ya verás, güerito. Te lo voy a servir con todo para que cuando regreses a tu país, te acuerdes de que comiste el mejor menudo y le cuentes a tus nietos. ¡Ja, ja, ja! ¿Tienes familia? ¿Hijos?

—¡Oh, no! Mucho después.

—Ta bien, güero. Ahí’sta. Aquí hay cebollita, limón, chilito de árbol. Lo que quieras.

—¡No picante! ¡No!

El extranjero miró a un lado y a otro. Se daba cuenta de que la gente de ese país era muy cercana entre sí: no les importaba que un extraño comiera y compartiera en la misma mesa, de buena gana reconoció ese peculiar comportamiento.

Olía bien el caldo rojo, esperaba que tuviera el mismo gusto. Dio el primer sorbo y el infierno estalló en su boca, hizo cascada en la laringe antes de que siquiera llegara a su estómago. Sintió que acababa de tragar fuego vivo. La primera señal de que se asfixiaba, fue el súbito enrojecimiento de su pálido rostro. El aire no llegaba a sus pulmones y en cambio sentía que ardía en llamas por dentro. Gordas gotas de sudor le resbalaron por las patillas. Quiso ponerse de pie, se llevó ambas manos a la garganta. Otro desvelado sentado a su lado se dio cuenta de que se estaba ahogando. Con rapidez de la aplicó la maniobra que se utiliza en esos casos: le dio una fuerte palmada en la espalda que le alivió de inmediato la respiración.

—¡Toma, güero! —Doña Flor le ofreció un limón con sal. Lo recibió cuando pudo jalar aire de nuevo. Se lo llevó a la boca y exprimió el jugo. Sintió un alivio momentáneo, pero el ardor en labios y lengua no cedía. Pidió otro limón y repitió el procedimiento. Caminaba de un lado a otro jalando pequeñas porciones de aire. Mientras hacía eso, advirtió que los demás comensales, doña Flor y su ayudante sonreían divertidos y volvían a lo suyo. La ayudante, incluso, tuvo la desfachatez de captar el momento en una fotografía hecha con su móvil.

—¡Muchacha! ¡Guarda eso! ¡No seas canija! —regañaba doña Flor.

En la foto, el extranjero se veía casi enfurecido, con los puños apretados como un niño que está a punto de hacer una rabieta.

Se fue del lugar cuando todavía no terminaban de burlarse de él. Enfiló hacia su alojamiento y en el camino pensaba en cómo esa gente era capaz de comer tanto picante y encima de eso, caliente.  No volvería a ese país de barbarians.

El próximo año viajaría a Europa a maravillarse con la aburrida arquitectura de alguna ciudad. Allá no existía la comida picante.

En definitiva, no fue una grandiosa idea venir a este país. Renegaba por el camino de regreso al cuarto de alquiler; de pronto, un sujeto le salió al paso en uno de los tantos claroscuros de la calle.

—¡Ya’stas, cabrón! ¡Párale a’i!

El extranjero se detuvo por instinto, mas no porque hubiese entendido lo que le indicó la voz.

—Vele aflojando, ¡Ándale!

Sin saber qué hacer, solo hasta el momento en que se dio cuenta de que en la mano de quien lo increpaba brillaba la hoja de un cuchillo de gran tamaño, levantó las manos mientras miraba a lo largo de la calle por si hubiese alguien que le prestara ayuda.

—¡El billete, pinche güero!

Al escuchar la palabra «billete», metió la mano al bolsillo derecho y extrajo algunas monedas y un billete de baja denominación. Pensó en el resto que dejó en el cuarto.  

El asaltante lo miró incrédulo: todos los extranjeros actuaban de la misma manera, creyendo que con unos cuántos pesos todo estaba arreglado. Tomó al forastero por la playera y le puso la punta del cuchillo en la garganta.

—¡Todo el dinero, pendejo! ¿Qué te estás creyendo?

—No más… Es todo —contestó con el rostro más pálido de lo normal. Olió un tufo de alcohol mezclado con algo más: el ladrón le resoplaba en plena cara.

Pu’s ya te cargó…

Sintió una punzada a la altura del abdomen, luego otras tantas y todo se le oscureció más de lo que ya estaba esa noche de noviembre.

Despertó encontrándose de pie en una de las callejuelas del pueblo, no recordaba por qué estaba ahí. Miró en derredor y vio la algarabía propia del Día de Muertos. Se acercó a una de las ofrendas y vio un retrato de una mujer robusta sentada en una silla de respaldo alto. Volteó hacia otro lado y pudo ver una pequeña bandera con estrellas y barras, miró con detenimiento: había una fotografía de un hombre de piel muy blanca con los puños cerrados como un niño haciendo una rabieta. Se reconoció en aquella imagen y comprendió lo que había pasado cuando se dio cuenta de que, en la ofrenda, junto con su foto estaba un plato de menudo, una bandera de su país y una botella de mezcal. Atrás de él, una mujer de baja estatura, piel morena y dentadura amarillenta le dijo:

—Bienvenido, güero. ¿Ya ves que sí regresan?

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¿Te apuntas a disfrutar de la vida?

La inmortalidad del cangrejo

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Lunes, nueva semana, nueva recomendación.

En esta ocasión no es un libro, ni una pelí (aunque tengo un par de ellas en el tintero,) ni nada así. Es una actitud. Abre tus ojos, abre tu mente. Disfruta.

Acaba de pasar un puente muy señalado, que siempre ha sido “el de los Santos” y que ahora es casi “la fiesta de Halloween“.

Bien, soy católica practicante y “disfrutotóloga” de la vida. Me encanta el folclore y lo tradicional y aprender cosas nuevas de culturas diferentes. Es decir, tengo unas creencias firmes que practico, pero eso no me hace cerrarme ante experiencias nuevas o diferentes a nuestra tradición.

Todo esto lo digo por que el domingo anterior escuché como, desde el púlpito, el sacerdote de mi parroquia condenaba la celebración de Halloween y nos intentaba asustar con sus consecuencias. La verdad, me parecía un…

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