Enseres al alcance de las manos


Una señal de prohibido estacionar

sería suficiente

para advertir a todos

que no se pueden sentar

cómodamente.

Un cañón sin retroceso

si está prohibido disparar

haciendo cualquier tipo de ruido

que despierte a los demás.

Una llave inglesa

que me permita ajustar

las farolas de la calle

y a la luna — cuando se deje manosear —

para cuando quiera apagar el día

que sólo tenga que apretar.

No sé si con lo que me quede de tinta

se encenderá.

 

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Mañana


Sea el día que despierta sonrojado
con los labios abiertos,
trozo de coral desterrado
en un velo de espuma,
a la orilla del mar.

Como preludio al beso, el reloj calla,
desnudas
entre las sábanas,
las bocas se bañan de azul.
Azul en las alas extendidas de los pies.

Un palpitar corre por el cuello,
ojos de agua
con barcas a la orilla,
retoza en el sueño un suspiro.
Las pestañas levantan las compuertas
y se inunda el día.

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Te extraño


La noche sin luna llegó cantando su himno de guerra, la víspera de una confrontación entre la luz y la oscuridad. Ella y yo estábamos en medio de su zona de batalla. Solos. Nos habíamos recostado juntos en un campo cubierto por una suave y verde hierba. Nos rodeaban pequeños cabos de flores, dispersos entre sí, pero anclados maravillosamente en puntos innecesariamente perfectos. Éramos como los personajes de una pintura que fueron colocados desinteresadamente en un punto cualquiera del cuadro, pero que a otra escala estaban simétricamente ordenados con todo su entorno. No puedo decir que no era una tarde espectacular: una suave brisa fresca que jugaba con un sol maduro.

Éramos cómplices en todas nuestras aventuras. Nos reíamos juntos por cada locura en la que pensábamos y llorábamos reclinados el uno sobre el otro cuando la tristeza nos abrazaba. Éramos todo.

Esa tarde ella y yo conversábamos de todo un poco, de esto y de aquello. Recordábamos los mejores momentos del día y los clasificábamos por niveles de diversión. Teníamos nuestra propia métrica para hacerlo. Sí, también se podría decir que éramos un par de raras criaturas pero, ¿qué más da? Realmente lo disfrutábamos. Sin embargo, tanto lo disfrutábamos que perdíamos la noción del tiempo, así como esa tarde la perdimos del todo. Para cuando nos enteramos de la hora que era, ya era tarde. La noche comenzaba a cruzar el cielo rápidamente y nosotros estábamos muy lejos de nuestra morada. Corrimos. Nunca nos separamos mientras corrimos por el campo. Era una carrera por no separarnos. Y así lo hicimos, pero no fue suficiente. La noche oscurecía todo a nuestro alrededor, no era justo, se la llevaba mientras nos rodeaba. Grité improperios, le reté a pelear, pero nada funcionó, simplemente la noche no me escuchó. Allí, bajo su inmensa capa de pequeñas estrellas, yo era una pequeña cosa más en su gran pintura negra. Para cuando me di cuenta, ella desapareció.

Llegué a mi morada esa noche, pero solo. Levanté la crujiente y delgada tela de cartón para recostarme y tratar de dormirme. Odiaba las noches sin luna, noches injustas que pasaban a robar lo único que realmente me hacía feliz. Ni siquiera hambre tenía. Oportuna ausencia de hambre pues no había logrado conseguir nada para comer esa noche. Mi única felicidad era gracias a ella. Mi felicidad era ella. Ella era lo único que realmente tenía para mí solo.

Esta noche he perdido, pero mañana será un nuevo día. Mañana volveremos a caminar juntos de nuevo. Por ahora sólo dormiré. Quisiera que estuvieses aquí, sombra.

Imagine - Jakez Daniel

Imagine – Jakez Daniel

La mujer del tiempo


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el sábado anuncia tempestades

que el domingo nos entrega sin piedad.

mis pequeñas depresiones,

anestesiadas.

 

en un sin vivir,

sobreviviendo

a nada.

 

 

(Para más fines de semana inaguantables y más poesía diminuta, visita http://www.lachicaimperdible.wordpress.com )