Esperando al azul


Esperando al azul

Foto: Benjamín Recacha

En cuanto se cerró la puerta, en su cerebro se activó un mecanismo que le reveló la nueva situación con toda su crudeza. Estaba solo. Por primera vez en su vida. Solo.

Una insoportable sensación de fracaso le nació en el estómago, y le subió por la garganta como un tsunami que arrasaba con todo. El endeble armazón de autoconfianza que había ido tejiendo con hilos de esperanzas inciertas durante semanas, desde que fue evidente que la situación era irreversible, quedó destrozado en un instante, sin piedad.

Se dejó caer de rodillas en el frío suelo del pasillo, paseó la mirada desconsolada, la mirada de quien en el momento de la verdad se daba cuenta de que no entendía nada, de que todo había pasado sin apenas ser él consciente de que no había vuelta atrás, la paseó por las paredes desnudas del comedor, la posó en cada rincón vacío de aquel espacio donde durante tanto tiempo habían reinado el cariño y las risas, y surgió el llanto, a borbotones, impulsado por la fuerza desgarradora que, tras el largo asedio invisible, lo había invadido sin hallar la más mínima resistencia.

…..

El nuevo piso no estaba mal. Era pequeño (no necesitaba más espacio) y luminoso. Aunque tenía más de cuarenta años, lo habían reformado hacía poco, y el alquiler era asequible. El olor a recién pintado, y a muebles nuevos en la cocina, lo reconfortaron un poco.

Había permanecido dos días más en el piso anterior, sin apenas levantarse de la colchoneta hinchable donde había dormido durante las dos últimas semanas de convivencia. Había llorado, y se había dado pena a sí mismo. Caer en el derrotismo y en la autocompasión era tentador, así que durante cuarenta y ocho horas se había entregado a ello con esmero. Hasta esa mañana.

Al despertarse, se había dado cuenta de que no le quedaban lágrimas y de que continuar con el martirologio le producía una pereza inmensa. De modo que se levantó y, con caminar renqueante, subió la persiana hasta arriba. Estaba nublado, pero no llovía. «Así me siento yo, tan gris como este cielo».

Le quedaban aún tres días de margen para entregar las llaves del que había sido su dulce hogar durante cinco años largos, pero en aquel momento, con la vista fija en el gris compacto que había pintado el cielo, decidió que ya estaba bien de comportarse como un alma en pena. Se mudaría esa misma tarde.

…..

Al principio, lo que más echaba de menos era el despertarse cada mañana con su hija saltando sobre él en la cama. «¡Al abordaje!», gritaba, entrando como un vendaval en la habitación, y saltaba, cual pirata sanguinario, sobre el desdichado navío que trataba de mantenerse a flote, sin saber por dónde le venían los zarandeos.

Algunas mañanas, el abordaje pirata lo hacía despertar de mal humor, pero ahora sólo recordaba las guerras de cosquillas y a Laia deshaciéndose en carcajadas.

Y dolía.

Había momentos en que la soledad era apaciguadora, pero en otros, los más, aquel silencio se le hacía ensordecedor. Esa mañana, por ejemplo. Había pasado una semana. Llevaba un rato despierto. La luz entraba por las rendijas de la persiana, y él estaba tumbado boca arriba, con los ojos clavados en una pequeña grieta en el yeso del techo. Por un instante, imaginó que un rayo de sol se colaba a través de ella.

Sacudió la cabeza, se liberó del edredón, y abandonó la cama. Se dirigió hacia la ventana y, despacio, levantó la persiana. Estaba nublado. Un día más. Aquel principio de otoño, el sol apenas se había dejado ver. «Se está solidarizando con mi estado de ánimo», pensó, con una sonrisa triste en los labios.

Las vistas eran bonitas. La ventana daba a un parque grande, sin edificios colindantes. Más allá se extendían los campos de cultivo y las montañas forradas de verde, de cimas redondeadas. Se detuvo en una de ellas, y, al levantar la mirada hacia el cielo, el agujero azul en las nubes le provocó un leve hormigueo en el estómago.

…..

Lo peor era cuando se tenía que despedir de Laia. Aunque la veía alguna tarde entre semana, los días que lo separaban del siguiente fin de semana en que la tendría sólo para él transcurrían con una lentitud exasperante, lentitud que contrastaba con la rapidez desesperante con que las horas juntos se le escapaban entre los dedos.

La niña siempre tenía un aspecto inmejorable. Se había adaptado bien a la nueva situación y crecía sana y feliz. Disfrutaban al máximo el tiempo compartido y, a la hora de la despedida, ella lo abrazaba fuerte y le pedía que se cuidara, mientras que a él el nudo en la garganta le impedía hablar. No quería que lo viera llorar.

Ese domingo de noviembre, el cielo estaba inusualmente estrellado. Mientras apuraba un cigarrillo asomado a la ventana, pensaba en la conversación que había mantenido con su hija de cinco años mientras comían. Tenía frío en los brazos; la temperatura había bajado unos cuantos grados desde la tarde, pero eso no lo ahuyentó. Al contrario, la sensación de frío lo hacía sentir más vivo. Dio una nueva calada al cigarrillo y expulsó el humo hacia las estrellas.

«Papá, te tengo que contar algo que a lo mejor no te gusta», le soltó, muy seria, entre bocado y bocado de su escalopa de pollo. Él la miró con las cejas arqueadas y la animó a continuar. «Pues, verás, es que mamá tiene novio».

Aquello fue como una bomba atómica. Por previsible que fuera que una mujer simpática e inteligente continuara con su vida, él no estaba preparado todavía para pensar en ello. «¿Te has enfadado?», le preguntó Laia, con la misma seriedad, y, sin esperar respuesta, concluyó: «Creo que no te lo tendría que haber contado, pero no te preocupes, que, aunque David parece simpático, yo sólo te quiero a ti como padre».

Dejó escapar la última bocanada de humo venenoso y, respondiendo a un impulso inconsciente, se puso a reír. Rememoraba la expresión de adulta en miniatura de su hija, imaginaba a su ex flirteando con aquel desconocido, y una risa incontrolable y catártica lo dominaba. Rio a carcajadas, liberando la tensión acumulada durante meses, hasta que, exhausto pero satisfecho, regresó al interior de su nuevo hogar.

…..

Aquella noche durmió como no recordaba. Ocho horas de un tirón. Al despertar, había recuperado una seguridad en sí mismo de la que apenas era consciente haber sido poseedor. Estaba descansado y de buen humor. Notaba los músculos relajados y las extremidades ligeras. «Pues igual me voy a correr antes de trabajar», fue el loco pensamiento que surgió de su mente mientras se incorporaba.

Bajó de la cama de un salto, y en dos zancadas se plantó junto a la ventana. Descorrió la cortina y levantó la persiana con movimientos enérgicos.

El sol brillaba espléndido en un cielo tan azul que alimentaba los sentidos.

Ya dolía un poco menos.

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El ascensor


Luis acudía a la cita con el notario con el mismo entusiasmo que si tuviera que visitar al dentista. Si no había imprevistos, que seguro que los habría, sería la última vez que entraría en aquel ascensor paleolítico que lo iba a conducir al despacho donde lo estarían esperando el señor caradepalo y su ex (la suya, no la del notario). Una firmita y el piso por fin sería propiedad exclusiva de ella.

Ya no tendría que soportar más aquella expresión de continuo reproche. Él también podía reprocharle cosas, muchas. Después de todo, resultó que él ya tenía una respetable cornamenta cuando le confesó el desliz con Mireia sintiéndose el ser más despreciable del planeta. Ella no lo iba a reconocer, pero Paula se lo chivó todo. “Ya ves, la que creías que era tu mejor amiga se vengó por haberle robado al tipo por el que bebía los vientos”. Ya le daba igual. Sólo quería acabar con aquello y largarse de allí con el talón en las manos.

Entró en el ascensor, pulsó el botón con el número cinco, y, cuando ya se cerraban las puertas, una mano las detuvo.

—¡Cuidado!

Luis buscó el botón que las abría de nuevo, pero no le dio tiempo a pulsarlo. Una segunda mano apareció para ayudar a la primera y, tras ellas, el cuerpo de una mujer de mediana edad y aspecto cansado.

—Ay, gracias.

—Pero, mujer, no hacía falta que se jugara el físico de esa forma. En dos minutos volvía a tener el ascensor aquí.

—Ya, ya… Creía que me daba tiempo a colarme.

Le dedicó una sonrisa de disculpa y Luis dio por cerrado el incidente.

—¿A qué piso va?

—Al cuarto. Gracias.

La mujer volvió a mirar al extraño. Otro que subía al despacho de su marido. Luis le devolvió una media sonrisa de cortesía mientras esperaba que no se le ocurriera hablarle del tiempo.

—Hace calor, ¿verdad?

Ahí estaba.

—Sí…

—Ya tocaba, después de tanta lluvia.

—Sí…

Otra sonrisa. Luis apartó la mirada, incómodo, y sacó el móvil del bolso para tener una excusa que lo librara de aquella conversación que amenazaba con prolongarse durante veinte eternos segundos.

Y entonces el ascensor se detuvo.

—Vaya. Otra vez —dijo la mujer, aparentemente tranquila.

—¿Otra vez? ¿Cómo que otra vez? —A Luis no le hacía ninguna gracia lo que aquella afirmación llevaba implícito.

—Pues eso, que no hay día en que no pase algo con el ascensor. Estamos bastante hartitos, pero la comunidad no se pone de acuerdo para cambiarlo.

—La verdad, no me importan los conflictos que tengan en la comunidad. A mí me esperan en el notario y necesito que este cacharro siga subiendo.

—Pues ya puede armarse de paciencia…

—¿Qué quiere decir?

Luis empezaba a temer lo peor.

—Eso. Que va a pasar un buen rato hasta que vengan a rescatarnos.

Luis se abalanzó sobre el cuadro y se puso a pulsar botones, a golpearlos con rabia al comprobar que no obtenía respuesta alguna. Ni siquiera el de la alarma funcionaba. La mujer lo miraba condescendiente.

—Ahórrese el calentón. Le aconsejo que se lo tome con filosofía. El otro día estuve una hora encerrada con el butanero, un chico muy majo, por cierto, hasta que llegó el portero con la llave.

—Eso es, el portero. Llamémoslo.

La mujer negaba con la cabeza, mirando al pobre muchacho como una madre mira a su hijo pequeño para explicarle por qué algo es imposible.

—Ha ido al médico. Lo sé porque me lo ha dicho esta mañana, antes de que yo saliera a desayunar con Ángela.

“Ángela, Ángela… ¿Y a mí qué coño me importa con quién haya desayunado, señora?”

—Pero habrá alguna alternativa…

—Sí la hay… —Luis sintió una punzadita de esperanza—. Tomárnoslo con calma y charlar un rato.

“¡Dios!” No podía creer que aquello estuviera ocurriendo. Era la primera vez que se quedaba encerrado en un ascensor, y tenía que ser un cuchitril, junto a una maruja con ganas de darle a la lengua, y de la que no podía separarse más de medio metro… Otra vez la sonrisa inquietante… “¿Qué le pasa a esta tía?” Luis se cruzó de brazos y se apretó contra la pared. La mujer había cambiado la expresión. Ya no parecía cansada, sino más bien entusiasmada…

—Pues sí, hace bastante calor, y aquí dentro, con lo pequeño que es esto, aún más, ¿verdad?

“En serio, me estoy empezando a asustar”.

—¡Socorro! —Luis decidió recurrir a la desesperación.

—¿Qué hace, hombre? No grite así, que me va a dejar sorda. Deje de comportarse como un niño asustado, que no nos va a pasar nada.

—Mire, señora. No tengo intención alguna de perder una hora aquí encerrado. Ahora mismo llamo a emergencias.

Luis se dio cuenta entonces, horrorizado, de que la batería de su móvil estaba al 1% de carga. Se apresuró a marcar el 112, pero a la primera señal de llamada… se apagó.

—¡Mierda! Esto no puede estar pasando. Me he quedado sin batería. —Miró a la mujer, que, incomprensiblemente, seguía sonriendo—. ¿Podría llamar usted, por favor?

Empezó entonces a negar lentamente con la cabeza, sin abandonar aquella sonrisa que lo estaba poniendo cada vez más nervioso.

—Me temo que me he dejado el teléfono en casa…

—¿En serio? Compruébelo, haga el favor.

Luis estaba a un paso de arrebatarle el bolso y vaciarlo sin miramientos.

—Como quiera, pero sepa que me está empezando a incomodar con esa actitud tan infantil.

“Será bruja la tía… Y mírala, no deja de sonreír”.

La esposa del notario abrió su pequeño bolso estampado imitando el pelaje de un leopardo y se puso a revolverlo. Evidentemente, allí estaba el móvil.

—Como le acabo de decir, me lo he dejado en casa. Nunca lo cojo cuando salgo a desayunar.

Luis resopló ruidosamente y miró al techo, donde uno de los dos fluorescentes que iluminaban el habitáculo empezaba a parpadear. Sin poder controlarlo, se puso a reír, una risa que surgía de la resignación y la constatación de estar viviendo una experiencia absurda. A su acompañante aquella reacción inesperada pareció divertirle.

—¿Qué le pasa? ¿A qué viene ese cambio de actitud?

Luis no podía dejar de reír.

—El fluorescente… No, si al final también nos quedaremos a oscuras… —logró decir entre carcajadas nerviosas.

—Ah, sí. Pues no me extrañaría, porque el tema de los fluorescentes también da para hablar un rato…

Las risas del joven iban en aumento, así que la mujer aprovechó la distensión del ambiente para desabrocharse un botón de la blusa, dejando asomar parte del sujetador y de un pecho generoso.

—Uf, qué calor —volvió a decir, con la mejor de sus sonrisas, mientras agitaba las manos, estratégicamente colocadas a la altura del botón desabrochado.

La mirada de Luis fue atraída por el movimiento, igual que una polilla es atraída por la luz de una bombilla, e, igual que el insecto, ya no pudo apartarla. “¡Leche!”, pensó casi en voz alta. “No veas con la maruja”. Se dio cuenta entonces de su indiscreción y carraspeó mientras apartaba la vista, en un burdo intento por disimular. La “maruja” estaba radiante, complacida por el éxito de su táctica.

—¿Y dónde dices que vas? Porque no te tengo visto. —Mentía, ya se había fijado en él dos semanas atrás, cuando lo vio entrar en el despacho de su marido.

La mente de Luis volaba incontrolable, imaginando cómo aquella mujer madura que, tenía que reconocerlo, estaba de muy buen ver, seguía desabrochándose la blusa. Sacudió la cabeza para sacarse aquellos pensamientos perturbadores y muy inapropiados.

—¿Cómo…?

—Que a dónde vas, guapetón… Estás distraído, ¿eh? —El tuteo también formaba parte de la estrategia. Más sonrisa y, como quien no quiere la cosa, se le acercó un pasito.

—Estooo, al notario, voy al notario.

Luis estaba atolondrado y la mujer, encantada de comprobar que le estaba causando el efecto que había imaginado.

—Ah, sí. El notario… —arrastraba las palabras al mismo tiempo que ella se deslizaba, muy lentamente, hasta casi rozar ya a su víctima—. Qué pena, tan joven…, tan guapo… ¿Qué mujer en su sano juicio dejaría escapar a un bombón como tú?

Sabía perfectamente que el 90% de los clientes de su marido eran parejas en proceso de separación o divorcio. Luis ahora sí que tenía calor. Mucho. Su mente indiscreta continuaba volando, por mucho que él pretendiera querer borrar aquellas imágenes en que aparecía arrancándole la ropa a la mujer que ya se apretaba contra su cuerpo.

—Se… señora… Me parece que se equivoca con… conmigo…

—¿Ah, sí? ¿Estás seguro de eso?

Y mientras lo preguntaba había agarrado las manos de él y se las había colocado sobre las tetas. Luis no las apartó. Al contrario, las metió en el sujetador y empezó a magrear con bastante entusiasmo. Unos segundos después sintió que lo agarraban del cuello y que una lengua caliente y ansiosa invadía su boca. No se resistió.

Veinte minutos más tarde Luis no acababa de asimilar que probablemente había echado el mejor polvo de su vida en un ascensor desvencijado, con una desconocida que estaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta. La edad, sin embargo, no había sido impedimento para que cayera rendido a sus expertos encantos. “Menuda fiera…”

La “fiera” acabó de ajustarse la falda y de abrocharse la blusa, mientras lanzaba miraditas complacidas a su coyuntural amante, y acto seguido el ascensor reanudó la marcha.

—Anda, mira tú qué bien. Ni siquiera va a hacer falta que nos rescaten.

Luis casi ni le dio importancia. Continuaba dándole vueltas a la tórrida (pero no por ello menos surrealista) escena que acababa de protagonizar. El ascensor se detuvo al llegar al cuarto piso.

—Aquí me quedo. —La mujer abrió la puerta—.Si vuelves alguna vez, quizás podamos repetirlo…, cariño. —Y se despidió lanzándole un beso a distancia con aquellos labios que lo habían devorado sin piedad.

Cuando Luis entró en el despacho del señor caradepalo se encontró con la mirada de reproche, cómo no, de su ex, que llevaba casi media hora esperando. Pero en esta ocasión no la aborreció. “Si tú supieras de dónde vengo…”

En aquel mismo momento la mujer del notario se preparaba un baño relajante mientras rememoraba el buen rato vivido en el ascensor. Había acertado echándole el ojo a aquel muchacho. Lo del butanero no había estado mal, pero no había comparación posible. Sin duda, el polvo de aquella mañana había sido el mejor de los últimos dos meses, y eso que recordaba algunos muy placenteros. Se sorprendía de que siguiera excitándole tanto hacerlo en el ascensor. Aquella sensación de poder ser descubiertos en cualquier momento la ponía a cien. Y es que aunque colocar el cartelito de ‘no funciona’ en la puerta de la planta baja reducía considerablemente el riesgo, y aun conociéndose los horarios de todos los vecinos, siempre podía aparecer alguien no previsto que llamara el ascensor desde cualquier otra planta.

Dentro del habitáculo la situación sí la tenía totalmente bajo control. Le parecía increíble que con sólo desajustar el botón de la alarma el resto quedaran inutilizados. Lo había aprendido del técnico con el que inauguró aquellas sesiones de sexo en suspensión. Había perdido la cuenta de los que vinieron después.

Qué bien se estaba en remojo, envuelta en espuma.

Recién Divorciado


patito-chino

Yamato está tan vacío en sus adentros que cuando termina de llenar los globos en la fiesta del primer cumpleaños de su hijo, se desmaya. Al despertar, mientras los paramédicos lo sujetan y su ex mujer lo observa de la mano con su nuevo marido, el pequeño niño no deja de admirar maravillado la mascota que su papá le ha regalado.

Versión en japonés para el beneficio de los seguidores de la amiga Takami Ibara:

やまとあなたの子供でバルーンを充填を終えたときの最初の自分自身でガラガラだった誕生日パーティー、気絶しました。覚醒、時に中に救急開催彼と彼の元妻彼女の新しい夫の手から彼を見て、小さな男の子を賞賛する停止していない驚いて彼の父は彼を持っていたペット ギフトします。

Te invito a entrar a este fabuloso blog de la joven japonesa Takami Ibara http://tibaraphoto.wordpress.com/Las imágenes a-japonesatienen todos los derechos reservados por el autor. El uso de estas imágenes ha sido autorizado por el artista.

All images appearing in tibaraphoto blog are the exclusive property of Takami Ibara. Copyright ©T Ibara Photo(茨原孝貞)

El Funeral


Paso tan rápido,
Un día estabas tomando vino,
El otro día estabas en el hospital
Y de ahí derecho a la tierra
Tu tumba estaba abierta, esperando por vos.
Te vi ahí, recostado
Vestido de traje
Con los ojos cerrados
Y tu alma tan lejos.
Mientras todos lloraban
Lo único que yo podía pensar
Era cómo me hubiera gustado acabar adentro del culo de tu sobrina
Que no era parte de mi familia
Sino de la de tu mujer.
La verdad, no me importaba si estabas vivo o muerto,
Vos moriste para mi cuando yo tenía 2 años
Un niño mirando la espalda de su padre sin poder entender
Donde esta yendo, porque no va a volver ?
De vez en cuando me llamabas
Y los días que yo tenía suerte me venías a visitar,
Íbamos a comprar algunos cómics, dar una vuelta en el viejo y polvoriento auto, y comprar algunos juguetes.
Los días que yo no tenía suerte
Vos simplemente no venías.
Yo me quedaba esperando y mi mama me solía llevar al cine.
Me acostumbre a llorar en silencio, en rincones oscuros,
Y la tristeza dio paso al odio.
Perdí muchos años odiandote,
Pero ahora, de alguna manera puedo comprender.
Oh, papa, vos no supiste ser un padre,
Lo único que sabías era ser plomero (y ni siquiera uno bueno…)
Tomar vino
Y fumar marihuana en tu tienda de video juegos con los chicos del barrio.
Fue todo tan rápido,
Un día me estabas ganando al ajedrez,
Al día siguiente la Muerte se estaba llevando tu alma.

La mirada


Recuerdo perfectamente lo que me enamoró de ella. Fue esa capacidad de sonreír con la mirada. Ese brillo que destilaba ilusión y ganas de comerse el mundo. De comerme a besos.

la mirada

¡Y esos besos tan especiales! Cuando nuestros rostros se separaban, su sonrisa dibujaba un “gracias por hacerme tan feliz“. Sin palabras. Sin sonido. Sin nada que entorpeciese ese momento.

Pero hoy me he dado cuenta de que, con el paso del tiempo, se me olvidó ver cuando miraba y por eso, hasta hoy no he sido consciente de que en sus ojos ya no hay brillo. No hay ese destello tan especial.

En su mirada se dibuja la desilusión que sus labios no quieren decir. Ha sido, en este instante, cuando he sido consciente de que, aunque siga a mi lado, la perdí hace tiempo, probablemente mucho tiempo, pero ni siquiera sé cuanto.

http://lainmortalidadelcangrejo.wordpress.com/2013/09/10/la-mirada/

Nanocuento: EL DIVORCIO


niño tristeA escondidas, el niño siembra el anillo de bodas de su papá en el jardín trasero de la casa, y lo riega diariamente con sus lágrimas, con la esperanza de verlo regresar.

Imagen sacada de http://imageshack.us/photo/my-images/512/doorboyyk4.jpg/