Remembrando y recabando


Cuando tu amor y mi dolor se juntan y luego se despiden.
Cuando tu placer y mi decepción se apasionan y luego desaparecen.
Cuando tu cuerpo y mi alma se unen y luego despegan.
Cuando tus labios y mi boca se aman y luego se atosigan.
Cuando tu piel y mi cuerpo se entrelazan y luego se agobian.
Cuando tus caricias y mis manos se seducen y luego se odian.
Cuando tu ternura y mi dulzura se amalgaman y luego se deslucen.

Voy remembrando y no mucho después
voy recabando mi soledad, tu amor y mi dolor.

Rememorando que la vida de mi vida fuiste vos,
y recabando que en algún momento hasta mi vida daba por vos.
Recordando y recabando, querida, mis llagas invisibles y tus cínicos temores.
Recabando y evocando mi fidelidad y tu traición.

Remembrando y recabando,
recabando y recordando,
recordando y olvidando
tu amor y mi dolor.

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Al borde


El día había estado inestable durante horas. Desde aquella punta de La Catedral, en Paracas, la mujer andina sentada con su sombrero mirando al horizonte de espaldas. El grajeo de una bandada de gaviotas me distrajo de las ensoñaciones más dulces para con aquella indígena peruana. Imaginé cosas que mi abuela me contó, de esas que su abuela le había contado. Pero noté romperse algo dentro de mí, cuando no entendía nada de lo que me contaban. No me identificaba con nada de aquello. Hasta aquel instante, de espaldas a aquellas piedras. Vi el paralelismo, y me reí. Solté una carcajada al encontrar los parecidos entre mi situación ante aquella figura y mi situación ante el mundo.

El guía que nos llevó hasta allí el día anterior nos aseguró que estaba prohibido traspasar ciertos límites. Estábamos sobre una zona donde los desprendimientos de tierra se producían de forma constante; era peligroso y por eso estaba cercado, limitado y vigilado. Nos especificó que estábamos caminando sobre sedimentos marinos de millones de años. Lo recuerdo porque me sentí así, como uno de ellos. Me habían arrastrado diversas corrientes, a lo largo de la vida, de un lado para otro, y me habían depositado donde todo fluía.

Eché un vistazo al grupo que me acompañaba en la visita con el guía. Una chica, con gafas de sol y pelo negro recogido en un moño, tenía frío. Parecía cansada y aburrida; estaba sentada en una de las piedras más llanas de la explanada donde estábamos. Se limitaba a mirar de un lado a otro y a sonreír de vez en cuando. Con las manos entre las piernas, se encogía cuando alguno de los compañeros hacía una nueva pregunta al guía. Un chico con camiseta azul y cámara fotográfica en mano se acercó a la valla de madera e hizo un par de fotos dirigiendo el objetivo a donde el guía explicaba que se situaban las Placas de Nazca. El guía, indumentado con una gorra y chalequillo a juego, movía las manos, en ese momento, haciendo balanza. Como si las placas tectónicas estuviesen en su poder.

—Los temblores y sismos son muy comunes en la zona —dijo rotundamente. Y, finalmente, cruzó las manos y dejó de distraerme con su manoteo. Nos avisó que si hacíamos fotos desde allí las vistas serían muy bonitas. Algo que era mucho más que evidente.

Otra carcajada al recordarlo. Me espabilé, y tambaleé un poco, cuando un par de gotas me golpearon en la cara. El oleaje rompía, agresivamente, contra las piedras. Había atravesado todo aquello para llegar al borde de aquella punta. Quería tocar el final de aquella Catedral. Había estado de cuclillas todo este tiempo, mientras recordaba y me reía. Me puse de pie, de puntillas, y saqué el móvil del bolsillo. Tecleé el número de mi abuela y apareció el nombre de Nana en la pantalla. Era el momento, y estaba preparada para hacerlo: pulsé el botón de la llamada.

—Nana, hola. Bien. No. Nada. Te llamo para decirte que te quiero. No. ¿La verdad? —contesté, tragándome las palabras, las lágrimas y la risa nerviosa—. Podría mentirte y decir que estoy al borde de un acantilado, a punto de saltar, pero no haré eso, Nana. No. Sabes que eres lo más importante del mundo para mí. No lo olvides. Nana, hace tiempo que dejé de divertirme aquí. Ya hemos hablado muchas veces, pero este camino sigue siendo un túnel negro, Nana. No. No hay ninguna luz al final. No la veo. Bueno, te miento. Ahora sí la veo, Nana. Te quiero.

Etéreo


A paso

lento, muy lento

nadie sabe.

Al lado de los grillos desaparece

—exactamente—

sobre el tilo en flor donde

las ideas se hacen espesas y lisas.

Justo ahí, se abandona, y

casi pertenece

a la máscara en los bosques que tocan

al mar

y lo llevan consigo.

En las montañas habitan pasos.

Los monos abren el aire y el agua

donde lavar su conciencia

(según la ciencia de los mosquitos).

Y así, la gota

se desliza sobre la piel

del animal herido

y se confunde con

lágrimas

que brotan de los ojos de los borrachos

al contemplar tanta belleza

lloran

En seguida, se bajan los cierres de los bares

alcanzados por los bordes de la claridad

a la que sucumben las joyas.

Entonces

da un salto grande demasiado

grande al abismo.

Y

apenas

roza por un  momento

—etéreo—

el olor de la alegría.

Conmoción


Sensación insolente
de tranquilidad.
Mi alma se encuentra
estrangulada en paciencia.
Mi ser recae en prolija cautela
y mi alma se conmueve en pasión.

Extravío mi cuerpo en decente lujuria,
pero atavío mi ser en un revuelo excelso
de inescrupulosa moral, de suicida decencia
y consigo deviene una impotente conmoción.

Me ciega la tristeza
y me impacienta la alegría.
Doy un paso
al amor
y ya he vuelto dos veces
del camino del dolor.

Conmoción concreta que me increpa.
Conmoción insolente, cúmulo de tenues pasiones.
Conmoción estúpida que siento y no entiendo.

El grito


edvard-munch-the-scream

«El grito», por Edvard Munch (1893). Fuente: Wikimedia.

Mi silencio es como un grito,
cosas dice a quien lo escucha;
pues tan cruel es esta lucha.
¡Mucho hablar yo necesito!

Horas pasan y retumba
como un eco en el silencio.
¿Al callarme me potencio,
o es la pena que me zumba?

Mucho duele lo no dicho
allá dentro de quien calla.
¡Dar por tierra la muralla
y sacar así al gualicho!

Entrevista a una lágrima


PhotoFunia New York Street Regular 2016-06-11 10 58 03 Fotomontaje: Entrevista a una lágrima – 2016 Edwin Colón

¿Alguna vez has conversado con una lágrima?
Anda, atrévete
Pregúntale el por qué de su existencia
¿Qué la hizo emerger de tan profunda cueva?

Acaso diminutos fantasmas que alborotan e intranquilizan su despedazado corazón
¿Qué la empuja tras la córnea infernal
al gran abismo exterior que la aterra?
¿De dónde vienes?
¿Hacia dónde te diriges?
¿Qué fuerza cósmica te nutre las venas de la creación?
Con tanta prisa desembocas en las inmensas aguas de la soledad
Te lanzas en estallido a un irremediable precipicio

Pensé una vez
que creciste en mi mente
y por ser transparente
eras esencia
de algo que no tiene
circunstancias

Pero sigo en la duda
con la eterna alergia a la esperanza
¿Será la locura de perderte?
No sé, si eres copia de sentimientos ajenos,
de gente que me lastimó las entrañas en el camino
O si eres retrato auténtico de mis adentros

Déjame huir contigo,
Salir de esta carne-prisión
de este espejo imperfecto
¿Acaso seré un simple pensamiento tuyo?
Soy la presa y no el anzuelo
¿Eres tú quién me piensa?
¿Eres tú mi Creadora?
¿Qué seré yo cuando en un cerrar de ojos, en un suspiro, desaparezcas?
Sé muy bien que te aferras muchas veces en algún rincón de mi tristeza
y tus gritos se esparcen como avalancha de hojas secas sobre la memoria
¿Qué no quieres que descubran quién eres?
¿Esa timidez que me presentas es innata o quizás aprendida
en tu tan larga espera?

¿Sabes cómo reaccionó la lágrima a todos mis efímeros cuestionamientos?
Enmudeció, respiro fuerte, tan fuerte como lo permitía su delicado cuerpecito
y mirándome colmada de ternura siguió mi crucigrama de recuerdos
con la sonrisa más cálida, con una humildad abrumadora
Me habló.

Soy tu alma, soy tu sombra condensada de caricias viejas,
de sueños ultrajados, soy tu sueño, de color profundo y olor a silencio,
No tengo más reverso que tu Yo,
Nado y hago piruetas
en las aguas ardientes del deseo y la pasión
que llamas equivocadamente sentimientos

Soy tu sangre virgen,
la sangra violada de tu alma castrada por las mentiras,
Soy tu todo
y siempre estoy contigo
Y cuando el sol se agota
o el calor de la paciencia
me estremece
me vuelvo luz
y nuevamente entro
un regreso triunfal a tus adentros
hasta el alma
muerte y vida
simultáneas
sin dimensión, sin frenos,
sin etiquetas, sin destierros…
No hay manera de escapar del dolor al ser traicionado,
en especial, cuando el amor se desborda a cántaros, queman, arden y supuran las heridas,
y se cuela por las rendijas que el tiempo no ha logrado sellar todavía
en un destronado, frágil y confundido corazón.

Los golpes de los que hablaba Vallejo


La primera vez,

yo nunca ya

volveré a ser.

Desde que otra

como tú

me guió ciego contra una pared

y dijo: “esto

es para que no confíes en nadie”

—te amaba—

Entonces y después nunca

el mismo. Luego

hay otras como tú

en el impacto de un suicida contra

el suelo,

en sus ojos como

arrepentidos

y en el sabor de la carne

después.

En la guerra, Manuel, nacen nuestros

monstruos << 1 hora 18 minutos 50 segundos

de Una Historia Verdadera: “Todos

durante todos estos años

menos yo” >> intentando olvidar

que fueron cristal con

demasiadas pastillas demasiado

alcohol

para borrar estas ya

desordenadas palabras que gritan:

DSEUEPS NCUNA EERS EL MSMIO