Vida


Te había olvidado,
vida,
de tanto pensar en tu opuesto,
en tu contrario,
(muerte),

de tanto desearlo
por su luz atrayente
y luego rechazar
su orden impaciente,

de tanto retarlo
por su golpe intempestivo,
hiriente.

Te había olvidado.

Pero alguien dijo tu nombre
y (re)sentí en mi cuerpo
la vez última
(¿la única?)
que me habitaste entera,
estallando cada segundo
en cada célula,

como un principio de año,
como una primavera eléctrica.

Nunca había sido tan mía,
tan tuya.

Y entonces amé,
porque no había otra vía,
con toda tu fuerza,
a tu manera,
la única.

Y (del fin) de ello
(re)surgió tu opuesto,
tu contrario,
la devastación del alma,
la espada.

Y ahora que ha vuelto
en quebranto,
en separación herida,
despiadada,
ya no quiero llamarlo,
desearlo.

Prefiero volver a ser tuya,
vida,
a tu manera eterna,
la única.

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Astromelia


«Astromelias», fotografía por Crissanta.

 

Te busco en la oscuridad
donde ya sé que no estás,

sondeando la incógnita
de la audiencia muda
tras el éter que se vislumbra.

Doy mi mejor sonrisa,
la única
en estos tiempos de bruma.

¿Dónde estás?
Recibo un ramo de rosas.

Y tú, de nosotras,
claveles y lirios,
crisantemos,
gardenias.

Solo el duelo me ha hecho reconocerlas;

sobre todo a ellas,
las astromelias,
que florecen tras días,
en belleza tardía.

Como yo,
que llego tarde
a todas las despedidas,

que entiendo tarde
las pérdidas y las cenizas,

que entierro tarde
las cosas que se terminan.

Cadena de reciclado


Estaba decidida
a tirar los duelos
que arrastro
a la basura.
Pero al llegar allí,
me dieron tanta pena
que los reciclé.
En el azul,
puse todas las tristezas orgánicas
que olían fuertemente a podrido.
En el amarillo,
puse todas las precauciones
que me habían embotellado
en inseguridad.
En el verde,
tiré todos los miedos,
racionales e irracionales
y me quedé escuchando
cómo se quebraban.
Imagino que se partieron
en más de mil pedazos.
Al llegar a casa,
sabía
que aún quedaban
muchas vueltas que dar.

Elegía funeral


Hay una distancia de dos pasos
que no puedo desandar.
Entre nosotros,
un vacío infinito
que cada día crecerá más.

Temo resbalar y caerme.
Temo cerrar los ojos,
y perder tu rostro con sus gestos
en la profundidad del abismo.

—La lluvia no deja de caer,
las lágrimas no cesan
en este atardecer anochecido.
Pero la paz dura
lo que dura un instante,
porque sé que el tiempo no me pertenece—

Dijiste que el cielo lo vería.
Dijiste que allá arriba sería diferente.

¡Mamá!
Aún conservo el sonido de tu voz
y las últimas palabras,
que prometo recordar por siempre.