El collar del perro (16.2)


No había hecho otra cosa que pensar en Laura Blake toda la semana, que me olvide por completo del caso que teníamos que resolver juntos. Las cosas se habían complicado y mucho, uno de los muertos era un agente encubierto del ejército mexicano que participaba en esa tan mencionada lucha contra el crimen organizado. Me daba flojera pensar que el crimen de esa pareja no era pasional, que estaba ligado con el crimen organizado, me daba flojera porque todo mundo hablaba de ello y porque en el fondo esos casos quedaban casi siempre sin resolver, no quiere decir que el equipo de investigadores no hiciera su trabajo, al contrario, casi siempre se sabía con exactitud el nombre de los autores materiales e intelectuales pero poco se podía hacer en contra de ellos, por alguna de las siguientes razones. La primera es que para cuando se llegaba a la solución del caso, los presuntos autores del crimen ya estaban muertos o bien nadie los podía encontrar, la segunda es que en la mayoría de los casos, los supuestos culpables, eran testigos protegidos y sus delitos no eran suficientes para castigarlos. La idea de un crimen pasional, me hacía ver una posibilidad más interesante e incluso intensa, seguro era esa posibilidad la que aguardaba con una historia.

Y entonces me dieron ganas de llorar, pero estaba en una plaza pública y la gente es curiosa, además de que no quería que me preguntaran nada. No sabía si irme a casa o quedarme sentado o meterme al cine y ponerme a llorar, sentí pánico por primera vez desde que llegue a esta ciudad y así sin saber porque empecé a imaginar el cuerpo de María Betania, desnudo, tirado en el suelo, junto al cuerpo de alguien mayor, y me dio tanta tristeza y cerré los ojos, porque en verdad tenía muchas ganas de llorar. Así que me puse a caminar, camine por un largo rato sin saber a donde ir, entonces tome el teléfono y llame a Laura Blake.

—Dónde demonios estas —le dije
—Estoy en camino a la jefatura de la policía —dijo ella
Y yo le dije:
—Tienes que venir por mí, estoy jodidamente triste y no puedo moverme más.
—Tendrás que esperar un poco, es algo urgente lo de la jefatura —dijo ella.
—Maldita sea, te necesito ahora —dije.
Ella dijo:
—No me jodas cabrón. Seguir leyendo «El collar del perro (16.2)»

El collar del perro (16.1)


Salgo a la terraza, siento el aire aún caliente , ya es casi la madrugada, pero no se deja sentir ese calor al que nos da por llamar infernal. Tengo sueño, últimamente tengo sueño y cuando logro cerrar los ojos, no hago otra cosa que soñar con Sandra. Hace mucho tiempo que no bebo y no dejo de pensar en mis amigos, hace más o menos el mismo tiempo que no los veo. Acá en esta frontera la vida se va haciendo más lenta, no hay forma de estar más alegre o más triste, no hay un punto que nos permita ser más violentos o que nos haga llorar o cantar con más intensidad. La noche en esta ciudad es muy peligrosa, los depredadores sexuales salen a las calles y también vienen con ellos una serie de asesinos ocasionales, ladrones, delincuentes que no saben la virtud del oficio, todos se suman y hacen a esta ciudad cada vez más peligrosa e inestable, pero aún con todas esas alarmas la gente sale, se divierte, se amanece, canta, llora, después de todo la vida es un suspiro que nos puede dejar sin nada en cualquier momento. La vida se nos escapa con cada amanecer, la vida es una broma, a veces es un juego melancólico, con muchas ilusiones, la vida es en sí misma esa oportunidad para hacer lo que se nos venga en gana y no esa pesadumbre que muchos presumen con su cara y olor a muerto. Laura Blake me dice que piense bien las cosas antes de darle una respuesta. Me encanta discutir con ella, es un gasto inútil de nuestras vidas, nos repetimos mil veces las mismas cosas, nos hacemos recordar lo que somos y quienes somos en realidad, nunca tenemos una conclusión, hacer una conclusión sería como empezar a morir y de eso no se trata, nos escuchamos, nos decimos argumentos sin sentido pero que según nosotros podemos citar y al final terminamos desnudos, entrelazados en la cama, gritando o gimiendo, diciendo uno al oído del otro, lo tuyo no es otra cosa que un capricho.

Estoy en una edad maldita. Ya no es aquella edad en la que podías soñar de manera indiscreta y sin poner un límite a lo que deseabas, pero tampoco es el punto de esa lenta vejez, es algo que te desespera, en ocasiones ni siquiera es posible orinar a gusto, algo lo interrumpe y tienes que esperar un largo rato para que se reanimen las ganas y hasta eso te resulta cansado que mejor te sientas a esperar a que la orina salga cuando se le da la gana, pero a los cuarenta también descubres que en cualquier momento puedes morir y lo que es peor a todo eso, es que la panza te empieza a crecer y cada vez resulta más complicado mantenerla en forma, en buena forma. A estas alturas la creatividad tiene límites, ya no es igual escribir cada página resulta cansado y muchas veces sólo piensas o deseas que llegue el momento de tener una siestas, la vida se volviendo cada vez en una necesidad de siestas, y los recuerdos de los buenos tiempos se te vienen a la cabeza a cada momento, a esta edad es casi seguro que sientes miedo y es ese miedo la razón por la cual aún sigues vivo. Después de esta edad, llegan las limitaciones y asumiremos nuestras culpas y no tendremos más salida que conformarnos. Justo estoy pensando eso cuando Laura Blake explota de nuevo, me dice no tiene sentido todo lo que le digo, que es necesario actuar, que no hay nadie más convencida que ella, que la vida no es una mierda y que mis miedos no se fundamentan y que si yo quiero mover un solo dedo, que a ella eso no le importa y luego sonríe y embiste de nuevo. Yo lo voy a tener contigo o sin ti, me dice, pero prefiero que sea un hijo tuyo, maldito Carlos, prefiero que sea tuyo me repite y se suelta a llorar. Yo me quedo inmóvil, no tengo ni puta idea de lo que deseo o voy hacer. Me dan ganas de abrazarla, pero si lo hago, ella lo va a interpretar como un acto compasivo y su reacción será aún peor. Seguir leyendo «El collar del perro (16.1)»

El collar del perro (16)


Laura Blake me insistía en que teníamos que formalizar nuestra relación, lo cual creo yo significaba despertar juntos todos los días, tener un perro, sacar a pasear al perro, ir a reuniones con los amigos de ella y con algunos cuantos amigos míos. Para ella además estaba la idea de tener hijos. Pero yo no deseaba tener hijos, no más hijos y ésa fue nuestra primer pelea. Ella insistía que lo que yo sentía por ella no era otra cosa que un capricho.

A estas alturas de mi vida, yo era ya una persona mayor, para andar teniendo hijos. Mi padre era mayor para cuando yo nací y falleció muy rápido, incluso antes de poder conocerlo realmente o poder tener con él una plática acerca de mi vocación verdadera, él deseaba que yo fuera médico, yo deseaba ser escritor, pero él decía que solo los mariquitas pueden ser escritores. Odiaba la forma como yo agarraba las cosas, decía que ser zurdo, chueco, no era otra cosa que un signo inequívoco de que yo era un puto, estas torcido hasta para comer me decía el muy cabrón. Mi padre solo me heredo su nombre Carlos, en el Gran Carlos García, toda una leyenda de la policía criminalista, aunque su nombre no me abría puertas. Él era el tal ‘Charlie’ como le llamaban sus amigos. Tengo un tres hermanos mayores, que siempre siguieron los consejos de mi padre. Todos son médicos y uno de ellos me cuenta que mi padre siempre le decía lo importante que resulta que los hijos escojan una buena profesión, que él, mi padre siempre había deseado que sus hijos fueran médicos, porque sólo así se podrían costear viajes a cualquier parte del mundo y vivir como viven los buenos médicos y no andarían sus hijos dando lastima. Crecí con esa maldita idea de hacer todo lo que mi padre quería, pero no es algo fácil, el tener que hacer algo que no te gusta. Eso sí, estudié muchos aspectos de la medicina, pero no fue algo de manera formal. Así que me incliné por la ingeniería, pero ahora que he tenido la oportunidad lo he dejado y deseo hacer lo que siempre he deseado. Escribir. Mi padre fue un hombre cruel, siempre me estaba orillando. El recuerdo más intenso que tengo de él, fue el día en que me pidió que cerrara las jaulas-trampas de las chinchillas. Yo estaba cerrando una de las jaulas, le daba vueltas al alambre que servía como candado. Tenía en la mano izquierda las pinzas y le daba vuelta de derecha a izquierda al alambre y mi padre me dijo: «Tal y como lo hacen los putos, solo así se puede entender que agarres las pinzas con la izquierda y le des vueltas de manera retorcida a ese alambre». Y mientras se rascaba la cabeza agregó: «Es por eso que las chinchillas no se reproducen, es por tu necedad de ser maricón, por tu loca idea de ser escritor, estamos perdidos». Y desde ese momento no recuerdo a otro padre en mi niñez, él nunca fue amable, nunca le importó si yo estaba a gusto, siempre se tenía que hacer lo que él ordenaba, si no teníamos serios problemas. Seguir leyendo «El collar del perro (16)»

El collar del perro (15.6)


Vengo de una familia donde todos creen en el carácter mágico de las cosas. Mis tíos, mi madre y mi abuelo se consagraron a la brujería, ellos creen en las maldiciones y en el carácter maldito de las personas. Mi abuelo fue un famoso gitano. El padre de mi abuelo, mi abuelo, mi padre, yo y mis dos hijas habían nacido el mismo día. Un siete de enero. Yo era hijo único.

En estos momentos tenía ganas de encontrarme con Marianna Bernal y seguir hablando con ella, me lamentaba haber salido del hotel como un prófugo. Luego de hacer algunas cuentas caí en que si ella era la victima del homicidio, y si su embarazo se llevaba a término, su hijo nacería un siete de enero. Estaba desesperado y no hacía otra cosa que negar su muerte. Me repetía una y otra vez: no puede ser, no puede ser, no puede ser.

Pensé que ser escritor era una vocación. Tendría suerte si alguna vez lograba escribir una historia por completo, casi siempre las abandonaba, no importaba en qué punto de ella me pudiera encontrar, al final era lo mismo, abandonaba para empezar de nuevo, con otra historia, pero casi siempre las mismas emociones. Mi psiquiatra me había dicho que era una forma interesante de descubrir lo que me había pasado, que tendría que luchar hasta llegar al final de una historia y que en ese final yo encontraría las respuestas necesarias que durante años había estado buscando. Yo no lo tenía claro pero cada vez me resultaba más complejo entender qué es lo que estaba pasando y lo único que deseaba era escribir, y escribir hasta perderme en mi memoria y en mis historias, pero esta vez no podría ser así, me sentía obligado a investigar que había pasado, me sentía en deuda con Sandra y las niñas; tenía que descifrar qué demonios significaba ese sueño recurrente y porque se aparecían en mis sueños esas frases que revelaban la existencia del Viajero. Me sentía en deuda con mi perro. Tenía que averiguar qué había pasado con Marianna Bernal o María Betania y si ese niño que llevaba en su útero era mío. Tenía que vencer mis demonios, pero sobre todas las cosas tenía que terminar esta historia de una vez por todas, de no hacerlo me tendría que olvidar de mis deseos por ser escritor. Pero lo que más me preocupaba era Laura Blake, porque si todo aquello que yo tocaba terminaba por morirse, ella estaba en un grave peligro y yo no deseaba que a ella le sucediera nada, quizá estaba enamorado y no quería reconocerlo, pero me aterraba la idea de perderla. Ya no más, me dije, y cerré los ojos.

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El collar del perro (15.5)


Recordé el día en que decidí salir con Marianna Bernal.

Ella me sonrió y me dijo que no habría de llegar muy lejos, y que sin embargo deseaba salir conmigo esa noche. Me contó de su gusto por los hombres, que le encantaba ser consentida, que no le importaba el dinero y que algunas de sus amigas le habían dicho que era una puta pero que eso a ella no le importaba en lo más mínimo. Me habló de su experiencia y me dijo que me recordaba muy bien de esa primera noche en la que nos conocimos y que había estado desde ese instante buscando el momento de volver a encontrarnos y cuando eso sucedió ella sabía que no dejaría pasar más tiempo y ahora ella me tomaba de la mano y se repetía que no lo podía creer. Yo no entendía su asombro, pero lo disfruté.

Desperté muy temprano en el cuarto de hotel. Traté de no despertarla, me puse mi ropa y recorrí el pasillo hasta dejar atrás el hotel. Estaba confundido, Marianna Bernal era una mujer hermosa y joven, yo no tenía nada que ofrecerle y sin embargo pasamos la noche juntos. Sus ojos se me quedaron grabados en el alma. Eran unos ojos enormes. Esos ojos que no fui capaz de reconocer sin maquillaje y sin vida, esos ojos que sin vida parecían haberse encogido hasta tener el tamaño de una pequeña canica, sus ojos sin brillo y su cuerpo desnudo tirado en medio de una habitación desconocida la hacían distante e irreconocible, pensé que algo así no se puede olvidar, pensé en tantas cosas, como aquella noche que estuvimos juntos y que ella era una explosión de olores a feromonas y el alcohol que nos habíamos tomado, pensé que todo eso había sucedido diez o doce semanas atrás, pensé en la posibilidad de que ese embarazo fuera producto de esa noche juntos. Ella me había pedido no usar un condón, me dijo que estaba cansada de orgasmos fingidos y que esa noche deseaba sentir, sentirme en realidad tal y como yo era. Accedí.

Me sentía culpable, me había costado sacarme de la cabeza esa idea de que todo lo que toco lo destruyo. Había ido con una psiquiatra durante muchos años para poder establecer cierto balance y ahora con toda esta historia de muertes en mi vida, las cosas se estaban poniendo difíciles de nuevo. Si algo tenía claro es que no podía caer de nuevo. Sentí frío.

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El collar del perro (15.4)


Guardé todas las fotos y demás papeles del archivo. Salí del hospital y me fui a casa. No tenía ganas de ver el amanecer desde ese feo edificio y tampoco tenía ganas de encontrarme con el personal de turno matutino. Me quedé dormido antes del amanecer y tuve un extraño sueño. En el sueño me encontraba con Marianna Bernal y le confesaba lo que sentía por ella:

—Yo siento algo por ti, sólo que no podemos tener un romance —le dije.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque todo lo que toco se muere —le dije.
—No seas tonto —dijo ella.
—Es verdad, todo lo que toco se muere —dije al tiempo que despertaba.

Me sentía atrapado, estaba sudando. El calor era insoportable, pero yo nunca sudaba. Sentí taquicardia y un deseo insoportable por llorar. Me vino a la mente la imagen de Sandra y de mis niñas. Yo los había matado, estaba destinado a que todo lo que tocaba se moría, eso pensé y sentí miedo por Laura Blake, me estaba ablandando, me estaba volviendo viejo. Quizá y solo quizá, me estaba enamorando. Grité tan fuerte como pude y esa mañana no deje de llorar. Seguir leyendo «El collar del perro (15.4)»

El collar del perro (15.3)


Sólo después de levantar la foto sobre mi cabeza donde María Betania aparece maquillada, según mis caprichos, lo entendí todo. Estaba claro. Yo la reconocía. Era una mujer muy guapa, la había visto por primera vez unos 5 meses atrás. Tenía ese tipo de belleza que te deja pasmado, boquiabierto. Los rasgos de su rostro estaban tensos cuando la conocí. Ella había venido a trabajar por la noche al hospital porque la recepcionista en turno se había enfermado y no había nadie más que la pudiera cubrir. Esa noche sólo intercambiamos saludos. Los chicos de personal que solían rolar turnos, me hablaron de ella y me dijeron que acostumbraba a venderse, y de entrada no entendí que querían decir con eso, hasta que me explicaron que solía venderse, pero no por dinero, de alguna forma a ella le gustaba comer bien y solía pedirle a sus conquistas que la llevaran a cenar a lugares caros. Pensé que en esta ciudad no existía un lugar al cual se le pudiera llamar caro y mucho menos existía un buen lugar, pero no dije nada. Ella es una meretriz, fue lo que pensé y me olvide de ella.

Tres meses atrás la había vuelto a ver, fue entonces que me detuve un poco más. Tenía unos ojos grandes y muy expresivos, ojos que seguramente habían visto todo tipo de cuerpos y un cuerpo que emanaba feromonas a más no poder, su cuerpo que debería ser el templo y la adoración de muchos hombres. Entonces recordé su nombre: Marianna Bernal. Seguir leyendo «El collar del perro (15.3)»