Ella

Ella


Pestañas postizas. Plumas. Champagne


Un par de veces al mes trabajo en un restaurante que hace espectáculos de burlesque y de circo. Me gustan los colores, las luces que se encienden y desfallecen dramáticamente, las espadas que son engullidas, las contorsiones, los saltos, las … Sigue leyendo

Solo


La noche y la soledad son hermanas.

Y la única luz que espera en casa encendida es

la de un frigorífico vacío o la de un microondas loco

que gira

que gira

dando vueltas a mi cabeza precocinada.

 

El silencio

y la soledad son hermanos.

Y la única voz que me da la bienvenida

es

un televisor con noticias siniestras

o la radio

con canciones que se repiten

una vez

y otra vez

el mismo día, a la misma hora,

miércoles y fines de semana alternos

como un disco rayado por la uña trágica de Ella.

Sí, lo sé, —no digas nada—

todo esto lo hago para no escucharme;

lo hago, para no oír la voz de mis pasos que aún descalzos

gritan:

“Estás solo”

Soy el rumor de una habitación sin cortinas.

Soy la

g

o

t

a que cae al fregadero.

El tic tac

de una noche en vela.

Soy el brazo dormido. Soy

un eco de mí mismo que se apaga.

 

La soledad y yo

somos hermanos —casi amantes—.

Y paso largas horas hablando con Ella

(como una beata pecadora con su rosario) en silencio;

en una letanía que a veces deja escapar

una palabra (en voz alta),

por ejemplo “ azul” o “cerca”;

que suena tan extraña como dicha

por otro,

como la nota que se escapa al aire

y la canción de la fiesta

sigue sonando en la cabeza… (hasta la locura)

Entonces, en esa otredad

—en esa otra casa—

descubro y confundo la realidad

y como un microondas —perdón— como un loco

grito en la oscuridad : “Ella”

Sólo la tienes a Ella.

Sólo a la soledad.

Sólo. Solo.

Cartas


Escribo para que sepas que jamás te dejé de escribir.

Y aunque fueron mías las últimas cartas desiertas.

Jamás te dejé de escribir.

Sigo mirando a la Luna

para coincidir con tu mirada.

Sigo sembrando recuerdos

en la tierra

después de la lluvia…

Varias gotas se unen en la ventana.

A veces, me sorprendo dibujando tu nombre

en el polvo de una mesa

y ya no sé, si son tus letras las que me llaman

o son mis dedos que no han dejado de tocarte.

Otras veces, sentado en la estación

dejo pasar los trenes, como quien pasar los días,

por si tú apareces. Pero al final,

lo único que llega, es el vacío

de los andenes en mi corazón y alguna hoja seca

arrastrada por el viento.

Día tras día, hoja tras hoja, vuelvo a casa

envejecido y otoñado diciéndome:

“Solo los necios creen en el destino”

Pero no creas que he estado solo.

He besado muchos labios, he abrazado muchos cuerpos

recordándote.

Por eso sé que amor tiene infinitas caras

y todas como en un puzle hacen la tuya.

En la oscuridad empecé usando tu perfume.

Ante el espejo, vistiéndome de ti,

te imaginé frente a mí.

Y ahora, travestido, paseo por las calles buscándome.

Aunque confesaré, que si te viera, ya no te conocería

porque no hay nada tan mentiroso como los recuerdos;

son un muñeco de plastilina.

Juegas con ellos a saber quién eres

y te guardas en el cajón siendo otro:

Un trozo amarillo, un trozo rojo, unos granos de arena…

incluso un pelo de gato encontré en el último

que finalmente me salió en el hombro.

Y hoy,

la tormenta en la noche hizo la mañana doblemente hermosa;

tan hermosa

que me gustaría estar enamorado.

Por eso te escribo cartas.

Jamás te dejé de escribir.

Cartas sin destino, cartas que abandono, cartas en silencio

hasta que el mundo tenga una.

Ella…

Ella…


Fumar y soñar


Ahí estás
día a día,
fumando,
con tus delicados labios,
suaves como mi almohada
sobre la que reposo,
descanso
y sueño con enredos.

El rastro de tus días,
como dejando huellas en la arena
con cada gota de vida
que palma el relieve del destino,
que se sacrifica
para mantenerte soñando.

La humedad a veces te envenena,
el aire caliente que se respira,
el cansado andar por allí,
son cargas que pesan,
duelen y,
a veces…

Pero no,
no lo hace,
no mata,
quebranta y daña,
pero no mata.
No tiene armas,
no tiene voz,
ni brazos ni piernas,
no piensa,
solo pesa.

En cambio tú,
tienes tu vino,
tu copa y tu cigarrillo,
un lápiz y una libreta,
y lo mejor,
un alma y un corazón,
que liberan las cargas
de los aires húmedos,
de los días del ayer
y del antier,
abriendo las puertas a nuevos aires,
los de una fresca mañana,
los alisios de un nuevo día.

Y luego,
puede ser,
que deje entrar algo más.
Nada que temer,
sólo para pensar,
reir y disfrutar,
de los nuevos alisios,
de las nuevas mañanas,
con brazos y piernas,
para que te acompañe a caminar,
tomar una copa de vino y,
tal vez,
fumar y soñar.

Smoking - Por Derrick Argent

Smoking – Por Derrick Argent

He dejado una manzana


manzana4

He dejado una manzana en el coche

porque es verano, porque

allí dentro

al sol

se cocerá como en un horno.

Era bella y roja y yo

la veré agonizar decrépita:

arrugarse, oscurecerse,

tocar pegajosa la descomposición

y pasar la lengua.

Oler su perfume como

a flor muerta. Dulce.

—Ella me dijo siempre—

Aquel gordo que conocí

también

decía querer mucho a su perro

pero se le olvidó

allí dentro

mientras se emborrachaba.

(Texto y foto: Manuel A.)