Cárabo


Asomado en el balcón

el anciano

con boina y pantalón de pana

busca

los horizontes perdidos en el pueblo.

Quizás haya venido

a pasar el invierno

porque su hija —preocupada—

no le quiere dejar

solo.

Y sin embargo,

es aquí,

en esta jaula de ladrillos

sin atardeceres

sin estrellas

donde el cárabo tiene

el ala rota.

Asomado al balcón

ve cruzar a la gente:

una niña

pasea de la mano de su padre.

Su pelo le recuerda

el vaivén de los abedules en el monte.

Cautiverio


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«Pavo real», por Ignacio Sanz (CC BY-ND 2.0)

El animal encerrado pierde la noción del tiempo.

Frustrado, con el cuerpo en alerta y la mente afligida,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado se irrita, pierde la noción del amor.

Confundido, con las lágrimas trabadas en sus ojos,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado llora, pierde la noción de la libertad.

Despierta presa del insomnio y, cansado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado no quiere morir, solo quiere descansar.

Presa del delirio del encierro se autolesiona y, anestesiado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado, añorando, ve la luz de afuera.

Desea, por un instante, ya no dar más vueltas en la jaula.

El animal encerrado fantasea con poder correr rápido hacia ella,

poder correr sobre la luz y consumirse….

… en miles de brillantes

… e irreconocibles…

pedazos

… de sí mismo

.

.

.

Pero sigue opaco, reconocible, entero.

Sigue encerrado, el pobre animal muerto.

Un cadáver con apariencia de estar vivo.