Mamá


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«Patient in Hospital Room» Pulicdomainpictures CC0

Estaba harto de vivir con su madre. Sus hermanos le habían endilgado la responsabilidad de cuidarla porque él no tenía compromisos familiares y aprovecharon que también se quedó sin empleo. Un asistente confiable, dijeron. Le darían recursos para la manutención de su madre y un poco más para él. No pudo negarse, lo tenían contra las cuerdas. Se mudó a la casa en donde vivió de niño; dormiría en la misma habitación. Su madre rebasaba los ochenta años y sufría episodios de demencia senil, pero en ocasiones estaba lúcida en su totalidad.

—¿Hola? ¿Me escuchas? —dijo mientras acomodaba el aparato telefónico en su oreja.

—¿Emilio? ¿Ha pasado algo? —se escuchó la voz por encima de un zumbido.

—Felipe, necesito que deposites más dinero. Está ocupando más pañales y los paquetes que han traído casi se acaban.

—Dile a Rosa. Este mes me tocó pagar los servicios. Habla con ella. ¿Es todo…? Estoy ocupado.

Emilio colgó con la frustración crispándole los sentidos. «Llama a Rosa», «llama a Felipe», «no me corresponde este mes». Siempre era la misma situación con sus hermanos.

Se asomó a la habitación en donde su madre dormía en una cama del tipo que hay en los hospitales, con barandillas y botones para ajustar la posición.  Miró el rostro demacrado de una mujer envejecida por la enfermedad. Respiraba suavemente, todo se veía normal. Se fue a la cocina a fregar los platos. Apenas abrió el grifo y se escuchó una voz aguda y gangosa que lo sobresaltó:

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

Emilio jalaba aire y movía la cabeza. Estaba cansado de cambiar los pañales de su madre, limpiarla, darle de comer, estar al pendiente de los horarios de los medicamentos; le aburría ir a la farmacia, hacer la limpieza en la casa y, sobre todo, soportar los inesperados gritos de su madre. También odiaba a sus hermanos, eran unos hipócritas que se deslindaban arguyendo que ellos ponían la plata para que su madre no sufriera incomodidades en un asilo y que cada Día de la Madre le llevaban flores de plástico y un postre que ni siquiera probaban.

Antes de dormir revisaba su pañal y si estaba despierta le daba un poco de agua. Se duchaba y mientras se ponía el pijama pensaba en cómo sería su vida si se hubiese negado a la propuesta de Rosa y Felipe. Dormía con la puerta abierta para estar al pendiente de cualquier ruido proveniente del cuarto de su madre. Rogaba porque no le diera diarrea a media noche y ensuciara la cama como lo había hecho un par de veces.

Por la mañana revisaba a su madre antes de preparar el desayuno. En ocasiones tenía que despertarla y tragarse la retahíla de insultos que soltaba la señora apenas si abría los ojos. Otras, en cambio, despertaba con una sonrisa y estiraba la mano para alborotar el pelo de su hijo.

Emilio le dio las tomas matutinas, le ayudó a beber jugo e intentó que terminara su plato de huevos sin éxito. Él tomó café y un trozo de pan tostado con mermelada. No tenía apetito esa mañana. Volvió a la habitación de su madre, doña María yacía con los brazos sobre su pecho, tal y como se ve en las películas que acomodan a los muertos. Emilio se quedó mirando con duda: permaneció quieto para ver si ella seguía respirando. Lo hacía, pero con suavidad. Durante un momento creyó que había muerto.

Emilio caminó a la tienda pensando en lo que había creído ver: su mente le jugó una irónica broma o tal vez él deseaba haber visto lo que vio. «Dejó de respirar, casi estoy seguro», se repetía de regreso a casa. Dejó las compras sobre la mesa de la cocina y fue a la habitación de su madre. Le asaltó un sentimiento de culpa al verla ahí vulnerada por el padecimiento. La idea no se fue de su cabeza durante un rato. Hizo como que no pasaba nada y siguió con su rutina casi al punto de olvidarse. Abrió el grifo para enjuagarse las manos y un estrepitoso grito lo sacó de sí.

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza con que apretó los puños y soltó un bufido. Desde ese momento hasta que se fue a duchar por la noche, la frase «dejó de respirar» estuvo haciendo eco en su cabeza. Se recostó e intentó relajarse. Quiso repasar una melodía que escuchó cuando salió a la tienda, pero no la recordaba. De un salto se puso de pie, tomó una almohada y se fue a la recámara de su madre.

Parado en el quicio de la puerta miraba tembloroso la cama donde su madre yacía. Dio dos pasos y él los escuchó como si fuesen dos golpes de mazo en una campana. Se detuvo. Todo era silencio. Avanzó hasta la cabecera de la cama y puso la almohada en la cara de su madre. Presionó con mucha fuerza hasta que le dolieron los brazos y sintió que habían sido horas las que habían pasado.

Retiró la almohada y vio el rostro ajado de su madre con la mandíbula caída. Temblaba de miedo, pero tuvo la fuerza para cerrar la boca y acomodar el cuerpo: alisó el pelo de la señora María y acomodó las sábanas. Le puso las manos sobre el pecho y se quedó mirando un rato. «Dejó de respirar», dijo para sí volteando a mirar como si alguien lo hubiese escuchado.

Regreso a su habitación y se echó a llorar en la cama. No supo por cuánto tiempo lo hizo. Tampoco sintió cuando se quedó dormido y soñó. En el sueño su madre usaba un vestido blanco ceñido al talle, zapatillas, un bolso elegante y llevaba los labios pintados de un tono de rosa; sus ojos brillantes de emoción buscaban a Emilio entre el grupo de chiquillos que se acomodaban para representar la obra de Tchaikovsky, el Cascanueces, adaptada para los pequeños niños. Ahí estaba Emilio, con su disfraz de ratón, lucía angelical y emocionado por ver a su madre tan bonita entre el público sentada con los brazos en su regazo. No podía dejar de verla, parecía que no respiraba.

Emilio se levantó con síntomas de una terrible resaca, así se sentía. Salió de su habitación y miró la puerta de la recámara de su madre. Por nada se asomaría. No podría ver lo que había hecho. Buscó el teléfono para llamar a sus hermanos y ponerlos al tanto de lo que había pasado.

—¿Qué quieres, Emilio? —dijo Rosa fastidiada—. Es muy temprano, voy de salida a dejar a los chicos al colegio. ¿Qué pasa? —Silencio—. ¿Qué pasa, Emilio?

—Mamá… murió, Rosa… Mamá… dejó de… —cortó la frase y se soltó a llorar.

—¡Voy para allá! ¡Le avisaré a Felipe! Emi, tranquilo… Emi…

Emilio colgó y fue corriendo a la habitación de su madre. Ahí estaba ella más pálida, más quieta, más muerta. Tomó sus manos, besó sus dedos torcidos mientras decía:

—¡Perdóname, mamá! ¡Perdóname…!

  El llanto se había convertido en una desgarradora y loca convulsión. Emilio estaba arrepentido, pero ya no había marcha atrás.

Se sentía desesperado. Corrió a la ventana para ver si sus hermanos ya habían llegado, sin embargo, no había nadie en la entrada. Gritó cuanto pudo mientras iba de una habitación a otra. Sentía la cara ardiendo y los ojos hinchados por llorar. «Dejó de respirar» mascullaba. Se dirigió a la cocina y se seguía repitiendo «Dejó de respirar», «No, Emi, tú hiciste que dejara de respirar», dijo otra voz que no era la suya. Se quedó quieto y quiso despejarse. Abrió el grifo para mojarse la cara y escuchó un grito agudo:

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

A Emilio se le fue el aire de los pulmones, la sangre del corazón y el alma directo al infierno antes de quedar tendido en el suelo.

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Santo remedio


—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa’ tras ni pa’ delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa’ que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está hecho un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Mire, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.

—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa’ que lo cure, ya ve que es rebuena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ’ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa’ que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están reduras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, m’ijo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate m’ijo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!

Cuando abro los ojos


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El momento más desesperante de despertar es cuando abro los ojos y aún está oscuro. No solo la oscuridad es lo único que me causa incomodidad; también la parálisis de sueño. He aprendido que debo esperar un poco a que el efecto pase sin más por mi cerebro, abra los ojos de verdad y me pueda mover. Entonces, me relajaré un poco y pensaré en algo bonito. No me viene nada a la mente salvo esta pregunta: ¿así se sentirá estar muerto? Tal vez sea así; ver como abandonas tu cuerpo, mirar cómo estás postrado en la cama y flotas… No, eso de flotar es algo de la metafísica. No creo mucho en eso de los viajes astrales y el hilo de plata. Si pudiera reírme lo haría, pero estoy inmovilizada por un mal funcionamiento de mi cerebro.  Antes tenía pánico de esa enfermedad que aparentaba la muerte, catalepsia, pero leí en un sitio de internet que eso no existía que era solo una leyenda urbana y que en realidad nunca había existido un caso auténtico ni documentado de ese supuesto desorden. Eso sí debe ser irreal: despertarse en un féretro o peor aún, dentro de un horno crematorio… ¡Qué risa! Eso sí es una broma macabra.

   A veces me pregunto ¿cómo será el día de mi muerte? ¿Moriré joven o llegaré a ser una anciana? Los que mueren jóvenes tienen más tiempo para estar muertos. Mi familia estaría muy triste; mi madre deshecha en llanto y mi padre con su imperturbable gesto en la cara. ¡Jodido cliché! Mi hermano creo que aún no tiene edad para saber sobre la vida o la muerte. Lo extrañaría mucho. Me enfurece pensar que me desnudarán para ponerme mi vestido blanco favorito, ¿serán los de la funeraria o mi madre? Si fuese mi madre, ya no tendría que explicarle lo del tatuaje, pero los de la funeraria quizá tengan parafilias y me toquen los senos y la vagina; en fin, podrían hacer cualquier cosa conmigo en ese momento de indefensión. Da lo mismo. Ya no sentiré nada, pero existe la posibilidad de que mi alma contemple tales atrocidades. Creo que ya estoy regresando. Escucho voces lejanas, pero no puedo reconocer ninguna de ellas. Ahora siento dolor en los ojos… Puedo ver luz, pero no puedo enfocar; me siento como aquella vez que bebimos vodka con Red Bull en el colegio, en una de las horas libres. Todo da vueltas a mi alrededor o yo estoy dando vueltas. ¡Vaya manera de despertar! Sigo sin poder moverme.

   —Doctor, la paciente está parpadeando. Abre y cierra los ojos como si quisiera enfocar.

   —Es normal. Habrá días en que permanezca con los ojos abiertos durante largo tiempo. También pueden tener espasmos. Es importante que no se comente de estas reacciones a los familiares para no darles falsas esperanzas. Procederemos a colocar el tubo gastrointestinal.

   Mejor cerraré los ojos. Esta pesadilla es demasiado lúcida y no puedo fijar la vista en un punto. Sentí un dolor agudo en mi estómago. Ya quiero despertar. ¡Por favor que ya pase! Sigo escuchando voces a ratos. No debo desesperarme, pensaré en algo bonito para despertar de una buena vez. Ahora escucho las voces de mis padres. Mi madre llora y mi padre contesta monosílabos. Abriré los ojos para verlos.

   —¡Doctor! ¡Abrió los ojos, lo acabo de ver! —dice mi madre

  —Es un movimiento que nada tiene que ver con la actividad cerebral. Lamento decir que no significa un síntoma de mejoría. No podemos hacer más, solo esperar.

   Escucho que las voces se alejan. ¿Estoy muerta? ¿Qué demonios está pasando? ¡Ay, no! ¡Muerta no!

   —Hola, linda, soy tu enfermera —dice otra voz que no conozco—. La vamos a pasar muy bien. Vas a estar un largo tiempo aquí y voy a hacer que sea placentero.

   Abro los ojos e intento mirar a quien me habla. Sigo sin poder enfocar, pero siento que una mano se desliza por debajo de lo que traigo puesto; toca mi pierna, mi vagina y luego mi seno y no es mi alma la que está contemplando esto.

Imagen: Uva Rova, Creative Commons Zero (CC0) license.