Instantánea impresionista accidental


Crecen las hiedras
y mucho de lo que las rodea
está inerte y mustio.

Campanillas de jazmines
cantan en la noche.
Suenan rompiendo la escena lacónica,
tintinean las flores caídas en el suelo
tras su baño metálico lunar.

Asomada a la ventana
sonrío y pienso
en el aire perfumado,
en la melodía,
en la luna,
en la noche
y en ti.

Me digo:
vivir un momento
de dulce instantánea
impresionista accidental.
En una ventana al mundo
desde donde me asomo
y sonrío,
sin timidez.

Como nubes iridiscentes


Una galaxia
de cristales de hielo
componen tus iris.
Giran
por ondas de atracción
sonoras
alrededor de tus pupilas
—fosos atrincherados
de defensa.
Caigo al agua.
Bebo de tu fuente de virtud.
Nadie regala la salvación.
Somos eventuales
como nubes iridiscentes,
como las vueltas
—transeúntes y flotantes—
alrededor de tus ojos,
como nuestro cruce de miradas.
Tan efímeros
que debo recordarlo
—y repertirme—
tras el primer filtro
de árboles y ramas a mi paso.

Poda invernal


Las tijeras chirrían.
Mis cuatro brazos
—esqueléticos—
se debilitan.
Necesitan reposo
tras un invierno duro y seco.
Mis hojas
—ropajes de bronce—
tiemblan poblando el suelo.
Se llevan mi riqueza consigo
y la esparcen aleatoriamente.
Psicopompos se acercan
cortando mis lazos
a dos yemas.
Dejándome los pulgares necesarios
para futuros brotes.
Vástagos
de esta sufrida poda invernal.
Rebrotes retoñadores
de ese corte padecido
y germen de cosecha abundante.

En la puerta o en el portal


Perseguí cada una

de las pistas

que dejamos

en tinta invisible

en cada lugar visitado.

Todas me conducían

a un abismo.

Lleno de curvas

tentadoras.

A mi izquierda,

Paolo y Francesca,

daban la bienvenida.

Miraba el jardín

repleto de flores

del mal.

Todas a punto

de germinar

y aumentar

el goce visual.

¿Seduce el deleite

de la vida

cuando se abre la puerta

y se presenta así

la bestialidad?

Me quedaré en el portal.