Engaño


El amor, el odio
la tristeza, el podio
es todo lo mismo
es dejar de ser lo que uno es todos los días
es ser un poquito más feliz
un poquito más triste
ahí sí, justo ahí, perfecto.
Es callar a la bestia. Es engaño.

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Azul


Azul. Todo es azul. Mis ojos se van para atrás, fugaces, esquivos. Siento la victoria, el éxtasis puro reservado casi exclusivamente a reyes e idiotas.
El fluido me posee y me lleva a ese lugar donde solo estoy yo, y estando así de solo, no puedo sentirme más acompañado. Azul, todo-sigue-azul.
De pronto salgo, lo miro a él. Él ríe. ¿Y, cómo te estás sintiendo, pibe? Y yo quiero decirle, quiero decirle que el ser está ahí, escondido entre esos pastitos, al alcance de cualquiera. Pero le digo bien. Bien de bien. Porque decirle otra cosa no tendría sentido, porque el lenguaje es nada más que un manotazo de ahogado, un intento inútil de comprensión.
Andá al kiosco, que falta Sprite, le digo.

Cuestión de óptica


Él corre. Conociendo su crimen, corre. Lo vemos como si fuera una hormiga colorada, gracias a su gorro rojo, distintivo hermosamente idiota si una piensa rapiñar a una señora matándola de un culetazo.
En fin, lo vemos. Vemos como corre y sale a una calle chica. Lo vemos dudar. ¿Izquierda o derecha? ¿Realmente importa? Él no tiene ni idea, pero nosotros sabemos que sí. Vemos que por la izquierda, en menos de veinte segundos, llegarán los policías. También vemos que si él elige la derecha y sube por el tejado de esa casa azul, logrará escapar.
Lo vemos tomando la izquierda, chocando directamente con los policías. Lo vemos arrodillarse y tirar su arma.
Por último vemos al policía enfrente de él. Lo vemos desenfundar su arma y apuntar. Este es el momento en el que decidimos dejar de ver. Este es el momento donde no quieren que veamos.

Las ventajas del decidido


Jamás había visto un muerto y no sospechaba que pudiera haberlos tan hermosos. Pensé que me impresionaría, que sería doloroso, horrible. No podía haber estado más equivocada.
Muerto él estaba en paz. No la paz profesada por incontables religiones y gurús llenos de promesas y medias verdades Él estaba inmerso en la paz real, la paz derivada de la ausencia de pensamiento. La paz derivada del desprendimiento del ser.
Porque ahora Armando ya no era Armando. Ahora era el cuerpo de Armando, nada más y nada menos.
Pensé que esto sería lo más doloroso del asunto, el verlo ya muerto. Estaba, de nuevo, equivocada. El proceso había sido mucho más complicado, mucho más sucio. Ahora por fin estaríamos juntos. Ahora por fin estaríamos solos.
Nuestro mundo juntos había sido grato, disfrutable, pero los dos siempre sentimos que nos sobraba algo. Nos sobraba gente, trabajo, amigos, felicidad, tristeza, diversión, tiempo. Nos sobraba vida.
Fue el jueves pasado que decidimos hacerlo. La discusión fue larga y cargada con una atmósfera muy tensa. Él pensaba que era egoísta, cobarde. Yo pensaba (y pienso) que lo cobarde es no atreverse a cambiar lo que a uno lo disgusta, y egoísta es forzar las cosas. Después de largas horas logré convencerlo; pobre Armando, siempre perdía las discusiones.
Planificamos todo, no era necesario apurarse, queríamos hacer las cosas bien. Investigamos exhaustivamente sobre nuestras opciones: cuál sería el más rápido, el menos doloroso, incluso el más rico de tragar. El costo no importaba por obvias razones, las ventajas del decidido.
Finalmente nos decidimos por la opción más aburrida, cianuro. A Armando le gustaba, siempre fue así de clásico, así de cursi.

Todo esto ya no importa, es mero contexto. Lo que importa es que aquí estoy yo, escribiendo esto, ahora, con el cuerpo de Armando a mis pies. Entregado.
Me toca a mí. Él decidió hacerlo primero, porque era el jefe de la casa y otras tonterías de hombre que ni me esforzaré por entender.
Voy a abrir el frasco. Lo abro. Voy a verterlo en mi vaso de agua. Lo vierto. Voy a tomarlo. Suena el teléfono, debe ser mi madre, solo ella llama al teléfono de línea. Me levantaré y atenderé para no disgustarla. Cuando ella termine la conversación, diciéndome como siempre: “Millones de besos, querida”, cerraré los ojos y me tomaré el vaso entero de un trago.
Sí; lo haré. Seguro que lo haré.

Anáfora


Escriben los que no se fían de la memoria

para hacer más eternas sus huellas

escribe quien atesora impresiones

para encadenarlas con la tinta indeleble

escribe la que amasa sueños y escupe verdades

escribe ella y él

escriben los abuelos y los niños

escriben en los espejos de las mentes saturadas

en el vacío universal del papel

en el árbol y en el muro

escriben en la arena y en el aire

los que no quieren perderse en el olvido.

 

Mayté

Visiones


Esa era solamente la segunda vez que veía a un caballo usando un paraguas. No podía cazarlo, me trascendía. Me trasciende. Empiezo, lo miro. Me mira. Intento capturarlo: primero la pata trasera, sutil, salvaje; nunca una herradura.

Me equivoco, rabio, demasiado perfecta. Borro. Mi lápiz va más rápido que mi mente, que mis ojos. Necesito atraparlo antes de que se vaya, siento que no habrá tercera vez.

La primera me agarró desprevenida, en sueños, desarmada. Pareció enojado, relinchó como diciendo: «Yo acá tan caballo con paraguas y vos ahí tan artista sin un lápiz».

Creo que entendió que para mí había sido imposible. Creo que solo por eso me dio otra oportunidad.

Sigo, intento hacer el hocico, tomo bien sus curvas, alcanzo su textura. Me gusta el resultado. Arriba de la nariz, el paraguas. Grande y negro. Imponente. Hermoso.

El resto me cuesta más, no consigo el color marrón desgastado del vientre, las ideas se me escapan, él me mira. Termino el vientre como puedo y me concentro en el pelaje. Tiene que estar perfecto, es su esencia. No lo consigo, no soy suficiente. Ya me quedó diferente, me voy a tener que matar.

Él me mira, triste, se da cuenta de mi error. Se da cuenta de mi imperfección.

Se va.

Han muerto hombres, han empezado y acabado guerras; yo lo sigo esperando. Solo una chance más.

El sillón de papá


Eso parecía nomás. Un sillón viejo. Un sillón viejo y feo. Eso era lo que pensaba Santiago de él. Eso era lo que pensaría cualquier persona normal de él. Pero no José; ese era su sillón favorito. Sobre él su madre lo había dado a luz, sobre él había besado por primera vez a su difunta esposa, Guillermina, y sobre él había escuchado a Uruguay campeón en el 50’. Ese sillón era su vida.

Santiago admiraba a José con una vehemencia casi ritualista. Esto siempre había sido así, pero la devoción de Santiago por su padre había crecido aún más con la muerte de su madre, Guillermina. En casa nadie hablaba del tema, José nunca la nombraba y Santiago no se animaba a preguntar. De lo que sí se hablaba era del sillón.

— Santiago, no podés comer arriba del sillón; lo llegas a ensuciar y te juro que te mato —le repetía José dos o tres veces por día, aunque Santiago no estuviera comiendo.

El niño detestaba ese mueble más que nada en el mundo. Ese sillón era la competencia por la atención de su padre, era el amor que Santiago necesitaba. No es que José no quisiera a su hijo, pero sus ojos no se perdían y su mente no divagaba como lo hacía con el sillón. Ese sillón era su vida.

Santiago pasaba mucho tiempo solo porque su padre había tomado más horas en el liceo. Salía temprano de la escuela y volvía caminando derechito a casa, se sentaba y hacía los deberes. Bien como le habían enseñado sus maestros para no distraerse, manito con manito, piecito con piecito, y a trabajar. Demoraba cada ejercicio de matemática lo más que podía porque sabía que una vez que terminara estaría solo del todo, por varias horas, con ese maldito sillón mirándolo. Burlándose de él.

Un día no aguantó más. Llegó de la escuela, sin deberes, y se sentó mirando al sillón. Una hora. Dos. Lo analizaba. ¿Qué era lo que tenía el sillón que no tenía él? Y caía la primera lágrima, y la manito buscaba la tijera en la cartuchera. Dos, tres, cuatro, veinte, caían las lágrimas. Cinco, seis, siete, ochenta, llovían las puñaladas sobre el sillón. Atacaba, golpeaba al monstruo con todo lo que tenía con su tijera, con su puño, con sus mocos.

De pronto frenó. El sillón ya no estaba, ahora solamente había una masa de algodón y tela mojada encima de cuatro patas.

Santiago empezó a calmarse, sintió que lo que había hecho estaba bien y que su padre lo entendería, seguro que lo entendería. Él era su hijo.

Cuando José llegó y vio el sillón y a Santiago, no dijo ni una palabra. Miró a su hijo y bajó al sótano. Subió con dos cuerdas, y empezó a atar a Santiago. Manito con manito; piecito con piecito. Ambos permanecían callados. Luego José entró a la cocina y salió con el cuchillo grande, al que Santiago siempre le había dado tanto miedo.

José terminó al cabo de dos horas. Al otro día mandaría a arreglar todo el sillón menos el tapizado. Él ya tenía el tapizado. Manito con manito, piecito con piecito.