Nunca había olvidado una amante


US_Federal_Reserve_Board_room_1940

por Reynaldo R. Alegría

Cuando el consejero del ministro recibió una petición para una entrevista con estudiantes universitarios, una sonrisa se le dibujó en el rostro.  Desacostumbrado a ello, pues las solicitudes siempre iban dirigidas al ministro, accedió con agrado.  Tenía un sabor distinto el encuentro usual de segundas manos que le tocaba tener cuando el ministro le pasaba la encomienda, que el que estaba originado en la súplica expresa de su presencia.

—¿Estudiantes?

—Sí doctor, del Curso de Sociedad y Política.

—¿Pero me quieren ver a mí o al ministro?

—A usted, doctor.

—¿Por qué?

—Si quiere los paso a su asistente.

—No se preocupe, cítelos en un espacio que tenga disponible.  Media hora.

Llegada la cita, el consejero optó por el saco de Armani color gris carbón, los zapatos negros Ferragamo y la corbata Gucci roja, la de la buena suerte.  Tras su decisión de hacerlos esperar 20 minutos los recibió en la sala de juntas, donde los estudiantes ocuparon tres de las 30 acojinadas sillas ejecutivas de alto espaldar.  Dos de las estudiantes iban vestidas con ropa casual típica de universitarias: mahones, polo, sandalias sin taco y un bolso grande de telas indias de algodón.  La tercera, Natalia, que se manifestó y actuó como líder en todo momento, llevaba un vestido y tacones más útiles a la celebración de una boda familiar que a la ocasión que la ocupaba.

El consejero hurgó en los movimientos, las miradas, los gestos, las manos, la boca, las nalgas y las tetas de las tres chicas y no encontró nada que le atrajera.  Se la había pasado la noche fantaseando con tres bellas chicas que lo querían saber todo de él, cómo había llegado hasta su posición, sus gustos, si algún día sería ministro o si interesaba un escaño en el Parlamento.

La aburrida reunión versó sobre la política pública del Estado para el desarrollo sostenible.  Transcurridos 20 minutos ya los temas se habían agotado.

—¿Tienen alguna otra pregunta?

—En realidad creo que lo hemos cubierto todo —dijo Natalia.

—Pues si no hay más nada, las dejo pues trabajo en un discurso del presidente.

Se puso de pie y con un suave apretón de manos dio por terminada la reunión.  Al despedirse de Natalia, esta le agarró un poco más fuerte la mano y le acercó su cuerpo.  Le habló alto para ser escuchada.

—Quiero darte las gracias por habernos recibido.  Sé que estás muy ocupado.

Desconcertado por el tuteo el consejero dio un paso atrás guardando cierta distancia con el respiro de ella.

—No se preocupe, señorita, ha sido un placer.

Esa tarde, el consejero recibió una inesperada llamada de su hermano.

—¿Cómo te fue con Natalia?

—¿Natalia?

—Sí, la que te fue a ver hoy con unas amigas de la uni.

—Bien, pero no sé quién es Natalia.

—Chico, la amiga mía.

—¿Cuál?

—Que nos ayudaste hace años con una tarea del colegio.

—¿Natalia?

—Que se quedó a dormir contigo.

—¿Cuál?

—No me digas que no la reconociste.

Nunca había olvidado una amante, mucho menos las ocasionales.  Eran conquistas de guerra.  Se sintió triste.

Foto: Federal Reserve Board room in 1940. Photo Credit: Harris & Ewing

Cuento: Me enamoré de mi estudiante


cuantogato
Imagen sacada de Internet http://cuantogato.com/ febrero 2013

Dos gotas de sudor delatan mi debilidad ante la tentación. Ardo en un duelo de tempestades. Mido fuerzas en la espera de la seducción. Kailee vuelve a insistir con la mirada. Quizás está perdiendo el talento para disimular. Sus pupilas se apoderan de mi atención. Por primera vez siento curiosidad de saber cuál va a ser el próximo paso. Se sienta en el mismo medio del salón para ser el centro de mi universo. Entre fórmulas matemáticas, teoremas y gráficas, las coordenadas me detienen en el punto de intersección: su vagina. ¿Serán las hormonas que me sacan a flote tanto erotismo?

Me asusta el pensamiento de ceder ante esta pasión. ¿Qué pensarán mis hijos?  ¿Y  mis compañeros de facultad en esta prestigiosa universidad? Siempre haciendo alardes de mi seriedad y carisma y ahora anido en la vorágine. Una lágrima imaginaria abriga mis dudas. Kailee sigue en alerta emboscando a la menor provocación. Es un silencio que fascina, enloquece, es una excitación perturbadora. El olor delicioso a virginidad es tan dulce que lastima. Me desconcentra. Algunos de mis discípulos me envían la señal que estoy en las nubes. Todos los sentidos se alborotan ante los visos de la culpabilidad que nuevamente se aproxima.

¿Por qué debo reprimir este deseo?  Reflexiono. Si no respondo al llamado de la tentación sé que me voy a arrepentir. A saber con quién luego me desquite y sufra las consecuencias. Basta de huir de mi propia naturaleza.

La clase continúa y enciendo el proyector. Apago la luz e involuntariamente miro entre los claros que permiten ver en la oscuridad. Su lenguaje corporal grita que la bese. Me ahoga el buche de saliva al observar los matices que  provoca su pronunciado escote. Es hora de comer la fruta que deslumbra en la cima del árbol antes que alguien más valiente tome ventaja.

Los silencios de mi locura son despertados por la algarabía de los estudiantes al salir en estampida. Ella sigue allí, sentada, dejando que todos abandonen el salón, inmóvil en una obscenidad transparente. En el salón casi vacío busca con preocupación algo en su cartera, y levanta la cabeza un tanto alarmada.

—No encuentro las llaves del carro. ¿En dónde las habré perdido?

Me ofrezco llevarla a su casa; ella luce decidida a continuar el juego. Por mi parte, los nervios, mis cadenas, atacan mi sexo. La frescura que brota de sus pechos inunda el vehículo con una rapidez asombrosa. El aroma inconfundible de su fragancia neutraliza el olor a nuevo de los asientos.

Llegamos y bajamos con paso acelerado. Subimos al ascensor. Entramos en el apartamento. Las paredes, las cortinas, las alfombras, presagian nuestro plan. La habitación respira familiaridad. Palpamos nuestros rostros sin cruzar las miradas. Nos zambullimos a las profundidades de la excitación entre torrentes de saliva. Y sin transcurrir un minuto estamos las dos completamente desnudas. Su cuerpo joven, sin una cicatriz, sus senos rabiosos contrastan en demasía con los míos. Pero no tengo vergüenza. Solo hay lugar para la satisfacción de nuestros cuerpos; uno fresco, el otro mutilado. Nunca pensé atreverme a repetir esta fantasía que me acorrala desde mi nacimiento. Espero no arrepentirme. No me importa lo que piensen los demás. Ni siquiera el abusador de mi exmarido cuyo recuerdo todavía lacera mi orgullo. Desvanezco momentáneamente su figura borrosa y me derramo como una amiba sobre la epidermis de esta mujer-paraíso.

Nuestros sudores y savias se confunden, se traslapan, se evaporan. Los estambres rosados aún erectos, danzan y vibran con más intensidad que cientos de tambores medievales. Cesa de rechinar el sofá púrpura. El silencio golpea el reflejo de nuestra sombra en la pared. Ella cubre la silueta con su ropa interior aunque sigue desnuda en mi mente. Esta gula por ella es insaciable.

Apenas pasada una hora nos asusta el ruido del intercom. Es la madre de Kailee que ha venido a visitar de sorpresa. Estamos vestidas y calmadas. Los nervios dominan mi presión arterial. La fortuna no da tiempo para protegerme. A minutos de cometer el segundo desliz y ya estoy al borde del precipicio. Ella acaricia mi cabello, calmada susurra abrazándome por la espalda: “No temas, solo es mi madre, y ella sabe quién soy”.  Un beso solidario en la mejilla aplaca el miedo. Decido quedarme en el balcón con la vista espectacular de un veinteavo piso. Permanezco en total penitencia.

Abre la puerta. Abraza a su madre. La distancia que nos separa desaparece. Enmudezco, mi palidez es obvia. Es Margot, ex compañera universitaria, primera y hasta ayer mi única experiencia lésbica. Mira perpleja, se acerca molesta y señalando con su mano el barandal grita: “Saltas, o te mueres”.

Elijo morir.