Eva


Según la creencia judeocristiana, lo primero que descubrió Eva, después de comer la manzana, fue la sensualidad. Dedujo que, si bien el templo diseñado por Dios Padre era para ella perfecto, Adán fue quien lo conoció totalmente.

La sensualidad llegó de la mano de la primera mordida al fruto prohibido, cayó como meteorito en la imaginación de Eva y le develó sus capacidades sexuales. Le hizo consciente de sus caderas, de su ombligo, de sus nalgas, de sus pechos, del largo de su cabello, de su nariz, de sus ojos y de los hoyuelos que se le formaban cada que sonreía.

Con la sensualidad, llegó el erotismo e inmediatamente después la coronación de venus.

Venus se vestía con diminutas flores, pequeñas hojas y trozos de tierra seca que, pegadas a su cuerpo, le daban una apariencia de prostituta parisina del siglo XX de nuestra era.

Adán adoraba a Eva y, por ende, Dios quedó relegado, iniciando así el culto a venus.

Según la creencia judeocristiana, Adán fue el primer hombre en desvestir a una mujer y Eva fue la primera mujer en seducir a un hombre.

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Panquecitos


Había un sofá, un televisor, un edificio, escaleras y muchos panquecitos. Cada que llegaba a casa, ella me preguntaba:

—¿Qué traes? —A lo que siempre le respondía:

—Te traigo panquecitos.

Jamás en la vida había visto a alguien tan feliz y tan atractiva con panquecitos en la boca. Comerlos era para ella todo un ritual.

Con panquecitos, ella hacía de todo: los miraba, los estudiaba, les daba vueltas, comprobaba mediante pequeños apretones la esponjosidad del pan, creaba un eclipse televisivo colocándolos entre ella y la televisión, jugaba a René Magritte y se convertía en la hija del hombre (pero con panquecitos), los hacía llover en la sala y convertía el sofá en su Golconda, se convertía en Eva a la primera mordida, y no dejaba de ser Eva hasta que no quedara rastro alguno de sus pequeños postres.

En las tardes en que el pan gobernaba la sala, todo era amor y alegría. No había pleitos ni malos entendidos y las noches terminaban en un espectáculo digno de un circo romano o de telenovela de horario estelar.

Con panquecitos, Eva era la ganadora total de todos los juegos del «Jeopardy», cantaba muy bien las rancheras, aplastaba el botón seleccionador con todos los participantes del «American Idol», reía con los programas infantiles más sosos, resolvía los más grandes problemas del mundo y, como logro máximo, me amaba locamente.

Con panquecitos, abandonaba el sofá y se sentaba sobre mí.

En ese tiempo, para ser feliz, solo me bastaba Eva con panquecitos.