Pies de mazapán


Foto y poema de Juan Machín

Pies de mazapán
y de ciruelas, dulces.Pies de mazapán
¿Puedo comerlos?

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Madre e hija

Madre e hija


La bucanera hace sus mandados de incógnito


Bloque azul


—Ninguna ha conocido jamás mi casa, ¿qué te hace pensar en ser la primera de ellas? —le dijo mientras se colocaba los zapatos.

Es la quinta vez que se ven. Siempre un café, un paseo y un hotel. Siempre la misma cafetería, la misma ruta y el mismo hotel.

—Es simple curiosidad, aunque también es miedo —responde ella. Después pregunta—: ¿cómo sé que no eres casado o vives con alguien?

—Porque te lo he dicho: vivo solo, tuve esposa. Te respeto tanto como para mentirte.

—Sin embargo, no me invitas a tu casa aún.

Era la segunda vez que ella se lo pedía. Él sabía que no era capricho. Era consciente de que podía perderla si no accedía. ¿Cuánto había perdido antes por no acceder? Él nunca había sido religioso ni supersticioso, pero últimamente el «hubiera» le venía afectando demasiado. La realidad se le distorsionaba, el pasado volvía y él lloraba. Por supuesto no quería ceder, no permitiría que nadie entrara a su casa. Su casa era su última guarida, su atalaya, su refugio, su pasado detenido.

Ella no era como ninguna otra. Él lo sabía. Ella era más joven que él, mucho más alegre. Tenía una forma particular de ver la vida, como si de un conjunto de juegos y azares se tratase. No era ambiciosa ni obstinada, y eso era lo que más le preocupaba pues llevaba dos citas pidiendo conocer su casa. A ella no le faltaban pretendientes, su belleza era «muy propia» y lo más importante: ella quería estar con él.

Para ella, el café y el sexo eran igual de buenos con él. La conversación y la pasión fluían como ríos bajando montañas. Por el contrario, a las caminatas rumbo al hotel les hacía falta la cursilería del cine, pero era algo de lo que podía prescindir. Por la mañana era diferente, entre el desayuno y el sexo matutino, el sexo ganaba por muchísimo, indistintamente si había café o no, el sexo en ayunas era la maravilla del mundo. Era real, sin maquillaje, accesorios, peinados ni gafas de intelectuales. Él le cumplía sus gustos en los paseos (menos tomarse de la mano), conversaba de todo (salvo su pasado y su dirección) y le daba treinta vueltas a la cama y a la habitación con ella encima.

Ella tenía miedo. No quería ser la amante de nadie y tampoco quería dejarlo. El jueves lo vería, serían tres días con bastantes preguntas en la cabeza.

El jueves se acercaba y se verían en la cafetería. Pasearían por la avenida de siempre y volvería ella a pedir el algodón de azúcar color rosa, antes de hospedarse en la habitación doscientos veinticuatro.

El jueves tendrían sexo. Cogerían la llave, subirían las escaleras (él le tiene pavor al elevador), se besarían en la puerta del #224 y entrarían. Ella volvería a criticar el cuadro, se preguntaría por sexta vez qué hace ese cuadro tan feo en un marco tan bonito, volverían a medir la cantidad de polvo en ese pequeño florero y observarían la cama, cada uno de su lado correspondiente, cada uno midiendo, calculando espacio tiempo y anotando, en sendos tableros imaginarios, su desempeño anterior para compararlo con el de ahora. Después, cuando la vuelta atrás fuera imposible, él vaciaría sus bolsillos: dejaría sus llaves, la cartera, el celular, las monedas, las toallas higiénicas y el bloque azul de lego. ¿Quién tiene un bloque azul de lego en sus bolsas? Siempre ha estado con él, por lo menos las últimas tres citas lo ha visto, pero no le había prestado atención. ¿Qué significado tendría?, ¿a quién pertenecía?, ¿tendría un hijo?, ¿dos?, ¿algún «issue»?, no, de eso último se habría dado cuenta.

El jueves lo harían. Tendrían sexo otra vez. Una sexta vez. Se revolcarían en la cama, se morderían, se bañarían de sudor, mezclarían los fluidos, se saborearían, se aventarían al suelo, gatearían al balcón y él seguiría penetrándola allí, frente al mundo, para que todos supieran que él y ella estaban allí, en todos lados, menos en su casa.

—Ojalá lloviera— pensó ella—. ¡No volveré a dormir con él en un sucio hotel!, ¡jamás! Si llueve, dejaré a un lado todo y le seguiré a donde quiera, a cuando quiera y a como quiera. Ojalá lloviera.

Por su parte, él tenía sus propias cuestiones. Sabía que el jueves habían quedado y sabía que debía llevarla a casa. No estaba preparado para perderla. Habían sido cinco veces, pero le habían devuelto vida. Estaba seguro de que la probabilidad de jamás verla era mucha, así que tendría que saborear cada momento con ella. El jueves tomaría café y la observaría. Quizá escucharía por última vez el sorbete inicial que le da a la taza, o la mueca que hace cuando comprueba que la bebida sigue caliente. Realmente era hermosa. Quizá sería la última vez que la besaría y es muy posible que nunca la olvide.

Debería existir una señal, un síntoma que nos revelara cuando un amor se esfuma. Tanta química entre dos personas yéndose a la mierda porque no supieron darse cuenta de que los componentes se estaban suministrando en menor medida de un lado de la mesa. Tal vez de saber a ciencia cierta el momento correcto del punto final, podríamos obligarnos a extenderlo, a ponerle más oraciones y más citas para que, como acción de rebeldía, se haga nuestra voluntad.

Esperaba que ella, al llegar a su casa el jueves, no se espantara. Él tendría que acomodar los libros, cambiar los focos fundidos, guardar las viejas cartas, esconder las fotografías y meter en cajas todos los juguetes. Todos los juguetes menos el bloque azul, el bloque que siempre lleva consigo como amuleto. La idea de intentar una vida con alguien era poco atractiva pero le hacía bien. El bloque azul era el último regalo de su pequeño Mateo, quien el jueves cumpliría cinco años, si no estuviera muerto ya.

El jueves irán al café, pasearán y él la dirigirá hacía su casa. Entrarán y ella verá los juguetes regados y observará las telarañas de las paredes, verá que los focos estarán fundidos y le preguntará por los juguetes y por el bloque azul, y él no sabrá responder. Querrá decirle que era de Mateo, que lo lleva consigo desde hace dos años, que su hijo se lo regaló antes de subirse al camión con su mamá, y que no puede dejar de lamentarse por qué no fue con ellos ese día. Que extraña a su mujer, que le duele el alma al pensar en su hijito y que le duele hasta respirar que no estén aquí. Le enseñará una foto y le dirá que esa es la razón por la cual no la llevaba a su casa.

Ya casi es jueves y ellos, por sobre todo, se quieren follar.

El Uruguayo y sus feligreses


Elvira Martos

Jorgito abre su tasca en el centro de la ciudad.

6 am.

Y empiezan a acudir ante su llamada los feligreses. En fila india y golpetones.

Rezan sus mismos mantras diarios y confiesan penurias y miserias. Se arrodillan por un cigarro (el tercero o cuarto de la mañana) y comulgan emocionados con vinos muy rojos y cervezas muy frías.

El Uruguayo oficia su misa diaria entre legañas, protestas y olor a botafumeiro.

Nadie se santigua ni parece siquiera ver el calendario de la Virgen de la Macarena que preside el altar mayor la barra.

Elvira Martos

 

¡Ni una más!

¡Ni una más!


Como un pajarito


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Fotografía por Julio Alejandre.

La madre de Marta fue languideciendo poco a poco, como una llama mortecina, hasta apagarse del todo. La memoria empezó a fallarle en pequeñeces cotidianas: olvidaba la lista de la compra, lo que había ido a buscar al ropero o, con el teléfono en la mano, a quién iba a llamar; se le borraban inmediatamente las cosas que acababan de pasar o lo que le habían dicho; después se le olvidaron los nombres, empezando por los simples conocidos, continuando por los allegados y, más adelante, las personas más queridas, Marta incluida. «¿Quién es esta chica?», le preguntaba a su hija Consuelo, que se la había llevado a vivir con ella cuando enviudó, y se encargó de cuidarla a lo largo de la enfermedad; ella y Tomas, su marido.

Marta los visitaba un domingo de cada dos. Iba por la tarde y siempre compraba una bandejita de suizos y ensaimadas en la pastelería de la calle Ibiza, esquina con Máiquez, y se los tomaban acompañados de chocolate clarito. Su madre solía estar sentada en una butaca frente a la televisión, ajena a las conversaciones de los adultos y a los juegos de los nietos. Cuando la imagen fallaba reclamaba la ayuda a su yerno: «Consuelo, a ver si este señor puede arreglar el aparato». Pero también el vacío de su memoria engulló a Consuelo, como se olvidó de vestirse, de caminar e incluso de hablar.

Los veranos los pasaban en Cáceres, la tierra de Tomás, en un pueblo ya metido en la sierra donde tenían, en las afueras, una casona de piedra rodeada por un enorme huerto con alberca, acequias de riego y hasta un sembrado de almendros en la parte trasera. Marta siempre reservaba unos días de sus vacaciones para pasarlos con ellos. Le gustaba la tranquilidad que se respiraba allí, el murmullo del agua al correr por la acequia, que era, cuando no estaban alborotando sus sobrinos, el único sonido que turbaba el silencio. Dentro de la casa no se podía estar sin una chaqueta, ni siquiera a mediodía, y para dormir necesitaba arroparse con un grueso edredón. Su madre pasaba las horas muertas sentada en una mecedora bajo el pequeño pórtico que había a la entrada, recibiendo el sol en los pies y con la mirada perdida. Solo la movían para darle de comer, para llevarla al servicio y para acostarla. Marta observaba con tristeza su figura de pajarito, las manos temblorosas, que se frotaba continuamente, y su pelo completamente blanco.

Se murió uno de aquellos veranos, cuando los días de vacaciones en el pueblo estaban a punto de terminar. Marta no sabe exactamente qué provocó su fallecimiento, en todo caso algo muy leve que su delicada fragilidad no pudo superar. Recuerda, en cambio, que estaba sentada en un banco bajo los almendros, leyendo un ejemplar de Rimas y leyendas, cuando Consuelo fue a buscarla y le dijo, con mucha calma: «Ven a ayudarme que mamá se ha muerto». Entre las dos la metieron en la bañera, para asearla, y después la tumbaron en la cama para vestirla y adecentarla. Recuerda también que su madre se había quedado rígida y que fueron incapaces de conseguir estirarle las piernas, por lo que hubieron de meterla en el ataúd de lado, con las rodillas dobladas. Decidieron enterrarla en aquel pueblo, extraño para su madre, pero ninguna de las hermanas era una romántica y no tuvieron ánimo para afrontar los trámites que implicaba el traslado del cadáver.

En el entierro solo estuvieron presentes ellas dos porque en el pueblo nadie la conocía, Tomás se había quedado en casa con los niños y a los demás parientes no quisieron estropearles las vacaciones. Acompañaron al coche fúnebre hasta el camposanto y se esperaron un rato, en silencio y cogidas de la mano, hasta que el nicho estuvo tapiado.

El cadáver de su madre fue el primero que tocó Marta y el recuerdo de su tacto frío y cerúleo aún le escama la piel.