Bloque azul


—Ninguna ha conocido jamás mi casa, ¿qué te hace pensar en ser la primera de ellas? —le digo mientras me coloco los zapatos.

Es la quinta vez que nos vemos. Siempre un café, un paseo y un hotel. Siempre la misma cafetería, la misma ruta y el mismo hotel.

—Es simple curiosidad, aunque también es miedo —responde ella. Después pregunta—: ¿cómo sé que no eres casado o vives con alguien?

—Porque te lo he dicho: vivo solo, tuve esposa. Te respeto tanto como para mentirte.

—Sin embargo, no me invitas a tu casa aún.

Era la segunda vez que ella se lo pedía. Él sabía que no era capricho. Era consciente que podía perderla si no accedía. ¿Cuánto había perdido antes por no acceder? Él nunca había sido religioso ni supersticioso, pero últimamente el «hubiera» le venía afectando demasiado. La realidad se le distorsionaba, el pasado volvía y él lloraba. Por supuesto no quería ceder, no permitiría que nadie entrara a su casa. Su casa era su última guarida, su atalaya, su refugio, su pasado detenido.

Ella no era como ninguna otra. Él lo sabía. Ella era más joven que él, mucho más alegre. Tenía una forma particular de ver la vida, como si de un conjunto de juegos y azares se tratase. No era ambiciosa ni obstinada, y eso era lo que más le preocupaba pues llevaba dos citas pidiendo conocer su casa. A ella no le faltaban pretendientes, su belleza era «muy propia» y lo más importante: ella quería estar con él.

Para ella, el café y el sexo eran igual de buenos con él. La conversación y la pasión fluían como ríos bajando montañas. Por el contrario, a las caminatas rumbo al hotel les hacía falta la cursilería del cine, pero era algo de lo que podía prescindir. Por la mañana era diferente, entre el desayuno y el sexo matutino, el sexo ganaba por muchísimo, indistintamente si había café o no, el sexo en ayunas era la maravilla del mundo. Era real, sin maquillaje, accesorios, peinados ni gafas de intelectuales. Él le cumplía sus gustos en los paseos (menos tomarse de la mano), conversaba de todo (salvo su pasado y su dirección) y le daba treinta vueltas a la cama y a la habitación con ella encima.

Tenía miedo. No quería ser la amante de nadie y tampoco quería dejarlo. El jueves lo vería, serían tres días con bastantes preguntas en la cabeza.

El jueves se acercaba y se verían en la cafetería. Pasearían por la avenida de siempre y volvería ella a pedir el algodón de azúcar color rosa, antes de hospedarse en la habitación doscientos veinticuatro.

El jueves tendrían sexo. Cogerían la llave, subirían las escaleras (él le tiene pavor al elevador), se besarían en la puerta del #224 y entrarían. Ella volvería a criticar el cuadro, se preguntaría por sexta vez qué hace ese cuadro tan feo en un marco tan bonito, volverían a medir la cantidad de polvo en ese pequeño florero y observarían la cama, cada uno de su lado correspondiente, cada uno midiendo, calculando espacio tiempo y anotando, en sendos tableros imaginarios, su desempeño anterior para compararlo con el de ahora. Después, cuando la vuelta atrás fuera imposible, él vaciaría sus bolsillos: dejaría sus llaves, la cartera, el celular, las monedas, las toallas higiénicas y el bloque azul de lego. ¿Quién tiene un bloque azul de lego en sus bolsas? Siempre ha estado con él, por lo menos las últimas tres citas lo ha visto, pero no le había prestado atención. ¿Qué significado tendría?, ¿a quién pertenecía?, ¿tendría un hijo?, ¿dos?, ¿algún «issue»?, no, de eso último se habría dado cuenta.

El jueves lo harían. Tendrían sexo otra vez. Una sexta vez. Se revolcarían en la cama, se morderían, se bañarían de sudor, mezclarían los fluidos, se saborearían, se aventarían al suelo, gatearían al balcón y él seguiría penetrándola allí, frente al mundo, para que todos supieran que él y ella estaban allí, en todos lados, menos en su casa.

—Ojalá lloviera— pensó ella—. ¡No volveré a dormir con él en un sucio hotel!, ¡jamás! Si llueve, dejaré a un lado todo y le seguiré a donde quiera, a cuando quiera y a como quiera. Ojalá lloviera.

Por su parte, él tenía sus propias cuestiones. Sabía que el jueves habían quedado y sabía que debía llevarla a casa. No estaba preparado para perderla. Habían sido cinco veces, pero le habían devuelto vida. Estaba seguro que la probabilidad de jamás verla era mucha, así que tendría que saborear cada momento con ella. El jueves tomaría café y la observaría. Quizá escucharía por última vez el sorbete inicial que le da a la taza, o la mueca que hace cuando comprueba que la bebida sigue caliente. Realmente era hermosa. Quizá sería la última vez que la besaría y es muy posible que nunca la olvide.

Debería existir una señal, un síntoma que nos revelara cuando un amor se esfuma. Tanta química entre dos personas yéndose a la mierda porque no supieron darse cuenta que los componentes se estaban suministrando en menor medida de un lado de la mesa. Tal vez de saber a ciencia cierta el momento correcto del punto final, podríamos obligarnos a extenderlo, a ponerle más oraciones y más citas para que, como acción de rebeldía, se haga nuestra voluntad.

Esperaba que ella, al llegar a su casa el jueves, no se espantara. Él tendría que acomodar los libros, cambiar los focos fundidos, guardar las viejas cartas, esconder las fotografías y meter en cajas todos los juguetes. Todos los juguetes menos el bloque azul, el bloque que siempre lleva consigo como amuleto. La idea de intentar una vida con alguien era poco atractiva pero le hacía bien. El bloque azul era el último regalo de su pequeño Mateo, quien el jueves cumpliría cinco años, si no estuviera muerto ya.

El jueves irán al café, pasearán y él la dirigirá hacía su casa. Entrarán y ella verá los juguetes regados y observará las telarañas de las paredes, verá que los focos estarán fundidos y le preguntará por los juguetes y por el bloque azul, y él no sabrá responder. Querrá decirle que era de Mateo, que lo lleva consigo desde hace dos años, que su hijo se lo regaló antes de subirse al camión con su mamá, y que no puede dejar de lamentarse por qué no fue con ellos ese día. Que extraña a su mujer, que le duele el alma al pensar en su hijito y que le duele hasta respirar que no estén aquí. Le enseñará una foto y le dirá que esa es la razón por la cual no la llevaba a su casa.

Ya casi es jueves y ellos, por sobre todo, se quieren follar.

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El Uruguayo y sus feligreses


Elvira Martos

Jorgito abre su tasca en el centro de la ciudad.

6 am.

Y empiezan a acudir ante su llamada los feligreses. En fila india y golpetones.

Rezan sus mismos mantras diarios y confiesan penurias y miserias. Se arrodillan por un cigarro (el tercero o cuarto de la mañana) y comulgan emocionados con vinos muy rojos y cervezas muy frías.

El Uruguayo oficia su misa diaria entre legañas, protestas y olor a botafumeiro.

Nadie se santigua ni parece siquiera ver el calendario de la Virgen de la Macarena que preside el altar mayor la barra.

Elvira Martos

 

¡Ni una más!

¡Ni una más!


Como un pajarito


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Fotografía por Julio Alejandre.

La madre de Marta fue languideciendo poco a poco, como una llama mortecina, hasta apagarse del todo. La memoria empezó a fallarle en pequeñeces cotidianas: olvidaba la lista de la compra, lo que había ido a buscar al ropero o, con el teléfono en la mano, a quién iba a llamar; se le borraban inmediatamente las cosas que acababan de pasar o lo que le habían dicho; después se le olvidaron los nombres, empezando por los simples conocidos, continuando por los allegados y, más adelante, las personas más queridas, Marta incluida. «¿Quién es esta chica?», le preguntaba a su hija Consuelo, que se la había llevado a vivir con ella cuando enviudó, y se encargó de cuidarla a lo largo de la enfermedad; ella y Tomas, su marido.

Marta los visitaba un domingo de cada dos. Iba por la tarde y siempre compraba una bandejita de suizos y ensaimadas en la pastelería de la calle Ibiza, esquina con Máiquez, y se los tomaban acompañados de chocolate clarito. Su madre solía estar sentada en una butaca frente a la televisión, ajena a las conversaciones de los adultos y a los juegos de los nietos. Cuando la imagen fallaba reclamaba la ayuda a su yerno: «Consuelo, a ver si este señor puede arreglar el aparato». Pero también el vacío de su memoria engulló a Consuelo, como se olvidó de vestirse, de caminar e incluso de hablar.

Los veranos los pasaban en Cáceres, la tierra de Tomás, en un pueblo ya metido en la sierra donde tenían, en las afueras, una casona de piedra rodeada por un enorme huerto con alberca, acequias de riego y hasta un sembrado de almendros en la parte trasera. Marta siempre reservaba unos días de sus vacaciones para pasarlos con ellos. Le gustaba la tranquilidad que se respiraba allí, el murmullo del agua al correr por la acequia, que era, cuando no estaban alborotando sus sobrinos, el único sonido que turbaba el silencio. Dentro de la casa no se podía estar sin una chaqueta, ni siquiera a mediodía, y para dormir necesitaba arroparse con un grueso edredón. Su madre pasaba las horas muertas sentada en una mecedora bajo el pequeño pórtico que había a la entrada, recibiendo el sol en los pies y con la mirada perdida. Solo la movían para darle de comer, para llevarla al servicio y para acostarla. Marta observaba con tristeza su figura de pajarito, las manos temblorosas, que se frotaba continuamente, y su pelo completamente blanco.

Se murió uno de aquellos veranos, cuando los días de vacaciones en el pueblo estaban a punto de terminar. Marta no sabe exactamente qué provocó su fallecimiento, en todo caso algo muy leve que su delicada fragilidad no pudo superar. Recuerda, en cambio, que estaba sentada en un banco bajo los almendros, leyendo un ejemplar de Rimas y leyendas, cuando Consuelo fue a buscarla y le dijo, con mucha calma: «Ven a ayudarme que mamá se ha muerto». Entre las dos la metieron en la bañera, para asearla, y después la tumbaron en la cama para vestirla y adecentarla. Recuerda también que su madre se había quedado rígida y que fueron incapaces de conseguir estirarle las piernas, por lo que hubieron de meterla en el ataúd de lado, con las rodillas dobladas. Decidieron enterrarla en aquel pueblo, extraño para su madre, pero ninguna de las hermanas era una romántica y no tuvieron ánimo para afrontar los trámites que implicaba el traslado del cadáver.

En el entierro solo estuvieron presentes ellas dos porque en el pueblo nadie la conocía, Tomás se había quedado en casa con los niños y a los demás parientes no quisieron estropearles las vacaciones. Acompañaron al coche fúnebre hasta el camposanto y se esperaron un rato, en silencio y cogidas de la mano, hasta que el nicho estuvo tapiado.

El cadáver de su madre fue el primero que tocó Marta y el recuerdo de su tacto frío y cerúleo aún le escama la piel.

La tasca


Elvira MartosElviraMartos

Barriobajeros II


ElviraMartosElviraMartos

No quiero albergar

esperanzas.

Ojalá desesperen a la intemperie.

Y mueran

de soledad

y repudio.

Centrifugando recuerdos (X)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Mientras avanzan por el jardín hacia el lugar donde se congregan los invitados para hincarle el diente a las delicatesen que configuran el aperitivo y empezar a beber sin control, Íngrid va saludando a unos y otros. Poco antes de entrar en el círculo de las mesas dispuestas en un rincón idílico, flanqueado por un bosquecillo de sauces y con vistas al campo, se detiene en seco.

—Ahora sí que empieza el baile —murmura.

—¿Cómo dices?

—Tú sígueme la corriente —le pide tras una rápida mirada.

Toma aire y se dirige a la mesa más cercana al bonito arco de madera que da acceso al jardincillo, donde dos parejas departen animadamente. Luis la sigue, con la mano derecha firmemente atenazada por la mano izquierda de ella, cuyos dedos aprietan más conforme se aproximan a su destino. Entonces, a pocos pasos de la mesa, un obstáculo se interpone en el camino.

—Hola, hermanita. Por fin apareces.

Una mujer vestida de Cenicienta en el baile del príncipe, tan maquillada que realmente parece un dibujo animado —esa es la impresión que produce en Luis—, abraza a Íngrid con poco entusiasmo y le da dos besos que se pierden en el aire.

—¿Este es el héroe al que debemos agradecer que no sigas tirada en la carretera? —pregunta con una sonrisa de cartón piedra que deja al descubierto la dentadura más brillante que Luis haya visto. «¿Se cepilla con dentífrico fluorescente?».

—Patri, te presento a Luis. Luis, esta es Patri, mi hermana mayor. —«Que sea lo que Dios quiera», piensa Íngrid, que sonríe con la esperanza de que no se le noten los nervios.

Patri repasa al invitado inesperado, sin variar la expresión, y le alarga la mano izquierda; la derecha sostiene una copa de vino blanco. «Pues venga, hemos venido a jugar», resuelve el joven, que, decidido a no dejarse intimidar más, la toma con suavidad por los dedos, y la besa en el dorso. La expresión de sorpresa de Íngrid no es menor que la de su hermana, quien, tras una fracción de segundo, reacciona con una risita complacida.

—Qué galán. Parece que esta vez has hecho una buena elección —dice, mirando a Íngrid, mientras se aparta con una mueca pícara dedicada a Luis, se lleva la copa a los labios, y se aleja contoneándose.

—Será víbora… —susurra Íngrid.

A esas alturas las dos parejas que charlaban a pocos metros de la escena dedican toda su atención a los recién llegados, igual que otros invitados. Durante unos segundos, todos parecen estar a la expectativa. Íngrid responde con una sonrisa de anuncio, bastante forzada, sin acabarse de decidir a continuar avanzando. La resolución que la empujaba tan sólo unos minutos antes se ha difuminado. Luis, en cambio, experimenta el proceso inverso. Aprovechando que un camarero pasa por su lado transportando una bandeja llena de copas de lo que parece ser vino blanco, coge una y se la toma en dos tragos. La calidez del líquido bajando por su garganta le insufla confianza. Sonríe, y al darse cuenta de que es el centro de atención, incluso se anima a saludar con la mano en alto. Varios invitados le ríen la gracia, y acto seguido retoman las típicas conversaciones salpicadas de risotadas que uno espera en un acto social de ese tipo, entre copa y copa y pincho de jamón del bueno.

Íngrid también lo mira, y semejante arranque de naturalidad le devuelve la seguridad necesaria para enfrentarse a sus padres.

—Ahora es cuando me dices que eres actor.

—Pues no, diseñador gráfico regulero. Me da para ir tirando a trompicones.

Mientras habla sigue con la vista otra bandeja, y cuando se pone a tiro cambia la copa vacía por otra llena, de la que da cuenta con la misma celeridad que la primera.

—Ya…

Íngrid no tiene tiempo de darle más vueltas al asunto. Su madre ha salido a su encuentro y la abraza con elegancia. Ante todo, es una mujer elegante, cuya presencia impone respeto y admiración a partes iguales. Luis también lo piensa, aunque desde su plebeyo punto de vista el pequeño gorrito que culmina el elegante recogido que corona la elegante cabeza de la señora, sobre una base de tul almidonado —«Eso es tul, ¿verdad?»—, resulta ridículo. O al menos lo sería si lo luciera en medio de la calle. Con un rápido vistazo se da cuenta de que un elevado porcentaje de las damas presentes en el cóctel exponen complementos semejantes.

—Ay, querida, qué bien que hayas podido llegar. Nos tenías muy preocupados. Te hemos estado llamando, y hasta que no le has escrito a tu hermana no nos hemos quedado tranquilos. ¿Qué ha pasado?

—Murphy, que hoy tenía ganas de hacerme la puñeta.

—Ay, hija, qué cosas dices. —La señora se dirige entonces a Luis—. Este es el joven al que debo dar las gracias por habernos traído a mi niña…

Igual que su hija mayor, le alarga la mano. La sonrisa que exhibe no deja lugar a dudas sobre sus expectativas y, obviamente, llegados a ese punto, Luis no tiene intención de defraudar a la matriarca, así que repite la operación anterior, con mucha elegancia, que decide complementar con unas palabras que se le antojan ingeniosas:

—Si no hubiera desvelado ya su identidad yo habría jurado que es usted la novia.

Íngrid, que bebía un trago de vino, está a punto de atragantarse al escuchar la cursilada. Su madre, en cambio, parece encantada y ríe como una chiquilla, llevándose la mano a la boca.

—¿Has oído, Seve? La novia dice que parezco. Qué encanto.

Seve, su marido, no aparenta tanto entusiasmo. Desde un rostro que parece cincelado en mármol, dedica una mirada escéptica al “intruso” mientras encajan las manos, y antes de soltársela le dedica unas palabras de advertencia:

—No sé de dónde has salido ni qué pretendes, pero debes saber que esta va a ser la primera y la última vez que nos veamos.

Luis en esta ocasión opta por la prudencia.

—Un placer conocerlo, señor Martín. El restaurante es precioso.

—Sí, ya…

—Si no es molestia, ¿le importaría devolverme la mano, por favor?

—Va, papá, no empieces. El pobre Luis sólo se ha ofrecido a traerme y lo mínimo que podía hacer yo era invitarlo a la fiesta.

Íngrid asalta a su padre con dos besos que apenas son correspondidos, pero parecen ablandarlo lo suficiente como para que Luis recupere su dolorida mano.

—Hay qué ver, Seve, qué borde te pones cuando quieres —interviene su esposa—. No le hagas caso, cariño, se le va la fuerza por la boca —le aclara a Luis. «Y por la mano», piensa el joven, mientras se palpa los dedos tratando de que vuelva a circular la sangre por ellos.

Íngrid completa las presentaciones y se lleva a su invitado a otra mesa donde poder comer y charlar sin agobios, aunque a cada paso se tiene que detener para saludar a algún familiar o conocido que hace siglos que no ve. Ninguno comenta nada sobre el atuendo de Luis, aunque de vez en cuando es víctima de alguna mirada juzgadora. De todas formas, tras beber algunas copas de vino más, el estado chisposo del joven le evita sentirse intimidado.

Un rato después, cuando por fin han logrado acoplarse a una mesa ocupada por desconocidos y están llenando el estómago —sobre todo Luis lo hace con fruición, disfrutando de los manjares—, una música estruendosa señala que llegan los novios y todo el mundo se pone a aplaudir y a jalearlos.

—Llegaron el heredero y la nuera perfecta —murmura Íngrid.

Luis la oye, pero se da cuenta de que en realidad no se lo estaba diciendo a él. Ve cómo observa a la pareja feliz, con la mirada perdida, revelando lo que en algún día lejano fue envidia. Ahora sólo queda resignación. Se compadece de ella y piensa en darle una palmadita cómplice en el hombro, pero decide no hacer nada. «No es mi guerra», se justifica.

Los recién casados parecen sacados de una película empalagosa del Hollywood más empalagoso. Hacen su entrada al ritmo de un vals, demostrando que son expertos bailarines. Visten trajes impecables que les quedan perfectos, realzando la belleza natural de ambos. Todo son risas, aplausos, piropos y los inevitables gritos de «¡Viva los novios!». Incluso Luis se ha contagiado de la alegría desbordante. Como complemento final a la irrupción de los protagonistas del día, una explosión de confeti inunda el escenario. «Esto parece un vídeo de Coldplay», se dice Luis, que sonríe como un bobo entre trago y trago. Se nota como flotando en una nube.

La única persona que permanece ajena al entusiasmo generalizado es Íngrid. Cuando todos se acercan a felicitar a la pareja, ella se mantiene inmóvil, con el rostro inexpresivo y una copa vacía entre las manos. Luis está a su lado, preguntándose qué hacer.

—Alguien me dijo hace un rato que íbamos a divertirnos y me arrastró hasta aquí.

Al sentir las palabras, Íngrid reacciona por fin. Al principio mira a Luis como si no supiera qué hace ahí, junto a ella, pero es sólo un instante.

—Tienes razón, perdona. Ven, que te presento a la joya de la familia.

Después de unos minutos de guardar cola, durante los cuales Luis tiene la sensación de que su anfitriona trata de retrasar el encuentro, por fin aparece ante ellos el feliz dúo. Luis atisba entre sus cabezas, unos metros más allá, el rostro de mármol del señor Martín, que ahora sonríe orgulloso. La continuidad del imperio está asegurada. Gonzalo es, sin duda, el heredero ideal.

De repente, Luis tiene la sensación de ser más intruso que nunca. A su lado, Íngrid ya no es la mujer descarada y rebelde que lo ha arrastrado hasta la fiesta, sino el patito feo que se sabe fuera de lugar, y que sabe que jamás alcanzará la categoría suficiente para compararse a los bellos cisnes que son esa envidiada pareja que les sonríe con esplendor.

Antes de los saludos Luis tiene tiempo de mirar alrededor y, como si llevara un sensor incorporado, identificar un buen número de rostros envidiosos. «Qué falsos, cuánta alegría impostada».

—Luis, te presento a mi hermano Gonzalo y a su novia… bueno, ya esposa, Julia.

—Ah, sí. Encantado. Enhorabuena.

El apretón de mano de Gonzalo es tan firme como el de su padre (pero menos doloroso). No parece que de momento tenga nada contra él. Los besos de Julia, al aire, como debe ser costumbre entre la gente de alta alcurnia, deduce Luis. Con su cuñada se muestra algo más efusiva, incluso se abrazan. También entre los hermanos parece haber cariño real.

—No sabía que al final venías acompañada. —Gonzalo repasa al joven de arriba abajo—. Ya veo que ha sido una decisión de última hora —concluye, con cierta sorna.

—Pues sí. Me ha traído hasta aquí después de que el Audi me dejara tirada y qué menos podía hacer que invitarlo.

—Oh, claro. Por nosotros no hay problema, ¿verdad que no, cari?

Lidia no está prestando atención, ocupada en corresponder a los continuos piropos y atenciones de sus amigas. Pero es que Gonzalo no espera respuesta alguna, él mismo ha dejado de atender a su hermana y al pintoresco acompañante, y ya está dándose manotazos en la espalda con los colegas de la universidad. Un segundo después empiezan los selfies que durante las horas siguientes se perderán en Facebook e Instagram.

—Vamos a emborracharnos —sentencia Íngrid. Agarra a Luis de la mano y lo arrastra hacia la barra.

Continuará…