Rebato


 

Fotografía por Crissanta.

Are you sleeping?
Are you sleeping?
Dormez-vous?

¿Duermes tú?
¿Duermen ustedes?

¿Es que acaso alguien vela
mi descanso
y no, como siempre,
al contrario?

La fuerza sobrehumana
que me sostuvo
durante el paso de la muerte,
durante el trance de dar vida,
ha cesado.

Pero suenan las campanas,
tocan a rebato.
Llega el día
a la vez temido y esperado.

Ay de aquellas
que estén criando…

Más yo tengo escudo
alrededor de mí,
un alto refugio,
una fortaleza.

No temeré a diez millares de gente
que pusieren sitio contra mí.

Si todos duermen,
me mantendré despierta,
fija en la vela,
fija en la espera.

Marianita


Muy de mañana iría a la central de abastos, rompería la dieta con unos tacos del «Súper campeón», compraría la materia prima para preparar los pastelillos de la cafetería y volvería a casa antes de las ocho de la mañana.

Para entrar a casa, mañana, saltaría la cerca, después dejaría las bolsas de las compras en la mesa del patio e intentaría trepar el árbol gigante de tamarindo como lo hacía en su infancia. Hacía tanto tiempo desde la última vez que intentó subir, así que dudaba si después del primer salto tendría la fuerza y el valor de llegar hasta la copa.

Esa duda la invadió y creció dentro de ella. Comenzó a experimentar el nudo en la garganta que siente el desesperanzado. Poco a poco todos los planes para mañana desaparecieron. Sabía que al día siguiente otra vez sería lo mismo: esperar a que Octavio regrese con las compras, esperar a que doña Cleo haga los panqueques y pasteles y ver, desde su habitación, a todos corriendo con insumos y vajillas para abrir a tiempo el negocio familiar.

Mamá llegó a arroparla, abrazarla y darle la bendición de las buenas noches. Al cerrar la puerta le recomendó, como siempre, agradecer a Dios antes de dormir.

Marianita, como todas las noches, rezaba y prometía a su dios los más puros pensamientos y las más bellas acciones a cambio de volver a caminar uno o todos los días de su vida.

Los cables cruzaron mi calle


La eternidad condicionada de una escalera mecánica, las baldosas resbaladizas de una limpieza apresurada. El ambiente denso, húmedo. De una mañana sin nombre.

Un despertar sin café, sin desayuno. La arepa, los huevos, el jugo, y la ropa sucia, desnudo. Ausentes.

Sin ajuste, una receta para perder la razón… sin haberla tenido en primer lugar. No tengo espacio para dudas porque yo no lo habilito, solo me siento en desdén, con todo el espacio del mundo pero sin poder llenar la alacena, una caída libre que yo no elegí tener cada mañana. Impuesta.

Una mañana sin fe, me lleva a suspirar sin aliento. Y aunque muchos lo lamenten, no es tristeza de un solo momento. Me mido, me controlo… Guardo silencio, pero implosiono.