Memoria del desviste II


Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

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Trotamarilla


Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.
Las trotamarillas en general, de entre todos los objetos amarillos existentes, prefieren las flores, los dibujos de flores, las camisetas con flores, los adornos de flores, los cupcakes adornados con flores y las bebidas con nombres de flores. En el caso particular de ella, era igual, aunque antes de todo lo anterior, disfrutaba más la madera amarilla. Pensar en madera amarilla le recordaba con nostalgia un atardecer, con café y compañía, sentados en una banca de madera de roble.
En uno de sus últimos viajes, Retama había llegado a una vistosa pared amarilla con franjas violetas. Quería descansar, pero sus planes fueron cambiados cuando vio acercarse un hermoso haz de luz amarillo que venía rápidamente frente a un automóvil deportivo oscuro. Cogió fuerzas y se lanzó a la luz del vehículo. Viajó varios kilómetros con el viento al rostro y la cabellera suelta.
De la luz del auto negro y, después de bastante tiempo, ella saltó a un pequeño jardín pobremente iluminado con una farola blanca. Un jardín descuidado con hojas secas y monte altísimo, con un barandal amarillo y algunos pocos tipos de flores. Nuestra protagonista se quedó en la parte más alta del barandal para observar las flores. Se encontró en un dilema: saltar a la flor más bella y amarilla del recinto o quedarse arriba para poder ver todas al mismo tiempo. Satisfacer el tacto o la vista. Inmersa en la cuestión estaba, cuando alcanzó a escuchar el cuchicheo de dos ancianos que hablaban sobre la pensión y el alto costo que tenía mantener a los muertos. Seguramente eran pareja. Andaban al mismo paso. Él llevaba una escoba y un huacal gigante, mientras ella llevaba un racimo con follaje grande y pequeñas flores amarillas de pétalos mucho más pequeños y amontonados, y de un olor sumamente agradable.
La trotamarilla no lo pensó más y se lanzó hacía la anciana. Ella no sabía nada de pensiones ni de muertos, pero sí de olores. Esas flores estaban entre los mejores aromas que había sentido en toda su vida.
Si bien viajar en automóvil era una aventura fantástica (aventura que repetía constantemente), la calma de los ancianos era totalmente relajante.
Conforme llegaban a su destino, que la trotamarrilla aún no conocía, los ancianos aminoraban sus pasos. Parecía que cada vez se les hacía más pesado el ir, eran casi las seis de la mañana y el sol nacía al horizonte.
Los ancianos llegaron al hogar de su nieta (una humilde lápida rosa), mientras Retama había encontrado el paraíso de flores que cualquier trotamarilla siempre hubiese deseado.

El diario de Adela


Valdepeñas
10 agosto 2018

 

La ciudad me acogió con unos grados menos y sin apenas humedad. Había visitado varias veces Valdepeñas, pero en esta ocasión estaba allí por motivos de trabajo. Una vez más, era quien tenía que resolver los problemas con clientes de esa región. Mi empresa se dedicaba a la publicidad y aquella zona era bien conocida por ser la “Ciudad del Vino”. Incluso aquellos que se quisieran remontar a la tradición histórica de sus escudos heráldicos podrían certificarlo con un tonel de oro en su blasón. El GPS del coche se había detenido en la Plaza Veracruz, frente al Bar Veracruz. Allí mismo estaba emplazado el hotel y las indicaciones de acceso al aparcamiento.

Al llegar al Veracruz Plaza Hotel & Spa me recibieron muy amablemente en recepción. La chica me hablaba y sonreía con atención. Estaba tan aturdida —y cansada— por el viaje que apenas atinaba a leer su nombre en la chapa, sólo podía asentir con la cabeza. Me indicaba dónde se encontraba mi habitación. Tras coger el bulto a mis pies, me dirigí al ascensor deteniéndome ante una imponente —esquelética— figura de madera de Quijote a galope de Rocinante, con la lanza alzada en una mano y el escudo en la otra. Me sonreí, porque al entrar ignoré esa escultura tan asombrosa que intentaba llamar mi atención nada más cruzar la puerta giratoria. Perdida en mis pensamientos no me di cuenta que alguien me estaba declarando la guerra. Ahora soy yo que me imagino como molino de viento enfrentándome a ese Don Quijote ante mí. Para mi error no era yo su objetivo, cuando alcé la vista y miré al techo, mis ojos contaron más de una docena de aspas dispuestas en diferentes ángulos. ¡El molino de viento! Tenían colores similares, son tierra pensé mientras me metía en el ascensor. En su interior me entretuve al leer una cinta de letras en una pequeña pantalla digital que ofrecía información intermitente. Así pude saber que en un día como hoy, en 1675, se construyó el Observatorio de Greenwich, que hay una zapatilla que conquista el mundo, que Philippe Lanson es el escritor que regresó de la muerte, que Terry Gillian recomienda el humor contra la furia y que Lydia Valentín habla del peso de la victoria. En cambio, yo me dirijo a la habitación como una copia barata de esa escuálida figura en la entrada, en guardia y con sed de lucha contra molinos de viento.

Bruna


Bruna comienza el día contándose no sé cuántas mentiras. Algunas se las cree y a otras les hace oídos sordos.

—Hace buen tiempo. Está soleado y corre un poco de brisa. Seguro que viene directamente del mar —se dice—, porque es fresca y humedece mis mejillas —relata tocando sus dos carrillos rosados.

Tiene la belleza precisa, la que invita a mirar un poco más y saborear durante otro par de minutos.

—Mi mente está casi en blanco, no puedo dejar un único pensamiento en mi masa blanca, sin que resbale por ella.

Tira a canasta las dificultades y se ríe cuando se quedan rodeando el aro, infinitas veces. Y se felicita por ello.

Hasta cuatro veces se levanta del sillón.

—Si en algún momento me llega la relajación, me incorporo agresivamente. Si lo hago soplando, expiro suspiros hasta llenarme de polvo. Serán los residuos del aire quienes completen la nada ruidosa acumulada sobre los muebles, con intención de protegerlos y darme abrigo —asegura con la firmeza que acostumbra.

Se toca la nariz, los ojos y la boca, haciendo un recuento de las partes de su cara, aprendiéndolas.

—Como alguna vez hice de bebé. Aunque, ahora, intente estrujar pesos y daños hasta escurrirlos goteando por mi barbilla —narra orgullosa.

Recorre las calles flotando. Un fantasma más que no toca el suelo. Estira cualquier línea horizontal y la hace tierra firme por la que caminar. Captura pizcas de cielo y las añade como granos a la senda que la invita. Elige cuántos cuerpos debe unir para derribar cualquier muralla, en lugar de levantarla.

Bruna termina el día como comienza, pero el sueño acude a ella tres minutos después de tumbarse bocarriba.

Y fueron papás y se compraron un chalé


cocaina

Tengo cuatro canas

en el bigote

haciendo una raya blanca

que se parece a Noelia.

No el bigote,

la raya, me refiero.

José —su novio—

después de escaparse juntos al coche

siempre decía:

«No la soporto,

si no fuera por la farlopa»

Ella, después de empolvarse la nariz

muchas veces se dejaba

algún rastro de… (espacio blanco o

inventa tú la metáfora)

Y hablablaba y hablablaba una tonelada,

quizás demasiado blanca o ciega

para pensar lo que decía:

«Me jode decirlo, pero alguna se lo merece»

(Se encienden las luces, aparecen los títulos de crédito

y después de una larga lista de nombres surge un mensaje que dice:

«Los personajes y los lugares son ficticios,

cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia»)

Ella, trabajaba en Servicios Sociales

con mujeres maltratadas.