Compañera de asiento


Javier estaba feliz porque logró convencer a su padre para que le prestara el auto nuevo: un Audi Q7 en elegante color blanco y detalles en aluminio. Lograría impresionar a Marifer y tal vez aceptaría salir con él.

La fiesta comenzaría a las 10 de la noche en casa de Montserrat, pero antes pasaría a recoger a Marifer, a Tavo y su nueva novia, Galia y al eterno soltero Morris (insistía en que le llamaran así, su nombre real era Mauricio), quien se había quedado en la zona de amigos de manera permanente.

Javier salió emocionado de la cochera con el auto flamante. Cuando llegó con Marifer, causó una impresión favorable en la chica, tal y como lo había supuesto momentos antes.

—¡Qué lindo auto, Javi! —dijo complacida y emocionada.

Ya no era Javier, ahora era Javi. Las mujeres quizá no sepan de modelos de autos, pero conocen a la perfección la diferencia entre uno caro y uno común. Marifer sabía que aquel era uno de los caros.

Ella de inmediato aprovechó para subir una historia a su cuenta de Instagram, también se tomó una foto con Javier cuya sonrisa reflejaba su estado de ánimo envuelto en un aire de triunfo.

—¡Esta sí es una nave! —comentó Morris emocionado.

—Los pequeños privilegios de la clase alta, pero cómo lo vamos a disfrutar —dijo Tavo mientras Galia le daba un codazo en las costillas por su mordaz comentario.

Los cinco muchachos iban en el vehículo con un alto grado de energía, de esa que se derrocha a esa edad. Llevaban la música a un volumen bastante alto, tanto que tenían que comunicarse a gritos.

Morris aprovechó el momento e ingirió una píldora de fentanilo. Hacía meses que se había enganchado con la droga sintética. Sus amigos no lo sabían.

Llegaron a la casa de Montserrat. Marifer bajó de la camioneta sintiéndose toda una diva. Tavo y Galia sonreían como tontos al saberse que las miradas estaban puestas en ellos. El único que no tenía interés era Morris, él solo quería algo para beber, tenía la boca seca.

La fiesta se terminó antes de lo previsto: dos chicos empezaron a discutir acerca de las rutinas de gimnasio para ganar músculo y la ingesta de esteroides y aplicación de inyecciones de sustancias para la estimulación de los músculos. Terminaron a golpes y Montserrat pidió a todos que se retiraran.

—¡Qué mala copa de esos dos! ¿De qué clase son? No recuerdo haberlos visto en el colegio —argumentó Marifer disgustada por la cancelación.

—Los he visto en el gimnasio. Siempre compitiendo entre ellos. ¡Hombres! —repuso Galia.

—Pues, vámonos. Aquí se rompió una taza… —dijo Javier ansioso por estar a solas con Marifer.

—Es temprano, la noche apenas comienza. Sigámosla en otra parte —dijo Tavo con verdaderas ganas de seguir la fiesta.

—¿A dónde, Morris? —preguntó Javier a Morris, quien siempre sabía de lugares en dónde divertirse.

El muchacho se quedó frunciendo el ceño unos momentos. No coordinaba su cerebro con el acto del habla hasta que pudo decir:

—No tengo idea.

Lo dijo con voz pastosa, resultado de la ingesta de la droga y el alcohol.

—En el camino se nos ocurrirá. ¡Vámonos! —dijo Javier y se apeó al volante del Audi. Subió el volumen de la música y quiso mantener el ánimo en alto.

Avanzaron algunas calles por la avenida que brillaba espléndida ese sábado por la noche.

—¿Y si paras para comprar algo de tomar? ¿Qué quieren? ¿Vodka?

—¡Sí! —exclamó Morris reaccionando de inmediato a la invitación.

—Sí quiero. Con un Monster —dijo Galia con su parquedad acostumbrada.

Marifer volteó para mirar a Javier y él asintió con una sonrisa. Puso la luz direccional, entró al estacionamiento de una de los miles de tiendas de conveniencia que hay dispersas a lo largo y ancho de la ciudad.

Los hombres bajaron para adquirir la provisión: una botella de vodka de cualquier marca, latas de bebidas energizantes, unos cuantos vasos desechables, una bolsa de frituras y dos paquetes de cigarrillos con sabor a pepino.

Morris pidió una cerveza light.

La destapó con la hebilla de su cinturón puesto que la tienda tiene prohibido vender bebidas alcohólicas abiertas. Se dispuso a beberla ahí mismo, en el estacionamiento, de un tirón. Iba levantando la pequeña botella para llevársela a los labios cuando apareció ante él a una chica de cuerpo menudo pero delineado; de estatura baja, pelo negro hasta el hombro. Llevaba una indumentaria en cuero negro: falda muy ceñida arriba de la rodilla, blusa de tirantes y chamarra; de calzado, unas botas industriales altas.

—Hola —dijo con voz tímida.

Morris se olvidó de la cerveza y no terminaba de recrearse la pupila con la chica.

—H-o-o-la —titubeó.

—¿Van de fiesta? —dijo con voz dulce la chica, tenía un leve rastro de acento que Morris no pudo identificar.

—Est… Sí ¿qué haces por aquí? —preguntó Morris ante lo inesperado del encuentro y prosiguió—: ¡Oye! ¡Qué rizos tan coquetos! ¿Puedo tocarlos?

Marta esbozó una extraña sonrisa que hizo que Morris se retractara.

—Paseo. Estaba aburrida y quise salir. Me llamo Marta —dijo esto al mismo tiempo que estiraba una mano delgada y blanquísima con las uñas pintadas en negro. No dijo nada de sus rizos.

Morris la estrechó y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo que no supo si fue por lo fría que estaba o por la emoción de tocar a la misteriosa chica. De cualquier manera, él pensó que era una buena señal.

Tavo y Javier lo miraban a unos pasos con sonrisa de complicidad, ambos le guiñaron un ojo a Morris esperando que este los presentara.

—¿Quieres venir con nosotros? No tenemos aún un destino, pero algo se nos ocurrirá —dijo Morris ya más avispado.

Marta volteó para mirar a Javier y a Tavo, luego miró hacia el Audi.

—¿No hay problema con sus novias? —cuestionó Marta.

Tavo se preguntó cómo sabía la chica que venían con sus novias. Él tampoco la vio llegar mientras se detuvieron a esperar a Morris y su cerveza light.

—¿Cómo sab…? —Quiso preguntar Tavo, pero Morris se adelantó.

—No, ninguno. Yo vengo solo, serás mi compañera de asiento, ¿qué no? —dijo Morris mientras miraba a Tavo con recriminación por querer estropear el encuentro.

—¡Me encanta la idea! —dijo Marta mostrando una sonrisa angelical que terminó por cautivar de inmediato a Morris.

En el camino de regreso a la camioneta, Morris hizo las presentaciones, primero a Javier y a Tavo y luego a Galia y Marifer.

—Javi… No sé, no me late esta niña, está bien piche rara —dijo en voz baja Tavo mientras miraba a Morris.

—¡Tal para cual! —contestó Javier. Deja a Morris que se realice por esta noche con la muñeca gótica.

—Más que gótica parece como si Morticia y Maléfica hubieran tenido una hija.

Se miraron, guardaron silencio y después se echaron a reír.

Javier miró a Marta mientras abordaba guiada por Morris. Se preguntó cómo podía moverse con esa ropa tan ceñida. Reparó en que tenía muy buen cuerpo. Disimuló cuando Marta volteó y lo miró directo a los ojos: como si supiera lo que él estaba pensando.

Galia no reaccionó en absoluto a la presencia de la chica invitada, se limitó a decir un «Hola», pero con Marifer las cosas no eran tan funcionales: hizo un gesto de desdén cuando Marta le extendió la mano. Apenas si la tocó y volteó para otro lado en el acto.

—Tranquila, es solo una amiga de Morris. Hay que divertirnos —comentó Javier.

Marifer aceptó no de buena gana. No se sentía cómoda con Marta. Se había dado cuenta de cómo la miró Javier y sintió celos.

Morris sirvió las bebidas para todos, incluso para Javier. Supo que no necesitaría más drogas para divertirse esa noche. Las sensaciones que le provocaba el olor a cuero y perfume de Marta serían suficientes para mantenerse bien.

Marta bebía a pequeños sorbos la bebida que le dio Morris. Miraba a cada uno de los chicos como si estuviese analizando su lenguaje corporal. Le sonreían todos, menos Marifer que evitaba encontrar su mirada.

Hacía mucho tiempo que Morris no tenía novia. En parte por sus adicciones y porque no encontraba una chica que lo enganchara.

—¿De dónde eres? No logro identificar tu acento —dijo Morris iniciando la conversación.

—De ninguna parte y de cualquier lugar —contestó Marta.

—¡Guau! Me encantan tus pestañas. Parecen mariposas.

Marta sonrió otra vez con esa mueca que no llegaba a expresar nada.

—¿Viajas mucho o es una respuesta filosófica? —planteó Morris.

—Sí, es eso, viajo mucho. Me muevo a distintos lugares todo el tiempo.

—¿Nómada digital?

—No digital, me actualizo, pero en otros aspectos.

—Fascinante… —balbuceó Morris.

Marta bebió del vaso de plástico sin quitarle la vista a Morris. Sus ojos brillaban por algo.

Las bebidas hicieron efecto en el grupo de chicos y la euforia se desbordaba al mismo tiempo que el vehículo ganaba velocidad. Javier enfiló por una avenida que atravesaba un gran tramo de la ciudad lo que significaba una larga recta. De pronto sintió cómo tenía el control del vehículo con solo un movimiento de su pie. Quiso probar todo el poder de la tracción en las cuatro ruedas y pisó el acelerador.

Tavo lanzó un grito al sentir la velocidad. Javier abrió la ventana panorámica del techo y Marifer y Galia se asomaron por ahí. Sentían cómo el aire se estrellaba en sus rostros. Cerraron los ojos y se dejaron llevar por la sensación.

Morris miraba a Marta. Quería besarla. Sus labios pintados de negro le atraían como si fueran magnéticos. Se acercó un poco a ella y de repente, por la inercia de la aceleración, regresó al lugar en donde estaba. Javier no se detuvo en las luces rojas, se pasó todos los semáforos sin ninguna precaución.

Justo cuando intentaba incorporarse Morris, su compañera de asiento se levantó, apoyó sus blancas manos sobre los hombros de él, quien incrédulo, miraba a Marta prepararse para darle un gran beso.

—Nos vemos del otro lado, Morris —le susurró al oído después de besarlo en los labios.

Morris se quedó de una pieza, consideró que esa chica, con seguridad, no pertenecía a este plano dimensional. Tavo miró desconcertado cómo Marta brincó el asiento para situarse detrás de Javier e intentó apoderarse del volante. Ella lo giró con tal brusquedad que Javier no lo esperaba. Quiso recomponer la dirección, pero Marta se sujetaba con tremenda fuerza que ningún sistema estabilizador asistido por computadora ni ningún sistema de frenos antipánico sería capaz de controlar el vehículo. Se estrelló contra la base de un anuncio espectacular de doce metros de altura.

Marifer y Galia que seguían asomando medio cuerpo por la ventana panorámica escucharon cómo su columna vertebral se partía en distintos puntos, tendidas en la acera parecían bailarinas ejecutando un imposible paso de balé. Murieron al instante. Tavo y Morris se impactaron de bruces contra el asfalto, no llevaban puesto el cinturón de seguridad. Javier atravesó el parabrisas y dejó rastros de materia gris sobre la acera. El Audi casi se rebanó por su mitad longitudinal. El auto y los chicos quedaron irreconocibles: parecían marionetas abandonadas después de una mala función de teatro guiñol.

Un vendedor nocturno de hamburguesas y hot-dogs contempló todo el accidente: desde que el Audi dobló en la esquina derrapando y rugiendo como una bestia, luego un quiebre de dirección fatal lo hizo recular, pero de inmediato se estabilizó y con toda fuerza se impactó con el poste base. Apagó un antiguo radio en el que sonaba la voz de Eddie Vedder que interpretaba Last Kiss justo en la frase que dice «So I can see my baby when I leave this world» mientras a unos metros Morris, con un hilo de vida, quería fijar la mirada con el único ojo que quedó en su cara, buscó a Marta. Murió sin poder verla.

Tavo tenía la cara destrozada. La mandíbula superior colgaba de un girón de tejido chorreaba sangre y sus dientes estaban por todas partes.

Javier con el cráneo partido estaba colgado sobre una guarnición metálica, el cerebro goteaba como un flan gris que ha perdido consistencia.

***

—¿Dice que eran seis los que iban a bordo del vehículo? —preguntó por segunda vez el ministerial que tomaba la declaración del único testigo.

—Vi a una chica y un chico que forcejeaban con el volante, otras dos chicas que se asomaban por el quemacocos gritaron y vi dos siluetas en los asientos traseros. ¡Seis! ¡Seis en total! Jóvenes imprudentes, ¡carajo! ¿Quiere un hot-dog, mi poli?

Andrade, el agente ministerial, releyó el reporte del Servicio Médico Forense y marcaba tres cuerpos de masculinos y dos femeninos en el levantamiento. Se acercó al Audi deshecho y miró las manchas de sangre que marcaban la trayectoria de los cuerpos al salir expulsados; le dieron náuseas cuando se imaginó lo que era la sustancia gelatinosa que estaba regada del lado del conductor. Revisó la marcación de las siluetas de cómo habían quedado los cuerpos después del tremendo choque. Solo eran cinco, como decía el reporte. Se alejó del lugar. Le daba asco el olor a sangre mezclado con vodka y Red Bull.

Solicitó el reporte visual al C5. Las cámaras captaron al Audi desde que los chicos se detuvieron en la tienda. En los videos se podía contar a seis personas, tal y como lo dijo el de las hamburguesas. Solo había un detalle en el último video antes del choque: entre un fotograma y otro uno de los ocupantes desaparecía pocos segundos antes del impacto.

—Debe ser una falla en la grabación —dijo Andrade.

A unas calles de ahí, en una tienda 7 Eleven, bajo la mortecina luz de una lámpara que iluminaba a medias el estacionamiento, una chica vestida de negro se presentaba con un par de tipos que estaban a punto de abordar su auto después de comprar cigarrillos y cervezas.

—¡Hola! Me llamo Marta, ¿puedo acompañarlos? Puedo ser su compañera de asiento —dijo esto mientras ofrecía una nívea mano con las uñas pintadas de negro.

Los hombres se miraron con complicidad y un centelleo de lujuria recorrió sus ojos. Iban a tener una noche agitada. Los tres se acomodaron en los asientos delanteros.

El vuelo infinito


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Imagen por Andrew Worley

Ella —no importa aquí su nombre— siempre imaginó tener una vie en rose hasta que una tarde cualquiera, mientras preparaba una fiesta familiar, se le reventó un globo. Fue entonces cuando recordó el suceso de días atrás, otro se le había escapado por la ventana.

En aquella ocasión intentó atraparlo de forma desesperada, pero el globo, empujado por el aire, se elevó azaroso hasta casi alcanzar una hilera de nubes grises y se perdió de vista, al igual que todo lo que había deseado conseguir en la vida. Él también, alguien inalcanzable y demasiado importante, tanto, que ella se sentía demasiado común.

Él tenía casi todo lo que deseaba y mucho más. Sin embargo, ella se consolaba con pintar sus anhelos en una pared o escribirlos sobre la almohada. Él, de cuyo nombre a veces prefería no acordarse, se despertaba ciego por tanta luz artificial y moría cada día un poco, sediento del paisaje y el calor que, todavía sin saberlo, solo ella, auténtica, tierna y veraz, podría ofrecerle.

Ella necesitaba cerrar sus ojos para estar con él, y él en un solo parpadeo se rodeaba de un enjambre de reinas vanidosas y complacientes. Pero él, a veces imaginaba un mundo más pequeño, el mismo donde vivía ella, una galaxia lejana y cercana a la vez, un espacio tejido de estrellas que abrazara a dos mundos.

Una mañana de abril él presentó su última canción, y ella sintió que le hablaba. Sonrió,  dibujando en su mente la idea de que, quizá, él podría mirarse en aquellos ojos o inspirarse en el fino y delicado cuerpo que no tenía ni de lejos el glamur y la perfección al que él seguramente estaría acostumbrado.

Ella, en sus momentos de calma y sosiego escuchaba esa canción, en un ansia de conocerlo un poco más y él, la tarareaba casi a diario para salir de una realidad aparentemente impecable y completa.

Al final del día, ella guardó el globo reventado en un cajón, como quien a pesar del dolor se empecina en atesorar un corazón roto. Y así, mientras ella trataba de llenar esa hueca ilusión, en otro punto del universo, él llegaba a un reconocido teatro donde una multitud lo esperaba para celebrar el lanzamiento de su primer single. Ella se hundió en el sillón y permaneció atenta a la televisión. Se imaginó allí, caminando ufana de su brazo; mientras él, mantenía una sonrisa arcaica y atendía con un desmedido entusiasmo a la prensa para huir de las enloquecidas fans que peleaban por un autógrafo, una mirada o una foto robada.

Ella lloró colgada en la añoranza de un tiempo en que creyó que sería feliz, mientras con el dedo índice acariciaba su nombre escrito en una página húmeda. Y casi al amanecer, se rindió al sueño, agotada de tanto llorarle al corazón a través de las líneas de aquel diario más ideal que íntimo.

Él, casi ahogado en alcohol, deshizo el nudo de su corbata y se sentó en la cama de aquel nuevo hotel en aquella desconocida ciudad. Apuró el último trago del whisky que pidió minutos antes y con su pulgar repasó las imágenes de su teléfono móvil con desgana, como un condenado que lee su sentencia de muerte.

Cuando despertó, ella tenía los ojos hinchados y trató de evitar la luz del nuevo día ocultándose bajo las sábanas. En la habitación de aquel hotel, él se recostó sobre la cama y miró hacia la ventana. Vio un globo, el único que sobrevivió a aquella extravagante fiesta nocturna. Se había enredado entre las plantas del balcón. Sonrió, dejando caer el vaso que sostenía sobre la alfombra. Recordó las fiestas infantiles de la escuela, el olor a comida casera en el jardín de la vivienda familiar, el suave tacto de su madre apartándole un mechón de su cabello y, años después, el primer beso en su dieciséis cumpleaños. Echó de menos aquella vida y al muchacho que fue.

Ella se dirigió al trabajo como un autómata. La música fluía a través de sus sentidos, era el refugio donde descansaba su alma y donde vivía amorosamente libre con él. Decidió cambiar el rumbo habitual y atravesó el parque descalza. Era temprano y el rocío de la mañana se sentía como un bálsamo bajo sus pies. Deseó quedarse ahí todo el día y de noche, buscaría escapar de aquella vida para siempre. Pensó en él, en su guitarra y en aquella última canción, para ella, de él, para los dos.

Finalmente, él se levantó y metió el globo en su habitación. Lo ató a una silla frente al escritorio y se sentó. Entonces, invadido por un gozo secreto cerró los ojos y la vio a ella. Sus labios desearon recorrerla con las mismas ansias con que escribía otra canción:

Someday, somewhere far from this gray, I will be in the blue of the sky. Can you see the color of this big balloon? This is my life, this is my heart talking about you… loving you even though it does not see you… 

(Traducción: Algún día, en algún lugar lejos de este gris, voy a estar en el azul del cielo. ¿Puedes ver el color de este gran globo? Esta es mi vida, este es mi corazón que habla de ti, que te ama aunque no te ve…).

© Nur C. Mallart

 

La esclava


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Eran las cuatro de la tarde del treinta y uno de octubre. Julieta estaba feliz porque la habían invitado a la fiesta de Halloween de su preparatoria. Ella no era una chica popular y aunque le extrañaba la invitación, no quería dejar pasar la oportunidad de mezclarse con las muchachas que lo eran. Le pidieron que se disfrazara de esclava y se imaginó que era parte de alguno de los juegos de la noche. Así es que se compró uno de esclava romana. Tenía un lindo bustier dorado, una faldita corta y para completar el look,  unas sandalias de tiritas hasta la rodilla.

Ya había arreglado todo para que sus padres no se enteraran que iba para esa fiesta. Si les pedía permiso, ellos no la dejarían ir. «Son tan anticuados», se decía. Les dijo que se quedaría estudiando en casa de su amiga Emilia, otra niña tan mojigata como ella. Había decidido dejar «accidentalmente» el celular en su casa para no ser contactada. En complicidad con ella, Emilia no contestaría ninguna llamada telefónica de los padres.

Esa mañana se había llevado su disfraz consigo. Era cuestión de esperar al grupo que vendría a recogerla a la escuela. Su corazón palpitaba excitado. A las cinco llegaron un par de muchachos enmascarados. A ella le pareció divertido y se subió al carro con ellos. Se dio cuenta de que iban alejándose bastante, cuando el que conducía se metió por un camino vecinal que llegaba a un lugar que nunca había visto antes. Entonces empezó a preocuparse.

****

Los dientes de Julieta estaban en el suelo. Una mezcla de sangre con saliva chorreaba por su barbilla. «Este asqueroso sabor a metal me da nauseas», pensaba. Se arrastró por el suelo hasta llegar a la pared. Intentó levantarse pero no pudo. ¿Cuántas puñaladas había recibido ya? Había perdido la cuenta. Cada vez que trataba de escaparse, le asestaban otra y ella sentía cómo se hundía el cuchillo desgarrándole la carne. Un coro de gritos, risas y burlas era todo lo que escuchaba.

—¡Ven, esclava! —dijo alguien mientras le halaba las piernas.

Sus padres se lo habían advertido tantas veces. No se podía confiar en todo el mundo.

Imagen: commons.wikipedia.org

Déjà vu


Yo estaba en aquella boda con un vestidito corto de estopilla amarilla caminando entre la gente. Tenía poco más de siete años según mi mejor recuerdo. Las muchachas corrían de un lado para otro con sus vestidos de satén color marfil y mangas largas de organza. Algunas eran tan jóvenes que usaban zapatos de tacón por primera vez. Las oí comentar sobre el magnifico ajuar que la novia llevaría consigo a su luna de miel y a su nuevo hogar. Decían que su ropa blanca, camisones, batas, pañuelos y enaguas habían sido bordados con sus iniciales por su propia madre y que las sábanas, toallas y manteles con el monograma de los futuros esposos por las religiosas del Perpetuo Socorro. Cuchicheaban sobre lo que pasaría en la noche de bodas. La novia nerviosa llamaba a la madre, quien guardaba la compostura ante tanto desorden. Le preguntaba si había metido en su equipaje sus peinetas de nácar. Ella acariciándole el pelo dulcemente, le aseguró que todo estaba en su lugar. Observó que su hija estaba ojerosa por no haber descansado lo suficiente la noche pasada, por causa de la excitación que el matrimonio le provocaba. Le dijo que ya era hora de prepararse para la ceremonia. Caminaron hacia una recámara inmensa, amueblada con muebles blancos y en la que había un maniquí con un precioso vestido blanco de seda, y aplicaciones que se prendían con azahares. Yo miraba por una rendija de la puerta. ¡Me quedé boquiabierta ante tanta belleza! La madre desabrochó el vestido con mucho cuidado removiéndolo del maniquí mientras la novia se quitaba la bata. Luego la fue vistiendo poco a poco. La sentó enfrente del espejo y le colocó una mantilla larguísima, más larga que el vestido. Luego la besó en la frente y la ayudó a levantarse. Una vez de pie la tomó por ambas manos y la miró de pies a cabeza como para dar su aprobación final. Luego la abrazó muy fuerte. Salieron de la habitación y caminaron por un amplio pasillo, en donde las muchachas entre risas y juegos, se ponían en orden para desfilar. Una mujer les daba unos ramos de rosas blancas. A la novia le dio uno más grande de rosas rosadas, tules y azahares. El padre se acercó orgulloso y la besó en la frente. Entonces caminó llevándola de su brazo. Afuera estaba el novio guapísimo con su traje y un lazo negro en el cuello. Sus amigos esperaban con él también elegantemente vestidos. Una vez terminada la ceremonia empezó la fiesta.

***

Esta tarde mamá quiso enseñarme un álbum de fotografías viejas. Parecía que la nostalgia le hubiera ganado. Cuando iba pasando las páginas vi una foto en blanco y negro de la boda que tanto me había impactado cuando era niña.

—¡Yo estuve en esa boda!—exclamé emocionada.

—¡Imposible!—dijo ella—. No habías nacido. Era la boda de tu abuela.

No quise discutir con ella. Yo estaba segura que había estado en esa boda. Miré la fotografía con detenimiento y allí en una esquinita estaba yo sentada con mi vestidito corto de estopilla.

Hazte disfrutólog@


¿Te apuntas a disfrutar de la vida?

La inmortalidad del cangrejo

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Lunes, nueva semana, nueva recomendación.

En esta ocasión no es un libro, ni una pelí (aunque tengo un par de ellas en el tintero,) ni nada así. Es una actitud. Abre tus ojos, abre tu mente. Disfruta.

Acaba de pasar un puente muy señalado, que siempre ha sido «el de los Santos» y que ahora es casi «la fiesta de Halloween«.

Bien, soy católica practicante y «disfrutotóloga» de la vida. Me encanta el folclore y lo tradicional y aprender cosas nuevas de culturas diferentes. Es decir, tengo unas creencias firmes que practico, pero eso no me hace cerrarme ante experiencias nuevas o diferentes a nuestra tradición.

Todo esto lo digo por que el domingo anterior escuché como, desde el púlpito, el sacerdote de mi parroquia condenaba la celebración de Halloween y nos intentaba asustar con sus consecuencias. La verdad, me parecía un…

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