Nuestro azul


Después de comer, te pregunté si te apetecía dibujar. Se te iluminó la carita.

Fuimos a mi habitación. Te enseñé todas las ceras de colores que tenía; vi como tus ojitos se posaban en cada azul que veías. Decidiste que utilizaríamos esa gama que habías descubierto y que tanto te había sorprendido.

Señalaste una de las ceras. Me preguntaste cómo se llamaba. Te respondí: «Azul marino». Te reíste mucho.

Empezaste a dibujar líneas sin sentido. El significado lo ponías tú: una ballena.

Yo cogí el azul zafiro para dibujar nuestros nombres. Te quedaste mirando para ellos; para ti no tenían sentido, así que seguiste con tus líneas azul ballena.

Empecé a dibujar una casita. Me preguntaste qué era. Me pareció raro. Te lo expliqué.

Me dijiste: «Mira, una casa es así». Trazaste un rectángulo; dentro de él, otro más pequeño y a los lados ventanas por donde pasaba el sol.

No podía creer lo que veía. Tan pequeño y ya sabías mirar desde las alturas.

Te ayudé a poner ladrillos azul piedra.

Comenzaste a dibujar rayas verticales sin parar. Te pregunté por qué lo hacías. Así que dibujaste un niño tumbado. Me explicaste que la casa ahora estaba en la cárcel porque se había incendiado y le había quemado las piernas. Metiste también al niño en la cárcel porque había mordido a un cocodrilo; y al cocodrilo porque sí. Me dejaste claro que querías ser policía; te vestirías de color azul celeste.

Me preguntaste, precioso mío: «¿Qué quieres que te dibuje?».

Yo te dije: «Quiero que me dibujes una flor».

—¿Qué es una flor?

—¿Qué crees que es una flor?

—No lo sé.

—Tú dibuja lo que crees que es una flor.

Empezaste a dibujar un círculo y del círculo salían líneas como rayos de sol lapislázuli.

—¿Es esto una flor? —preguntaste.

—Si tú crees que es una flor, entonces es una flor.

Te me quedaste mirando pensativo y vi un brillo pillín en tus ojos.

—Pues, ¿sabes qué? —me soltaste—. Que la araña se comió a la flor.

Abrí la boca y los ojos, pasmada, y me salió ese «ha» que sale del corazón.

—¿Qué pasa? —me dijiste.

—Pasa que te quiero mucho, principito mío.

Enmarqué nuestro dibujo lleno de tachones. Los azules se mezclaban aquí y allá.

Todo tenía un sentido para nosotros, un sentido azul hermoso creado por los dos.

M. L. F.

Anuncios

Recuerdo mi jardín


Clivia miniata

Flores de ciudad,
pétalos espléndidos,
recuerdo vivaz.


Ejemplar de Clivia miniata en un jardín de Montevideo. En memoria de las plantas de flor que tanto cuidaba mamá.

Terror


Hay un ruego ahí,
una petición
desesperada,
pero imperiosa.

«Por favor, no».
Y no hay forma
de cambiar de opinión.
«No me lleves ahí».

Las manos que se estrujan,
la mirada que se desvía
hacia el terror.

«¿Dónde allí, corazón?».
Afuera…
afuera de aquí,
afuera de mí.

Y de golpe
ya no sé
si ella teme más
salir
o yo aborrezco más
entrar allí.

Flor amarilla


«Yellow flower in the dark», por Larm Rmah (CC0).

 

Yo nací solitaria,
nací del mar,
como una planta que crece
desde la sal.

Una flor amarilla
en medio del mar.

Soy el océano encerrado
en una habitación.
Yo aprendí del oleaje
azotador.

Soy olas que golpean
contra las ventanas.
Soy vida que combate
la puerta cerrada.

Yo nací solitaria,
nací del mar:
una flor asustada
en medio de la nada.

Raíces marchitas
a causa de la sal.
Una flor amarilla
en medio del mar.

Antigua

Antigua


Retro…

Retro…


Flores son amores

Flores son amores