Escardo


Cardo de Castilla

Tantas espinas,
de verdes matorrales
escardo la flor.


Ejemplar de cardo (Carduus acanthoides) que crece espontáneamente en un jardín de Montevideo. La flor púrpura es un suave deleite visual en esa pinchuda mata; y el verbo «escardar» del título se refiere a separar lo bueno de lo malo…

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Minúsculos ramilletes


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Inflorescencias
de múltiples cálices,
rojos rubíes.


Ejemplar de camará (Lantana camara) en plena floración en Montevideo. Un ejemplo de flora autóctona uruguaya que puebla nuestros recuerdos y embellece nuestra jardinería.

Trotamarilla


Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.
Las trotamarillas en general, de entre todos los objetos amarillos existentes, prefieren las flores, los dibujos de flores, las camisetas con flores, los adornos de flores, los cupcakes adornados con flores y las bebidas con nombres de flores. En el caso particular de ella, era igual, aunque antes de todo lo anterior, disfrutaba más la madera amarilla. Pensar en madera amarilla le recordaba con nostalgia un atardecer, con café y compañía, sentados en una banca de madera de roble.
En uno de sus últimos viajes, Retama había llegado a una vistosa pared amarilla con franjas violetas. Quería descansar, pero sus planes fueron cambiados cuando vio acercarse un hermoso haz de luz amarillo que venía rápidamente frente a un automóvil deportivo oscuro. Cogió fuerzas y se lanzó a la luz del vehículo. Viajó varios kilómetros con el viento al rostro y la cabellera suelta.
De la luz del auto negro y, después de bastante tiempo, ella saltó a un pequeño jardín pobremente iluminado con una farola blanca. Un jardín descuidado con hojas secas y monte altísimo, con un barandal amarillo y algunos pocos tipos de flores. Nuestra protagonista se quedó en la parte más alta del barandal para observar las flores. Se encontró en un dilema: saltar a la flor más bella y amarilla del recinto o quedarse arriba para poder ver todas al mismo tiempo. Satisfacer el tacto o la vista. Inmersa en la cuestión estaba, cuando alcanzó a escuchar el cuchicheo de dos ancianos que hablaban sobre la pensión y el alto costo que tenía mantener a los muertos. Seguramente eran pareja. Andaban al mismo paso. Él llevaba una escoba y un huacal gigante, mientras ella llevaba un racimo con follaje grande y pequeñas flores amarillas de pétalos mucho más pequeños y amontonados, y de un olor sumamente agradable.
La trotamarilla no lo pensó más y se lanzó hacía la anciana. Ella no sabía nada de pensiones ni de muertos, pero sí de olores. Esas flores estaban entre los mejores aromas que había sentido en toda su vida.
Si bien viajar en automóvil era una aventura fantástica (aventura que repetía constantemente), la calma de los ancianos era totalmente relajante.
Conforme llegaban a su destino, que la trotamarrilla aún no conocía, los ancianos aminoraban sus pasos. Parecía que cada vez se les hacía más pesado el ir, eran casi las seis de la mañana y el sol nacía al horizonte.
Los ancianos llegaron al hogar de su nieta (una humilde lápida rosa), mientras Retama había encontrado el paraíso de flores que cualquier trotamarilla siempre hubiese deseado.

El camino invisible


 

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Foto por @joebeck

 

Los años, trazos abiertos en el límite del cielo,

flores dormidas que desprenden aromas

y se encierran en frascos de efímera ilusión.

El amanecer, sueño que se extiende eternamente

hasta donde los ojos se cansan de ver,

boceto de un rostro pálido, sin sonrisa ni voz.

La luz, falsa esperanza que me ciega,

que no me reconoce y congela mis recuerdos

pintados al carbón, entre sombras y grises.

La lluvia, reflejo roto sobre los besos húmedos,

frágil deseo que nubla el lejano horizonte

y se desvanece en la huella de la vida que no vuelve.

El otoño, espiral que agitas mi alma a voluntad,

soplando las líneas torpes que se escriben

en el mapa de este camino invisible.

Nur C. Mallart

Astromelia


«Astromelias», fotografía por Crissanta.

 

Te busco en la oscuridad
donde ya sé que no estás,

sondeando la incógnita
de la audiencia muda
tras el éter que se vislumbra.

Doy mi mejor sonrisa,
la única
en estos tiempos de bruma.

¿Dónde estás?
Recibo un ramo de rosas.

Y tú, de nosotras,
claveles y lirios,
crisantemos,
gardenias.

Solo el duelo me ha hecho reconocerlas;

sobre todo a ellas,
las astromelias,
que florecen tras días,
en belleza tardía.

Como yo,
que llego tarde
a todas las despedidas,

que entiendo tarde
las pérdidas y las cenizas,

que entierro tarde
las cosas que se terminan.

Como flores


Fotografía por María Eugenia Cabrera y Pedro Copelmayer.

 

Camino y veo cosas, me gusta ver.
Muerte.
Cosas como flores, a veces.

Zucará


Plumerillo rojo

Cual pulpo rojo,
tentadora belleza
que brota vital.


Flor de plumerillo rojo o zucará (Calliandra tweediei) en un jardín de Montevideo.