Heridas en el aire


La herida del aire

adquiere velocidad

cuando sobre el azul de tu playa,

del cielo de tu ciudad,

o en la llama de tu cocina

se refugian las dudas

de ser más importantes los intereses.

Que existen gritos muy tempranos

o nos quitan la vida lentamente.

Entonces no hay llama ni azules,

solo la primera herida del día.

 

Foto del autor.

Blanca


Fotografía por Poetas Nuevos.

Sus pétalos gritaban desde un rincón
y sus súplicas llegaron a todo color.
Primero esa mirada embelesada
y luego el poema más blanco aguardaba.
El enfoque de lo minúsculo,
un mundo pequeño
hace grande al observador
(O sea, a ustedes).
Desde lejos es un montón más,
un arbitrario acontecimiento,
tiradas en la acera
esperando por agua de ojos.

Las miré con dulzura de espuma
y una carrera de clics silenciosos,
el tiempo tomó palco,
puso sus relojes patas pa’ arriba,
en esa libertad del segundo grande.
La cosmopolita fragancia del color
me reconoció dueño de todo,
desde su raíz
hasta su centro denso de azul,
ahí viajaba mi mente tras la lente.
El modelaje estático
fue su mejor pose.

El banco puede esperar,
los depósitos urgentes,
el cambio o sencillo
de diario consumo.

Los pasos pueden esperar,
el número mil y la letra
A, B, D o C,
el guardia y su mirada inútil
sin arma, sin chaleco antipalabras.

El hedor de las monedas
debe esperar por sus manchas
de olores y exceso de peso,
la multitud cobradora de cheques.

La seguidilla de gitanos
en su lengua natal nos dejan fuera
del cotilleo (España),
del copuchenteo (Chile).

Yo me quedé en un ramillete
de blancas flores con nombre propio
y vida a la orilla de mis ojos,
en el borde del poema
que pensé breve como una hora
de admiración.
Mi tiempo único alabó la belleza
de la naturaleza arraigada
a la tierra, al rocío y al viento,
desde su fe silvestre
hasta el tiempo de mis pasos.

Carrousel

Carrousel


Elegimos


 

Elegimos un traje,

cargamos el arma convencidos.

Todos los días lo hacemos.

Encontramos un buen puñado de excusas

—falsas—.

Después, la rueda de la apariencia

y el sistema operativo del ordenador

comienzan a triturar el día.

Más oscuro


De nuevo se alzan grúas,

fantasmas y ciegas prostitutas de lujo.

Blancas estatuas caen de puentes de hierro.

Qué verdad para las masas,

la vida vuelve a chillar y nos alcanza.

Pero las paredes las necesitamos tan gruesas como en Troya.

A pesar de que llegará a todos los lugares el fuego.

Fotografía de autor.

Bronce y dorado


ginkgo+venado

Astas enhiestas,
cronopio solitario,
frío ramaje.


Las hojas amarillas de un árbol de los cuarenta escudos (Ginkgo biloba) engalanan el fondo de la escultura de un cérvido en un paseo urbano de la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

Finales de agosto


Los días han caído
sobre los balcones.
Los gorriones pican
las últimas migajas
de agosto. Los edificios
tapan su rostro a contraluz.
Y no queda ninguna ventana
cerrada. No queda ninguna,
que no anuncie sus intimidades.