La sombra


Y el cabrón se murió el día de mi cumpleaños. Como si no me hubiera jodido la vida lo suficiente, se murió. Así de fácil. De la misma forma dramática que entró a mi vida se fue. Cosa de que lo recordara para siempre. Tuve que respirar muy hondo para tragarme la noticia. Siempre fue así. La cosa era llevarme la contraria.

Aquella tarde recibí un ramo de lirios sin tarjeta. Apestaban a funeraria y los tiré a la basura. Mis amigas me invitaron al pub de costumbre. Me arreglé con desgano y subí al coche. Miraba por el retrovisor y una sombra en el asiento de atrás me asustó. Frené de golpe en un lugar en el que no me hubiera detenido ni de día. Un vagabundo —que por mi madre se parecía al difunto—, pasó por el lado y me vio de reojo. Respiré profundo y me giré rápido, tenía que agarrar a quien fuera que estuviera allí. No había nadie. Maldita sugestión. Apagué el acondicionador de aire porque hacía frío.

Me aparqué en la calle, lejos del bar. Parecía como si todo el mundo en la ciudad se hubiera dado cita allí esa noche. Tomé el bolso y corrí para alejarme de aquel callejón oscuro. En eso me torcí el tobillo. No es fácil caminar con tacones sobre la brea. Entré al club cojeando —maldiciendo entre dientes—, y busqué si en alguna de las mesas se encontraban mis amigas. Resoplé. Aún no habían llegado. El establecimiento estaba gélido y a los cinco minutos estaba titiritando. Tomé el móvil y comencé a llamar, ninguna contestaba. «Vaya, qué día», pensé. Un hombre en la oscuridad se acercó y me ofreció una copa. Negué con la cabeza. Esperé media hora más y me harté.

Salí furiosa, con el pie adolorido en dirección a donde dejé el auto. Vi como un desconocido tranquilamente abría con la llave, se subía en él y se marchaba sin prisa. Confundida, traté de llamar la policía, pero el móvil se había descargado. Un taxi se detuvo y subí a él. Estaba tan cabreada que ni miré quién lo conducía. Le di la dirección, pero siguió disparado mientras en el asiento de atrás le gritaba que se detuviera.

Me eché hacia delante y descubrí que la sombra se reía de mi mientras manejaba.

Imagen:  https://pixabay.com/id/bayangan-pria-topi-michael-jackson-2687048/

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Otra mañana más


“Maldito despertador…”  El mismo primer pensamiento de cada mañana. Ya no recuerda la última vez que se despertó de buen humor, con ganas de afrontar un nuevo día. “Nunca” le parece la respuesta más aproximada. Abre los ojos e inmediatamente le invade un terrible dolor de cabeza. Cómo odia despertarse con dolor de cabeza. Cada noche antes de acostarse tiene que elegir: dosis de somníferos regados con un generoso lingotazo de whisky para lograr dormir algunas horas, lo que paga con la asquerosa migraña que ya no la abandona en todo el día, o arriesgarse a una noche libre de sustancias químicas, pero libre también de sueño, con lo que acaba recurriendo igualmente a los somníferos a las tantas de la madrugada. Hace meses que escoge la primera opción.

Se siente una verdadera mierda, ya no queda rastro de aquella joven vital que aspiraba a comerse el mundo. “Agradecemos su dedicación durante todo el tiempo que ha trabajado para nosotros, pero ya no vamos a requerir más sus servicios”. Y eso fue todo. Así la despacharon, sin aviso previo, sin alternativa posible, a través de aquel memo repeinado, al que habían contratado para hacer limpieza.

“Levanta, venga, no puedes quedarte todo el día en la cama. Te duchas, te pones guapa, desayunas bien y a la calle, que hoy seguro que encuentras trabajo…”. La vocecilla interior sigue apareciendo cada mañana, pero cada vez la escucha más lejana. Le vienen ganas de extirpársela y meterla en ácido. “Lo sentimos mucho. Reúne usted excelentes cualidades, pero no es el perfil que buscamos en este momento”. Hace de tripas corazón para continuar presentándose a las entrevistas de empleo con la mejor de sus sonrisas (le quedan pocas), y tiene que recurrir a todo su aplomo (cada vez más escaso) para no mandar a tomar por culo al tipo de turno que la rechaza con el mismo discurso prefabricado, frío, vacío de contenido. Después de docenas de entrevistas, todavía no ha encontrado un mínimo de empatía, y eso la está amargando. Sigue leyendo